A consecuencia de la tempestad, habíamos sido arrojados una vez más hacia el este. Toda esperanza de evadirnos en las costas de Nueva York o del San Lorenzo se había desvanecido; y el pobre Ned, desesperado, se había aislado como el capitán Nemo. Conseil y yo, en cambio, no nos separábamos nunca. He dicho que el Nautilus se había desviado hacia el este. Debería haber dicho, para ser más exacto, hacia el nordeste. Durante algunos días vagó, ora en la superficie, ora bajo ella, en medio de esas brumas tan temidas por los navegantes. ¡Cuántos accidentes se deben a esas espesas nieblas! ¡Cuántos choques contra los arrecifes cuando el viento ahoga el rumor de la resaca! ¡Cuántas colisiones entre buques, a pesar de sus luces de posición, de sus silbatos y de sus campanas de alarma! Y el fondo de estos mares parece un campo de batalla donde yacen todavía todos los vencidos del océano: unos viejos y ya incrustados, otros recientes, que reflejaban en sus herrajes y en sus planchas de cobre el resplandor de nuestro fanal.
El 15 de mayo nos hallábamos en el extremo sur del banco de Terranova. Este banco está formado por aluviones, o grandes acumulaciones de materias orgánicas, traídas bien del ecuador por la corriente del Golfo, bien del Polo Norte por la contracorriente de agua fría que bordea la costa americana. Allí se amontonan también los bloques erráticos arrastrados por los hielos rotos; y muy cerca, un vasto osario de moluscos, que perecen allí por millones. La profundidad del mar no es grande en Terranova —no más de algunos centenares de brazas—; pero hacia el sur hay una depresión de 1.500 brazas. Allí se ensancha la corriente del Golfo. Pierde algo de su velocidad y algo de su temperatura, pero se convierte en un mar.
Fue el 17 de mayo, a unas 500 millas de Heart's Content, a una profundidad de más de 1.400 brazas, cuando vi el cable eléctrico tendido sobre el fondo. Conseil, a quien no se lo había mencionado, creyó al principio que era una gigantesca serpiente de mar. Pero desengañé al buen muchacho y, a modo de consuelo, le referí diversos pormenores del tendido de aquel cable. El primero se tendió en los años 1857 y 1858; pero, tras transmitir unos 400 telegramas, dejó de funcionar. En 1863 los ingenieros construyeron otro, de 2.000 millas de longitud y 4.500 toneladas de peso, que fue embarcado en el Great Eastern. Esta tentativa fracasó también.
El 25 de mayo, el Nautilus, a una profundidad de más de 1.918 brazas, se hallaba en el lugar preciso donde se produjo la ruptura que arruinó la empresa. Fue a 638 millas de la costa de Irlanda; a las dos y media de la tarde se advirtió que la comunicación con Europa se había interrumpido. Los electricistas de a bordo decidieron cortar el cable antes de izarlo, y a las once de la noche habían recuperado la parte averiada. Hicieron un nuevo empalme, y el cable fue sumergido otra vez. Pero algunos días después volvió a romperse, y en las profundidades del océano no pudo ya ser recuperado. Los americanos, sin embargo, no se desanimaron. Cyrus Field, el audaz promotor de la empresa, que había arriesgado en ella toda su fortuna, abrió una nueva suscripción, que se cubrió de inmediato, y se construyó otro cable según mejores principios. Los haces de hilos conductores iban envueltos cada uno en gutapercha y protegidos por un relleno de cáñamo, contenido en una envoltura metálica. El Great Eastern zarpó el 13 de julio de 1866. La operación marchó bien. Sin embargo, ocurrió un incidente. Varias veces, al desenrollar el cable, se observó que le habían clavado recientemente unos clavos, evidentemente con el propósito de destruirlo. El capitán Anderson, los oficiales y los ingenieros se reunieron en consejo e hicieron fijar un aviso según el cual, si se sorprendía al culpable a bordo, sería arrojado al mar sin más juicio. Desde entonces el criminal intento no volvió a repetirse.
El 23 de julio, el Great Eastern no se encontraba a más de 500 millas de Terranova cuando le telegrafiaron desde Irlanda la noticia del armisticio concertado entre Prusia y Austria después de Sadowa. El 27, en medio de espesas brumas, llegaron al puerto de Heart's Content. La empresa había concluido felizmente; y en su primer despacho la joven América dirigió a la vieja Europa estas sabias palabras, tan raras veces comprendidas: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
No esperaba encontrar el cable eléctrico en su estado primitivo, tal como salió de la fábrica. La larga serpiente, cubierta de restos de conchas y erizada de foraminíferos, estaba incrustada en una sólida capa que la protegía contra todos los moluscos perforadores. Reposaba tranquilamente, al abrigo de los movimientos del mar y bajo una presión favorable para la transmisión de la chispa eléctrica, que pasa de Europa a América en treinta y dos centésimas de segundo. Sin duda este cable durará muchísimo tiempo, pues se ha observado que la envoltura de gutapercha mejora con el agua del mar. Además, sobre esta meseta tan bien elegida, el cable nunca queda sumergido a profundidades tales que puedan provocar su rotura. El Nautilus lo siguió hasta su punto más profundo, a más de 2.212 brazas, donde yacía sin anclaje alguno; y luego llegamos al lugar donde había ocurrido el accidente de 1863. El fondo del océano formaba allí un valle de unas 100 millas de anchura, en el que se habría podido colocar el Mont Blanc sin que su cima asomara sobre las olas. Este valle está cerrado al este por una pared vertical de más de 2.000 yardas de altura. Llegamos allí el 28 de mayo, y el Nautilus no estaba entonces a más de 120 millas de Irlanda.
¿Iba el capitán Nemo a desembarcar en las islas Británicas? No. Con gran sorpresa por mi parte, puso rumbo al sur, volviendo una vez más hacia los mares europeos. Al rodear la isla Esmeralda, divisé por un instante el cabo Clear y el faro que guía a los miles de buques que salen de Glasgow o de Liverpool. Una importante cuestión se planteó entonces en mi espíritu. ¿Se atrevería el Nautilus a internarse en la Mancha? Ned Land, que había reaparecido desde que nos acercábamos a tierra, no cesaba de interrogarme. ¿Qué podía responderle? El capitán Nemo seguía invisible. Después de haber dejado entrever al canadiense las costas de América, ¿iba a mostrarme a mí las costas de Francia?
Pero el Nautilus seguía descendiendo hacia el sur. El 30 de mayo pasó a la vista del Land's End, entre la punta extrema de Inglaterra y las islas Sorlingas, que dejó a estribor. Si quería entrar en la Mancha, tenía que poner rumbo directamente al este. No lo hizo.
Durante todo el día 31 de mayo, el Nautilus describió sobre el mar una serie de círculos que me intrigaron vivamente. Parecía buscar un lugar que le costaba trabajo encontrar. A mediodía, el propio capitán Nemo vino a tomar la altura. No me dirigió la palabra, pero parecía más sombrío que nunca. ¿Qué podía entristecerlo así? ¿Era la proximidad de las costas europeas? ¿Le asaltaban algunos recuerdos de su patria abandonada? Y si no, ¿qué sentía? ¿Remordimiento o pesar? Durante largo tiempo este pensamiento rondó mi mente, y tuve una especie de presentimiento de que el azar no tardaría en traicionar los secretos del capitán.
Al día siguiente, 1 de junio, el Nautilus repitió las mismas maniobras. Evidentemente, buscaba algún punto preciso del océano. El capitán Nemo vino a tomar la altura del sol, como había hecho la víspera. El mar estaba hermoso, el cielo despejado. A unas ocho millas al este se distinguía en el horizonte un gran buque de vapor. Ningún pabellón ondeaba en su mástil, y no pude averiguar su nacionalidad. Algunos minutos antes de que el sol pasara por el meridiano, el capitán Nemo tomó su sextante y observó con suma atención. La calma absoluta del mar facilitaba mucho la operación. El Nautilus permanecía inmóvil; no sufría ni balanceo ni cabeceo.
Yo me encontraba en la plataforma cuando se tomó la altura, y el capitán pronunció estas palabras: «Es aquí».
Se volvió y bajó al interior. ¿Había visto el buque, que cambiaba de rumbo y parecía acercarse a nosotros? No podría decirlo. Regresé al salón. Cerrados los paneles, oí el silbido del agua en los depósitos. El Nautilus empezó a hundirse siguiendo una línea vertical, pues su hélice no le imprimía movimiento alguno. Algunos minutos después se detuvo a una profundidad de más de 420 brazas, posado sobre el fondo. El techo luminoso se apagó; luego se abrieron los paneles, y a través de los cristales vi el mar intensamente iluminado por los rayos de nuestro fanal en un radio de al menos media milla.
Miré a babor y no vi más que una inmensidad de aguas tranquilas. Pero a estribor aparecía sobre el fondo una gran protuberancia que atrajo de inmediato mi atención. Se hubiera dicho una ruina sepultada bajo una capa de conchas blancas, muy semejante a un manto de nieve. Examinando atentamente aquella masa, pude reconocer las formas, cada vez más abultadas, de un buque desarbolado que debía de haberse hundido. Pertenecía, sin duda, a tiempos pasados. Aquel pecio, para hallarse así incrustado por la cal de las aguas, debía de contar ya muchos años en el fondo del océano.
¿Qué buque era aquel? ¿Por qué venía el Nautilus a visitar su tumba? ¿Podía haber sido otra cosa que un naufragio lo que lo había arrastrado bajo las aguas? No sabía qué pensar, cuando oí junto a mí al capitán Nemo, que decía con voz pausada:

—En otro tiempo este navío se llamaba el Marseillais. Llevaba setenta y cuatro cañones y fue botado en 1762. En 1778, el 13 de agosto, al mando de La Poype-Vertrieux, combatió audazmente contra el Preston. En 1779, el 4 de julio, asistió a la toma de Granada con la escuadra del almirante Estaing. En 1781, el 5 de septiembre, tomó parte en la batalla del conde de Grasse en la bahía de Chesapeake. En 1794, la República francesa le cambió el nombre. El 16 de abril de ese mismo año se incorporó, en Brest, a la escuadra de Villaret Joyeuse, encargada de escoltar un convoy de trigo que venía de América al mando del almirante Van Stebel. Los días 11 y 12 de pradial del año II, esta escuadra se encontró con un navío inglés. Señor, hoy es 13 de pradial, 1 de junio de 1868. Hoy hace setenta y cuatro años, día por día, en este mismo lugar, a 47° 24′ de latitud y 17° 28′ de longitud, que este navío, tras combatir heroicamente, desarbolado de sus tres palos, con el agua en la bodega y la tercera parte de su tripulación fuera de combate, prefirió hundirse con sus 356 marinos antes que rendirse; y, clavando su pabellón en la popa, desapareció bajo las olas al grito de «¡Viva la República!».
—¡El Vengador! —exclamé.
—¡Sí, señor, el Vengador! ¡Un hermoso nombre! —murmuró el capitán Nemo, cruzándose de brazos.