
«Luego, cuando hubimos bajado a la orilla del mar, echamos nuestra nave al agua y colocamos en ella el mástil y las velas; embarcamos también las ovejas y ocupamos nuestros puestos, llorando y con gran angustia de ánimo. Circe, aquella gran y astuta diosa, nos envió un viento favorable que soplaba de popa y se mantuvo constante con nosotros, teniendo siempre bien llenas las velas; así que hicimos lo que había que hacer con los aparejos de la nave y la dejamos ir adonde la llevaban el viento y el timonel. Todo el día fueron hinchadas sus velas mientras seguía su rumbo por el mar, pero cuando el sol se puso y las tinieblas cubrieron toda la tierra, llegamos a las aguas profundas del río Océano, donde están la tierra y la ciudad de los cimerios, que viven envueltos en niebla y oscuridad, que los rayos del sol nunca atraviesan, ni cuando sube ni cuando vuelve a descender del cielo, sino que los pobres desdichados viven en una larga y melancólica noche. Al llegar allí varamos la nave, sacamos de ella las ovejas, y seguimos por las aguas del Océano hasta llegar al lugar que Circe nos había indicado.
«Allí Perímedes y Euríloco sujetaron las víctimas, mientras yo desenvainaba mi espada y cavaba la fosa de un codo por cada lado. Hice una libación a todos los muertos, primero con miel y leche, luego con vino y en tercer lugar con agua, y espolvoreé sobre todo ello blanca harina de cebada, rogando fervientemente a los pobres e impotentes espectros, y prometiéndoles que cuando volviese a Ítaca les sacrificaría una novilla estéril, la mejor que tuviera, y cargaría la pira de cosas buenas. Prometí también en particular que Tiresias tendría para sí solo una oveja negra, la mejor de todos mis rebaños. Cuando hube orado lo bastante a los muertos, degollé las dos ovejas y dejé que la sangre corriese a la fosa, con lo cual los espectros acudieron en tropel desde el Erebo: novias, jóvenes solteros, ancianos agotados por el trabajo, doncellas contrariadas en amores y valientes muertos en combate, con sus armaduras aún manchadas de sangre; venían de todas partes y revoloteaban en torno a la fosa con una especie de extraño chillido que me hizo palidecer de miedo. Cuando los vi venir, ordené a los hombres que se apresuraran a desollar los cuerpos de las dos ovejas muertas y a hacer con ellos ofrendas quemadas, repitiendo al mismo tiempo plegarias a Hades y a Prosérpina; pero yo me quedé donde estaba con la espada desenvainada y no dejé que los pobres e impotentes espectros se acercaran a la sangre hasta que Tiresias hubiera respondido a mis preguntas.
«El primer espectro que vino fue el de mi camarada Elpénor, pues aún no había sido sepultado bajo la tierra. Habíamos dejado su cuerpo sin llorar y sin sepultura en la casa de Circe, porque teníamos demasiadas otras cosas que hacer. Sentí gran pena por él, y lloré al verlo: “Elpénor”, le dije, “¿cómo has bajado aquí a esta penumbra y oscuridad? Has llegado a pie más deprisa que yo con mi nave.”
«“Señor”, respondió con un gemido, “todo fue mala suerte y mi indecible borrachera. Yo estaba dormido en lo alto de la casa de Circe, y no pensé en bajar de nuevo por la gran escalera, sino que caí de cabeza desde el tejado y me rompí el cuello, y así mi alma bajó a la morada de Hades. Y ahora te suplico por todos aquellos que has dejado atrás, aunque no estén aquí, por tu esposa, por el padre que te crió cuando eras niño, y por Telémaco, que es la única esperanza de tu casa, que hagas lo que ahora voy a pedirte. Sé que cuando salgas de este limbo volverás a dirigir tu nave a la isla de Ea. No te marches de allí dejándome sin llorar y sin sepultura a tus espaldas, no sea que atraiga sobre ti la cólera del cielo; sino quémame con las armas que tenga, levántame un túmulo en la orilla del mar, que diga a las gentes de días venideros qué pobre y desafortunado hombre fui, y planta sobre mi tumba el remo con que solía remar cuando aún vivía y estaba con mis compañeros de bordo.” Y yo dije: “Pobre amigo, haré todo lo que me has pedido.”
«Así, pues, nos sentamos y mantuvimos triste plática el uno con el otro, yo a un lado de la fosa con mi espada tendida sobre la sangre, y el espectro de mi camarada diciéndome todo esto desde el otro lado. Entonces vino el espectro de mi difunta madre Anticlea, hija de Autólico. La había dejado con vida cuando partí hacia Troya y me conmoví hasta las lágrimas al verla, pero aun así, por toda mi pena, no quise dejarla acercarse a la sangre hasta haber hecho mis preguntas a Tiresias.
«Vino también entonces el espectro del tebano Tiresias, con su cetro de oro en la mano. Me reconoció y dijo: “Ulises, noble hijo de Laertes, ¿por qué, pobre hombre, has dejado la luz del día y has bajado a visitar a los muertos en este triste lugar? Apártate de la fosa y retira tu espada, para que beba la sangre y responda a tus preguntas con verdad.”

«Así que me aparté y envainé mi espada, y entonces, cuando hubo bebido la sangre, comenzó su profecía.
«“Quieres saber”, dijo, “acerca de tu regreso a casa, pero el cielo te lo hará difícil. No creo que escapes a la mirada de Neptuno, que aún guarda contra ti su amargo rencor por haber cegado a su hijo. Con todo, después de mucho padecer puedes llegar a casa si logras contenerte a ti mismo y a tus compañeros cuando tu nave llegue a la isla de Trinacria, donde hallarás las ovejas y las vacas que pertenecen al sol, que lo ve y lo oye todo. Si dejas ilesos esos rebaños y no piensas más que en volver a casa, aún podrás llegar a Ítaca tras muchas penalidades; pero si les haces daño, entonces te anuncio la destrucción de tu nave y de tus hombres. Aun cuando tú mismo escapes, volverás en mal estado tras perder a todos tus hombres, [en nave ajena, y hallarás desdicha en tu casa, que estará invadida por gentes insolentes, que devoran tu hacienda con el pretexto de cortejar a tu esposa y hacerle regalos.
«“Cuando llegues a casa te vengarás de esos pretendientes; y después de haberlos matado por la fuerza o por la astucia en tu propia casa, tomarás un remo bien hecho y lo llevarás cada vez más lejos, hasta llegar a un país donde la gente jamás ha oído hablar del mar ni siquiera mezcla sal con su comida, ni sabe nada de naves, ni de remos que son como las alas de una nave. Te daré una señal cierta que no podrá escapar a tu atención. Un caminante te saldrá al encuentro y dirá que lo que llevas al hombro debe de ser una pala de aventar; entonces debes clavar el remo en el suelo y sacrificar a Neptuno un carnero, un toro y un verraco. Luego vuelve a casa y ofrece hecatombes a todos los dioses del cielo, uno tras otro. En cuanto a ti, la muerte te vendrá del mar, y tu vida se extinguirá muy suavemente cuando estés lleno de años y de paz de espíritu, y tu pueblo te bendecirá. Todo lo que he dicho se cumplirá].”
«“Esto”, respondí, “ha de ser como plazca al cielo, pero dime, y dime, y dime la verdad: veo el espectro de mi pobre madre muy cerca de nosotros; está sentada junto a la sangre sin decir palabra, y aunque soy su propio hijo no me reconoce ni me habla; dime, señor, cómo puedo hacer que me reconozca.”
«“Eso”, dijo, “pronto puedo hacerlo. Todo espectro a quien dejes probar la sangre hablará contigo como un ser razonable, pero si no los dejas tomar sangre se marcharán de nuevo.”
«Con esto el espectro de Tiresias volvió a la morada de Hades, pues sus profecías ya habían sido pronunciadas, pero yo me quedé quieto donde estaba hasta que mi madre se acercó y probó la sangre. Entonces me reconoció al instante y me habló con ternura, diciendo: “Hijo mío, ¿cómo has bajado a esta morada de tinieblas estando aún vivo? Es cosa dura para los vivos ver estos lugares, pues entre nosotros y ellos hay grandes y terribles aguas, y está el Océano, que ningún hombre puede cruzar a pie, sino que necesita una buena nave que lo lleve. ¿Estás todo este tiempo intentando hallar el camino de vuelta desde Troya, y no has llegado aún a Ítaca ni has visto a tu esposa en tu propia casa?”
«“Madre”, dije, “me vi obligado a venir aquí a consultar el espectro del profeta tebano Tiresias. Nunca he estado aún cerca de la tierra aquea ni he puesto pie en mi patria, y no he tenido más que una larga serie de infortunios desde el primer día en que partí con Agamenón hacia Ilio, la tierra de los nobles corceles, a combatir contra los troyanos. Pero dime, y dime la verdad, ¿de qué modo moriste? ¿Tuviste una larga enfermedad, o te concedió el cielo un tránsito suave y fácil hacia la eternidad? Háblame también de mi padre y del hijo que dejé atrás: ¿están mis bienes todavía en sus manos, o se ha apoderado de ellos algún otro, que piensa que no volveré a reclamarlos? Dime también qué piensa hacer mi esposa y cuáles son sus intenciones; ¿vive con mi hijo y guarda con seguridad mi hacienda, o ha hecho el mejor casamiento que pudo y se ha vuelto a casar?”
«Mi madre respondió: “Tu esposa sigue en tu casa, pero está con el ánimo muy afligido y pasa todo el tiempo llorando, de noche y de día. Nadie se ha apoderado aún de tus hermosos bienes, y Telémaco conserva tus tierras sin ser molestado. Tiene que ofrecer grandes banquetes, como es natural, dada su posición de magistrado y que todos lo invitan; tu padre permanece en su antigua finca del campo y nunca se acerca a la ciudad. No tiene cama cómoda ni ropa de cama; en invierno duerme en el suelo, delante del fuego, con los siervos, y anda todo en harapos, pero en verano, cuando vuelve el tiempo cálido, se acuesta en la viña sobre un lecho de hojas de parra echadas de cualquier modo en el suelo. Se aflige de continuo porque nunca has vuelto a casa, y sufre más y más a medida que envejece. En cuanto a mi propio fin, fue de esta manera: el cielo no me llevó de repente y sin dolor en mi propia casa, ni me atacó ninguna enfermedad de las que suelen consumir y matar a la gente, sino que el anhelo de saber qué hacías y la fuerza de mi cariño por ti, esto fue lo que me dio la muerte.”
«Entonces busqué alguna manera de abrazar el espectro de mi pobre madre. Tres veces me lancé hacia ella e intenté estrecharla entre mis brazos, pero cada vez se escapó de mi abrazo como un sueño o un fantasma, y, herido en lo más vivo, le dije: “Madre, ¿por qué no te quedas quieta cuando quiero abrazarte? Si pudiéramos echarnos los brazos al cuello el uno al otro, hallaríamos un triste consuelo en compartir nuestras penas, aun en la morada de Hades; ¿acaso quiere Prosérpina echarme encima una carga todavía mayor de dolor burlándose de mí con un mero fantasma?”
«“Hijo mío”, respondió, “el más desdichado de todos los hombres, no es Prosérpina quien te engaña, sino que todos los hombres son así cuando están muertos. Los tendones ya no sostienen unidos la carne y los huesos; éstos perecen en la furia del fuego devorador en cuanto la vida ha abandonado el cuerpo, y el alma se esfuma como un sueño. Ahora, sin embargo, vuelve a la luz del día lo antes que puedas, y fíjate en todas estas cosas para que se las cuentes después a tu esposa.”
«Así conversamos, y pronto Prosérpina envió los espectros de las esposas y de las hijas de todos los hombres más famosos. Se juntaron en multitudes en torno a la sangre, y consideré cómo podría interrogarlas una por una. Al fin juzgué que lo mejor sería desenvainar la aguda espada que pendía de mi robusto muslo e impedir que todas bebiesen la sangre a la vez. Así vinieron una tras otra, y cada una, según yo la interrogaba, me contó su raza y su linaje.
«La primera que vi fue Tiro. Era hija de Salmoneo y esposa de Creteo, hijo de Éolo. Se enamoró del río Enipeo, que es con mucho el más hermoso de todos los ríos del mundo. Una vez que paseaba a su orilla, como solía, Neptuno, disfrazado de amante suyo, se acostó con ella en la desembocadura del río, y una enorme ola azul se arqueó como una montaña sobre ellos para ocultar a la mujer y al dios, y entonces él desató su virginal ceñidor y la sumió en un profundo sueño. Cuando el dios hubo consumado el acto de amor, la tomó de la mano y le dijo: “Tiro, alégrate de todo corazón; los abrazos de los dioses no son infecundos, y de aquí a un año tendrás hermosos gemelos. Cuídalos mucho. Yo soy Neptuno, así que vuelve ahora a casa, pero guarda silencio y no se lo digas a nadie.”
«Luego se zambulló bajo el mar, y ella, a su debido tiempo, dio a luz a Pelias y a Neleo, que ambos sirvieron a Júpiter con todas sus fuerzas. Pelias fue gran criador de ovejas y vivió en Yolco, pero el otro vivió en Pilos. Los demás hijos de ella fueron de Creteo, a saber, Esón, Feres y Amitaón, que fue un poderoso guerrero y auriga.
«Junto a ella vi a Antíope, hija de Asopo, que podía jactarse de haber dormido en brazos del mismo Júpiter, y que le dio dos hijos, Anfión y Zeto. Éstos fundaron Tebas, la de las siete puertas, y levantaron una muralla en torno a ella; pues, aunque eran fuertes, no podían conservar Tebas hasta haberla amurallado.
«Luego vi a Alcmena, la esposa de Anfitrión, que también dio a Júpiter al indómito Hércules; y a Megara, que fue hija del gran rey Creonte y se casó con el temible hijo de Anfitrión.
«Vi también a la bella Epicasta, madre del rey Edipo, cuya terrible suerte fue casarse con su propio hijo sin sospecharlo. Él se casó con ella después de haber matado a su padre, pero los dioses proclamaron toda la historia al mundo; con lo cual él siguió siendo rey de Tebas, en gran pesar por el rencor que le habían tenido los dioses; pero Epicasta fue a la morada del poderoso carcelero Hades, tras ahorcarse de dolor, y los espíritus vengadores lo persiguieron como por una madre ultrajada, para su amargo pesar en lo sucesivo.
«Luego vi a Cloris, con quien Neleo se casó por su belleza, tras darle presentes inestimables. Era la hija menor de Anfión, hijo de Yaso y rey de Orcómeno de los minias, y fue reina en Pilos. Dio a luz a Néstor, a Cromio y a Periclímeno, y dio a luz también a aquella mujer maravillosamente hermosa, Pero, a quien pretendía toda la comarca; pero Neleo sólo quería dársela a quien robase las vacas de Ífico en los pastos de Fílace, y ésta era empresa difícil. El único hombre que quiso emprender el robo fue cierto excelente adivino, pero la voluntad del cielo estaba contra él, pues los vaqueros de aquel ganado lo prendieron y lo metieron en prisión; sin embargo, cuando hubo pasado un año entero y volvió la misma estación, Ífico lo puso en libertad, después de que él hubo expuesto todos los oráculos del cielo. Así, pues, se cumplió la voluntad de Júpiter.
«Y vi a Leda, la esposa de Tíndaro, que le dio dos famosos hijos, Cástor, domador de caballos, y Pólux, el poderoso púgil. Ambos héroes yacen bajo la tierra, aunque aún están vivos, pues por una especial disposición de Júpiter mueren y vuelven a la vida, cada uno de ellos un día sí y otro no, por todo el tiempo, y tienen el rango de dioses.
«Después de ella vi a Ifimedea, esposa de Aloeo, que se jactaba del abrazo de Neptuno. Dio a luz dos hijos, Oto y Efialtes, pero ambos tuvieron vida breve. Fueron los más hermosos hijos que han nacido nunca en este mundo, y los de mejor aspecto, con la sola excepción de Orión; pues a los nueve años tenían nueve brazas de altura y nueve codos de contorno de pecho. Amenazaron con hacer la guerra a los dioses en el Olimpo, e intentaron poner el monte Osa sobre la cima del monte Olimpo, y el monte Pelión sobre la cima del Osa, para escalar el cielo mismo, y lo habrían conseguido de haber sido adultos, pero Apolo, hijo de Leto, mató a ambos antes de que tuvieran siquiera señal de vello en las mejillas o en la barbilla.
«Luego vi a Fedra, a Procris y a la bella Ariadna, hija del mago Minos, a quien Teseo se llevaba de Creta a Atenas, pero no gozó de ella, pues antes de que pudiera hacerlo Diana la mató en la isla de Día por lo que Baco había dicho contra ella.
«Vi también a Mera y a Clímene y a la odiosa Erifila, que vendió a su propio esposo por oro. Pero me llevaría toda la noche si hubiera de nombrar a todas las esposas e hijas de héroes que vi, y es hora de que me vaya a la cama, ya sea a bordo de la nave con mi tripulación, o aquí. En cuanto a mi escolta, el cielo y vosotros mismos os ocuparéis de ella.»
Aquí terminó, y los invitados quedaron todos hechizados y callados por todo el pórtico cubierto. Entonces Arete les dijo:
«¿Qué pensáis de este hombre, oh feacios? ¿No es alto y de buen aspecto, y no es inteligente? Es cierto que es mi propio huésped, pero todos vosotros participáis de la distinción. No tengáis prisa en despedirlo, ni seáis mezquinos en los presentes que hagáis a quien se halla en tan gran necesidad, pues el cielo os ha bendecido a todos con gran abundancia.»
Entonces habló el anciano héroe Equeneo, que era uno de los hombres de más edad entre ellos: «Amigos míos», dijo, «lo que nuestra augusta reina acaba de decirnos es razonable y oportuno, por lo cual dejaos persuadir por ello; pero la decisión, de palabra o de obra, corresponde en última instancia al rey Alcínoo.»
«Así se hará», exclamó Alcínoo, «tan cierto como que aún vivo y reino sobre los feacios. Nuestro huésped está, en verdad, muy ansioso por volver a casa; aun así, debemos persuadirlo de que se quede con nosotros hasta mañana, y para entonces podré reunir toda la suma que pienso darle. En cuanto a su escolta, será asunto de todos vosotros, y mío por encima de todos, como persona principal entre vosotros.»
Y Ulises respondió: «Rey Alcínoo, si me pidieras que me quedase aquí un año entero y luego me despidieras cargado con tus nobles dones, te obedecería gustosamente y redundaría en gran provecho mío, pues volvería con las manos más llenas a mi pueblo, y así sería más respetado y querido por todos los que me vean cuando regrese a Ítaca.»
«Ulises», replicó Alcínoo, «ninguno de los que te vemos tiene idea de que seas un charlatán o un embaucador. Sé que hay muchas personas por el mundo que cuentan historias tan verosímiles que es muy difícil ver a través de ellas, pero hay en tu lenguaje un estilo que me asegura tu buena disposición. Además, has contado la historia de tus propias desgracias, y las de los argivos, como si fueras un aedo experimentado; pero dime, y dime la verdad, si viste a alguno de los poderosos héroes que fueron a Troya al mismo tiempo que tú, y que perecieron allí. Las veladas son aún tan largas como pueden serlo, y todavía no es hora de acostarse; continúa, pues, con tu divina historia, porque yo podría quedarme aquí escuchando hasta mañana por la mañana, mientras tú sigas contándonos tus aventuras.»
«Alcínoo», respondió Ulises, «hay tiempo para pronunciar discursos y tiempo para acostarse; sin embargo, puesto que así lo deseas, no dejaré de contarte la historia aún más triste de aquellos camaradas míos que no cayeron combatiendo contra los troyanos, sino que perecieron a su regreso, por la traición de una mujer perversa.
«Cuando Prosérpina hubo despedido en todas direcciones a los espectros femeninos, el espectro de Agamenón, hijo de Atreo, vino tristemente hacia mí, rodeado de los que habían perecido con él en la casa de Egisto. En cuanto probó la sangre, me reconoció, y llorando amargamente extendió sus brazos hacia mí para abrazarme; pero ya no tenía fuerza ni sustancia, y yo también lloré y me compadecí de él al contemplarlo. “¿Cómo hallaste la muerte”, le dije, “rey Agamenón? ¿Levantó Neptuno sus vientos y olas contra ti cuando estabas en el mar, o te dieron fin tus enemigos en tierra firme cuando robabas ganado o ovejas, o mientras combatían en defensa de sus esposas y de su ciudad?”
«“Ulises”, respondió, “noble hijo de Laertes, no me perdí en el mar en ninguna tormenta levantada por Neptuno, ni me despacharon mis enemigos en tierra firme, sino que Egisto y mi perversa esposa fueron entre los dos mi muerte. Me invitó a su casa, me agasajó con un banquete, y luego me degolló miserablemente como si yo fuera una res cebada en el matadero, mientras a mi alrededor mis camaradas eran muertos como ovejas o cerdos para el banquete de bodas, o la merienda campestre, o el suntuoso festín de algún gran señor. Habrás visto morir a gran número de hombres, ya en un combate general, ya en lid singular, pero nunca viste nada tan verdaderamente lastimoso como el modo en que caímos en aquel pórtico, con la crátera y las mesas cargadas tiradas por todas partes, y el suelo humeante de nuestra sangre. Oí gritar a Casandra, hija de Príamo, mientras Clitemnestra la mataba junto a mí. Yo yacía moribundo en el suelo con la espada en el cuerpo, y alcé las manos para matar a aquella ramera asesina, pero ella se me escabulló; ni siquiera quiso cerrarme los labios ni los ojos cuando moría, porque no hay en este mundo nada tan cruel y tan desvergonzado como una mujer cuando ha caído en una culpa como la suya. ¡Imagina asesinar a su propio marido! Pensaba que mis hijos y mis siervos me darían la bienvenida a casa, pero su abominable crimen ha traído la deshonra sobre ella y sobre todas las mujeres que vengan después, incluso las buenas.”
«Y yo dije: “En verdad Júpiter ha aborrecido la casa de Atreo de principio a fin por los designios de sus mujeres. Mira cuántos de nosotros caímos por causa de Helena, y ahora parece que Clitemnestra urdió también daño contra ti durante tu ausencia.”
«“Ten cuidado, pues”, prosiguió Agamenón, “no ser demasiado amistoso ni siquiera con tu propia esposa. No le cuentes todo lo que tú mismo sabes perfectamente. Dile sólo una parte, y guarda tus pensamientos sobre el resto. No porque tu esposa, Ulises, vaya a asesinarte, pues Penélope es una mujer muy admirable y de excelente natural. La dejamos recién casada, con un niño de pecho, cuando partimos hacia Troya. Sin duda este niño ha llegado ya felizmente a la edad de hombre, y él y su padre tendrán un alegre encuentro y se abrazarán como es justo que lo hagan, mientras que mi perversa esposa ni siquiera me permitió la dicha de ver a mi hijo, sino que me mató antes de que pudiera hacerlo. Además te digo, y grábalo en tu corazón, que no digas a la gente cuándo llevas tu nave a Ítaca, sino sorpréndelos, pues después de todo esto no hay que fiarse de las mujeres. Pero ahora dime, y dime la verdad, ¿puedes darme alguna noticia de mi hijo Orestes? ¿Está en Orcómeno, o en Pilos, o está en Esparta con Menelao? Porque presumo que aún vive.”
«Y yo dije: “Agamenón, ¿por qué me lo preguntas? No sé si tu hijo está vivo o muerto, y no es justo hablar cuando uno no sabe.”
«Mientras los dos estábamos sentados llorando y hablando tan tristemente el uno con el otro, el espectro de Aquiles se acercó a nosotros con Patroclo, Antíloco y Áyax, que era el más hermoso y apuesto de todos los dánaos después del hijo de Peleo. El veloz descendiente de Éaco me reconoció y habló lastimosamente, diciendo: “Ulises, noble hijo de Laertes, ¿qué hazaña audaz emprenderás ahora, que te atreves a bajar a la morada de Hades entre nosotros, los necios muertos, que no somos sino los espectros de quienes ya no pueden trabajar?”
«Y yo dije: “Aquiles, hijo de Peleo, primer campeón de los aqueos, vine a consultar a Tiresias, para ver si podía aconsejarme sobre mi regreso a Ítaca, pues nunca he podido acercarme a la tierra aquea, ni poner pie en mi propio país, sino que he estado en aprieto todo el tiempo. En cuanto a ti, Aquiles, nadie ha sido jamás tan afortunado como tú, ni lo será nunca, pues fuiste adorado por todos nosotros, los argivos, mientras vivías, y ahora que estás aquí eres un gran príncipe entre los muertos. No te lo tomes, pues, tan a pecho, aunque estés muerto.”
«“No digas una palabra”, respondió, “en favor de la muerte; preferiría ser criado a sueldo en casa de un hombre pobre y estar sobre la tierra que rey de reyes entre los muertos. Pero dame noticias de mi hijo; ¿se ha ido a la guerra y será un gran soldado, o no es así? Dime también si has oído algo de mi padre Peleo: ¿reina aún entre los mirmidones, o no le muestran respeto por toda la Hélade y Ftía ahora que es viejo y le fallan los miembros? Si yo pudiera estar a su lado, a la luz del día, con la misma fuerza que tenía cuando maté a los más bravos de nuestros enemigos en la llanura de Troya; si pudiera ser como entonces era e ir, aunque fuese por poco tiempo, a la casa de mi padre, cualquiera que intentase hacerle violencia o suplantarlo lo lamentaría pronto.”
«“Nada he oído”, respondí, “de Peleo, pero puedo contarte todo sobre tu hijo Neoptólemo, pues yo lo llevé en mi propia nave desde Esciros con los aqueos. En nuestros consejos de guerra ante Troya él era siempre el primero en hablar, y su juicio era certero. Sólo Néstor y yo podíamos superarlo; y cuando llegaba el momento de combatir en la llanura de Troya, nunca permanecía con el cuerpo de sus hombres, sino que se lanzaba muy por delante, el primero de todos en valor. A muchos hombres mató en la batalla; no puedo nombrar uno por uno a todos los que dio muerte combatiendo del lado de los argivos, pero diré sólo cómo mató a aquel valiente héroe Eurípilo, hijo de Télefo, que fue el hombre más apuesto que jamás vi, salvo Memnón; muchos otros de los cetios cayeron también en torno a él por los sobornos de una mujer. Además, cuando todos los más valientes de los argivos entraron en el caballo que Epeo había hecho, y quedó a mi cargo decidir cuándo habíamos de abrir la puerta de nuestra emboscada o cerrarla, aunque todos los demás jefes y principales de los dánaos se enjugaban los ojos y temblaban en todos sus miembros, jamás lo vi palidecer ni limpiarse una lágrima de la mejilla; todo el tiempo me instaba a salir del caballo, aferrando la empuñadura de su espada y su lanza de punta de bronce, y respirando furia contra el enemigo. Y sin embargo, cuando hubimos saqueado la ciudad de Príamo, obtuvo su bella parte del botín y subió a bordo (tal es la fortuna de la guerra) sin una herida, ni de lanza arrojada ni en combate cuerpo a cuerpo, pues la furia de Marte es cuestión de gran azar.”
«Cuando le hube dicho esto, el espectro de Aquiles se alejó a grandes zancadas por una pradera llena de asfódelos, exultante por lo que yo había dicho acerca del valor de su hijo.
«Los espectros de otros muertos se detuvieron cerca de mí y me contaron cada uno su propia melancólica historia; pero el de Áyax, hijo de Telamón, se mantuvo solo y aparte, aún enojado conmigo por haber ganado la causa en nuestra disputa por las armas de Aquiles. Tetis las había ofrecido como premio, pero los prisioneros troyanos y Minerva fueron los jueces. Ojalá no hubiera ganado nunca en tal contienda, pues costó la vida de Áyax, que fue el primero de todos los dánaos después del hijo de Peleo, tanto en estatura como en valor.
«Cuando lo vi, traté de aplacarlo y dije: “Áyax, ¿no olvidarás y perdonarás ni siquiera en la muerte, sino que el juicio sobre aquellas odiosas armas ha de seguir escociéndote? Nos costó bastante caro a los argivos perder una torre de fortaleza como lo eras tú para nosotros. Te lloramos tanto como al propio Aquiles, hijo de Peleo, y la culpa no puede atribuirse sino al rencor que Júpiter tenía a los dánaos, pues él fue quien aconsejó tu perdición; ven acá, pues, somete tu altivo espíritu y escucha lo que puedo decirte.”
«No quiso responder, sino que se volvió hacia el Erebo y hacia los otros espectros; con todo, yo lo habría hecho hablarme a pesar de su enojo, o habría seguido hablándole yo, si no hubiese habido todavía otros entre los muertos a quienes deseaba ver.
«Luego vi a Minos, hijo de Júpiter, con su cetro de oro en la mano, sentado en juicio sobre los muertos, y los espectros estaban reunidos, sentados y de pie, en torno a él en la espaciosa morada de Hades, para conocer sus sentencias sobre ellos.
«Después de él vi al enorme Orión en una pradera llena de asfódelos, arreando los espectros de las fieras que había matado en los montes, y tenía en la mano una gran maza de bronce, indestructible por siempre jamás.
«Y vi a Ticio, hijo de Gaia, tendido en la llanura y cubriendo unos nueve acres de terreno. Dos buitres, uno a cada lado, le hundían los picos en el hígado, y él seguía tratando de espantarlos con las manos, pero no podía; porque había violado a Leto, la amante de Júpiter, cuando pasaba por Panopeo camino de Pito.
«Vi también el terrible destino de Tántalo, que estaba de pie en un lago que le llegaba a la barbilla; moría por apagar su sed, pero nunca alcanzaba el agua, pues cada vez que el pobre se inclinaba a beber, se secaba y desaparecía, de modo que no había más que tierra seca, resecada por el rencor del cielo. Había además altos árboles que dejaban caer su fruto sobre su cabeza: peras, granadas, manzanas, dulces higos y jugosas aceitunas, pero cada vez que el pobre extendía la mano para tomar alguna, el viento volvía a lanzar las ramas hacia las nubes.
«Y vi a Sísifo en su interminable tarea, alzando su prodigiosa piedra con ambas manos. Con manos y pies trataba de hacerla rodar hasta la cima de la colina, pero siempre, justo antes de que pudiera hacerla pasar al otro lado, el peso resultaba demasiado para él, y la despiadada piedra volvía a caer atronando hasta la llanura. Entonces empezaba de nuevo a empujarla cuesta arriba, y el sudor le corría por el cuerpo y el vapor se alzaba tras él.
«Después de él vi al poderoso Hércules, pero era sólo su fantasma, pues él banquetea siempre con los dioses inmortales, y tiene por esposa a la hermosa Hebe, que es hija de Júpiter y de Juno. Los espectros chillaban en torno a él como aves asustadas que vuelan en todas direcciones. Parecía negro como la noche, con su arco desnudo en las manos y la flecha en la cuerda, mirando en derredor con furia como si estuviera siempre a punto de apuntar. Sobre el pecho llevaba un maravilloso cinturón de oro, adornado de la manera más prodigiosa con osos, jabalíes y leones de ojos centelleantes; había también guerra, batalla y muerte. El hombre que hizo aquel cinturón, hiciera lo que hiciese, nunca podría hacer otro igual. Hércules me reconoció al punto cuando me vio, y habló lastimosamente, diciendo: “Mi pobre Ulises, noble hijo de Laertes, ¿llevas tú también la misma triste vida que yo llevé cuando estaba sobre la tierra? Yo era hijo de Júpiter, pero pasé por infinitos sufrimientos, pues fui siervo de uno muy inferior a mí, un hombre ruin que me impuso toda clase de trabajos. Una vez me envió aquí a buscar al perro del infierno, pues no pensaba que pudiera hallar nada más duro para mí que esto, pero saqué al perro de Hades y se lo llevé, porque Mercurio y Minerva me ayudaron.”
«Dicho esto, Hércules descendió de nuevo a la morada de Hades, pero yo me quedé donde estaba por si algún otro de los poderosos muertos venía a mí. Y habría visto aún a otros de los que se fueron antes, a quienes habría querido ver, Teseo y Pirítoo, gloriosos hijos de los dioses, pero acudieron en torno a mí tantos millares de espectros y profirieron gritos tan espantosos que me entró pánico de que Prosérpina enviase desde la morada de Hades la cabeza de aquel horrible monstruo, la Gorgona. Con esto me apresuré a volver a mi nave y ordené a mis hombres que subieran a bordo de inmediato y soltaran las amarras; embarcaron y ocuparon sus puestos, y la nave descendió por la corriente del río Océano. Al principio tuvimos que remar, pero pronto se levantó un viento favorable.