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Un bosque submarino

Veinte mil leguas de viaje submarino · Jules Verne · traducido por Claude Opus

Habíamos llegado por fin a la linde de aquel bosque, sin duda uno de los más hermosos de los inmensos dominios del capitán Nemo. Lo consideraba como suyo, y se atribuía sobre él los mismos derechos que tenían los primeros hombres en los primeros días del mundo. Y, en efecto, ¿quién le habría disputado la posesión de aquella propiedad submarina? ¿Qué otro pionero más audaz vendría, hacha en mano, a talar sus sombríos sotos?

Aquel bosque estaba compuesto de grandes plantas arborescentes, y en cuanto penetramos bajo sus vastas arcadas me llamó la atención la singular disposición de sus ramas, disposición que yo no había observado aún.

Tres pequeños buzos con fusiles de aire caminan bajo altísimas algas rojas, amarillas y verdes que se alzan rectas como los troncos de un bosque.

Ni una de las hierbas que alfombraban el suelo, ni una de las ramas que vestían los árboles, estaba rota o doblada, ni se extendía horizontalmente; todas se alzaban hacia la superficie del océano. No había filamento ni cinta, por delgados que fueran, que no se mantuviera derecho como una varilla de hierro. Los fucos y las lianas crecían en rígidas líneas perpendiculares, debido a la densidad del elemento que los había producido. Estaban inmóviles, y, cuando se los apartaba con la mano, recobraban al instante su posición primitiva. ¡Era en verdad el reino de la perpendicularidad!

Pronto me acostumbré a aquella disposición fantástica, así como a la relativa oscuridad que nos rodeaba. El suelo del bosque parecía sembrado de bloques afilados, difíciles de evitar. La flora submarina me pareció muy completa, y más rica incluso de lo que habría sido en las zonas árticas o tropicales, donde estas producciones no son tan abundantes. Pero durante algunos minutos confundí involuntariamente los géneros, tomando zoófitos por hidrófitos, animales por plantas; ¿y quién no se habría equivocado? La fauna y la flora están demasiado emparentadas en este mundo submarino.

Estas plantas se propagan por sí mismas, y el principio de su existencia está en el agua, que las sostiene y las nutre. La mayoría, en lugar de hojas, echaban láminas de formas caprichosas, comprendidas en una gama de colores: rosa, carmín, verde, oliva, leonado y pardo. ¡Vi allí (pero no secas, como los ejemplares del Nautilus) pavonarias desplegadas en abanico, como para recoger la brisa; ceramias escarlata, laminarias que extendían sus brotes comestibles, nereocistos en forma de helecho, que alcanzan una altura de quince pies; ramilletes de acetábulos, cuyos tallos se ensanchan hacia arriba, y otras muchas plantas marinas, todas desprovistas de flores!

«¡Curiosa anomalía, elemento fantástico —dijo un ingenioso naturalista—, en el que florece el reino animal y no florece el vegetal!»

Bajo aquellos numerosos arbustos (tan grandes como los árboles de la zona templada), y bajo su sombra húmeda, se apiñaban verdaderos matorrales de flores vivas, setos de zoófitos en los que florecían algunas meandrinas cebradas, de surcos tortuosos, y algunas cariofilias amarillas; y, para completar la ilusión, los peces mosca volaban de rama en rama como un enjambre de colibríes, mientras que amarillos lepisacantos, de mandíbulas erizadas, dactilópteros y monocéntridos se levantaban a nuestros pies como una bandada de agachadizas.

Al cabo de una hora, aproximadamente, el capitán Nemo dio la señal de alto. Por mi parte, no lo lamenté, y nos tendimos bajo un emparrado de alarias, cuyas largas y delgadas láminas se erguían como flechas.

Aquel breve descanso me pareció delicioso; no le faltaba más que el encanto de la conversación; pero, imposible hablar, imposible responder, me limité a acercar mi gran cabeza de cobre a la de Conseil. Vi brillar de contento los ojos del buen muchacho, y, para mostrar su satisfacción, se agitó dentro de su coraza de aire del modo más cómico del mundo.

Después de cuatro horas de marcha me sorprendió no sentir un hambre atroz. No sabría decir a qué se debía aquel estado de mi estómago. En cambio, sentí un deseo invencible de dormir, como les sucede a todos los buzos. Mis ojos se cerraron pronto tras los gruesos cristales, y caí en un pesado sopor que hasta entonces solo el movimiento había impedido. El capitán Nemo y su robusto compañero, tendidos en el límpido cristal de las aguas, nos dieron el ejemplo.

No sabría calcular cuánto tiempo permanecí sumido en aquella somnolencia; pero, cuando desperté, el sol parecía declinar hacia el horizonte. El capitán Nemo ya se había levantado, y yo empezaba a desperezarme cuando una aparición inesperada me puso bruscamente en pie.

A pocos pasos, una monstruosa araña de mar, de unas treinta y ocho pulgadas de altura, me observaba con sus ojos bizcos, dispuesta a lanzarse sobre mí. Aunque mi escafandra era lo bastante gruesa para defenderme de la mordedura de aquel animal, no pude evitar estremecerme de horror. Conseil y el marinero del Nautilus se despertaron en aquel momento. El capitán Nemo señaló al repugnante crustáceo, que un culatazo de fusil derribó, y vi las horribles patas del monstruo retorcerse en terribles convulsiones. Aquel incidente me recordó que otros animales más temibles podían frecuentar aquellas oscuras profundidades, y que contra sus ataques mi escafandra no me protegería. No lo había pensado hasta entonces, pero resolví estar en guardia. Creía, por otra parte, que aquel alto señalaría el final de nuestro paseo; pero me equivocaba, pues, en lugar de regresar al Nautilus, el capitán Nemo prosiguió su audaz excursión. El terreno seguía en pendiente, su declive parecía acentuarse y conducirnos a mayores profundidades. Debían de ser cerca de las tres cuando llegamos a un estrecho valle, entre altas paredes cortadas a pico, situado a unas setenta y cinco brazas de profundidad. Gracias a la perfección de nuestros aparatos, nos hallábamos cuarenta y cinco brazas por debajo del límite que la naturaleza parece haber impuesto al hombre en sus excursiones submarinas.

Digo setenta y cinco brazas, aunque no tenía ningún instrumento con que medir la distancia. Pero sabía que, aun en las aguas más límpidas, los rayos solares no podían penetrar más allá. Y, en efecto, la oscuridad se hizo más profunda. A diez pasos no se distinguía ningún objeto. Avanzaba a tientas cuando, de pronto, vi brillar una luz blanca y deslumbrante. El capitán Nemo acababa de poner en funcionamiento su aparato eléctrico; su compañero hizo lo mismo, y Conseil y yo seguimos su ejemplo. Girando un tornillo, establecí la comunicación entre el hilo y el serpentín de vidrio, y el mar, alumbrado por nuestras cuatro linternas, quedó iluminado en un círculo de treinta y seis yardas.

El capitán Nemo seguía adentrándose en las oscuras profundidades del bosque, cuyos árboles se hacían más escasos a cada paso. Observé que la vida vegetal desaparecía antes que la vida animal. Las medusas habían abandonado ya el suelo árido, del que un gran número de animales, zoófitos, articulados, moluscos y peces, obtenían todavía su sustento.

Mientras caminábamos, pensé que la luz de nuestros aparatos Ruhmkorff no dejaría de atraer a algún habitante de su oscuro lecho. Pero, si se acercaban, al menos se mantenían a una respetuosa distancia de los cazadores. Varias veces vi al capitán Nemo detenerse, echarse el fusil a la cara y, tras unos instantes, bajarlo y seguir andando. Por fin, al cabo de unas cuatro horas, aquella maravillosa excursión llegó a su término. Una muralla de rocas soberbias se alzó ante nosotros en una masa imponente, un amontonamiento de bloques gigantescos, una enorme costa escarpada de granito, que formaba oscuras grutas, pero que no ofrecía ninguna rampa practicable; era el basamento de la isla de Crespo. ¡Era la tierra! El capitán Nemo se detuvo de repente. Un gesto suyo nos hizo detenernos a todos, y, por mucho que deseara escalar aquella muralla, tuve que pararme. Allí terminaban los dominios del capitán Nemo. Y no quería ir más allá. Más lejos se extendía una porción del globo que él no debía pisar.

Comenzó el regreso. El capitán Nemo había vuelto a ponerse a la cabeza de su pequeña tropa, dirigiendo la marcha sin vacilar. Me pareció que no seguíamos el mismo camino para volver al Nautilus. El nuevo camino era muy empinado y, por consiguiente, muy penoso. Nos acercábamos rápidamente a la superficie del mar. Pero este regreso a las capas superiores no fue tan brusco como para provocar una descompresión demasiado rápida, que habría podido producir graves desórdenes en nuestro organismo y causarnos esas lesiones internas tan fatales para los buzos. Muy pronto reapareció la luz y fue en aumento, y, como el sol estaba ya bajo en el horizonte, la refracción orlaba los diversos objetos con un anillo espectral. A diez yardas y media de profundidad, caminábamos en medio de un banco de pececillos de todas clases, más numerosos que los pájaros del aire y también más ágiles; pero ninguna pieza acuática digna de un disparo se había ofrecido aún a nuestra vista, cuando en aquel momento vi al capitán echarse vivamente el fusil al hombro y seguir entre los arbustos un objeto que se movía. Disparó; oí un ligero silbido, y un animal cayó fulminado a cierta distancia de nosotros. Era una magnífica nutria marina, un enhydrus, el único cuadrúpedo exclusivamente marino. Aquella nutria medía cinco pies de largo y debía de tener mucho valor. Su piel, de un pardo castaño por encima y plateada por debajo, habría dado una de esas hermosas pieles tan buscadas en los mercados rusos y chinos; la finura y el lustre de su pelaje le harían alcanzar sin duda las ochenta libras esterlinas. Admiré aquel curioso mamífero, de cabeza redondeada adornada con orejas cortas, de ojos redondos y bigotes blancos como los de un gato, con los pies palmeados y provistos de uñas, y la cola tupida. Este precioso animal, cazado y acosado por los pescadores, se ha vuelto hoy muy raro y se ha refugiado principalmente en las regiones septentrionales del Pacífico, pues de otro modo su raza no tardaría probablemente en extinguirse.

El compañero del capitán Nemo cogió el animal, se lo echó al hombro y proseguimos nuestro camino. Durante una hora se extendió ante nosotros una llanura de arena. A veces se elevaba hasta menos de dos yardas y algunas pulgadas de la superficie del agua. Veía entonces nuestra imagen claramente reflejada, dibujada al revés, y por encima de nosotros aparecía un grupo idéntico que reproducía nuestros movimientos y nuestros gestos; en una palabra, semejante a nosotros en todo, salvo que caminaba con la cabeza hacia abajo y los pies en el aire.

Observé otro efecto, que fue el paso de espesas nubes que se formaban y se desvanecían rápidamente; pero, reflexionando, comprendí que aquellas aparentes nubes se debían al espesor variable de los juncos del fondo, y hasta pude ver la espuma algodonosa que sus puntas quebradas multiplicaban sobre el agua, y las sombras de grandes aves que pasaban por encima de nuestras cabezas, cuyo rápido vuelo distinguía yo en la superficie del mar.

En esta ocasión fui testigo de uno de los más hermosos disparos que jamás hayan hecho vibrar los nervios de un cazador. Un ave grande, de gran envergadura, claramente visible, se acercó, cerniéndose sobre nosotros. El compañero del capitán Nemo se echó el fusil a la cara y disparó cuando el ave estaba solo a unas pocas yardas por encima de las olas. El animal cayó fulminado, y la fuerza de su caída lo trajo al alcance de la mano del diestro cazador. Era un albatros de la especie más hermosa.

Nuestra marcha no se había interrumpido por este incidente. Durante dos horas seguimos aquellas llanuras arenosas y luego unas praderas de algas muy desagradables de atravesar. Francamente, ya no podía más cuando vi un resplandor que, a una media milla, rompía la oscuridad de las aguas. Era el fanal del Nautilus. Antes de veinte minutos estaríamos a bordo, y podría respirar a mis anchas, pues me parecía que mi depósito me suministraba un aire muy pobre en oxígeno. Pero no contaba yo con un encuentro fortuito que retrasó algún tiempo nuestra llegada.

Me había quedado algunos pasos atrás cuando vi de pronto al capitán Nemo venir apresuradamente hacia mí. Con su mano vigorosa me hizo doblarme hasta el suelo, mientras su compañero hacía lo mismo con Conseil. Al principio no supe qué pensar de aquel ataque repentino, pero pronto me tranquilicé al ver que el capitán se tendía a mi lado y permanecía inmóvil.

Estaba yo tendido en el suelo, justo al abrigo de una mata de algas, cuando, al levantar la cabeza, vi pasar ruidosamente una masa enorme que despedía destellos fosforescentes.

Se me heló la sangre en las venas al reconocer a dos formidables tiburones que nos amenazaban. Era una pareja de tintoreras, terribles animales de cola enorme y mirada apagada y vidriosa, que segregan la materia fosforescente por unos orificios abiertos alrededor del hocico. ¡Monstruosos animales, capaces de triturar a un hombre entero entre sus mandíbulas de hierro! No sé si Conseil se detuvo a clasificarlos; por mi parte, observé sus vientres plateados y sus enormes bocas erizadas de dientes desde un punto de vista muy poco científico, y más como posible víctima que como naturalista.

Por fortuna, estos voraces animales ven mal. Pasaron sin vernos, rozándonos con sus aletas parduscas, y escapamos como por milagro de un peligro sin duda mayor que el de toparse cara a cara con un tigre en la selva. Media hora después, guiados por la luz eléctrica, llegamos al Nautilus. La puerta exterior había quedado abierta, y el capitán Nemo la cerró en cuanto hubimos entrado en la primera celda. Luego apretó un botón. Oí funcionar las bombas en el interior de la nave, sentí que el agua descendía a mi alrededor y en unos instantes la celda quedó enteramente vacía. Se abrió entonces la puerta interior y entramos en el vestuario.

Allí nos quitaron las escafandras, no sin trabajo; y, rendido por la falta de alimento y de sueño, volví a mi camarote, lleno de asombro por aquella sorprendente excursión al fondo del mar.