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El Guardián de las Puertas

El maravilloso Mago de Oz · L. Frank Baum · translated by AI translation (unreviewed)

Pasó un buen rato antes de que el León Cobarde despertara, pues había permanecido mucho tiempo entre las amapolas, respirando su fragancia mortal; pero cuando por fin abrió los ojos y se bajó del carro, se alegró muchísimo de seguir con vida.

—Corrí tan deprisa como pude —dijo, sentándose y bostezando—, pero las flores fueron demasiado fuertes para mí. ¿Cómo me sacasteis de allí?

Entonces le hablaron de los ratones del campo y de cómo lo habían salvado generosamente de la muerte; y el León Cobarde se rio y dijo:

—Siempre me he creído muy grande y terrible; y sin embargo unas cosas tan pequeñas como las flores han estado a punto de matarme, y unos animales tan diminutos como los ratones me han salvado la vida. ¡Qué extraño es todo! Pero, camaradas, ¿qué haremos ahora?

—Debemos seguir adelante hasta encontrar de nuevo el camino de ladrillos amarillos —dijo Dorothy—, y entonces podremos continuar hasta la Ciudad Esmeralda.

Así que, estando el León del todo repuesto y sintiéndose otra vez el de siempre, todos emprendieron la marcha, disfrutando mucho del paseo por la hierba suave y fresca; y no tardaron en llegar al camino de ladrillos amarillos y en dirigirse de nuevo hacia la Ciudad Esmeralda, donde vivía el Gran Oz.

El camino era ahora liso y estaba bien pavimentado, y la comarca de alrededor era hermosa, de modo que los viajeros se alegraron de dejar el bosque muy atrás, y con él los muchos peligros que habían encontrado en sus sombras lúgubres. Una vez más vieron cercas construidas junto al camino; pero estas estaban pintadas de verde, y cuando llegaron a una casita, en la que evidentemente vivía un granjero, también estaba pintada de verde. Pasaron junto a varias de estas casas durante la tarde, y a veces la gente salía a las puertas y los miraba como si quisiera hacerles preguntas; pero nadie se les acercaba ni les hablaba a causa del gran León, al que temían mucho. Toda la gente vestía ropas de un precioso color verde esmeralda y llevaba sombreros puntiagudos como los de los Munchkins.

—Este debe de ser el País de Oz —dijo Dorothy—, y sin duda nos estamos acercando a la Ciudad Esmeralda.

—Sí —respondió el Espantapájaros—. Aquí todo es verde, mientras que en el país de los Munchkins el color favorito era el azul. Pero la gente no parece tan amable como los Munchkins, y temo que no podamos encontrar un lugar donde pasar la noche.

—Me gustaría comer algo que no fuera fruta —dijo la niña—, y estoy segura de que Totó está casi muerto de hambre. Detengámonos en la próxima casa y hablemos con la gente.

Así que, cuando llegaron a una granja de buen tamaño, Dorothy se acercó con decisión a la puerta y llamó.

Una mujer la abrió apenas lo justo para mirar afuera y dijo: —¿Qué quieres, niña, y por qué va contigo ese enorme León?

—Queremos pasar la noche con usted, si nos lo permite —respondió Dorothy—; y el León es mi amigo y compañero, y no le haría daño por nada del mundo.

—¿Es manso? —preguntó la mujer, abriendo la puerta un poco más.

—Oh, sí —dijo la niña—, y además es un gran cobarde. Él le tendrá más miedo a usted que usted a él.

—Bueno —dijo la mujer, tras pensarlo un momento y echar otra ojeada al León—, si es así podéis entrar, y os daré algo de cenar y un sitio donde dormir.

Así que todos entraron en la casa, donde había, además de la mujer, dos niños y un hombre. El hombre se había lastimado una pierna y estaba tendido en el sofá de un rincón. Parecieron muy sorprendidos de ver una compañía tan extraña, y mientras la mujer se ocupaba de poner la mesa, el hombre preguntó:

—¿Adónde vais todos?

—A la Ciudad Esmeralda —dijo Dorothy—, a ver al Gran Oz.

—¡Oh, vaya! —exclamó el hombre—. ¿Estáis seguros de que Oz os recibirá?

—¿Por qué no? —replicó ella.

—Pues dicen que nunca deja que nadie se presente ante él. He estado muchas veces en la Ciudad Esmeralda, y es un lugar hermoso y maravilloso; pero nunca se me ha permitido ver al Gran Oz, ni conozco a persona viva que lo haya visto.

—¿Nunca sale? —preguntó el Espantapájaros.

—Nunca. Se pasa día tras día sentado en la gran Sala del Trono de su Palacio, y ni siquiera quienes lo sirven lo ven cara a cara.

—¿Cómo es? —preguntó la niña.

—Eso es difícil de decir —dijo el hombre, pensativo—. Veréis, Oz es un Gran Mago y puede adoptar la forma que desee. Así que unos dicen que parece un pájaro; otros dicen que parece un elefante; y otros dicen que parece un gato. A otros se les aparece como una hada hermosa, o como un duende, o con cualquier otra forma que le plazca. Pero quién es el verdadero Oz, cuando tiene su propia forma, no lo puede decir ninguna persona viva.

—Eso es muy extraño —dijo Dorothy—, pero debemos intentar verlo de algún modo, o habremos hecho el viaje para nada.

—¿Por qué queréis ver al terrible Oz? —preguntó el hombre.

—Quiero que me dé un cerebro —dijo el Espantapájaros con entusiasmo.

—Oh, Oz podría hacerlo sin ninguna dificultad —declaró el hombre—. Tiene más cerebro del que necesita.

—Y yo quiero que me dé un corazón —dijo el Leñador de Hojalata.

—Eso no le costará nada —continuó el hombre—, pues Oz tiene una gran colección de corazones, de todos los tamaños y formas.

—Y yo quiero que me dé valor —dijo el León Cobarde.

—Oz guarda una gran olla de valor en su Sala del Trono —dijo el hombre—, que ha tapado con una placa de oro para que no se desborde. Con gusto te dará un poco.

—Y yo quiero que me mande de vuelta a Kansas —dijo Dorothy.

—¿Dónde está Kansas? —preguntó el hombre, sorprendido.

—No lo sé —respondió Dorothy con tristeza—, pero es mi hogar, y estoy segura de que está en alguna parte.

—Es muy probable. Bueno, Oz puede hacer cualquier cosa; así que supongo que encontrará Kansas para ti. Pero primero tenéis que conseguir verlo, y eso será una tarea difícil; porque al Gran Mago no le gusta recibir a nadie, y por lo general se hace su voluntad. Y TÚ, ¿qué quieres? —continuó, dirigiéndose a Totó. Totó se limitó a mover la cola; pues, por extraño que parezca, no sabía hablar.

La mujer los llamó entonces para decirles que la cena estaba lista, así que se reunieron alrededor de la mesa, y Dorothy comió unas deliciosas gachas, un plato de huevos revueltos y una bandeja de buen pan blanco, y disfrutó de su comida. El León comió un poco de las gachas, pero no le gustaron, y dijo que estaban hechas de avena y que la avena era comida para caballos, no para leones. El Espantapájaros y el Leñador de Hojalata no comieron nada en absoluto. Totó comió un poco de todo y se alegró de volver a tener una buena cena.

La mujer le dio entonces a Dorothy una cama donde dormir, y Totó se acostó a su lado, mientras el León vigilaba la puerta de su habitación para que nadie la molestara. El Espantapájaros y el Leñador de Hojalata se quedaron de pie en un rincón y guardaron silencio toda la noche, aunque, por supuesto, no podían dormir.

A la mañana siguiente, en cuanto salió el sol, se pusieron en camino, y pronto vieron un hermoso resplandor verde en el cielo, justo delante de ellos.

—Esa debe de ser la Ciudad Esmeralda —dijo Dorothy.

A medida que avanzaban, el resplandor verde se hacía cada vez más brillante, y parecía que por fin se acercaban al final de su viaje. Sin embargo, ya era por la tarde cuando llegaron a la gran muralla que rodeaba la Ciudad. Era alta y gruesa, y de un color verde brillante.

Frente a ellos, al final del camino de ladrillos amarillos, había una gran puerta, toda tachonada de esmeraldas que brillaban tanto al sol que hasta los ojos pintados del Espantapájaros quedaron deslumbrados por su fulgor.

Junto a la puerta había una campanilla, y Dorothy pulsó el botón y oyó un tintineo argentino en el interior. Entonces la gran puerta se abrió lentamente, y todos la atravesaron y se encontraron en una alta sala abovedada cuyas paredes relucían con incontables esmeraldas.

Ante ellos había un hombrecillo más o menos del mismo tamaño que los Munchkins. Iba vestido todo de verde, de la cabeza a los pies, y hasta su piel tenía un tinte verdoso. A su lado había una gran caja verde.

Cuando vio a Dorothy y a sus compañeros, el hombre preguntó: —¿Qué deseáis en la Ciudad Esmeralda?

—Hemos venido a ver al Gran Oz —dijo Dorothy.

El hombre quedó tan sorprendido con esta respuesta que se sentó a pensarlo.

—Hace muchos años que nadie me pide ver a Oz —dijo, sacudiendo la cabeza con perplejidad—. Es poderoso y terrible, y si venís con un encargo ocioso o necio a perturbar las sabias reflexiones del Gran Mago, podría enfadarse y destruiros a todos en un instante.

—Pero no es un encargo necio, ni tampoco ocioso —replicó el Espantapájaros—; es importante. Y nos han dicho que Oz es un Mago bueno.

—Así es —dijo el hombre verde—, y gobierna la Ciudad Esmeralda con sabiduría y acierto. Pero con quienes no son honestos, o se acercan a él por curiosidad, es de lo más terrible, y pocos se han atrevido jamás a pedir ver su rostro. Yo soy el Guardián de las Puertas, y puesto que exigís ver al Gran Oz, debo llevaros a su Palacio. Pero primero tenéis que poneros las gafas.

—¿Por qué? —preguntó Dorothy.

—Porque si no llevarais gafas, el brillo y la gloria de la Ciudad Esmeralda os cegarían. Incluso quienes viven en la Ciudad deben llevar gafas noche y día. Todas van cerradas con llave, pues así lo ordenó Oz cuando se construyó la Ciudad, y yo tengo la única llave que puede abrirlas.

Abrió la gran caja, y Dorothy vio que estaba llena de gafas de todos los tamaños y formas. Todas tenían cristales verdes. El Guardián de las Puertas encontró un par que le sentaba justo a Dorothy y se lo colocó sobre los ojos. Llevaban sujetas dos cintas de oro que pasaban por detrás de su cabeza, donde se cerraban con una llavecita que colgaba del extremo de una cadena que el Guardián de las Puertas llevaba al cuello. Una vez puestas, Dorothy no habría podido quitárselas aunque hubiera querido; pero, por supuesto, no deseaba quedar cegada por el resplandor de la Ciudad Esmeralda, así que no dijo nada.

Luego el hombre verde ajustó unas gafas al Espantapájaros, al Leñador de Hojalata y al León, y hasta al pequeño Totó; y todas quedaron bien cerradas con la llave.

Después el Guardián de las Puertas se puso sus propias gafas y les dijo que estaba listo para conducirlos al Palacio. Tomando una gran llave de oro de un gancho en la pared, abrió otra puerta, y todos lo siguieron a través del portal hasta las calles de la Ciudad Esmeralda.