Aquel terrible espectáculo fue el preludio de la serie de catástrofes marítimas que el Nautilus había de encontrar en su derrota. Mientras navegó por aguas más frecuentadas, vimos a menudo cascos de barcos naufragados que se pudrían en las profundidades, y, más abajo, cañones, balas, anclas, cadenas y otros mil objetos de hierro roídos por el orín. Sin embargo, el 11 de diciembre avistamos las islas Pomotú, el antiguo «grupo peligroso» de Bougainville, que se extienden en un espacio de 500 leguas de ESE a ONO, desde la isla Ducie hasta la de Lazareff. Este archipiélago cubre una superficie de 370 leguas cuadradas, y está formado por sesenta grupos de islas, entre los que destaca el grupo Gambier, sobre el cual ejerce Francia su soberanía. Son islas coralinas, que se elevan lenta pero continuamente, creadas por el trabajo cotidiano de los pólipos. Más adelante, esta nueva isla se unirá a los grupos vecinos, y un quinto continente se extenderá desde Nueva Zelanda y Nueva Caledonia, y de allí hasta las Marquesas.
Un día en que exponía yo esta teoría al capitán Nemo, me respondió fríamente:
—La Tierra no necesita nuevos continentes, sino hombres nuevos.
El azar había llevado al Nautilus hacia la isla de Clermont-Tonnerre, una de las más curiosas del grupo, descubierta en 1822 por el capitán Bell, de la Minerva. Pude estudiar entonces el sistema madrepórico, al que se deben las islas de este océano.
Las madréporas (que no deben confundirse con los corales) tienen un tejido revestido de una costra calcárea, y las modificaciones de su estructura han llevado al señor Milne Edwards, mi digno maestro, a clasificarlas en cinco secciones. Los animálculos que segrega el pólipo marino viven a millones en el fondo de sus celdillas. Sus depósitos calcáreos se convierten en rocas, arrecifes e islas grandes y pequeñas. Aquí forman un anillo que rodea un pequeño lago interior, comunicado con el mar por medio de brechas. Allá construyen barreras de arrecifes semejantes a las de las costas de Nueva Caledonia y de las diversas islas Pomotú. En otros lugares, como en la Reunión y en Mauricio, levantan arrecifes franjeados, altas murallas verticales, junto a las cuales la profundidad del océano es considerable.
A algunos cables de las costas de la isla de Clermont admiré la obra gigantesca realizada por aquellos obreros microscópicos. Estas murallas son obra especialmente de las madréporas conocidas con los nombres de miléporas, poritas, madréporas y astreas. Estos pólipos se encuentran particularmente en los fondos agitados del mar, cerca de la superficie; y, en consecuencia, es por la parte superior por donde comienzan sus construcciones, en las que se van sepultando poco a poco con los restos de las secreciones que las sostienen. Tal es, al menos, la teoría de Darwin, que explica así la formación de los atolones, teoría superior (a mi juicio) a la que atribuye como base de las construcciones madrepóricas cimas de montañas o de volcanes sumergidas a algunos pies bajo el nivel del mar.
Pude observar de cerca aquellas curiosas murallas, pues verticalmente medían más de 300 yardas de profundidad, y nuestros haces eléctricos iluminaban brillantemente aquella materia calcárea. Respondiendo a una pregunta que me hizo Conseil sobre el tiempo que tardaban en levantarse aquellas barreras colosales, lo dejé muy asombrado al decirle que los sabios lo calculaban en un octavo de pulgada cada cien años.
Hacia el atardecer, Clermont-Tonnerre se perdió en la lejanía, y el rumbo del Nautilus cambió sensiblemente. Tras cruzar el trópico de Capricornio a 135° de longitud, navegó hacia el ONO, dirigiéndose de nuevo hacia la zona tropical. Aunque el sol del verano era muy fuerte, no sufríamos por el calor, pues a quince o veinte brazas bajo la superficie la temperatura no pasaba de diez a doce grados.
El 15 de diciembre dejamos al este el seductor archipiélago de la Sociedad y la graciosa Tahití, reina del Pacífico. Por la mañana vi, a algunas millas a barlovento, las elevadas cimas de la isla. Aquellas aguas proveyeron nuestra mesa de excelentes peces: caballas, bonitos y algunas variedades de serpiente de mar.
El 25 de diciembre, el Nautilus penetró en medio de las Nuevas Hébridas, descubiertas por Quirós en 1606, exploradas por Bougainville en 1768, y a las que Cook dio su nombre actual en 1773. Este archipiélago se compone principalmente de nueve grandes islas, que forman una franja de 120 leguas de NNO a SSE, entre los 15° y los 2° de latitud sur, y los 164° y 168° de longitud. Pasamos bastante cerca de la isla de Aurou, que a mediodía parecía una masa de bosques verdes coronada por un pico de gran altura.
Como aquel día era el de Navidad, Ned Land pareció lamentar amargamente no poder celebrar el «Christmas», la fiesta familiar a la que tan aficionados son los protestantes. Hacía una semana que no había visto al capitán Nemo cuando, en la mañana del 27, entró en el gran salón, con aquel aire de siempre de haberlo visto a uno cinco minutos antes. Estaba yo ocupado trazando en el planisferio la derrota del Nautilus. El capitán se acercó a mí, puso el dedo sobre un punto del mapa y pronunció esta sola palabra:
—Vanikoro.
¡El efecto fue mágico! ¡Era el nombre de las islas en las que se había perdido La Pérouse! Me levanté de un salto.
—¿El Nautilus nos ha traído a Vanikoro? —pregunté.
—Sí, profesor —dijo el capitán.
—¿Y podré visitar las célebres islas donde se estrellaron la Boussole y la Astrolabe?
—Si así lo desea, profesor.
—¿Cuándo estaremos allí?
—Ya estamos.
Seguido del capitán Nemo, subí a la plataforma y escruté ávidamente el horizonte.
Al nordeste emergían dos islas volcánicas de desigual tamaño, rodeadas por un arrecife de coral que medía cuarenta millas de circunferencia. Estábamos cerca de Vanikoro, propiamente la isla a la que Dumont d'Urville dio el nombre de isla de la Recherche, y exactamente frente al pequeño puerto de Vanou, situado a 16° 4′ de latitud sur y 164° 32′ de longitud este. La tierra parecía cubierta de verdor desde la orilla hasta las cimas del interior, dominadas por el monte Kapogo, de 476 pies de altura. El Nautilus, tras franquear el cinturón exterior de rocas por un estrecho paso, se encontró entre rompientes donde el mar tenía de treinta a cuarenta brazas de profundidad. Bajo la verde sombra de unos mangles distinguí a algunos salvajes, que parecieron muy sorprendidos por nuestra llegada. En aquel largo cuerpo negro que avanzaba a flor de agua, ¿no verían algún formidable cetáceo del que debían desconfiar?
En aquel momento el capitán Nemo me preguntó qué sabía yo del naufragio de La Pérouse.
—Solo lo que sabe todo el mundo, capitán —respondí.
—¿Y podría decirme lo que sabe todo el mundo? —preguntó irónicamente.
—Fácilmente.
Le referí todo lo que habían dado a conocer los últimos trabajos de Dumont d'Urville, trabajos de los que he aquí un breve resumen.
La Pérouse y su segundo, el capitán de Langle, fueron enviados por Luis XVI, en 1785, a un viaje de circunnavegación. Embarcaron en las corbetas Boussole y Astrolabe, de las que nunca más se volvió a saber. En 1791, el Gobierno francés, justamente inquieto por la suerte de aquellas dos corbetas, armó dos grandes urcas, la Recherche y la Espérance, que zarparon de Brest el 28 de septiembre al mando de Bruni d'Entrecasteaux.
Dos meses después supieron por Bowen, comandante del Albemarle, que se habían visto restos de buques naufragados en las costas de Nueva Georgia. Pero D'Entrecasteaux, desatendiendo esta noticia, por otra parte bastante incierta, dirigió su rumbo hacia las islas del Almirantazgo, señaladas en un informe del capitán Hunter como el lugar donde había naufragado La Pérouse.
Buscaron en vano. La Espérance y la Recherche pasaron por delante de Vanikoro sin detenerse en ella, y en verdad aquel viaje fue de lo más desastroso, pues costó la vida a D'Entrecasteaux, a dos de sus oficiales y a varios de sus tripulantes.
El capitán Dillon, un viejo y avezado marino del Pacífico, fue el primero en encontrar huellas indudables de los naufragios. El 15 de mayo de 1824, su barco, el Saint-Patrick, pasó cerca de Tikopia, una de las Nuevas Hébridas. Allí un lascar se acercó en una piragua y le vendió una empuñadura de espada de plata que llevaba la marca de unos caracteres grabados en el puño. El lascar afirmaba que seis años antes, durante una estancia en Vanikoro, había visto a dos europeos que pertenecían a unos barcos encallados en los arrecifes hacía algunos años.
Dillon adivinó que se trataba de La Pérouse, cuya desaparición había conmovido al mundo entero. Intentó llegar a Vanikoro, donde, según el lascar, encontraría numerosos restos del naufragio, pero los vientos y las corrientes se lo impidieron.
Dillon regresó a Calcuta. Allí interesó en su descubrimiento a la Sociedad Asiática y a la Compañía de las Indias. Se puso a su disposición un barco, al que se dio el nombre de Recherche, y partió el 23 de enero de 1827, acompañado de un agente francés.
La Recherche, tras hacer escala en varios puntos del Pacífico, echó el ancla ante Vanikoro el 7 de julio de 1827, en aquel mismo puerto de Vanou donde se encontraba ahora el Nautilus.
Allí recogió numerosos restos del naufragio: utensilios de hierro, anclas, estrobos de motón, pedreros, una bala de a dieciocho libras, fragmentos de instrumentos astronómicos, un trozo de coronamiento y una campana de bronce con esta inscripción: «Bazin m'a fait», marca de la fundición del arsenal de Brest hacia 1785. Ya no cabía duda alguna.
Dillon, tras completar sus pesquisas, permaneció en aquel lugar funesto hasta octubre. Luego abandonó Vanikoro y se dirigió hacia Nueva Zelanda; hizo escala en Calcuta el 7 de abril de 1828 y regresó a Francia, donde fue calurosamente acogido por Carlos X.
Pero al mismo tiempo, sin conocer los movimientos de Dillon, Dumont d'Urville había partido ya en busca del lugar del naufragio. Y es que habían sabido por un ballenero que se habían encontrado algunas medallas y una cruz de San Luis en manos de unos salvajes de la Luisiada y de Nueva Caledonia. Dumont d'Urville, comandante de la Astrolabe, se había hecho entonces a la mar, y dos meses después de que Dillon hubiera dejado Vanikoro hizo escala en Hobart Town. Allí se enteró de los resultados de las pesquisas de Dillon, y supo que un tal James Hobbs, segundo oficial del Union, de Calcuta, tras desembarcar en una isla situada a 8° 18′ de latitud sur y 156° 30′ de longitud este, había visto algunas barras de hierro y telas rojas que usaban los indígenas de aquellos parajes. Dumont d'Urville, muy perplejo y sin saber si dar crédito a las noticias de periódicos de poca monta, decidió seguir el rastro de Dillon.
El 10 de febrero de 1828, la Astrolabe se presentó ante Tikopia y tomó como guía e intérprete a un desertor que encontró en la isla; se dirigió a Vanikoro, la avistó el día 12, estuvo bordeando los arrecifes hasta el 14, y hasta el 20 no echó el ancla dentro de la barrera, en el puerto de Vanou.
El 23, varios oficiales dieron la vuelta a la isla y trajeron algunas bagatelas sin importancia. Los indígenas, adoptando un sistema de negativas y evasivas, se negaban a conducirlos al lugar del desastre. Aquella conducta equívoca les hizo creer que los indígenas habían maltratado a los náufragos, y, en efecto, parecían temer que Dumont d'Urville hubiera venido a vengar a La Pérouse y a su infortunada tripulación.
Sin embargo, el 26, apaciguados con algunos regalos y comprendiendo que no tenían que temer represalias, condujeron al señor Jacquinot al lugar del naufragio.
Allí, a tres o cuatro brazas de profundidad, entre los arrecifes de Pacou y de Vanou, yacían anclas, cañones y lingotes de plomo y de hierro, empotrados en las concreciones calcáreas. La chalupa y la ballenera de la Astrolabe fueron enviadas a aquel lugar, y, no sin alguna dificultad, sus tripulaciones sacaron un ancla que pesaba 1.800 libras, un cañón de bronce, algunos lingotes de hierro y dos pedreros de cobre.
Interrogando a los indígenas, Dumont d'Urville supo además que La Pérouse, después de perder sus dos barcos en los arrecifes de aquella isla, había construido una embarcación más pequeña, solo para perderse por segunda vez. Dónde, nadie lo sabía.
Pero el Gobierno francés, temiendo que Dumont d'Urville no estuviera al corriente de los movimientos de Dillon, había enviado a Vanikoro la corbeta Bayonnaise, al mando de Legoarant de Tromelin, que se hallaba destacada en la costa occidental de América. La Bayonnaise echó el ancla ante Vanikoro algunos meses después de la partida de la Astrolabe, pero no halló ningún documento nuevo; solo comprobó que los salvajes habían respetado el monumento a La Pérouse. Tal es, en sustancia, lo que referí al capitán Nemo.
—Así pues —dijo—, ¿nadie sabe todavía dónde pereció el tercer barco construido por los náufragos en la isla de Vanikoro?
—Nadie lo sabe.
El capitán Nemo no dijo nada, pero me hizo seña de que lo siguiera al gran salón. El Nautilus se sumergió algunas yardas bajo las olas y se abrieron los paneles.
Me precipité hacia la abertura, y bajo las incrustaciones de coral, recubiertas de fungias, sifónulas, alciones y madréporas, a través de miríadas de peces encantadores —girelas, glifisidontes, ponféridos, diácopos y holocentros—, reconocí ciertos restos que las dragas no habían podido arrancar: estribos de hierro, anclas, cañones, balas, guarniciones de cabrestante, una roda, objetos todos que probaban claramente el naufragio de algún buque y que ahora estaban tapizados de flores vivas. Mientras contemplaba yo aquella escena desoladora, el capitán Nemo me dijo con voz triste:

—El comandante La Pérouse partió el 7 de diciembre de 1785 con sus barcos la Boussole y la Astrolabe. Fondeó primero en Botany Bay, visitó las islas de los Amigos y Nueva Caledonia, se dirigió luego hacia Santa Cruz e hizo escala en Namuka, una de las islas del grupo Hapai. Después sus barcos se estrellaron contra los arrecifes desconocidos de Vanikoro. La Boussole, que iba delante, encalló en la costa meridional. La Astrolabe acudió en su ayuda y encalló también. El primer barco quedó destruido casi inmediatamente. El segundo, varado a sotavento, resistió algunos días. Los indígenas acogieron bien a los náufragos. Estos se instalaron en la isla y construyeron una embarcación más pequeña con los restos de las dos grandes. Algunos marineros se quedaron voluntariamente en Vanikoro; los demás, débiles y enfermos, partieron con La Pérouse. Se dirigieron hacia las islas Salomón, y allí perecieron con todo lo que llevaban en la costa occidental de la isla principal del archipiélago, entre los cabos Decepción y Satisfacción.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Por esto, que encontré en el lugar mismo del último naufragio.
El capitán Nemo me mostró una caja de hojalata, estampada con las armas de Francia y corroída por el agua salada. La abrió, y vi un legajo de papeles, amarillentos pero todavía legibles.
Eran las instrucciones del ministro de Marina al comandante La Pérouse, anotadas al margen de puño y letra de Luis XVI.
—¡Ah, es una hermosa muerte para un marino! —dijo por fin el capitán Nemo—. Una tumba de coral es una sepultura tranquila; y quiera el cielo que mis compañeros y yo no tengamos otra.