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Del cabo de Hornos al Amazonas

Veinte mil leguas de viaje submarino · Jules Verne · traducido por Claude Opus

No sé cómo llegué a la plataforma; quizá me llevó el canadiense. Pero respiraba, aspiraba el vivificante aire del mar. Mis dos compañeros se embriagaban con aquellas frescas moléculas. Los otros desdichados que han estado mucho tiempo sin comer no pueden entregarse impunemente a los alimentos más sencillos que se les dan. Nosotros, por el contrario, no teníamos por qué moderarnos; podíamos aspirar libremente aquel aire a pleno pulmón, y era la brisa, solo la brisa, la que nos colmaba de aquel intenso placer.

—¡Ah! —decía Conseil—, ¡qué delicioso es este oxígeno! Que no tema el señor respirarlo. Hay para todo el mundo.

Ned Land no hablaba, pero abría unas mandíbulas capaces de asustar a un tiburón. Pronto recobramos las fuerzas y, al mirar a mi alrededor, vi que estábamos solos en la plataforma. Los marineros extranjeros del Nautilus se contentaban con el aire que circulaba por el interior; ninguno había subido a beber al aire libre.

Las primeras palabras que pronuncié fueron de agradecimiento y gratitud hacia mis dos compañeros. Ned y Conseil habían prolongado mi vida durante las últimas horas de aquella larga agonía. Toda mi gratitud no bastaría para pagar semejante abnegación.

—Amigos míos —dije—, estamos unidos el uno al otro para siempre, y les estoy infinitamente obligado.

—Cosa que pienso aprovechar —exclamó el canadiense.

—¿Qué quieres decir? —dijo Conseil.

—Quiero decir que te llevaré conmigo cuando abandone este infernal Nautilus.

—Bueno —dijo Conseil—, después de todo esto, ¿vamos por buen camino?

—Sí —respondí—, porque vamos en dirección al sol, y aquí el sol está en el norte.

—Sin duda —dijo Ned Land—, pero falta saber si llevará el buque al Pacífico o al Atlántico, es decir, a mares frecuentados o desiertos.

No podía responder a esa pregunta, y temía que el capitán Nemo prefiriera llevarnos al vasto océano que baña a la vez las costas de Asia y de América. Completaría así la vuelta al mundo submarino y regresaría a aquellas aguas en las que el Nautilus navegaba libremente. No tardaríamos en saber a qué atenernos sobre este importante punto. El Nautilus avanzaba a gran velocidad. Pronto rebasamos el círculo polar y se puso rumbo al cabo de Hornos. El 31 de marzo, a las siete de la tarde, nos hallábamos frente a la punta americana. Entonces quedaron olvidados todos nuestros sufrimientos pasados. El recuerdo de aquel encierro entre los hielos se borró de nuestras mentes. Solo pensábamos en el porvenir. El capitán Nemo no volvió a aparecer ni en el salón ni en la plataforma. El punto que el segundo marcaba cada día en el planisferio me indicaba la dirección exacta del Nautilus. Ahora bien, aquella tarde resultó evidente, con gran satisfacción por mi parte, que volvíamos hacia el norte por el Atlántico. Al día siguiente, 1 de abril, cuando el Nautilus subió a la superficie unos minutos antes del mediodía, avistamos tierra al oeste. Era la Tierra del Fuego, así llamada por los primeros navegantes al ver la cantidad de humo que se elevaba de las chozas de los indígenas. La costa me pareció baja, pero a lo lejos se alzaban altas montañas. Hasta creí entrever el monte Sarmiento, que se eleva a 2.070 yardas sobre el nivel del mar, con una cumbre muy puntiaguda que, según esté envuelta en bruma o despejada, anuncia buen tiempo o lluvia. En aquel momento el pico se recortaba nítidamente contra el cielo. El Nautilus, sumergiéndose de nuevo, se aproximó a la costa, que solo distaba unas pocas millas. Desde los cristales del salón vi largas algas y fucos gigantescos y varec, de los que el mar polar libre contiene tantos ejemplares, con sus filamentos afilados y bruñidos; medían unas 300 yardas de longitud: verdaderos cables, más gruesos que el pulgar; y, como son muy resistentes, se emplean a menudo como cabos para las embarcaciones. Otra alga, conocida con el nombre de velp, de hojas de cuatro pies de largo, enterrada en las concreciones coralinas, tapizaba el fondo. Servía de nido y de alimento a miríadas de crustáceos y moluscos, cangrejos y sepias. Allí las focas y las nutrias se daban espléndidos festines, comiendo la carne del pescado con verduras marinas, a la manera inglesa. Sobre aquel suelo fértil y exuberante pasó el Nautilus a gran velocidad. Hacia el anochecer se aproximó al archipiélago de las Malvinas, cuyas ásperas cumbres reconocí al día siguiente. La profundidad del mar era moderada. En aquellas orillas nuestras redes sacaron hermosos ejemplares de algas, y en particular cierto fuco cuyas raíces estaban cubiertas de los mejores mejillones del mundo. Ocas y patos cayeron por docenas sobre la plataforma y pronto ocuparon su lugar en la despensa de a bordo.

Cuando las últimas alturas de las Malvinas desaparecieron del horizonte, el Nautilus se sumergió entre veinte y veinticinco yardas y siguió la costa americana. El capitán Nemo no se dejaba ver. Hasta el 3 de abril no abandonamos las costas de la Patagonia, unas veces bajo el océano, otras en la superficie. El Nautilus rebasó el gran estuario que forma el Plata y el 4 de abril se hallaba a cincuenta y seis millas del Uruguay. Su rumbo era hacia el norte y seguía las largas sinuosidades de la costa de América del Sur. Habíamos recorrido entonces 1.600 millas desde nuestro embarque en los mares del Japón. Hacia las once de la mañana cruzamos el trópico de Capricornio en el meridiano treinta y siete y pasamos mar adentro frente al cabo Frío. El capitán Nemo, con gran disgusto de Ned Land, no gustaba de la vecindad de las costas habitadas del Brasil, pues avanzábamos a una velocidad vertiginosa. Ni un pez ni un ave, por veloces que fueran, podían seguirnos, y las curiosidades naturales de aquellos mares escaparon a toda observación.

Esta velocidad se mantuvo durante varios días, y en la tarde del 9 de abril avistamos la punta más oriental de América del Sur, que forma el cabo San Roque. Pero entonces el Nautilus volvió a desviarse y buscó la mayor profundidad de un valle submarino que se extiende entre ese cabo y Sierra Leona, en la costa africana. Este valle se bifurca a la altura del paralelo de las Antillas y termina al norte en una enorme depresión de 9.000 yardas. En aquel lugar, la cuenca geológica del océano forma, hasta las Pequeñas Antillas, un acantilado de tres millas y media de altura perpendicular y, a la altura del paralelo de las islas de Cabo Verde, otra muralla no menos considerable, que encierra así todo el continente sumergido del Atlántico. El fondo de este inmenso valle está salpicado de algunas montañas, que dan a aquellos parajes submarinos un aspecto pintoresco. Hablo, por lo demás, basándome en las cartas manuscritas que había en la biblioteca del Nautilus, cartas debidas evidentemente a la mano del capitán Nemo y levantadas según sus observaciones personales. Durante dos días recorrimos aquellas aguas desiertas y profundas por medio de los planos inclinados. El Nautilus estaba provisto de largas bordadas diagonales que lo llevaban a todas las alturas. Pero el 11 de abril ascendió de repente, y apareció tierra en la desembocadura del río Amazonas, un vasto estuario cuyo caudal es tan considerable que endulza el agua del mar en una extensión de varias leguas.

Cruzamos el ecuador. Veinte millas al oeste se hallaban las Guayanas, territorio francés en el que habríamos encontrado fácil refugio; pero soplaba una fuerte brisa y las olas furiosas no habrían permitido a un simple bote hacerles frente. Ned Land lo comprendió así, sin duda, pues no dijo ni una palabra al respecto. Por mi parte, no hice alusión alguna a sus proyectos de fuga, pues no quería empujarlo a un intento que forzosamente había de fracasar. Yo hacía pasar el tiempo agradablemente con interesantes estudios. Durante los días 11 y 12 de abril, el Nautilus no abandonó la superficie del mar, y la red sacó una maravillosa redada de zoófitos, peces y reptiles. Algunos zoófitos habían sido pescados por la cadena de las redes; eran en su mayoría hermosas fictalinas, pertenecientes a la familia de los actinarios, y entre otras especies la phyctalis protexta, propia de aquella parte del océano, con un pequeño tronco cilíndrico adornado de líneas verticales y moteado de puntos rojos, que coronaba un maravilloso florecimiento de tentáculos. En cuanto a los moluscos, eran algunos que yo ya había observado: turritelas, porfirias olivas, de líneas regulares entrecruzadas, con manchas rojas que destacaban claramente sobre la carne; caprichosos pteróceros, semejantes a escorpiones petrificados; hialeas translúcidas, argonautas, sepias (excelentes para comer) y ciertas especies de calamares que los naturalistas de la Antigüedad clasificaron entre los peces voladores, y que sirven principalmente de cebo para la pesca del bacalao. Tuve entonces ocasión de estudiar varias especies de peces de aquellas costas. Entre los cartilaginosos, petromizones-pricka, una especie de anguila de quince pulgadas de largo, cabeza verdosa, aletas violáceas, lomo gris azulado, vientre pardo, plateado y sembrado de manchas brillantes, con la pupila del ojo rodeada de oro —curioso animal que la corriente del Amazonas había arrastrado hasta el mar, pues habitan en aguas dulces—; rayas tuberculadas, de hocico puntiagudo y cola larga y suelta, armada de un largo aguijón dentado; pequeños tiburones de una yarda de largo, de piel gris y blanquecina, con varias hileras de dientes curvados hacia atrás, que se conocen generalmente con el nombre de pantuflas; vespertiliones, especie de triángulo isósceles rojizo de media yarda de largo, a los que las pectorales se unen mediante prolongaciones carnosas que les dan aspecto de murciélagos, pero a los que su apéndice córneo, situado junto a las narinas, ha valido el nombre de unicornios marinos; por último, algunas especies de balistes, el curasaviano, cuyas manchas eran de un brillante color dorado, y el capriscus de color violeta claro, con matices cambiantes como el cuello de una paloma.

Termino aquí este catálogo, algo árido quizá, pero muy exacto, con una serie de peces óseos que observé al pasar: apteronotos, cuyo hocico es blanco como la nieve y el cuerpo de un hermoso negro, marcado con una tira carnosa muy larga y suelta; odontognatos, armados de púas; sardinas de nueve pulgadas de largo, que resplandecían con un vivo brillo plateado; una especie de caballa provista de dos aletas anales; centronotos de tinte negruzco, que se pescan con antorchas, peces largos, de dos yardas, de carne grasa, blanca y firme, que, frescos, saben a anguila y, secos, a salmón ahumado; labros semirrojos, cubiertos de escamas solo en la base de las aletas dorsal y anal; crisópteros, en los que el oro y la plata mezclan su brillo con el del rubí y el topacio; esparos de cola dorada, cuya carne es extremadamente delicada y cuyas propiedades fosforescentes los delatan en medio de las aguas; esparos anaranjados de lengua larga; corvinas de aletas caudales doradas, acanturos oscuros, anableps de Surinam, etc.

A pesar de este «etcétera», no debo omitir la mención de un pez que Conseil recordará durante mucho tiempo, y con razón. Una de nuestras redes había sacado una especie de raya muy aplanada que, con la cola cortada, formaba un disco perfecto y pesaba veinte onzas. Era blanca por debajo y roja por encima, con grandes manchas redondas de color azul oscuro rodeadas de negro, de piel muy lustrosa, y terminaba en una aleta bilobulada. Tendida sobre la plataforma, se debatía, intentaba darse la vuelta con movimientos convulsivos y hacía tantos esfuerzos que un último giro estuvo a punto de devolverla al mar. Pero Conseil, que no quería dejar escapar el pez, se precipitó sobre él y, antes de que yo pudiera impedírselo, lo había agarrado con ambas manos. Al instante cayó derribado, con las piernas en el aire y medio cuerpo paralizado, gritando:

—¡Oh! ¡Señor, señor! ¡Socórreme!

Era la primera vez que el pobre muchacho me hablaba con tanta familiaridad. El canadiense y yo lo levantamos y le frotamos los brazos contraídos hasta que recobró el sentido. El desdichado Conseil había atacado a un pez torpedo de la especie más peligrosa, el cumana. Este extraño animal, en un medio conductor como el agua, fulmina a los peces a varias yardas de distancia, tan grande es la potencia de su órgano eléctrico, cuyas dos superficies principales no miden menos de veintisiete pies cuadrados. Al día siguiente, 12 de abril, el Nautilus se aproximó a la costa holandesa, cerca de la desembocadura del Maroni. Allí vivían agrupadas varias manadas de vacas marinas; eran manatíes que, como el dugongo y la stellera, pertenecen al orden de los sirenios. Estos hermosos animales, pacíficos e inofensivos, de dieciocho a veintiún pies de longitud, pesan por lo menos dieciséis quintales. Les dije a Ned Land y a Conseil que la próvida naturaleza había asignado un importante papel a estos mamíferos. En efecto, están destinados, como las focas, a pacer en las praderas submarinas y destruir así las acumulaciones de hierbas que obstruyen los ríos tropicales.

—¿Y sabéis —añadí— cuál ha sido el resultado desde que los hombres han aniquilado casi por completo esta útil raza? Que las hierbas putrefactas han envenenado el aire, y el aire envenenado causa la fiebre amarilla, que asola estos hermosos países. Vegetaciones enormes se multiplican bajo los mares tórridos, y el mal se desarrolla irresistiblemente desde la desembocadura del Río de la Plata hasta Florida. Si hemos de creer a Toussenel, esta plaga no es nada comparada con lo que sería si los mares quedaran limpios de ballenas y focas. Entonces, infestados de pulpos, medusas y sepias, se convertirían en inmensos focos de infección, puesto que sus olas no poseerían ya «esos vastos estómagos que Dios había encargado de barrer la superficie de los mares».