Era el comandante del barco quien así hablaba.
Al oír estas palabras, Ned Land se levantó de golpe. El camarero, casi estrangulado, salió tambaleándose a una señal de su amo; pero tal era el poder del comandante a bordo, que ni un gesto delató el resentimiento que aquel hombre debía de sentir hacia el canadiense. Conseil, interesado a su pesar, y yo, estupefacto, aguardábamos en silencio el desenlace de aquella escena.
El comandante, apoyado en el ángulo de una mesa y con los brazos cruzados, nos observaba con profunda atención. ¿Vacilaba en hablar? ¿Lamentaba las palabras que acababa de pronunciar en francés? Casi podía creerse.
Tras algunos instantes de silencio, que ninguno de nosotros pensó siquiera en interrumpir: —Señores —dijo con voz tranquila y penetrante—, hablo igualmente bien el francés, el inglés, el alemán y el latín. Por tanto, habría podido responderles desde nuestra primera entrevista, pero quería conocerlos primero y reflexionar después. Los relatos de cada uno, enteramente concordes en lo esencial, me han convencido de su identidad. Ahora sé que el azar ha puesto ante mí al señor Pierre Aronnax, profesor de Historia Natural en el Museo de París, encargado de una misión científica en el extranjero; a Conseil, su criado, y a Ned Land, de origen canadiense, arponero a bordo de la fragata Abraham Lincoln, de la marina de los Estados Unidos de América.
Me incliné en señal de asentimiento. No era una pregunta lo que el comandante me dirigía. No había, pues, respuesta que dar. Aquel hombre se expresaba con perfecta soltura, sin acento alguno. Sus frases estaban bien construidas, sus palabras eran precisas y su facilidad de palabra, notable. Y, sin embargo, no reconocía en él a un compatriota.
Prosiguió la conversación en estos términos:
—Sin duda habrá pensado usted, caballero, que he tardado mucho en hacerles esta segunda visita. La razón es que, una vez reconocida su identidad, quise sopesar detenidamente qué actitud adoptar con ustedes. He vacilado mucho. Unas circunstancias sumamente enojosas los han puesto en presencia de un hombre que ha roto todos los lazos con la humanidad. Han venido ustedes a turbar mi existencia.
—¡Sin querer! —dije yo.
—¿Sin querer? —replicó el desconocido, alzando un poco la voz—. ¿Fue sin querer como el Abraham Lincoln me persiguió por todos los mares? ¿Fue sin querer como tomaron ustedes pasaje en esa fragata? ¿Fue sin querer como sus balas de cañón rebotaron en el blindaje de mi barco? ¿Fue sin querer como Mr. Ned Land me golpeó con su arpón?
Percibí en estas palabras una irritación contenida. Pero yo tenía para estas recriminaciones una respuesta muy natural, y se la di.
—Caballero —dije—, sin duda ignora usted las discusiones que se han suscitado a propósito de usted en América y en Europa. No sabe que diversos accidentes, causados por choques con su máquina submarina, han conmovido a la opinión pública de los dos continentes. Omito las innumerables hipótesis con que se ha intentado explicar el inexplicable fenómeno cuyo secreto solo usted posee. Pero debe comprender que, al perseguirlo por alta mar en el Pacífico, el Abraham Lincoln creía dar caza a algún poderoso monstruo marino del que era preciso librar al océano a cualquier precio.
Una media sonrisa plegó los labios del comandante; luego, en un tono más sereno:
—Señor Aronnax —respondió—, ¿se atrevería usted a afirmar que su fragata no habría perseguido y cañoneado a un barco submarino lo mismo que a un monstruo?
Esta pregunta me turbó, pues, ciertamente, el comandante Farragut no habría vacilado. Habría creído que su deber era destruir un artefacto de esa clase, como lo habría hecho con un narval gigantesco.
—Comprende usted, pues, caballero —prosiguió el desconocido—, que tengo derecho a tratarlos como enemigos.
No respondí nada, deliberadamente. Pues ¿de qué serviría discutir semejante proposición, cuando la fuerza podía destruir los mejores argumentos?
—He vacilado algún tiempo —continuó el comandante—; nada me obligaba a ofrecerles hospitalidad. Si decidía separarme de ustedes, no tendría ningún interés en volver a verlos; podía dejarlos sobre la cubierta de este barco que les ha servido de refugio, sumergirme bajo las aguas y olvidar que hubieran existido jamás. ¿No estaría en mi derecho?
—Quizá fuera el derecho de un salvaje —respondí—, pero no el de un hombre civilizado.
—Señor profesor —replicó vivamente el comandante—, ¡yo no soy lo que usted llama un hombre civilizado! He roto por completo con la sociedad, por razones que solo yo tengo derecho a juzgar. No obedezco, pues, a sus leyes, ¡y le ruego que no vuelva a aludir a ellas jamás en mi presencia!
Aquello quedaba dicho con toda claridad. Un relámpago de cólera y de desdén se encendió en los ojos del desconocido, y entreví un pasado terrible en la vida de aquel hombre. ¡No solo se había situado fuera de las leyes humanas, sino que se había hecho independiente de ellas, libre en la acepción más rigurosa de la palabra, completamente fuera de su alcance! ¿Quién se atrevería, pues, a perseguirlo en el fondo del mar, cuando en su superficie desbarataba todos los intentos dirigidos contra él? ¿Qué buque podría resistir el choque de su monitor submarino? ¿Qué coraza, por gruesa que fuera, podría soportar los golpes de su espolón? Ningún hombre podía pedirle cuentas de sus actos; Dios, si creía en él, y su conciencia, si la tenía, eran los únicos jueces ante los que debía responder.
Estas reflexiones cruzaron rápidamente por mi mente, mientras el extraño personaje permanecía callado, absorto y como replegado en sí mismo. Yo lo contemplaba con un temor mezclado de interés, como sin duda Edipo contemplaba a la Esfinge.
Tras un silencio bastante largo, el comandante reanudó la conversación.
—He vacilado —dijo—, pero he pensado que mi interés podía conciliarse con esa piedad a la que todo ser humano tiene derecho. Permanecerán ustedes a bordo de mi barco, ya que la fatalidad los ha arrojado a él. Serán libres, y, a cambio de esa libertad, solo les impondré una única condición. Bastará con su palabra de honor de someterse a ella.
—Hable, caballero —respondí—. Supongo que esa condición es de las que un hombre de honor puede aceptar.
—Sí, señor; hela aquí. Es posible que ciertos acontecimientos imprevistos me obliguen a recluirlos en sus camarotes durante algunas horas o algunos días, según el caso. Como no deseo emplear nunca la violencia, espero de ustedes, en este caso más que en ningún otro, una obediencia pasiva. Al obrar así, asumo toda la responsabilidad: los descargo a ustedes por completo, pues los pongo en la imposibilidad de ver lo que no debe ser visto. ¿Aceptan esta condición?
Así pues, a bordo ocurrían cosas que, por no decir más, eran singulares, y que no debían ser vistas por personas que no se hubiesen situado fuera de las leyes sociales. Entre las sorpresas que me reservaba el porvenir, esta no habría de ser la menor.
—Aceptamos —respondí—; solo le pediré permiso, caballero, para hacerle una pregunta, una sola.
—Hable, señor.
—Ha dicho usted que seríamos libres a bordo.
—Enteramente.
—Le pregunto, pues, qué entiende usted por esa libertad.
—Pues la libertad de ir, de venir, de ver e incluso de observar todo lo que aquí ocurre, salvo en raras circunstancias; la libertad, en suma, de que gozamos nosotros mismos, mis compañeros y yo.
Era evidente que no nos entendíamos.
—Perdóneme, caballero —proseguí—, pero esa libertad no es más que la que tiene todo prisionero de recorrer su prisión. No puede bastarnos.
—Pues tendrá que bastarles.
—¡Cómo! ¿Hemos de renunciar para siempre a volver a ver nuestra patria, nuestros amigos, nuestros parientes?
—Sí, señor. Pero renunciar a ese insoportable yugo terrestre que los hombres toman por libertad no es quizá tan penoso como usted cree.
—¡Pues bien! —exclamó Ned Land—, jamás daré mi palabra de honor de no intentar escaparme.
—No le he pedido su palabra de honor, maese Land —respondió fríamente el comandante.
—Caballero —repliqué, empezando a irritarme a pesar mío—, abusa usted de su situación con respecto a nosotros; eso es crueldad.
—No, señor, es clemencia. Son ustedes mis prisioneros de guerra. Los conservo, cuando podría, con una sola palabra, precipitarlos en las profundidades del océano. Ustedes me atacaron. Vinieron a sorprender un secreto que ningún hombre en el mundo debe penetrar: el secreto de toda mi existencia. ¿Y creen que voy a devolverlos a ese mundo que no debe volver a saber de mí? ¡Jamás! Al retenerlos, no es a ustedes a quienes guardo, sino a mí mismo.
Estas palabras indicaban por parte del comandante una resolución tomada, contra la cual no prevalecería argumento alguno.
—Así pues, caballero —repuse—, ¿nos da usted sencillamente a elegir entre la vida y la muerte?
—Sencillamente.
—Amigos míos —dije—, a una pregunta planteada así no hay nada que responder. Pero ninguna palabra de honor nos liga al dueño de este barco.
—Ninguna, señor —respondió el desconocido.
Luego, en un tono más suave, prosiguió:
—Ahora permítame terminar lo que tengo que decirle. Le conozco, señor Aronnax. Usted y sus compañeros no tendrán quizá tanto de que quejarse del azar que los ha ligado a mi destino. Encontrará usted, entre los libros que constituyen mi estudio predilecto, la obra que ha publicado sobre «las grandes profundidades del mar». La he leído a menudo. Ha llevado usted su trabajo tan lejos como se lo permitía la ciencia terrestre. Pero no lo sabe todo, no lo ha visto todo. Permítame, pues, decirle, señor profesor, que no lamentará el tiempo pasado a bordo de mi barco. Va usted a viajar por el país de las maravillas.
Estas palabras del comandante me causaron un gran efecto. No puedo negarlo. Había tocado mi punto débil, y olvidé por un momento que la contemplación de aquellas cosas sublimes no valía la pérdida de la libertad. Por otra parte, confiaba en el porvenir para resolver esta grave cuestión. Así que me contenté con decir:
—¿Con qué nombre debo dirigirme a usted?
—Caballero —respondió el comandante—, para usted no soy más que el capitán Nemo; y usted y sus compañeros no son para mí más que los pasajeros del Nautilus.
El capitán Nemo llamó. Apareció un camarero. El capitán le dio sus órdenes en aquella lengua extraña que yo no comprendía. Luego, volviéndose hacia el canadiense y Conseil:
—Les espera una comida en su camarote —dijo—. Tengan la bondad de seguir a este hombre.
»Y ahora, señor Aronnax, nuestro desayuno está servido. Permítame que le muestre el camino.
—Estoy a su disposición, capitán.
Seguí al capitán Nemo, y en cuanto hube cruzado la puerta me encontré en una especie de corredor iluminado por la electricidad, semejante a la crujía de un barco. Tras haber recorrido una docena de yardas, se abrió ante mí una segunda puerta.
Entré entonces en un comedor decorado y amueblado con severo gusto. En los dos extremos de la sala se alzaban altos aparadores de roble con incrustaciones de ébano, y en sus estantes brillaban lozas, porcelanas y cristalería de un valor inestimable. La vajilla de plata de la mesa centelleaba bajo los rayos que derramaba el techo luminoso, cuya luz templaban y suavizaban pinturas exquisitas.
En el centro de la sala había una mesa ricamente servida. El capitán Nemo me indicó el lugar que debía ocupar.
El desayuno se componía de cierto número de platos cuyo contenido procedía únicamente del mar, y de algunos de ellos ignoraba la naturaleza y el modo de preparación. Reconocí que eran buenos, aunque tenían un sabor peculiar al que me acostumbré con facilidad. Aquellos diversos alimentos me parecieron ricos en fósforo, y pensé que debían de tener un origen marino.
El capitán Nemo me miraba. No le hice pregunta alguna, pero él adivinó mis pensamientos y respondió por propia iniciativa a las preguntas que yo ardía en deseos de dirigirle.
—La mayor parte de estos platos le son desconocidos —me dijo—. Sin embargo, puede usted probarlos sin temor. Son sanos y nutritivos. Hace mucho tiempo que renuncié a los alimentos de la tierra, y desde entonces nunca estoy enfermo. Mi tripulación, que goza de buena salud, se alimenta de lo mismo.
—¿De modo —dije— que todos estos manjares son productos del mar?
—Sí, señor profesor, el mar provee a todas mis necesidades. Unas veces echo mis redes a remolque y las recojo a punto de romperse. Otras veces cazo en medio de este elemento, que parece inaccesible al hombre, y persigo la caza que habita en mis bosques submarinos. Mis rebaños, como los de los viejos pastores de Neptuno, pacen sin temor en las inmensas praderas del océano. Poseo allí una vasta propiedad que yo mismo cultivo y que siempre siembra la mano del Creador de todas las cosas.
—Comprendo perfectamente, caballero, que sus redes proporcionen excelente pescado a su mesa; comprendo también que cace usted animales acuáticos en sus bosques submarinos; pero no comprendo en absoluto cómo una partícula de carne, por pequeña que sea, puede figurar en su menú.
—Esto que usted cree carne, señor profesor, no es otra cosa que filete de tortuga. Aquí tiene también hígados de delfín, que usted toma por un guiso de cerdo. Mi cocinero es un hábil sujeto, que sobresale en aderezar estos diversos productos del océano. Pruebe todos estos platos. He aquí una conserva de holoturias que un malayo declararía sin rival en el mundo; he aquí una crema cuya leche la han suministrado los cetáceos, y el azúcar el gran fuco del mar del Norte; y, por último, permítame ofrecerle una confitura de anémonas que iguala a la de las frutas más deliciosas.
Yo probaba, más por curiosidad que como entendido, mientras el capitán Nemo me encantaba con sus extraordinarios relatos.
—¿Le gusta a usted el mar, capitán?
—¡Sí, lo amo! El mar lo es todo. Cubre las siete décimas partes del globo terrestre. Su aliento es puro y sano. Es un inmenso desierto donde el hombre nunca está solo, porque siente la vida agitarse a su alrededor. El mar no es sino la encarnación de una existencia sobrenatural y maravillosa. No es más que amor y emoción; es el «Infinito viviente», como ha dicho uno de sus poetas. En efecto, señor profesor, la naturaleza se manifiesta en él por sus tres reinos: mineral, vegetal y animal. El mar es el vasto depósito de la naturaleza. Por el mar comenzó el globo, por así decirlo, ¿y quién sabe si no terminará por él? En él reina la suprema tranquilidad. El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie pueden todavía los hombres ejercer leyes inicuas, batirse, despedazarse unos a otros y dejarse arrastrar por los horrores terrestres. Pero a treinta pies por debajo de su nivel, su reinado cesa, su influencia se extingue y su poder desaparece. ¡Ah, señor, vivir, vivir en el seno de las aguas! ¡Solo allí está la independencia! ¡Allí no reconozco amo alguno! ¡Allí soy libre!
El capitán Nemo enmudeció de pronto en medio de aquel entusiasmo que lo había arrebatado por completo. Durante unos instantes se paseó de un lado a otro, muy agitado. Luego se calmó, recobró su habitual frialdad de expresión y, volviéndose hacia mí:
—Ahora, señor profesor —dijo—, si desea usted recorrer el Nautilus, estoy a su disposición.
El capitán Nemo se levantó. Yo le seguí. Una doble puerta, dispuesta al fondo del comedor, se abrió, y entré en una sala de dimensiones iguales a la que acababa de dejar.
Era una biblioteca. Altos muebles de ébano negro violáceo con incrustaciones de cobre sostenían en sus anchos estantes un gran número de libros encuadernados uniformemente. Seguían el contorno de la sala y terminaban en su parte inferior en vastos divanes tapizados de cuero marrón, curvados para ofrecer la mayor comodidad. Ligeros atriles móviles, que podían acercarse o apartarse a voluntad, permitían apoyar el libro durante la lectura. En el centro se alzaba una inmensa mesa cubierta de folletos, entre los que asomaban algunos periódicos ya antiguos. La luz eléctrica lo inundaba todo; la derramaban cuatro globos deslustrados, medio hundidos en las volutas del techo. Contemplaba yo con verdadera admiración aquella sala tan ingeniosamente dispuesta, y apenas podía dar crédito a mis ojos.
—Capitán Nemo —dije a mi anfitrión, que acababa de tenderse en uno de los divanes—, he aquí una biblioteca que haría honor a más de un palacio de los continentes, y me quedo verdaderamente asombrado al pensar que puede seguirle a usted hasta el fondo de los mares.
—¿Dónde podría hallarse mayor soledad ni mayor silencio, señor profesor? —respondió el capitán Nemo. ¿Le ofrecía su gabinete del Museo una calma tan perfecta?
—No, señor; y debo confesar que es bien pobre comparado con el suyo. Debe de tener usted aquí seis o siete mil volúmenes.
—Doce mil, señor Aronnax. Son los únicos lazos que me unen a la tierra. Pero yo había terminado con el mundo el día en que mi Nautilus se sumergió por primera vez bajo las aguas. Aquel día compré mis últimos volúmenes, mis últimos folletos, mis últimos periódicos, y desde entonces quiero creer que la humanidad ya no ha pensado ni escrito. Por lo demás, señor profesor, estos libros están a su disposición, y puede usted servirse de ellos libremente.
Di las gracias al capitán Nemo y me acerqué a los estantes de la biblioteca. Abundaban en todas las lenguas las obras de ciencia, de moral y de literatura; pero no vi una sola obra de economía política; esa materia parecía estar severamente proscrita. Cosa curiosa: todos aquellos libros estaban dispuestos sin orden, cualquiera que fuese la lengua en que estuvieran escritos, y esta mezcolanza probaba que el capitán del Nautilus debía de leer indistintamente los volúmenes que tomaba al azar.
—Señor —dije al capitán—, le agradezco que haya puesto esta biblioteca a mi disposición. Encierra tesoros de ciencia, y los aprovecharé.
—Esta sala no es solo una biblioteca —dijo el capitán Nemo—; es también un fumadero.
—¡Un fumadero! —exclamé. ¿Así que se puede fumar a bordo?
—Desde luego.
—Entonces, señor, me veo obligado a creer que ha conservado usted relaciones con La Habana.
—Ninguna —respondió el capitán—. Acepte este cigarro, señor Aronnax; y aunque no venga de La Habana, quedará usted satisfecho si es entendido.
Tomé el cigarro que se me ofrecía; su forma recordaba la de los londres, pero parecía fabricado con hojas de oro. Lo encendí en un pequeño brasero que se sostenía sobre un elegante pie de bronce, y aspiré las primeras bocanadas con la delicia de un aficionado que lleva dos días sin fumar.
—Es excelente, pero no es tabaco.
—¡No! —respondió el capitán—. Este tabaco no viene ni de La Habana ni de Oriente. Es una especie de alga, rica en nicotina, que el mar me proporciona, aunque con cierta parsimonia.
En aquel momento el capitán Nemo abrió una puerta situada frente a aquella por la que yo había entrado en la biblioteca, y pasé a un inmenso salón espléndidamente iluminado.
Era una vasta sala cuadrilátera de treinta pies de largo, dieciocho de ancho y quince de alto. Un techo luminoso, decorado con ligeros arabescos, derramaba una luz clara y suave sobre todas las maravillas acumuladas en aquel museo. Porque era, en efecto, un museo, en el que una mano inteligente y pródiga había reunido todos los tesoros de la naturaleza y del arte, con ese desorden artístico que distingue el taller de un pintor.
Treinta cuadros de primer orden, con marcos uniformes y separados por relucientes colgaduras, adornaban las paredes, tapizadas con telas de severo dibujo. Vi allí obras de gran valor, la mayor parte de las cuales había admirado en las colecciones particulares de Europa y en las exposiciones de pintura. Las diversas escuelas de los antiguos maestros estaban representadas por una Madona de Rafael, una Virgen de Leonardo da Vinci, una ninfa del Correggio, una mujer de Tiziano, una Adoración del Veronés, una Asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un monje de Velázquez, un mártir de Ribera, una kermés de Rubens, dos paisajes flamencos de Teniers, tres pequeños cuadros de «género» de Gerard Dow, Metsu y Paul Potter, dos lienzos de Géricault y de Prud'hon, y algunas marinas de Backhuysen y de Vernet. Entre las obras de los pintores modernos había cuadros firmados por Delacroix, Ingres, Decamps, Troyon, Meissonier, Daubigny, etc.; y algunas admirables estatuas de mármol y de bronce, copias de los más bellos modelos de la Antigüedad, se alzaban sobre sus pedestales en los ángulos de aquel magnífico museo. El asombro que me había predicho el capitán del Nautilus comenzaba ya a apoderarse de mí.

—Señor profesor —dijo aquel hombre extraño—, disculpe usted la falta de ceremonia con que le recibo y el desorden que reina en este salón.
—Señor —respondí—, sin pretender saber quién es usted, reconozco en usted a un artista.
—Un aficionado, nada más, señor. En otro tiempo me gustaba coleccionar estas bellas obras creadas por la mano del hombre. Las buscaba con avidez, las rastreaba incansablemente, y he podido reunir algunos objetos de gran valor. Son mis últimos recuerdos de ese mundo que ha muerto para mí. A mis ojos, sus artistas modernos son ya antiguos; tienen dos o tres mil años de existencia; los confundo en mi mente. Los maestros no tienen edad.
—¿Y estos músicos? —dije, señalando unas partituras de Weber, Rossini, Mozart, Beethoven, Haydn, Meyerbeer, Hérold, Wagner, Auber, Gounod y otros muchos, esparcidas sobre un gran órgano-piano que ocupaba uno de los paneles del salón.
—Estos músicos —respondió el capitán Nemo— son contemporáneos de Orfeo, porque en la memoria de los muertos se borran todas las diferencias cronológicas; ¡y yo estoy muerto, señor profesor, tan muerto como aquellos de sus amigos que duermen a seis pies bajo tierra!
El capitán Nemo calló y pareció perdido en un profundo ensueño. Yo le contemplaba con vivo interés, analizando en silencio la extraña expresión de su semblante. Acodado en una esquina de una preciosa mesa de mosaico, ya no me veía: había olvidado mi presencia.
No turbé aquel ensueño, y continué examinando las curiosidades que enriquecían el salón.
Bajo elegantes vitrinas, sujetas con remaches de cobre, estaban clasificados y etiquetados los productos más preciosos del mar que jamás se hubieran ofrecido a los ojos de un naturalista. Puede imaginarse mi alegría de profesor.
La sección de los zoófitos presentaba los más curiosos ejemplares de los dos grupos de los pólipos y de los equinodermos. En el primer grupo, los tubíporos, había gorgonias dispuestas en abanico, esponjas blandas de Siria, isis de las Molucas, pennátulas, una admirable virgularia de los mares de Noruega, umbelularias abigarradas, alcionarios, toda una serie de madréporas que mi maestro Milne-Edwards ha clasificado tan sagazmente, entre las cuales observé unas maravillosas flabelinas, oculinas de la isla de Borbón, el «carro de Neptuno» de las Antillas, soberbias variedades de corales; en suma, todas las especies de esos curiosos pólipos que forman islas enteras que un día llegarán a ser continentes. De los equinodermos, notables por su envoltura espinosa, los asterias, las estrellas de mar, los pentacrinos, las comátulas, los asterófonos, los erizos, las holoturias, etc., representaban individualmente una colección completa de este grupo.
Un conquiliólogo algo nervioso se habría desmayado sin duda ante otras vitrinas, más numerosas, en las que estaban clasificados los ejemplares de moluscos. Era una colección de valor incalculable, que me falta tiempo para describir minuciosamente. Entre aquellos ejemplares citaré solo de memoria el elegante martillo real del océano Índico, cuyas regulares manchas blancas resaltaban vivamente sobre un fondo rojo y pardo; un espóndilo imperial de vivos colores, erizado de espinas, raro ejemplar en los museos europeos (estimé su valor en no menos de 1000 libras esterlinas); un martillo común de los mares de Nueva Holanda, que solo se consigue con dificultad; exóticos bucardios del Senegal; frágiles conchas bivalvas blancas que un soplo podría deshacer como una pompa de jabón; varias variedades de regaderas de Java, especie de tubos calcáreos orlados de pliegues foliáceos y muy disputados por los aficionados; toda una serie de troquios, unos de un amarillo verdoso, pescados en los mares de América, otros de un pardo rojizo, oriundos de las aguas de Australia; otros, del golfo de México, notables por su concha imbricada; estelarias halladas en los mares australes; y, por último, la más rara de todas, la magnífica espuela de Nueva Zelanda; y toda clase de conchas delicadas y frágiles a las que la ciencia ha dado nombres apropiados.
Aparte, en compartimientos especiales, se extendían sartas de perlas de la mayor belleza, que la luz eléctrica salpicaba de chispitas de fuego: perlas rosadas, arrancadas a las pinnas marinas del mar Rojo; perlas verdes del haliotis iris; perlas amarillas, azules y negras, curiosos productos de los diversos moluscos de todos los océanos y de ciertos mejillones de los ríos del Norte; y, en fin, varios ejemplares de valor inestimable que habían sido extraídos de las más raras pintadinas. Algunas de aquellas perlas eran mayores que un huevo de paloma y valían tanto o más que la que el viajero Tavernier vendió al sha de Persia por tres millones, y superaban a la que poseía el imán de Mascate, que yo había creído sin rival en el mundo.
Así pues, estimar el valor de aquella colección era sencillamente imposible. El capitán Nemo debía de haber gastado millones en adquirir aquellos diversos ejemplares, y me estaba preguntando de qué fuente habría podido sacarlos para satisfacer así su afición de coleccionista, cuando me interrumpieron estas palabras:
—¿Examina usted mis conchas, señor profesor? Sin duda han de interesar a un naturalista; pero para mí tienen un encanto mucho mayor, porque las he recogido todas con mi propia mano, y no hay un mar en la superficie del globo que haya escapado a mis investigaciones.
—Comprendo, capitán, el placer de pasearse en medio de tales riquezas. Es usted de los que han reunido sus tesoros por sí mismos. Ningún museo de Europa posee semejante colección de los productos del océano. Pero si agoto en ella toda mi admiración, no me quedará ninguna para el navío que la transporta. No pretendo penetrar en sus secretos; pero debo confesar que este Nautilus, la fuerza motriz que encierra, los mecanismos que permiten maniobrarlo, el poderoso agente que lo impulsa, todo ello excita mi curiosidad en el más alto grado. Veo colgados en las paredes de esta sala instrumentos cuyo uso desconozco.
—Encontrará usted esos mismos instrumentos en mi camarote, señor profesor, donde tendré sumo gusto en explicarle su uso. Pero antes venga a ver el camarote reservado para usted. Debe saber cómo va a estar alojado a bordo del Nautilus.
Seguí al capitán Nemo, quien, por una de las puertas abiertas en cada panel del salón, volvió al pasillo central. Me condujo hacia la proa, y allí encontré, no un camarote, sino una elegante habitación con cama, tocador y varios otros muebles.
No pude sino dar las gracias a mi anfitrión.
—Su habitación es contigua a la mía —me dijo, abriendo una puerta—, y la mía da al salón que acabamos de dejar.
Entré en la habitación del capitán: tenía un aspecto severo, casi monacal. Una pequeña cama de hierro, una mesa, algunos utensilios de tocador; todo ello iluminado por una claraboya. Ninguna comodidad; solo lo estrictamente necesario.
El capitán Nemo me indicó un asiento.
—Tenga la bondad de sentarse —me dijo. Me senté, y él comenzó así: