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La corriente del Golfo

Veinte mil leguas de viaje submarino · Jules Verne · traducido por Claude Opus

Ninguno de nosotros podrá olvidar jamás aquella terrible escena del 20 de abril. La he escrito bajo la influencia de una violenta emoción. Después he revisado el relato; se lo he leído a Conseil y al canadiense. Lo encontraron exacto en cuanto a los hechos, pero insuficiente en cuanto al efecto. Para pintar semejantes cuadros haría falta la pluma del más ilustre de nuestros poetas, el autor de Los trabajadores del mar.

He dicho que el capitán Nemo lloraba mirando las olas; su dolor era inmenso. Era el segundo compañero que perdía desde nuestra llegada a bordo, ¡y qué muerte! ¡Aquel amigo, aplastado, asfixiado, magullado por los espantosos brazos de un pulpo, triturado por sus mandíbulas de hierro, no reposaría con sus camaradas en el apacible cementerio de coral! En medio de la lucha, era el grito de desesperación lanzado por el desdichado lo que me había desgarrado el corazón. ¡El pobre francés, olvidando su lenguaje convencional, había recurrido a su propia lengua materna para lanzar un último llamamiento! Entre la tripulación del Nautilus, unida en cuerpo y alma al capitán y que, como él, rehuía todo contacto con los hombres, yo tenía un compatriota. ¿Era él el único representante de Francia en aquella misteriosa asociación, compuesta evidentemente por individuos de diversas nacionalidades? ¡Era uno de esos problemas insolubles que se alzaban sin cesar ante mi espíritu!

El capitán Nemo entró en su camarote, y durante algún tiempo no volví a verlo. Pero que estaba triste e irresoluto podía advertirlo por el navío, del que él era el alma y que recibía todas sus impresiones. El Nautilus no mantenía ya un rumbo fijo; iba, venía, flotaba como un cadáver a merced de las olas. Marchaba a la ventura. El capitán no podía arrancarse del escenario de la última lucha, de aquel mar que había devorado a uno de sus hombres. Así transcurrieron diez días. Hasta el 1 de mayo el Nautilus no reanudó su rumbo hacia el norte, tras haber avistado las Bahamas en la desembocadura del canal de las Bahamas. Seguíamos entonces la corriente del mayor río del mar, un río que tiene sus orillas, sus peces y sus propias temperaturas. Me refiero a la corriente del Golfo. Es realmente un río, que corre libremente hasta el centro del Atlántico y cuyas aguas no se mezclan con las aguas del océano. Es un río salado, más salado que el mar que lo rodea. Su profundidad media es de 1.500 brazas, y su anchura media, de diez millas. En ciertos lugares la corriente avanza a una velocidad de dos millas y media por hora. El caudal de sus aguas es más considerable que el de todos los ríos del globo. Por aquel río oceánico navegaba entonces el Nautilus.

Debo añadir que, durante la noche, las aguas fosforescentes de la corriente del Golfo rivalizaban con el resplandor eléctrico de nuestro fanal, sobre todo con el tiempo tormentoso que nos amenazaba tan a menudo. El 8 de mayo nos encontrábamos todavía frente al cabo Hatteras, a la altura de Carolina del Norte. La anchura de la corriente del Golfo es allí de setenta y cinco millas, y su profundidad, de 210 yardas. El Nautilus seguía marchando a la ventura; toda vigilancia parecía abandonada. Pensé que, en tales circunstancias, una evasión sería posible. En efecto, las costas habitadas ofrecían por todas partes un refugio fácil. El mar era surcado incesantemente por los vapores que hacen el servicio entre Nueva York o Boston y el golfo de México, y recorrido día y noche por las pequeñas goletas dedicadas al cabotaje entre los distintos puntos de la costa americana. Podíamos esperar que nos recogieran. Era, pues, una ocasión favorable, pese a las treinta millas que separaban al Nautilus de las costas de la Unión. Una circunstancia desgraciada contrarió los planes del canadiense. El tiempo era muy malo. Nos acercábamos a aquellas costas donde las tempestades son tan frecuentes, a aquella tierra de trombas y de ciclones engendrados precisamente por la corriente del Golfo. Desafiar el mar en una frágil embarcación habría sido correr a una perdición segura. El propio Ned Land lo reconocía. Estaba inquieto, presa de una nostalgia que solo la huida podía curar.

—Señor —me dijo aquel día—, esto tiene que acabar. Quiero hablarle con el corazón en la mano. Ese Nemo se aleja de tierra y sube hacia el norte. Pero le aseguro que ya he tenido bastante con el Polo Sur, y no pienso seguirlo al Polo Norte.

—¿Y qué podemos hacer, Ned, si por ahora la huida es impracticable?

—Tenemos que hablar con el capitán —dijo él—; usted no dijo nada cuando estábamos en los mares de su país. Ahora que estamos en los míos, hablaré yo. Cuando pienso que dentro de poco el Nautilus estará a la altura de Nueva Escocia, y que allí, cerca de Terranova, se abre una gran bahía, y que en esa bahía desemboca el San Lorenzo, y que el San Lorenzo es mi río, el río de Quebec, mi ciudad natal..., cuando pienso en esto, me pongo furioso, se me erizan los cabellos. ¡Señor, prefiero tirarme al mar! ¡No me quedaré aquí! ¡Me ahogo!

El canadiense estaba evidentemente a punto de perder la paciencia. Su naturaleza vigorosa no podía soportar aquel encierro prolongado. Su rostro se alteraba de día en día; su carácter se volvía cada vez más sombrío. Yo comprendía lo que debía de sufrir, pues también a mí me dominaba la nostalgia. Habían pasado cerca de siete meses sin que tuviéramos noticia alguna de tierra; el aislamiento del capitán Nemo, su cambio de humor, sobre todo desde el combate con los pulpos, su taciturnidad, todo me hacía ver las cosas de otro modo.

—¿Y bien, señor? —dijo Ned, al ver que yo no respondía.

—Y bien, Ned, ¿desea usted que pregunte al capitán Nemo cuáles son sus intenciones respecto a nosotros?

—Sí, señor.

—¿Aunque ya nos las haya dado a conocer?

—Sí; quiero que quede zanjado de una vez. Hable por mí, solo en mi nombre, si así lo prefiere.

—Pero lo veo tan poco... Me evita.

—Razón de más para que vaya el señor a verlo.

Me fui a mi camarote. Desde allí pensaba dirigirme al del capitán Nemo. No convenía dejar escapar aquella ocasión de encontrarlo. Llamé a la puerta. No hubo respuesta. Llamé de nuevo y luego giré el picaporte. La puerta se abrió y entré. El capitán estaba allí. Inclinado sobre su mesa de trabajo, no me había oído. Resuelto a no marcharme sin haberle hablado, me acerqué a él. Levantó bruscamente la cabeza, frunció el ceño y me dijo con aspereza: «¡Usted aquí! ¿Qué quiere?».

—Hablarle, capitán.

—Pero estoy ocupado, señor; estoy trabajando. Yo le dejo a usted la libertad de encerrarse; ¿no se me puede conceder a mí la misma?

El recibimiento no era alentador; pero yo estaba decidido a oírlo todo y a responder a todo.

—Señor —le dije fríamente—, tengo que hablarle de un asunto que no admite demora.

—¿Qué asunto es ese, señor? —replicó irónicamente—. ¿Ha descubierto usted algo que se me haya escapado, o le ha revelado el mar algún nuevo secreto?

No nos entendíamos. Pero, antes de que pudiera responderle, me mostró un manuscrito abierto sobre su mesa y me dijo en tono más grave: «Aquí tiene, señor Aronnax, un manuscrito redactado en varias lenguas. Contiene el resumen de mis estudios sobre el mar y, si Dios quiere, no perecerá conmigo. Este manuscrito, firmado con mi nombre y completado con la historia de mi vida, será encerrado en un pequeño estuche insumergible. El último superviviente de todos los que estamos a bordo del Nautilus arrojará ese estuche al mar, y él irá adonde lo lleven las olas».

¡El nombre de aquel hombre! ¡Su historia escrita por él mismo! Su misterio, pues, sería revelado algún día.

—Capitán —le dije—, no puedo sino aprobar la idea que le mueve a obrar así. El fruto de sus estudios no debe perderse. Pero el medio que emplea me parece primitivo. ¿Quién sabe adónde llevarán los vientos ese estuche y en qué manos caerá? ¿No podría usted emplear otro medio? ¿No podría usted, o alguno de los suyos...?

—¡Jamás, señor! —dijo, interrumpiéndome con viveza.

—Pero mis compañeros y yo estamos dispuestos a guardar ese manuscrito en depósito; y, si usted nos devuelve la libertad...

—¿La libertad? —dijo el capitán, levantándose.

—Sí, señor; ese es precisamente el asunto sobre el cual deseo interrogarle. Hace siete meses que estamos aquí a bordo, y hoy le pregunto, en nombre de mis compañeros y en el mío propio, si su intención es retenernos aquí para siempre.

—Señor Aronnax, le responderé hoy lo mismo que hace siete meses: quien entra en el Nautilus no debe abandonarlo jamás.

—¡Lo que usted nos impone es una verdadera esclavitud!

—Dele el nombre que le plazca.

—Pero en todas partes el esclavo tiene derecho a recobrar su libertad.

—¿Y quién le niega a usted ese derecho? ¿He intentado alguna vez encadenarlos con un juramento?

Me miraba con los brazos cruzados.

—Señor —le dije—, volver por segunda vez sobre este asunto no será del gusto de usted ni del mío; pero, puesto que lo hemos abordado, llevémoslo hasta el fin. Se lo repito: no se trata solo de mí. Para mí el estudio es un alivio, una distracción, una pasión que podría hacérmelo olvidar todo. Como usted, estoy dispuesto a vivir ignorado, con la frágil esperanza de legar un día al porvenir el fruto de mis trabajos. Pero con Ned Land es distinto. Todo hombre digno de ese nombre merece alguna consideración. ¿Ha pensado usted que el amor a la libertad y el odio a la esclavitud pueden hacer nacer proyectos de venganza en una naturaleza como la del canadiense; que podría pensar, intentar, ensayar...?

Me callé; el capitán Nemo se levantó.

—¡Que Ned Land piense, intente o ensaye lo que quiera! ¿Qué me importa a mí? ¡Yo no fui a buscarlo! ¡No es por gusto por lo que lo retengo a bordo! En cuanto a usted, señor Aronnax, es de los que pueden comprenderlo todo, incluso el silencio. No tengo nada más que decirle. Que esta primera vez que ha venido a tratar este asunto sea la última, porque una segunda vez no le escucharé.

Me retiré. Nuestra situación era crítica. Referí mi conversación a mis dos compañeros.

—Ahora sabemos —dijo Ned— que no podemos esperar nada de ese hombre. El Nautilus se acerca a Long Island. Huiremos, haga el tiempo que haga.

Pero el cielo se volvía cada vez más amenazador. Se manifestaban los síntomas de un huracán. La atmósfera se tornaba blanquecina y lechosa. En el horizonte, a los finos haces de cirros sucedían masas de cúmulos. Otras nubes bajas pasaban rápidamente. El mar, hinchado, se levantaba en enormes olas. Las aves desaparecían, con excepción de los petreles, esos amigos de las tempestades. El barómetro bajaba sensiblemente e indicaba una extrema tensión de los vapores. La mezcla del storm glass se descomponía bajo la influencia de la electricidad que saturaba la atmósfera. La tempestad estalló el 18 de mayo, precisamente cuando el Nautilus flotaba a la altura de Long Island, a algunas millas del puerto de Nueva York. ¡Puedo describir esta lucha de los elementos!, pues, en lugar de huir a las profundidades del mar, el capitán Nemo, por un capricho inexplicable, quiso desafiarla en la superficie. Al principio el viento soplaba del suroeste. El capitán Nemo, durante las ráfagas, se había situado en la plataforma. Se había atado para no ser arrastrado por las monstruosas olas. Yo había subido también y me había atado igualmente, repartiendo mi admiración entre la tempestad y aquel hombre extraordinario que le hacía frente. Barrían el mar embravecido enormes jirones de nubes que verdaderamente se empapaban en las olas. El Nautilus, unas veces tumbado sobre un costado, otras erguido como un mástil, cabeceaba y se balanceaba terriblemente. Hacia las cinco cayó un torrente de lluvia que no calmó ni el mar ni el viento. El huracán soplaba a cerca de cuarenta leguas por hora. En tales condiciones es cuando derriba casas, rompe verjas de hierro y desplaza cañones de a veinticuatro. Sin embargo, el Nautilus, en medio de la tempestad, confirmaba las palabras de un sabio ingeniero: «No hay casco bien construido que no pueda desafiar al mar». No era una roca que resistía; era un huso de acero, dócil y móvil, sin aparejo ni mástiles, que arrostraba impunemente su furia. Entretanto, yo observaba atentamente aquellas olas desencadenadas. Medían quince pies de altura y de 150 a 175 yardas de longitud, y su velocidad de propagación era de treinta pies por segundo. Su volumen y su fuerza aumentaban con la profundidad del agua. Olas como estas, en las Hébridas, han desplazado una mole de 8.400 libras de peso. Son ellas las que, en la tempestad del 23 de diciembre de 1864, tras destruir la ciudad de Yedo, en el Japón, fueron a romper el mismo día en las costas de América. La intensidad de la tempestad aumentó con la noche. El barómetro, como en 1860 en la isla de la Reunión durante un ciclón, bajó siete décimas al caer el día. Vi pasar por el horizonte un gran buque que luchaba penosamente. Trataba de mantenerse al pairo a media máquina para sostenerse sobre las olas. Probablemente era uno de los vapores de la línea de Nueva York a Liverpool o a El Havre. Pronto desapareció en la oscuridad. A las diez de la noche el cielo estaba en llamas. La atmósfera estaba surcada de vivos relámpagos. Yo no podía soportar su resplandor, mientras que el capitán, mirándolos de frente, parecía envidiar al espíritu de la tempestad. Un ruido terrible llenaba el aire, un ruido complejo, hecho de los aullidos de las olas aplastadas, de los rugidos del viento y del estallido de los truenos. El viento giraba bruscamente hacia todos los puntos del horizonte; y el ciclón, levantándose por el este, volvía a él después de pasar por el norte, el oeste y el sur, en sentido inverso al de las tormentas giratorias del hemisferio austral. ¡Ah, la corriente del Golfo! Bien merece su nombre de Rey de las Tempestades. Es ella la que crea esos formidables ciclones, por la diferencia de temperatura entre su aire y sus corrientes. A la lluvia había sucedido una lluvia de fuego. Las gotas de agua se habían convertido en penachos fulminantes. Se hubiera dicho que el capitán Nemo buscaba una muerte digna de él, una muerte por el rayo. Cuando el Nautilus, en un cabeceo espantoso, alzaba en el aire su espolón de acero, parecía hacer de pararrayos, y yo veía brotar de él largas chispas. Molido y sin fuerzas, me arrastré hasta la escotilla, la abrí y bajé al salón. La tormenta alcanzaba entonces su máxima violencia. Era imposible mantenerse en pie en el interior del Nautilus. El capitán Nemo bajó hacia las doce. Oí cómo se iban llenando poco a poco los depósitos, y el Nautilus se hundió lentamente bajo las olas. Por las ventanas abiertas del salón veía grandes peces aterrados que pasaban como fantasmas por el agua. Algunos fueron fulminados ante mis ojos. El Nautilus seguía descendiendo. Pensé que a unas ocho brazas de profundidad encontraríamos la calma. ¡Pero no! Las capas superiores estaban demasiado violentamente agitadas para ello. Tuvimos que buscar reposo a más de veinticinco brazas, en las entrañas del abismo. ¡Pero allí, qué quietud, qué silencio, qué paz! ¿Quién hubiera dicho que un huracán semejante se había desencadenado en la superficie de aquel océano?