← Biblioteca

Una hecatombe

Veinte mil leguas de viaje submarino · Jules Verne · traducido por Claude Opus

La manera de describir aquella escena inesperada, la historia del navío patriota, referida al principio con tanta frialdad, y la emoción con que aquel extraño personaje había pronunciado las últimas palabras, el nombre de Vengador, cuyo significado no podía escapárseme, todo ello se grabó profundamente en mi espíritu. Mis ojos no se apartaban del capitán, quien, con la mano tendida hacia el mar, contemplaba con mirada ardiente los gloriosos restos. Quizá no había de saber nunca quién era, de dónde venía ni adónde iba, pero veía al hombre desprenderse del sabio. No era una misantropía vulgar lo que había encerrado al capitán Nemo y a sus compañeros en el Nautilus, sino un odio, monstruoso o sublime, que el tiempo no podría debilitar jamás. ¿Buscaba aún venganza aquel odio? El porvenir no tardaría en enseñármelo. Pero el Nautilus subía lentamente hacia la superficie del mar, y la silueta del Vengador fue desapareciendo poco a poco de mi vista. Pronto un ligero balanceo me indicó que flotábamos al aire libre. En aquel momento se oyó una detonación sorda. Miré al capitán. No se movió.

—¿Capitán? —dije.

No respondió. Lo dejé y subí a la plataforma. Conseil y el canadiense estaban ya allí.

—¿De dónde procede esa detonación? —pregunté.

—Ha sido un cañonazo —respondió Ned Land.

Miré en dirección al buque que había visto antes. Se acercaba al Nautilus, y se notaba que forzaba la máquina. Estaba a seis millas de nosotros.

—¿Qué buque es ese, Ned?

—Por su aparejo y por la altura de sus palos bajos —dijo el canadiense—, apuesto a que es un buque de guerra. ¡Ojalá nos alcance y, si es necesario, eche a pique este maldito Nautilus!

—Amigo Ned —replicó Conseil—, ¿qué daño puede hacerle al Nautilus? ¿Puede atacarlo bajo las olas? ¿Puede cañonearlo en el fondo del mar?

—Dígame, Ned —dije—, ¿puede usted reconocer a qué país pertenece?

El canadiense frunció las cejas, entornó los párpados, achicó los ojos y durante unos instantes fijó en el buque una mirada penetrante.

—No, señor —respondió—; no sabría decir de qué nación es, porque no lleva pabellón. Pero puedo asegurarle que es un buque de guerra, pues en su palo mayor ondea un largo gallardete.

Durante un cuarto de hora observamos el buque que avanzaba a todo vapor hacia nosotros. No podía creer, sin embargo, que desde aquella distancia hubiera divisado al Nautilus, y menos aún que supiera lo que era aquel artefacto submarino. Pronto el canadiense me informó de que se trataba de un gran buque acorazado de espolón, de dos puentes. Una espesa humareda negra brotaba de sus dos chimeneas. Sus velas, cuidadosamente aferradas, estaban sujetas a las vergas. No izaba bandera alguna en el pico de mesana. La distancia nos impedía distinguir los colores de su gallardete, que flotaba como una fina cinta. Avanzaba rápidamente. Si el capitán Nemo le permitía acercarse, se nos ofrecía una posibilidad de salvación.

—Señor —dijo Ned Land—, si ese buque pasa a una milla de nosotros, me arrojo al mar, y le aconsejo que haga usted lo mismo.

No respondí a la propuesta del canadiense y seguí observando el buque. Inglés, francés, americano o ruso, sin duda nos acogería si lográbamos alcanzarlo. De pronto brotó una humareda blanca de la proa del buque; unos segundos después, el agua, agitada por la caída de un cuerpo pesado, salpicó la popa del Nautilus, y poco después una fuerte detonación llegó a mis oídos.

—¡Cómo! ¡Nos disparan! —exclamé.

—Con permiso del señor —dijo Ned—, han reconocido al unicornio y nos disparan.

—Pero —exclamé—, ¿es que no ven que hay hombres dentro?

—Quizá sea precisamente por eso —respondió Ned Land, mirándome.

Una oleada de luz inundó mi espíritu. Sin duda sabían ya a qué atenerse sobre las historias del pretendido monstruo. Sin duda, a bordo del Abraham Lincoln, cuando el canadiense lo golpeó con el arpón, el comandante Farragut había reconocido en el supuesto narval un buque submarino, más peligroso que un cetáceo sobrenatural. Sí, así debía de ser; y por todos los mares se perseguía ahora a aquel terrible artefacto de destrucción. ¡Terrible, en efecto, si, como suponíamos, el capitán Nemo empleaba el Nautilus en obras de venganza! La noche en que nos encerraron en aquella celda, en medio del océano Índico, ¿no había atacado a algún buque? El hombre enterrado en el cementerio de coral, ¿no había sido víctima del choque provocado por el Nautilus? Sí, lo repito, así debía de ser. Se desvelaba una parte de la misteriosa existencia del capitán Nemo; y, aunque su identidad no hubiera sido reconocida, al menos las naciones coaligadas contra él ya no perseguían a un ser quimérico, sino a un hombre que les había jurado un odio implacable. Todo aquel pasado formidable se alzó ante mí. En lugar de encontrar amigos a bordo del buque que se aproximaba, no podíamos esperar sino enemigos despiadados. Entretanto, los proyectiles se multiplicaban a nuestro alrededor. Algunos golpeaban el mar y rebotaban, perdiéndose en la lejanía. Pero ninguno alcanzó al Nautilus. El buque no estaba a más de tres millas de nosotros. A pesar del violento cañoneo, el capitán Nemo no aparecía en la plataforma; y, sin embargo, si uno de aquellos proyectiles cónicos hubiera alcanzado de lleno el casco del Nautilus, le habría sido fatal. El canadiense me dijo entonces: «Señor, debemos hacer todo lo posible por salir de este aprieto. Hagámosles señales. Quizá comprendan así que somos gente honrada».

Ned Land tomó su pañuelo para agitarlo en el aire; pero apenas lo había desplegado cuando fue derribado por una mano de hierro y cayó, pese a su fuerza prodigiosa, sobre la cubierta.

—¡Insensato! —exclamó el capitán—. ¿Quiere usted ser atravesado por el espolón del Nautilus antes de que este se lance contra ese buque?

El capitán Nemo era terrible de oír; era aún más terrible de ver. Su rostro estaba lívido, como si sufriera un espasmo en el corazón. Por un instante debió de dejar de latir. Sus pupilas se habían contraído espantosamente. No hablaba: rugía, mientras, con el cuerpo inclinado hacia delante, retorcía los hombros del canadiense. Luego, soltándolo y volviéndose hacia el buque de guerra, cuyos proyectiles seguían lloviendo a su alrededor, exclamó con voz poderosa: «¡Ah, navío de una nación maldita, sabes quién soy! ¡No necesito tus colores para reconocerte! ¡Mira, y te mostraré los míos!».

Y en la parte delantera de la plataforma el capitán Nemo desplegó un pabellón negro, semejante al que había plantado en el Polo Sur. En aquel momento un proyectil alcanzó oblicuamente el casco del Nautilus, sin perforarlo, y, rebotando cerca del capitán, se perdió en el mar. El capitán se encogió de hombros y, dirigiéndose a mí, me dijo secamente: «¡Bajen, usted y sus compañeros, bajen!».

En la plataforma del Nautilus, el capitán Nemo iza una bandera negra con una N dorada mientras un lejano buque de guerra de vapor dispara y un proyectil levanta agua cerca; Ned Land y Aronnax miran alarmados.

—Señor —exclamé—, ¿va usted a atacar ese buque?

—Señor, voy a hundirlo.

—¿No hará usted eso?

—Lo haré —respondió fríamente—. Y le aconsejo que no me juzgue, señor. La fatalidad le ha mostrado lo que no debería haber visto. El ataque ha comenzado; baje.

—¿Qué buque es ese?

—¿No lo sabe? ¡Pues bien, tanto mejor! Su nacionalidad, al menos para usted, seguirá siendo un secreto. ¡Baje!

No podíamos sino obedecer. Una quincena de marineros rodeaban al capitán, mirando con un odio implacable al buque que se acercaba. Se sentía que el mismo deseo de venganza animaba a todas aquellas almas. Bajé en el momento en que otro proyectil alcanzaba al Nautilus, y oí exclamar al capitán:

—¡Golpea, navío insensato! ¡Prodiga tus inútiles proyectiles! No escaparás por ello al espolón del Nautilus. ¡Pero no es aquí donde has de perecer! ¡No quiero que tus ruinas se mezclen con las del Vengador!

Llegué a mi camarote. El capitán y su segundo se habían quedado en la plataforma. La hélice se puso en movimiento, y el Nautilus, alejándose a gran velocidad, se situó pronto fuera del alcance de los cañones del buque. Pero la persecución continuó, y el capitán Nemo se limitó a mantener la distancia.

Hacia las cuatro de la tarde, incapaz de contener por más tiempo mi impaciencia, me dirigí a la escalera central. La escotilla estaba abierta, y me aventuré en la plataforma. El capitán seguía paseándose con paso agitado. Observaba el buque, que se encontraba a cinco o seis millas a sotavento.

Giraba a su alrededor como una fiera y, atrayéndolo hacia el este, se dejaba perseguir. Pero no atacaba. ¿Dudaba quizá todavía? Quise intervenir una vez más. Pero apenas había empezado a hablar cuando el capitán Nemo me impuso silencio, diciendo:

—¡Yo soy el derecho, yo soy la justicia! ¡Yo soy el oprimido, y ahí está el opresor! Por él he perdido todo lo que amé, quise y veneré: patria, esposa, hijos, padre y madre. ¡Los vi perecer a todos! ¡Todo lo que odio está ahí! ¡No diga nada más!

Dirigí una última mirada al buque de guerra, que forzaba la máquina, y fui a reunirme con Ned y Conseil.

—¡Huiremos! —exclamé.

—¡Bien! —dijo Ned—. ¿Qué buque es ese?

—No lo sé; pero, sea el que sea, será hundido antes de que caiga la noche. En todo caso, más vale perecer con él que hacerse cómplices de una represalia cuya justicia no podemos juzgar.

—Esa es también mi opinión —respondió Ned Land con frialdad—. Esperemos a la noche.

Llegó la noche. Un profundo silencio reinaba a bordo. La brújula indicaba que el Nautilus no había modificado su rumbo. Se mantenía en la superficie, balanceándose ligeramente. Mis compañeros y yo decidimos huir en cuanto el buque estuviera lo bastante cerca para oírnos o para vernos, pues la luna, que estaría llena dos o tres días después, brillaba intensamente. Una vez a bordo de aquel buque, si no podíamos impedir el golpe que lo amenazaba, haríamos al menos todo lo que las circunstancias nos permitieran. Varias veces creí que el Nautilus se disponía a atacar; pero el capitán Nemo se limitaba a dejar que su adversario se acercara, y luego volvía a huir ante él.

Parte de la noche transcurrió sin incidentes. Acechábamos la ocasión de actuar. Hablábamos poco, pues estábamos demasiado emocionados. Ned Land habría querido arrojarse al mar, pero le obligué a esperar. Según mi idea, el Nautilus atacaría al buque en su línea de flotación, y entonces no solo sería posible, sino fácil, huir.

A las tres de la madrugada, lleno de inquietud, subí a la plataforma. El capitán Nemo no la había abandonado. Estaba de pie en la parte delantera, junto a su pabellón, que una ligera brisa desplegaba por encima de su cabeza. No apartaba los ojos del buque. La intensidad de su mirada parecía atraerlo, fascinarlo y arrastrarlo con más seguridad que si lo hubiera llevado a remolque. La luna pasaba entonces por el meridiano. Júpiter se elevaba por el este. En medio de aquella apacible naturaleza, el cielo y el océano rivalizaban en tranquilidad, y el mar ofrecía a los astros de la noche el más hermoso espejo en que jamás hubieran podido reflejar su imagen. Al pensar en la profunda calma de los elementos, comparada con todas aquellas pasiones que se incubaban imperceptiblemente en el interior del Nautilus, me estremecí.

El buque se hallaba a dos millas de nosotros. Se acercaba sin cesar a aquel resplandor fosforescente que señalaba la presencia del Nautilus. Yo veía sus luces de posición, verde y roja, y su farol blanco suspendido del gran estay de trinquete. Una vaga vibración agitaba su arboladura, señal de que los hornos estaban forzados al máximo. De las chimeneas escapaban haces de chispas y cenizas encendidas que brillaban en la atmósfera como estrellas.

Permanecí así hasta las seis de la mañana, sin que el capitán Nemo pareciera advertir mi presencia. El navío se encontraba a milla y media de nosotros, y con las primeras luces del día se reanudó el cañoneo. No podía estar lejos el momento en que, al atacar el Nautilus a su adversario, mis compañeros y yo abandonaríamos para siempre a aquel hombre. Me disponía a bajar para avisarles, cuando el segundo subió a la plataforma acompañado de varios marineros. El capitán Nemo no los vio, o no quiso verlos. Se tomaron ciertas disposiciones que podrían llamarse el zafarrancho de combate. Eran muy sencillas. Se abatió la barandilla de hierro que rodeaba la plataforma, y el fanal y la garita del timonel se hundieron dentro del casco hasta quedar a ras de cubierta. La larga superficie del cigarro de acero ya no ofrecía un solo saliente que pudiera estorbar sus maniobras. Volví al salón. El Nautilus seguía emergido; algunos destellos de luz se filtraban a través de las capas líquidas. Con las ondulaciones de las olas, los cristales se iluminaban con los rojos fulgores del sol naciente, y así amaneció aquel terrible día 2 de junio.

A las cinco, la corredera indicó que la velocidad del Nautilus disminuía, y comprendí que se dejaba alcanzar. Por lo demás, las detonaciones se oían con mayor claridad, y los proyectiles, abriéndose paso trabajosamente por el agua circundante, se extinguían con un extraño silbido.

—Amigos míos —dije—, ha llegado el momento. Un apretón de manos, ¡y que Dios nos proteja!

Ned Land estaba resuelto; Conseil, tranquilo; yo, tan nervioso que no sabía cómo dominarme. Pasamos todos a la biblioteca; pero en el instante en que empujaba la puerta que daba a la escalera central, oí cerrarse bruscamente la escotilla superior. El canadiense se lanzó hacia la escalera, pero yo lo detuve. Un silbido bien conocido me indicó que el agua penetraba en los depósitos, y en pocos minutos el Nautilus se halló algunas yardas por debajo de la superficie de las olas. Comprendí la maniobra. Era demasiado tarde para actuar. El Nautilus no pretendía golpear la impenetrable coraza, sino por debajo de la línea de flotación, allí donde el blindaje metálico ya no protegía al buque.

Estábamos de nuevo prisioneros, testigos forzosos del espantoso drama que se preparaba. Apenas tuvimos tiempo de reflexionar; refugiados en mi camarote, nos mirábamos sin pronunciar palabra. Un profundo estupor se había apoderado de mi espíritu: el pensamiento parecía haberse detenido. Me hallaba en ese penoso estado de espera que precede a una detonación espantosa. Esperaba, escuchaba, ¡todos mis sentidos se habían concentrado en el oído! La velocidad del Nautilus aumentó. Tomaba impulso para lanzarse. Todo el casco se estremeció. De pronto lancé un grito. Sentí el choque, aunque relativamente leve. Sentí la fuerza penetrante del espolón de acero. Oí crujidos y rozamientos. ¡Pero el Nautilus, llevado por su potencia propulsora, atravesó la mole del buque como la aguja del velero atraviesa la lona!

No pude contenerme más. Loco, fuera de mí, salí precipitadamente de mi camarote y corrí al salón. Allí estaba el capitán Nemo, mudo, sombrío, implacable; miraba por el panel de babor. Una enorme masa proyectaba su sombra en el agua; y, para no perderse nada de su agonía, el Nautilus descendía con ella hacia el abismo. A diez yardas de mí vi el casco abierto, por el que el agua penetraba con estruendo de trueno, y luego la doble hilera de cañones y las empalletadas. La cubierta estaba llena de sombras negras que se agitaban.

El agua subía. Los desgraciados se apiñaban en los obenques, se aferraban a los mástiles, se debatían bajo el agua. Era un hormiguero humano sorprendido por la invasión del mar. Paralizado, rígido de angustia, con los cabellos erizados, los ojos desmesuradamente abiertos, jadeante, sin aliento y sin voz, ¡yo también miraba! ¡Una atracción irresistible me tenía pegado al cristal! De repente se produjo una explosión. El aire comprimido hizo saltar las cubiertas, como si se hubiera incendiado la santabárbara. Entonces el infortunado buque se hundió con mayor rapidez. Apareció su cofa, cargada de víctimas; luego sus vergas, que se doblaban bajo el peso de los hombres; y, por último, el tope del palo mayor. Después, la sombría mole desapareció, y con ella la tripulación de cadáveres, arrastrada por un formidable remolino.

Me volví hacia el capitán Nemo. Aquel terrible justiciero, verdadero arcángel del odio, seguía mirando. Cuando todo hubo terminado, se dirigió hacia su camarote, abrió la puerta y entró. Lo seguí con la mirada. En el panel del fondo, bajo los retratos de sus héroes, vi el retrato de una mujer, joven todavía, y de dos niños pequeños. El capitán Nemo los contempló durante unos instantes, tendió los brazos hacia ellos y, cayendo de rodillas, rompió en profundos sollozos.

Solo en su camarote, el capitán Nemo se arrodilla con el rostro entre las manos ante el retrato, iluminado por una lámpara, de una mujer joven y dos niños.