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Las sirenas, Escila y Caribdis, las vacas del Sol

La Odisea · Homer · traducido por Claude Opus

Ulysses stands lashed to the mast, straining toward the singing Sirens on their bone-strewn rock, while his crew row on with wax-stopped ears.

«Después de salir del río Océano y de adentrarnos en mar abierto, seguimos hasta llegar a la isla de Ea, donde hay aurora y salida del sol como en otros lugares. Entonces sacamos nuestra nave a la arena y desembarcamos en la orilla, donde nos dormimos y esperamos a que amaneciese.

«Luego, cuando apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, envié a algunos hombres a la casa de Circe a buscar el cuerpo de Elpénor. Cortamos leña en un bosque donde el promontorio se adentraba en el mar, y después de haberlo llorado y lamentado celebramos sus ritos fúnebres. Cuando su cuerpo y sus armas quedaron reducidos a cenizas, levantamos un túmulo, pusimos una piedra sobre él, y en lo alto del túmulo clavamos el remo con que solía remar.

«Mientras hacíamos todo esto, Circe, que sabía que habíamos vuelto de la morada de Hades, se vistió y vino a nosotros tan deprisa como pudo; y sus criadas vinieron con ella trayéndonos pan, carne y vino. Entonces se plantó en medio de nosotros y dijo: “Habéis hecho una cosa audaz al bajar vivos a la morada de Hades, y habréis muerto dos veces, cuando los demás mueren una; ahora, pues, quedaos aquí el resto del día, hartaos de banquete, y proseguid vuestro viaje al amanecer de mañana. Entretanto yo informaré a Ulises acerca de vuestro rumbo y se lo explicaré todo, para evitar que sufráis desventura por tierra o por mar.”

«Convinimos en hacer lo que ella había dicho, y banqueteamos durante todo el día hasta la puesta del sol, pero cuando el sol se hubo puesto y cayó la oscuridad, los hombres se acostaron a dormir junto a los cables de popa de la nave. Entonces Circe me tomó de la mano y me mandó sentarme lejos de los demás, mientras ella se reclinaba a mi lado y me preguntaba todo sobre nuestras aventuras.

«“Hasta aquí todo bien”, dijo, cuando hube terminado mi relato, “y ahora presta atención a lo que voy a decirte; el mismo cielo, en verdad, te lo traerá de nuevo a la memoria. Primero llegarás a las sirenas, que encantan a todos los que se les acercan. Si alguien se acerca desprevenido demasiado y oye el canto de las sirenas, su esposa y sus hijos no volverán a darle la bienvenida en casa, pues ellas se sientan en un verde prado y lo trinan hasta la muerte con la dulzura de su canto. Hay un gran montón de huesos de hombres muertos esparcido en derredor, con la carne aún pudriéndose sobre ellos. Por tanto, pasa de largo junto a estas sirenas, y tapa con cera los oídos de tus hombres para que ninguno oiga; pero si quieres puedes escuchar tú mismo, pues puedes hacer que los hombres te aten de pie a un travesaño a media altura del mástil, y deben sujetar los extremos de la soga al propio mástil, para que tengas el placer de escuchar. Si ruegas y suplicas a los hombres que te desaten, entonces deben atarte más fuerte.”

«“Cuando tu tripulación te haya llevado más allá de estas sirenas, no puedo darte instrucciones precisas sobre cuál de dos rumbos has de tomar; te expondré las dos alternativas y tú mismo habrás de considerarlas. Por un lado hay unas rocas que se ciernen sobre el mar, contra las que baten con terrible furia las olas azul oscuro de Anfitrite; los dioses bienaventurados llaman a estas rocas las Errantes. Aquí no puede pasar ni un ave, no, ni siquiera las tímidas palomas que llevan la ambrosía al padre Júpiter, pues la roca escarpada siempre se lleva a una de ellas, y el padre Júpiter ha de enviar otra para completar su número; ninguna nave que haya llegado a estas rocas se ha salvado jamás, sino que las olas y los torbellinos de fuego están cargados de restos de naufragios y de cuerpos de hombres muertos. La única nave que jamás navegó y pasó fue la famosa Argo, en su viaje desde la casa de Eetes, y también ella se habría estrellado contra estas grandes rocas, de no ser porque Juno la guió más allá de ellas por el amor que tenía a Jasón.”

«“De estas dos rocas, una alcanza el cielo y su cima se pierde en una nube oscura. Esta nube no la abandona jamás, de suerte que la cumbre nunca está despejada, ni siquiera en verano ni a comienzos del otoño. Ningún hombre, aunque tuviera veinte manos y veinte pies, podría hallar asidero en ella ni escalarla, pues se alza cortada a pico, tan lisa como si estuviera pulida. A mitad de la roca hay una gran caverna, que mira al poniente y está vuelta hacia el Erebo; por ahí debes llevar tu nave, pero la cueva está tan alta que ni el arquero más robusto podría lanzar una flecha hasta ella. Dentro se sienta Escila y ladra con una voz que se diría de un cachorro recién nacido, pero en verdad es un monstruo espantoso, y nadie, ni siquiera un dios, podría mirarla de frente sin quedar aterrorizado. Tiene doce pies deformes y seis cuellos de longitud prodigiosa; y al extremo de cada cuello hay una cabeza horrenda con tres hileras de dientes, todos muy apretados unos contra otros, de modo que triturarían a cualquiera en un instante; y ella se sienta en el fondo de su sombría guarida, sacando las cabezas y escudriñando en torno de la roca, pescando delfines o perros de mar o cualquier monstruo mayor que pueda atrapar, de los miles que pululan en las aguas de Anfitrite. Jamás nave alguna pasó junto a ella sin perder algunos hombres, pues lanza todas sus cabezas a la vez y se lleva un hombre en cada boca.

«“La otra roca, la encontrarás más baja, pero están tan juntas que no hay entre ellas más que un tiro de arco. [Sobre ella crece una gran higuera de espeso follaje], y bajo la higuera yace el remolino devorador de Caribdis. Tres veces al día vomita sus aguas, y tres veces las vuelve a sorber; procura no hallarte allí cuando sorbe, pues si es así, ni el mismo Neptuno podría salvarte; debes pegarte al lado de Escila y empujar tu nave a toda prisa, porque más te vale perder seis hombres que a toda tu tripulación.”

«“¿No hay manera —dije yo— de escapar de Caribdis y, a la vez, de mantener a raya a Escila cuando intenta dañar a mis hombres?”

«“¡Temerario! —replicó la diosa—, siempre quieres pelear con alguien o con algo; ni siquiera ante los inmortales te resignas a ser vencido. Pues Escila no es mortal; además es salvaje, extrema, ruda, cruel e invencible. No hay remedio; tu mejor oportunidad será pasar junto a ella lo más deprisa que puedas, pues si te demoras junto a su roca mientras te pones la armadura, puede atraparte con un segundo lance de sus seis cabezas y arrebatarte otra media docena de tus hombres; así que lanza tu nave a toda velocidad y grita con todas tus fuerzas a Crátais, que es la madre de Escila, mal rayo la parta; ella le impedirá hacer una segunda embestida contra ti.”

«“Llegarás luego a la isla de Trinacia, y allí verás muchas manadas de vacas y rebaños de ovejas que pertenecen al dios Sol: siete manadas de vacas y siete rebaños de ovejas, con cincuenta cabezas en cada uno. No se reproducen ni disminuyen en número, y las cuidan las diosas Faetusa y Lampetia, hijas del dios Sol Hiperión y de Neera. Su madre, cuando las hubo dado a luz y acabó de amamantarlas, las envió a la isla de Trinacia, que está muy lejos, para que vivieran allí y guardaran los rebaños y manadas de su padre. Si dejas intactos esos rebaños y no piensas en otra cosa que en volver a casa, aún podrás, tras muchos trabajos, llegar a Ítaca; pero si les haces daño, entonces te anuncio la destrucción tanto de tu nave como de tus compañeros; y aunque tú mismo logres escapar, volverás tarde y en mal estado, tras haber perdido a todos tus hombres.”

«Aquí terminó ella, y la Aurora, entronizada en oro, comenzó a mostrarse en el cielo, tras lo cual la diosa se volvió tierra adentro. Yo subí entonces a bordo y dije a mis hombres que soltaran la nave de sus amarras; ellos entraron al punto, ocuparon sus puestos y comenzaron a batir el mar gris con los remos. Poco después la grande y astuta diosa Circe nos favoreció con un viento propicio que soplaba justo por la popa, y se mantuvo firme con nosotros, teniendo bien hinchadas nuestras velas; así hicimos lo que había que hacer en el aparejo de la nave y la dejamos ir como la llevaban el viento y el timonel.

«Entonces, muy turbado de ánimo, dije a mis hombres: “Amigos míos, no es justo que uno o dos de nosotros solos conozcamos las profecías que Circe me ha hecho; os las contaré, pues, para que, vivamos o muramos, lo hagamos con los ojos abiertos. Primero dijo que debíamos mantenernos lejos de las Sirenas, que se sientan y cantan hermosísimamente en un prado de flores; pero dijo que yo podría oírlas, con tal de que nadie más las oyera. Por tanto, tomadme y atadme al travesaño que está a media altura del mástil; atadme de pie, con una ligadura tan firme que de ningún modo pueda soltarme, y amarrad los cabos de la soga al mismo mástil. Si os ruego y suplico que me liberéis, entonces atadme aún con más fuerza.”

«Apenas había acabado de contárselo todo a los hombres, cuando llegamos a la isla de las dos Sirenas, pues el viento había sido muy favorable. Entonces, de repente, sobrevino una calma chicha; no había ni un soplo de viento ni una ondulación en el agua, así que los hombres plegaron las velas y las guardaron; luego, echando mano a los remos, blanquearon el agua con la espuma que levantaban al remar. Entretanto, yo tomé un gran disco de cera y lo corté en trozos pequeños con mi espada. Luego amasé la cera con mis fuertes manos hasta que se ablandó, lo cual ocurrió pronto, entre el amasar y los rayos del dios Sol, hijo de Hiperión. Después taponé los oídos de todos mis hombres, y ellos me ataron de pies y manos al mástil, mientras yo me mantenía de pie en el travesaño; y ellos siguieron remando. Cuando estuvimos a distancia de oír desde la tierra, y la nave avanzaba a buen paso, las Sirenas vieron que nos acercábamos a la costa y empezaron su canto.

«“Ven aquí —cantaban—, célebre Ulises, honra del nombre aqueo, y escucha nuestras dos voces. Nadie ha pasado jamás junto a nosotras sin detenerse a oír la encantadora dulzura de nuestro canto; y el que nos escucha sigue su camino no solo deleitado, sino más sabio, pues conocemos todos los males que los dioses enviaron sobre los argivos y los troyanos ante Troya, y podemos decirte todo lo que ha de suceder en el mundo entero.”

«Cantaron estas palabras con gran armonía, y como yo anhelaba seguir oyéndolas, hice señas con el ceño a mis hombres para que me soltaran; pero ellos redoblaron el ritmo de los remos, y Euríloco y Perimedes me ataron con ligaduras aún más fuertes hasta que nos alejamos fuera del alcance de las voces de las Sirenas. Entonces mis hombres se sacaron la cera de los oídos y me desataron.

«Inmediatamente después de haber dejado atrás la isla vi una gran ola de la que se alzaba la espuma, y oí un fuerte estruendo. Los hombres se asustaron tanto que soltaron los remos, pues todo el mar resonaba con el fragor de las aguas, pero la nave se quedó donde estaba, porque los hombres habían dejado de remar. Fui entonces de uno en uno, exhortándolos a que no perdieran el ánimo.

«“Amigos míos —dije—, esta no es la primera vez que nos vemos en peligro, y no estamos ni de lejos tan mal como cuando el cíclope nos encerró en su cueva; sin embargo, mi valor y mi sabio consejo nos salvaron entonces, y también de esto viviremos para acordarnos algún día. Ahora, pues, hagamos todos lo que os digo: confiad en Júpiter y remad con todas vuestras fuerzas. En cuanto a ti, piloto, estas son tus órdenes; atiéndelas, pues la nave está en tus manos: aparta su proa de estos rápidos humeantes y pégate a la roca, o se te escapará y estará allá lejos antes de que sepas dónde te hallas, y serás la causa de nuestra muerte.”

«Hicieron, pues, lo que les mandé; pero nada dije del horrendo monstruo Escila, porque sabía que los hombres dejarían de remar si lo hacía y se amontonarían en la bodega. En una sola cosa desobedecí las estrictas instrucciones de Circe: me puse la armadura. Luego, empuñando dos fuertes lanzas, me coloqué en la proa de la nave, pues allí esperaba ver primero al monstruo de la roca, que tanto daño había de hacer a mis hombres; pero no pude distinguirla en parte alguna, aunque forcé la vista recorriendo una y otra vez la sombría roca.

«Entramos entonces en el estrecho con gran temor en el ánimo, pues a un lado estaba Escila, y al otro la terrible Caribdis iba sorbiendo el agua salada. Cuando la vomitaba, era como el agua de un caldero cuando hierve y se desborda sobre un gran fuego, y la espuma llegaba a la cima de las rocas a uno y otro lado. Cuando volvía a sorber, veíamos el agua toda por dentro girando y girando, y producía un estruendo ensordecedor al romperse contra las rocas. Veíamos el fondo del remolino todo negro de arena y de cieno, y los hombres estaban fuera de sí de miedo. Mientras estábamos absortos en esto, esperando a cada instante que fuera el último, Escila se abalanzó de pronto sobre nosotros y arrebató a mis seis mejores hombres. Yo miraba a la vez por la nave y por los hombres, y en un momento vi sus manos y sus pies muy alto por encima de mí, debatiéndose en el aire mientras Escila se los llevaba, y los oí gritar mi nombre en un último clamor desesperado. Como un pescador sentado, lanza en mano, sobre algún peñasco saliente arroja el cebo al agua para engañar a los pobres pececillos, y los ensarta con el cuerno de buey que guarnece su lanza, arrojándolos boqueantes a tierra a medida que los captura uno a uno, así Escila depositaba a aquellas criaturas jadeantes sobre su roca y las devoraba a la entrada de su cubil, mientras ellas gritaban y me tendían las manos en su agonía mortal. Fue la visión más espantosa que vi en todos mis viajes.

Ulysses's ship threads the narrow strait between the many-headed monster Scylla on one cliff and the roaring whirlpool of Charybdis on the other.

«Cuando hubimos pasado las rocas [Errantes], con Escila y la terrible Caribdis, llegamos a la noble isla del dios Sol, donde estaban las hermosas vacas y ovejas que pertenecían al Sol Hiperión. Estando aún en el mar, en mi nave, podía oír el mugir de las vacas que volvían a los establos y el balar de las ovejas. Recordé entonces lo que me había dicho el ciego adivino tebano Tiresias, y con cuánto cuidado me había advertido la eea Circe que evitara la isla del bienaventurado dios Sol. Así que, muy turbado, dije a los hombres: “Hombres míos, sé que estáis agobiados, pero escuchad mientras os cuento la profecía que me hizo Tiresias, y con cuánto cuidado me advirtió la eea Circe que evitara la isla del bienaventurado dios Sol, pues allí, dijo, estaría nuestro peor peligro. Volved, pues, la proa de la nave lejos de la isla.”

«Los hombres se desesperaron ante esto, y Euríloco me dio al punto una respuesta insolente. “Ulises —dijo—, eres cruel; tú mismo eres muy fuerte y nunca te rindes; pareces hecho de hierro, y ahora, aunque tus hombres están agotados de fatiga y de falta de sueño, no les permites desembarcar y cocinarse una buena cena en esta isla, sino que les mandas hacerse a la mar y seguir navegando sin fruto por las vigilias de la noche fugaz. De noche es cuando soplan más fuertes los vientos y causan tanto daño; ¿cómo escaparemos si se levanta una de esas repentinas ráfagas del sudoeste o del oeste, que tantas veces destrozan una nave cuando los dioses, nuestros señores, nos son adversos? Obedezcamos, pues, los mandatos de la noche y preparemos nuestra cena aquí, junto a la nave; mañana por la mañana volveremos a embarcar y nos haremos a la mar.”

«Así habló Euríloco, y los hombres aprobaron sus palabras. Vi que el cielo nos tramaba un daño y dije: “Me forzáis a ceder, pues sois muchos contra uno, pero al menos cada uno de vosotros debe prestarme solemne juramento de que, si se topa con una manada de vacas o un gran rebaño de ovejas, no será tan insensato como para matar ni una sola cabeza de ellas, sino que se contentará con el alimento que Circe nos ha dado.”

«Todos juraron como les mandé, y cuando hubieron completado el juramento amarramos la nave en un puerto cercano a un arroyo de agua dulce, y los hombres bajaron a tierra y prepararon sus cenas. En cuanto hubieron comido y bebido lo suficiente, se pusieron a hablar de sus pobres compañeros a quienes Escila había arrebatado y devorado; esto los hizo llorar, y siguieron llorando hasta que cayeron en un sueño profundo.

«En la tercera vigilia de la noche, cuando las estrellas habían cambiado de lugar, Júpiter levantó un gran vendaval que voló como un huracán, de modo que la tierra y el mar quedaron cubiertos de densas nubes, y la noche se precipitó desde el cielo. Cuando apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, llevamos la nave a tierra y la arrastramos hasta una cueva donde las ninfas del mar tienen sus cortes y sus danzas, y convoqué a los hombres a consejo.

«“Amigos míos —dije—, tenemos carne y bebida en la nave; cuidemos, pues, de no tocar las vacas, o lo pagaremos caro; porque estas vacas y ovejas pertenecen al poderoso Sol, que todo lo ve y todo lo oye.” Y de nuevo prometieron que obedecerían.

«Durante un mes entero el viento sopló sin cesar del sur, y no hubo otro viento sino el sur y el este. Mientras duraron el trigo y el vino, los hombres no tocaron las vacas aunque tenían hambre; pero cuando se hubieron comido todo lo que había en la nave, se vieron obligados a ir más lejos, con anzuelo y sedal, cazando aves y tomando cuanto podían echar mano, pues se morían de hambre. Un día, pues, subí tierra adentro para rogar al cielo que me mostrara algún medio de partir. Cuando hube ido lo bastante lejos para estar apartado de todos mis hombres, y hube hallado un lugar bien resguardado del viento, me lavé las manos y recé a todos los dioses del Olimpo, hasta que por fin me enviaron un dulce sueño.

«Entretanto Euríloco había estado dando mal consejo a los hombres. “Escuchadme —decía—, mis pobres compañeros. Todas las muertes son bastante malas, pero ninguna tan mala como el hambre. ¿Por qué no hemos de llevar aquí las mejores de estas vacas y ofrecerlas en sacrificio a los dioses inmortales? Si algún día volvemos a Ítaca, podremos edificar un hermoso templo al dios Sol y enriquecerlo con toda clase de ornamentos; pero si él está resuelto a hundir nuestra nave por venganza de estas reses cornudas, y los demás dioses son del mismo parecer, yo por mi parte preferiría beber agua salada de una vez por todas y acabar, antes que morirme de hambre poco a poco en una isla desierta como esta.”

«Así habló Euríloco, y los hombres aprobaron sus palabras. Ahora bien, las vacas, tan hermosas y lucidas, pacían no lejos de la nave; los hombres, pues, llevaron las mejores de ellas, y todos se pusieron en torno rezando sus plegarias, y usando tiernos brotes de roble en lugar de harina de cebada, pues no quedaba cebada. Cuando acabaron de rezar, mataron las vacas y prepararon sus reses; cortaron los muslos, los envolvieron en dos capas de grasa y pusieron encima algunos trozos de carne cruda. No tenían vino con que hacer libaciones sobre el sacrificio mientras se cocinaba, de modo que iban vertiendo un poco de agua de vez en cuando mientras se asaban las entrañas; luego, cuando los muslos estuvieron quemados y hubieron probado las entrañas, cortaron el resto en pedazos pequeños y los pusieron en los asadores.

Under a storm-darkened sky Ulysses's starving men slaughter the forbidden golden cattle of the Sun-god on the shore.

«Para entonces mi profundo sueño me había dejado, y volví hacia la nave y la orilla del mar. Al acercarme empecé a oler carne asada caliente, y lancé entre gemidos una plegaria a los dioses inmortales. “Padre Júpiter —exclamé—, y todos vosotros, dioses que vivís en eterna bienaventuranza, me habéis hecho un cruel daño con el sueño en que me habéis sumido; ved qué hermosa obra han hecho estos hombres míos en mi ausencia.”

«Entretanto Lampetia se fue derecho al Sol y le contó que habíamos estado matando sus vacas, ante lo cual él montó en gran cólera y dijo a los inmortales: “Padre Júpiter, y todos vosotros, dioses que vivís en eterna bienaventuranza, he de tener venganza de la tripulación de la nave de Ulises: han tenido la insolencia de matar mis vacas, que eran lo único que me gustaba contemplar, ya subiera por el cielo o descendiera de nuevo. Si no me dan satisfacción por mis vacas, bajaré al Hades y alumbraré allí entre los muertos.”

«“Sol —dijo Júpiter—, sigue alumbrando a nosotros los dioses y a los mortales sobre la fértil tierra. Yo haré añicos su nave con un rayo de blanco relámpago tan pronto como se hagan a la mar.”

«Todo esto me lo contó Calipso, que dijo haberlo oído de boca de Mercurio.

«Tan pronto como bajé a mi nave y a la orilla del mar, reprendí a cada uno de los hombres por separado, pero no veíamos salida alguna, pues las vacas ya estaban muertas. Y, en efecto, los dioses empezaron enseguida a mostrarnos señales y prodigios, pues las pieles de las reses se arrastraban de un lado a otro, y los trozos en los asadores empezaron a mugir como vacas, y la carne, cocida o cruda, no cesaba de hacer ruido igual que las vacas.

«Durante seis días mis hombres siguieron llevando las mejores vacas y banqueteándose con ellas, pero cuando Júpiter, hijo de Saturno, añadió un séptimo día, la furia del vendaval amainó; subimos, pues, a bordo, alzamos los mástiles, desplegamos la vela y nos hicimos a la mar. Tan pronto como estuvimos bien lejos de la isla, y no se veía otra cosa que cielo y mar, el hijo de Saturno levantó una nube negra sobre nuestra nave, y el mar se oscureció debajo de ella. No avanzamos mucho más, pues al instante nos sorprendió una terrible ráfaga del oeste que rompió los estays del mástil, de modo que este cayó hacia popa, mientras todo el aparejo de la nave se desplomaba en el fondo del casco. El mástil cayó sobre la cabeza del piloto en la popa de la nave, de manera que los huesos de su cráneo quedaron hechos pedazos, y él cayó al mar como si se zambullera, sin que le quedara ya vida alguna.

«Entonces Júpiter soltó sus rayos, y la nave giró y giró, y se llenó de fuego y azufre al herirla el relámpago. Los hombres cayeron todos al mar; eran arrastrados por el agua en torno a la nave, semejantes a otras tantas gaviotas, pero el dios les quitó muy pronto toda posibilidad de volver a casa.

«Yo me aferré a la nave hasta que el mar separó sus costados de la quilla (que flotó a la deriva por sí sola) y arrancó el mástil en dirección a la quilla; pero aún colgaba de él un brandal de recia correa de buey, y con él até el mástil y la quilla, y, montándome a horcajadas sobre ambos, fui llevado adonde los vientos quisieron.

«[El vendaval del oeste había agotado ya su fuerza, y el viento volvió al sur, lo que me asustó, temiendo que me llevara de nuevo al terrible remolino de Caribdis. Esto fue en efecto lo que sucedió, pues las olas me llevaron toda la noche y, a la salida del sol, había llegado a la roca de Escila y al remolino. Ella estaba entonces sorbiendo el agua salada del mar, pero a mí me alzaron en alto hacia la higuera, a la que me agarré y a la que me aferré como un murciélago. No podía plantar los pies en parte alguna para tenerme firme, pues las raíces estaban muy lejos y las ramas que daban sombra a todo el remolino estaban demasiado altas, eran demasiado grandes y estaban demasiado separadas para que yo las alcanzara; así que me quedé colgado pacientemente, esperando a que el remolino devolviera mi mástil y mi balsa, y se me hizo larguísimo. Un jurado no se alegra más de volver a casa a cenar, tras haber sido retenido largo tiempo en el tribunal por pleitos enojosos, de lo que me alegré yo al ver que mi balsa empezaba a salir del remolino. Al fin solté las manos y los pies y caí pesadamente al mar, junto a mi balsa, en la cual subí entonces y empecé a remar con las manos. En cuanto a Escila, el padre de los dioses y de los hombres no permitió que volviera a verme; de otro modo yo me habría perdido sin remedio.

«Desde allí fui llevado durante nueve días, hasta que en la décima noche los dioses me arrojaron a la isla Ogigia, donde mora la grande y poderosa diosa Calipso. Ella me acogió y fue buena conmigo, pero no necesito decir más sobre esto, pues ayer os lo conté todo a ti y a tu noble esposa, y aborrezco repetir una y otra vez lo mismo.»