1. Sun Tzu dijo: El arte de la guerra reconoce nueve variedades de terreno: (1) el terreno dispersivo; (2) el terreno fácil; (3) el terreno disputado; (4) el terreno abierto; (5) el terreno de caminos que se cruzan; (6) el terreno grave; (7) el terreno difícil; (8) el terreno cercado; (9) el terreno desesperado.
2. Cuando un caudillo combate en su propio territorio, es terreno dispersivo.
[Se llama así porque los soldados, al estar cerca de sus hogares y ansiosos por ver a sus mujeres y sus hijos, probablemente aprovecharán la ocasión que les brinda una batalla para dispersarse en todas direcciones. «En su avance», observa Tu Mu, «les faltará el valor de la desesperación, y cuando se retiren hallarán puertos de refugio».]
3. Cuando ha penetrado en territorio hostil, pero no a gran distancia, es terreno fácil.
[Li Ch’uan y Ho Shih dicen «por la facilidad para retirarse», y los demás comentaristas dan explicaciones parecidas. Tu Mu observa: «Cuando tu ejército haya cruzado la frontera, debes quemar tus barcas y tus puentes, para dejar claro a todos que no sientes añoranza del hogar».]
4. El terreno cuya posesión supone una gran ventaja para cualquiera de los dos bandos es terreno disputado.
[Tu Mu define este terreno como terreno «que ha de ser disputado». Ts’ao Kung dice: «terreno en el que los pocos y los débiles pueden derrotar a los muchos y a los fuertes», como «el cuello de un paso», ejemplo que aduce Li Ch’uan. Así, las Termópilas pertenecían a esta clase, porque su posesión, aunque fuera solo por unos pocos días, significaba contener a todo el ejército invasor y ganar con ello un tiempo inestimable. Cf. Wu Tzŭ, cap. V, ad init.: «Para quienes han de combatir en proporción de uno contra diez, no hay nada mejor que un paso estrecho». Cuando Lu Kuang regresaba de su triunfal expedición al Turquestán en el año 385 d. C. y había llegado hasta I-ho, cargado de botín, Liang Hsi, administrador de Liang-chou, aprovechando la muerte de Fu Chien, rey de Ch’in, conspiró contra él y quiso cerrarle el paso hacia la provincia. Yang Han, gobernador de Kao-ch’ang, le aconsejó diciendo: «Lu Kuang viene fresco de sus victorias en el oeste, y sus soldados están vigorosos y llenos de brío. Si le hacemos frente en las arenas movedizas del desierto, no seremos rivales para él; debemos, por tanto, intentar otro plan. Apresurémonos a ocupar el desfiladero en la boca del paso de Kao-wu, cortándole así el suministro de agua; y cuando sus tropas estén postradas por la sed, podremos dictar nuestras propias condiciones sin movernos. O si pensáis que el paso que menciono está demasiado lejos, podríamos hacerle frente en el paso de I-wu, que está más cerca. La astucia y los recursos del mismo Tzŭ-fang se agotarían en vano contra la enorme fortaleza de estas dos posiciones». Liang Hsi, que se negó a seguir este consejo, fue arrollado y barrido por el invasor.]
5. El terreno en el que cada bando tiene libertad de movimiento es terreno abierto.
[Hay diversas interpretaciones del adjetivo chino que designa este tipo de terreno. Ts’ao Kung dice que significa «terreno cubierto por una red de caminos», como un tablero de ajedrez. Ho Shih sugirió: «terreno en el que la comunicación mutua es fácil».]
6. El terreno que constituye la llave de tres Estados contiguos,
[Ts’au Kung lo define así: «Nuestro país, lindante con el del enemigo, y un tercer país que confina con ambos». Meng Shih pone como ejemplo el pequeño principado de Cheng, que limitaba al nordeste con Ch’i, al oeste con Chin y al sur con Ch’u.]
de modo que quien lo ocupa primero tiene a su disposición la mayor parte del Imperio,
[El beligerante que posee esta posición dominante puede obligar a la mayoría de ellos a convertirse en sus aliados.]
es terreno de caminos cruzados.
7. Cuando un ejército ha penetrado en el corazón de un país hostil, dejando a su retaguardia cierto número de ciudades fortificadas, se halla en terreno grave.
[Wang Hsi explica el nombre diciendo que «cuando un ejército ha llegado a tal punto, su situación es grave».]
8. Bosques de montaña,
[O simplemente «bosques».]
escarpaduras abruptas, marismas y ciénagas: todo país difícil de atravesar es terreno difícil.
9. El terreno al que se llega por gargantas estrechas y del que solo podemos retirarnos por senderos tortuosos, de modo que un pequeño número de enemigos bastaría para aplastar a un gran cuerpo de nuestros hombres, es terreno cercado.
10. El terreno en el que solo podemos salvarnos de la destrucción combatiendo sin demora es terreno desesperado.
[La situación, tal como la describe Ts’ao Kung, es muy semejante a la del «terreno cercado», salvo que aquí la huida ya no es posible: «Una alta montaña delante, un gran río detrás, el avance imposible, la retirada cortada». Ch’en Hao dice: «Estar en “terreno desesperado” es como estar sentado en una barca que hace agua o agazapado en una casa en llamas». Tu Mu cita de Li Ching una vívida descripción del aprieto de un ejército así atrapado: «Supongamos un ejército que invade territorio hostil sin la ayuda de guías del lugar: cae en una trampa fatal y queda a merced del enemigo. Un barranco a la izquierda, una montaña a la derecha, un sendero tan peligroso que hay que atar los caballos unos a otros con cuerdas y transportar los carros en eslingas, ningún paso abierto delante, la retirada cortada detrás, sin otra opción que avanzar en fila de a uno. Entonces, antes de que haya tiempo de formar a nuestros soldados en orden de batalla, aparece de pronto en escena el enemigo con fuerzas abrumadoras. Si avanzamos, no hallamos en ninguna parte un respiro; si retrocedemos, no tenemos refugio alguno. Buscamos una batalla campal, pero en vano; y, manteniéndonos a la defensiva, ninguno de nosotros tiene un momento de reposo. Si nos limitamos a mantener nuestra posición, se arrastrarán días y meses enteros; en cuanto hacemos un movimiento, hemos de soportar los ataques del enemigo por el frente y por la retaguardia. El país es salvaje, desprovisto de agua y de plantas; al ejército le faltan las cosas necesarias para la vida, los caballos están agotados y los hombres extenuados, todos los recursos de la fuerza y de la destreza resultan inútiles, el paso es tan estrecho que un solo hombre que lo defienda puede detener la embestida de diez mil; todos los medios de ataque están en manos del enemigo, todos los puntos ventajosos los hemos perdido ya nosotros: en este terrible aprieto, aunque tuviéramos los soldados más valientes y las armas más afiladas, ¿cómo podrían emplearse con el menor efecto?». A los estudiosos de la historia griega quizá les venga a la memoria el terrible final de la expedición a Sicilia y la agonía de los atenienses al mando de Nicias y Demóstenes. [Véase Tucídides, VII, 78 y ss.].]
11. En terreno dispersivo, por tanto, no combatas. En terreno fácil, no te detengas. En terreno disputado, no ataques.
[Antes bien, dedica todas tus energías a ocupar primero la posición ventajosa. Así lo entiende Ts’ao Kung. Li Ch’uan y otros, sin embargo, suponen que el sentido es que el enemigo ya se nos ha adelantado, de modo que atacar sería pura locura. En el Sun Tzu Hsu Lu, cuando el rey de Wu pregunta qué debe hacerse en este caso, Sun Tzu responde: «La regla en lo que respecta al terreno disputado es que quienes lo poseen tienen ventaja sobre el otro bando. Si el enemigo se asegura primero una posición de esta clase, guárdate de atacarlo. Atráelo fuera fingiendo huir; muestra tus estandartes y haz sonar tus tambores; lánzate sobre otros lugares que él no pueda permitirse perder; arrastra ramaje y levanta polvo; confunde sus oídos y sus ojos; destaca un cuerpo de tus mejores tropas y ponlo secretamente en emboscada. Entonces tu adversario saldrá a socorrerlos».]
12. En terreno abierto, no intentes cerrar el paso al enemigo.
[Porque el intento sería inútil y expondría a la propia fuerza que cierra el paso a graves riesgos. Hay aquí dos interpretaciones posibles. Sigo la de Chang Yu. La otra la indica la breve nota de Ts’ao Kung: «Estrechad filas», es decir, procurad que ninguna parte de vuestro propio ejército quede aislada.]
En terreno de caminos cruzados, únete a tus aliados.
[O quizá: «forma alianzas con los Estados vecinos».]
13. En terreno grave, recoge botín.
[Sobre esto, Li Ch’uan tiene la siguiente nota deliciosa: «Cuando un ejército penetra lejos en el país enemigo, hay que cuidar de no enajenarse al pueblo con un trato injusto. Seguid el ejemplo del emperador Kao Tsu de los Han, cuya marcha por territorio de Ch’in no estuvo marcada por ninguna violación de mujeres ni saqueo de objetos de valor. [Nota bene: esto fue en el año 207 a. C., y bien puede hacernos sonrojar por los ejércitos cristianos que entraron en Pekín en el año 1900 d. C.] Así se ganó los corazones de todos. En el presente pasaje, pues, creo que la verdadera lectura debe ser, no “saquea”, sino “no saquees”». Ay, me temo que en este caso los sentimientos del digno comentarista se adelantaron a su juicio. Tu Mu, al menos, no se hace tales ilusiones. Dice: «Cuando se acampa en “terreno grave”, no habiendo todavía incentivo para avanzar más ni posibilidad de retirada, se deben tomar medidas para una resistencia prolongada, trayendo provisiones de todas partes, y vigilar de cerca al enemigo».]
En terreno difícil, prosigue la marcha sin detenerte.
[O, con las palabras de VIII, § 2, «no acampes».]
14. En terreno cercado, recurre a la estratagema.
[Ts’au Kung dice: «Prueba el efecto de algún artificio insólito»; y Tu Yu lo amplía diciendo: «En tal posición hay que idear alguna treta que se ajuste a las circunstancias, y si logramos engañar al enemigo, podrá eludirse el peligro». Esto es exactamente lo que ocurrió en la famosa ocasión en que Aníbal quedó cercado entre las montañas en el camino de Casilinum y, según todas las apariencias, atrapado por el dictador Fabio. La estratagema que ideó Aníbal para burlar a sus enemigos se parecía notablemente a la que T’ien Tan había empleado también con éxito exactamente 62 años antes. [Véase IX, § 24, nota.] Al caer la noche, se ataron haces de ramas a los cuernos de unos 2000 bueyes y se les prendió fuego, y los animales aterrorizados fueron conducidos rápidamente por la ladera de la montaña hacia los pasos que ocupaba el enemigo. El extraño espectáculo de aquellas luces que se movían velozmente alarmó y desconcertó tanto a los romanos que se retiraron de su posición, y el ejército de Aníbal atravesó a salvo el desfiladero. [Véase Polibio, III, 93, 94; Livio, XXII, 16 17.]
En terreno desesperado, combate.
[Pues, como observa Chia Lin: «Si combates con todas tus fuerzas, hay una posibilidad de vida; mientras que la muerte es segura si te aferras a tu rincón».]
15. Los que en la antigüedad eran llamados jefes hábiles sabían abrir una brecha entre la vanguardia y la retaguardia del enemigo;
[Más literalmente: «hacer que la vanguardia y la retaguardia pierdan el contacto entre sí».]
impedir la cooperación entre sus divisiones grandes y pequeñas; estorbar que las buenas tropas socorrieran a las malas y que los oficiales reagruparan a sus hombres.
16. Cuando los hombres del enemigo estaban dispersos, les impedían concentrarse; incluso cuando sus fuerzas estaban unidas, lograban mantenerlas en desorden.
17. Cuando les convenía, hacían un movimiento hacia delante; cuando no, se detenían.
[Mei Yao-ch’en lo relaciona con lo anterior: «Una vez que habían logrado así desarticular al enemigo, avanzaban para asegurarse cualquier ventaja que hubiera que ganar; si no había ventaja alguna que ganar, permanecían donde estaban».]
18. Si se me preguntara cómo hacer frente a una gran hueste enemiga en orden de batalla y a punto de marchar al ataque, diría: «Empieza por apoderarte de algo que tu adversario aprecie; entonces se plegará a tu voluntad».
[Las opiniones difieren en cuanto a lo que Sun Tzu tenía en mente. Ts’ao Kung piensa que se trata de «alguna ventaja estratégica de la que depende el enemigo». Tu Mu dice: «Las tres cosas que un enemigo ansía hacer, y de cuyo logro depende su éxito, son: (1) apoderarse de nuestras posiciones favorables; (2) devastar nuestras tierras cultivadas; (3) guardar sus propias comunicaciones». Nuestro objetivo, entonces, debe ser frustrar sus planes en estas tres direcciones y dejarlo así indefenso. [Cf. III, § 3.] Al tomar audazmente la iniciativa de este modo, obligas de inmediato al otro bando a ponerse a la defensiva.]
19. La rapidez es la esencia de la guerra:
[Según Tu Mu, «esto es un resumen de los principios rectores de la guerra», y añade: «Estas son las verdades más profundas de la ciencia militar y el principal cometido del general». Las anécdotas siguientes, referidas por Ho Shih, muestran la importancia que dos de los más grandes generales de China concedían a la rapidez. En el año 227 d. C., Meng Ta, gobernador de Hsin-ch’eng bajo el emperador Wen Ti de los Wei, meditaba pasarse a la casa de Shu y había entablado correspondencia con Chu-ko Liang, primer ministro de aquel Estado. El general de los Wei Ssu-ma I era entonces gobernador militar de Wan y, al enterarse de la traición de Meng Ta, partió de inmediato con un ejército para adelantarse a su revuelta, después de haberlo engatusado con un mensaje engañoso de tono amistoso. Los oficiales de Ssu-ma acudieron a él y le dijeron: «Si Meng Ta se ha aliado con Wu y con Shu, el asunto debería investigarse a fondo antes de que hagamos ningún movimiento». Ssu-ma I respondió: «Meng Ta es un hombre sin principios, y debemos ir a castigarlo enseguida, mientras todavía vacila y antes de que se haya quitado la máscara». Luego, mediante una serie de marchas forzadas, llevó a su ejército hasta los muros de Hsin-ch’eng en el espacio de ocho días. Ahora bien, Meng Ta había dicho antes en una carta a Chu-ko Liang: «Wan está a 1200 li de aquí. Cuando la noticia de mi revuelta llegue a Ssu-ma I, informará de inmediato a su señor imperial, pero pasará un mes entero antes de que puedan tomarse medidas, y para entonces mi ciudad estará bien fortificada. Además, es seguro que Ssu-ma I no vendrá en persona, y los generales que envíen contra nosotros no merecen preocupación». La carta siguiente, sin embargo, estaba llena de consternación: «Aunque solo han pasado ocho días desde que renuncié a mi lealtad, ya hay un ejército a las puertas de la ciudad. ¡Qué rapidez milagrosa es esta!». Quince días después, Hsin-ch’eng había caído y Meng Ta había perdido la cabeza. [Véase Chin Shu, cap. 1, f. 3.] En el año 621 d. C., Li Ching fue enviado desde K’uei-chou, en Ssu-ch’uan, para someter al victorioso rebelde Hsiao Hsien, que se había proclamado emperador en la actual Ching-chou Fu, en Hupeh. Era otoño, y como el Yangtsé estaba entonces crecido, Hsiao Hsien nunca soñó que su adversario se atrevería a bajar por las gargantas y, en consecuencia, no hizo preparativo alguno. Pero Li Ching embarcó a su ejército sin pérdida de tiempo, y estaba a punto de partir cuando los demás generales le imploraron que aplazara su salida hasta que el río estuviera en un estado menos peligroso para la navegación. Li Ching respondió: «Para el soldado, una rapidez abrumadora es de suma importancia, y nunca debe desaprovechar las oportunidades. Ahora es el momento de golpear, antes de que Hsiao Hsien sepa siquiera que hemos reunido un ejército. Si aprovechamos el momento presente, cuando el río está crecido, apareceremos ante su capital con una rapidez sorprendente, como el trueno que se oye antes de que haya tiempo de taparse los oídos. [Véase VII, § 19, nota.] Este es el gran principio de la guerra. Aunque llegue a saber de nuestra aproximación, tendrá que reclutar a sus soldados con tal premura que no estarán en condiciones de oponérsenos. Así, todos los frutos de la victoria serán nuestros». Todo sucedió como él había predicho, y Hsiao Hsien se vio obligado a rendirse, estipulando noblemente que su pueblo fuera perdonado y que solo él sufriera la pena de muerte.]
aprovecha la falta de preparación del enemigo, avanza por rutas inesperadas y ataca los puntos sin vigilancia.
20. Los siguientes son los principios que debe observar una fuerza invasora: cuanto más penetres en un país, mayor será la solidaridad de tus tropas, y así los defensores no prevalecerán contra ti.
21. Haz incursiones en tierras fértiles para abastecer de víveres a tu ejército.
[Cf. supra, § 13. Li Ch’uan no se aventura aquí con ninguna nota.]
22. Atiende con esmero al bienestar de tus hombres,
[Por «bienestar», Wang Hsi entiende: «Mímalos, complácelos, dales comida y bebida en abundancia y cuida de ellos en general».]
y no los agotes. Concentra tu energía y acumula tus fuerzas.
[Ch’en recuerda la línea de conducta adoptada en el año 224 a. C. por el famoso general Wang Chien, cuyo genio militar contribuyó en gran medida al éxito del Primer Emperador. Había invadido el Estado de Ch’u, donde se hizo una leva general para oponérsele. Pero, dudando del ánimo de sus tropas, rehusó todas las invitaciones a combatir y se mantuvo estrictamente a la defensiva. En vano trató el general de Ch’u de forzar una batalla: día tras día Wang Chien permanecía tras sus muros y no salía, sino que dedicaba todo su tiempo y energía a ganarse el afecto y la confianza de sus hombres. Cuidaba de que estuvieran bien alimentados, compartiendo con ellos sus propias comidas, les proporcionaba medios para bañarse y empleaba todos los métodos de una juiciosa indulgencia para fundirlos en un cuerpo leal y homogéneo. Pasado algún tiempo, encargó a ciertas personas que averiguaran cómo se divertían los hombres. La respuesta fue que competían entre sí en el lanzamiento de peso y el salto de longitud. Cuando Wang Chien supo que se ocupaban en estos ejercicios atléticos, comprendió que su ánimo había alcanzado el grado requerido y que estaban ya listos para combatir. Para entonces, el ejército de Ch’u, después de repetir su desafío una y otra vez, se había marchado hacia el este, harto. El general de Ch’in levantó de inmediato su campamento y lo siguió, y en la batalla que se libró fueron derrotados con gran matanza. Poco después, todo Ch’u fue conquistado por Ch’in, y el rey Fu-ch’u llevado al cautiverio.]
Mantén a tu ejército en continuo movimiento,
[Para que el enemigo nunca sepa exactamente dónde estás. Se me ha ocurrido, sin embargo, que la verdadera lectura podría ser «mantén unido a tu ejército».]
y traza planes insondables.
23. Arroja a tus soldados a posiciones de las que no haya escapatoria, y preferirán la muerte a la huida. Si están dispuestos a afrontar la muerte, no hay nada que no puedan lograr.
[Chang Yu cita a su predilecto Wei Liao Tzŭ (cap. 3): «Si un hombre se lanzara enloquecido con una espada por la plaza del mercado y todos los demás trataran de apartarse de su camino, yo no admitiría que solo ese hombre tuviera valor y que todos los demás fueran unos cobardes despreciables. La verdad es que un desesperado y un hombre que concede algún valor a su vida no se enfrentan en igualdad de condiciones».]
Oficiales y soldados por igual desplegarán sus fuerzas hasta el extremo.
[Chang Yu dice: «Si se encuentran juntos en un lugar comprometido, sin duda aunarán sus fuerzas para salir de él».]
24. Los soldados, cuando se hallan en situación desesperada, pierden el sentido del miedo. Si no hay lugar de refugio, se mantendrán firmes. Si están en el corazón de un país hostil, presentarán un frente tenaz. Si no hay remedio, combatirán con denuedo.
25. Así, sin esperar a ser formados, los soldados estarán constantemente alerta; sin esperar a que se les pida, harán tu voluntad;
[Literalmente: «sin pedir, obtendrás».]
sin restricciones, serán fieles; sin dar órdenes, se puede confiar en ellos.
26. Prohíbe la toma de augurios y acaba con las dudas supersticiosas. Entonces, hasta que llegue la muerte misma, no habrá que temer calamidad alguna.
[Los supersticiosos, «presos de insolentes dudas y temores», degeneran en cobardes y «mueren muchas veces antes de su muerte». Tu Mu cita a Huang Shih-kung: «“Los sortilegios y conjuros deben prohibirse estrictamente, y a ningún oficial se le debe permitir indagar por adivinación la suerte de un ejército, por temor a que el ánimo de los soldados se perturbe gravemente”. El sentido es —prosigue— que, si se desechan todas las dudas y escrúpulos, tus hombres nunca flaquearán en su resolución hasta morir».]
27. Si nuestros soldados no están sobrecargados de dinero, no es porque sientan aversión por las riquezas; si sus vidas no son excesivamente largas, no es porque no deseen la longevidad.
[Chang Yu tiene la mejor nota sobre este pasaje: «La riqueza y la larga vida son cosas hacia las que todos los hombres sienten una inclinación natural. Por eso, si queman o arrojan sus objetos de valor y sacrifican sus propias vidas, no es que les desagraden, sino simplemente que no tienen elección». Sun Tzu insinúa con malicia que, como los soldados no son más que humanos, corresponde al general cuidar de que no se pongan en su camino tentaciones de eludir el combate y enriquecerse.]
28. El día en que se les ordena salir a la batalla, tus soldados quizá lloren,
[La palabra china es «gimotear». Se entiende que indica una aflicción más auténtica que las lágrimas solas.]
los que están sentados empapando sus vestiduras, y los que están acostados dejando que las lágrimas les corran por las mejillas.
[No porque tengan miedo, sino porque, como dice Ts’ao Kung, «todos han abrazado la firme resolución de vencer o morir». Podemos recordar que los héroes de la Ilíada eran igualmente pueriles al mostrar sus emociones. Chang Yu alude a la triste despedida junto al río I entre Ching K’o y sus amigos, cuando el primero fue enviado a atentar contra la vida del rey de Ch’in (después Primer Emperador) en el año 227 a. C. Las lágrimas de todos corrieron como lluvia cuando se despidió de ellos y pronunció los versos siguientes: «Sopla el viento estridente, helado el arroyo; vuestro campeón se marcha, y no ha de volver». [1] ]
Pero basta con acorralarlos una vez, y mostrarán el valor de un Chu o de un Kuei.
[Chu era el nombre propio de Chuan Chu, natural del Estado de Wu y contemporáneo del propio Sun Tzu, a quien Kung-tzu Kuang, más conocido como Ho Lu Wang, empleó para asesinar a su soberano Wang Liao con una daga que escondió en el vientre de un pescado servido en un banquete. Logró su propósito, pero fue inmediatamente despedazado por la guardia del rey. Esto ocurrió en el año 515 a. C. El otro héroe aludido, Ts’ao Kuei (o Ts’ao Mo), llevó a cabo la hazaña que ha hecho famoso su nombre 166 años antes, en el año 681 a. C. Lu había sido derrotado tres veces por Ch’i y estaba a punto de concluir un tratado por el que cedía una gran porción de territorio, cuando Ts’ao Kuei se apoderó de repente de Huan Kung, duque de Ch’i, mientras este se hallaba en las gradas del altar, y le apoyó una daga contra el pecho. Ninguno de los servidores del duque se atrevió a mover un músculo, y Ts’ao Kuei procedió a exigir la restitución completa, declarando que Lu estaba siendo tratado injustamente por ser un Estado más pequeño y más débil. Huan Kung, con la vida en peligro, se vio obligado a consentir, tras lo cual Ts’ao Kuei arrojó su daga y volvió tranquilamente a ocupar su lugar en medio de la aterrorizada asamblea sin haber cambiado siquiera de color. Como era de esperar, el duque quiso después repudiar el pacto, pero su sabio y anciano consejero Kuan Chung le hizo ver la imprudencia de faltar a su palabra, y el resultado fue que este golpe audaz devolvió a Lu todo lo que había perdido en tres batallas campales.]
29. El táctico hábil puede compararse con el shuai-jan. Ahora bien, el shuai-jan es una serpiente que se encuentra en los montes Ch‘ang.
[«Shuai-jan» significa «súbitamente» o «rápidamente», y la serpiente en cuestión se llamaba así, sin duda, por la rapidez de sus movimientos. A raíz de este pasaje, el término chino ha llegado a usarse en el sentido de «maniobras militares».]
Golpéala en la cabeza y te atacará con la cola; golpéala en la cola y te atacará con la cabeza; golpéala en el medio y te atacará con la cabeza y la cola a la vez.
30. Si se me preguntara si puede hacerse que un ejército imite al shuai-jan,
[Es decir, como dice Mei Yao-ch’en: «¿Es posible hacer que la vanguardia y la retaguardia de un ejército respondan cada una con rapidez al ataque contra la otra, como si fueran partes de un único cuerpo vivo?».]
respondería: sí. Pues los hombres de Wu y los hombres de Yüeh son enemigos;
[Cf. VI, § 21.]
y, sin embargo, si cruzan un río en la misma barca y los sorprende una tormenta, acudirán en ayuda unos de otros igual que la mano izquierda ayuda a la derecha.
[El sentido es: si dos enemigos se ayudan mutuamente en un momento de peligro común, cuánto más deberían hacerlo dos partes del mismo ejército, unidas como están por todos los lazos de interés y de compañerismo. Sin embargo, es notorio que muchas campañas se han arruinado por falta de cooperación, especialmente en el caso de ejércitos aliados.]
31. Por eso no basta con confiar en atar los caballos y enterrar en el suelo las ruedas de los carros.
[Estos curiosos recursos para impedir que el propio ejército huya recuerdan al héroe ateniense Sófanes, que llevó consigo un ancla en la batalla de Platea, por medio de la cual se sujetó firmemente a un punto. [Véase Heródoto, IX, 74.] No basta, dice Sun Tzu, con hacer imposible la huida por tales medios mecánicos. No tendrás éxito a menos que tus hombres posean tenacidad y unidad de propósito y, sobre todo, un espíritu de cooperación solidaria. Esta es la lección que puede aprenderse del shuai-jan.]
32. El principio para dirigir un ejército es establecer un único nivel de valor que todos deben alcanzar.
[Literalmente: «nivelar el valor [de todos] como si [fuera el de] uno solo». Si el ejército ideal ha de formar un único todo orgánico, se sigue que la resolución y el espíritu de sus partes componentes deben ser de la misma calidad o, en todo caso, no deben caer por debajo de cierto nivel. La descripción aparentemente ingrata que hizo Wellington de su ejército en Waterloo como «el peor que había mandado nunca» no significaba más que esto: que era deficiente en este importante aspecto, la unidad de espíritu y de valor. Si no hubiera previsto las defecciones belgas y mantenido cuidadosamente a esas tropas en segundo plano, casi con toda seguridad habría perdido la jornada.]
33. Cómo sacar el mejor partido tanto de los fuertes como de los débiles: he ahí una cuestión que implica el uso adecuado del terreno.
[La paráfrasis de Mei Yao-ch’en es: «La manera de eliminar las diferencias entre fuertes y débiles y de hacer útiles a ambos es aprovechar los accidentes del terreno». Las tropas menos fiables, si se apostan en posiciones fuertes, resistirán tanto como las mejores tropas en un terreno más expuesto. La ventaja de la posición neutraliza la inferioridad en resistencia y valor. El coronel Henderson dice: «Con todo respeto por los manuales y por la enseñanza táctica ordinaria, me inclino a pensar que el estudio del terreno se descuida a menudo, y que en modo alguno se concede suficiente importancia a la elección de las posiciones… ni a las inmensas ventajas que se derivan, tanto si se defiende como si se ataca, del aprovechamiento adecuado de los accidentes naturales». [2] ]
34. Así, el general hábil conduce a su ejército como si llevara de la mano a un solo hombre, quiera o no quiera.
[Tu Mu dice: «El símil se refiere a la facilidad con que lo hace».]
35. Es cometido de un general ser reservado y asegurar así el secreto; recto y justo, y mantener así el orden.
36. Debe ser capaz de desconcertar a sus oficiales y soldados con falsos informes y apariencias,
[Literalmente: «engañar sus ojos y sus oídos».]
y mantenerlos así en total ignorancia.
[Ts’ao Kung nos ofrece uno de sus excelentes apotegmas: «No se debe permitir a las tropas compartir tus planes al principio; solo pueden alegrarse contigo de su feliz desenlace». «Desconcertar, despistar y sorprender al enemigo» es uno de los primeros principios de la guerra, como se ha señalado con frecuencia. Pero ¿qué decir del otro proceso, el desconcierto de los propios hombres? Quienes piensen que Sun Tzu insiste en exceso en este punto harían bien en leer las observaciones del coronel Henderson sobre la campaña del Valle de Stonewall Jackson: «El infinito esmero —dice— con que Jackson procuraba ocultar, incluso a sus oficiales de estado mayor de mayor confianza, sus movimientos, sus intenciones y sus pensamientos, un jefe menos concienzudo lo habría juzgado inútil», etc., etc. [3] En el año 88 d. C., como leemos en el cap. 47 del Hou Han Shu, «Pan Ch’ao salió a campaña con 25 000 hombres de Khotan y de otros Estados de Asia Central con el propósito de aplastar Yarkand. El rey de Kutcha respondió enviando a su comandante en jefe a socorrer la plaza con un ejército reclutado en los reinos de Wen-su, Ku-mo y Wei-t’ou, que sumaba 50 000 hombres. Pan Ch’ao convocó a sus oficiales y también al rey de Khotan a un consejo de guerra y dijo: “Nuestras fuerzas son ahora inferiores en número e incapaces de hacer frente al enemigo. El mejor plan, pues, es que nos separemos y dispersemos, cada uno en una dirección distinta. El rey de Khotan partirá por la ruta del este, y yo regresaré entonces hacia el oeste. Esperemos a que haya sonado el tambor de la tarde y pongámonos entonces en marcha”. Pan Ch’ao liberó entonces en secreto a los prisioneros que había capturado vivos, y así el rey de Kutcha quedó informado de sus planes. Muy animado por la noticia, este partió de inmediato al frente de 10 000 jinetes para cortar la retirada de Pan Ch’ao por el oeste, mientras el rey de Wen-su cabalgaba hacia el este con 8000 jinetes para interceptar al rey de Khotan. En cuanto Pan Ch’ao supo que los dos caudillos se habían marchado, reunió a sus divisiones, las tuvo bien a mano y, al canto del gallo, las lanzó contra el ejército de Yarkand, que se hallaba acampado. Los bárbaros, presas del pánico, huyeron en desorden y fueron perseguidos de cerca por Pan Ch’ao. Se trajeron más de 5000 cabezas como trofeos, además de un inmenso botín en caballos, ganado y objetos de valor de toda clase. Al capitular entonces Yarkand, Kutcha y los demás reinos retiraron sus respectivas fuerzas. Desde entonces, el prestigio de Pan Ch’ao intimidó por completo a los países del oeste». En este caso vemos que el general chino no solo mantuvo a sus propios oficiales en la ignorancia de sus verdaderos planes, sino que dio el audaz paso de dividir su ejército para engañar al enemigo.]
37. Alterando sus disposiciones y cambiando sus planes,
[Wang Hsi piensa que esto significa no utilizar dos veces la misma estratagema.]
mantiene al enemigo sin conocimiento cierto.
[Chang Yu, en una cita de otra obra, dice: «El axioma de que la guerra se basa en el engaño no se aplica solo al engaño del enemigo. Debes engañar incluso a tus propios soldados. Haz que te sigan, pero sin dejarles saber por qué».]
Trasladando su campamento y tomando rutas indirectas, impide que el enemigo se anticipe a su propósito.
38. En el momento crítico, el jefe de un ejército actúa como quien ha subido a una altura y luego aparta de una patada la escalera tras de sí. Lleva a sus hombres hasta lo más profundo del territorio hostil antes de mostrar sus cartas.
[Literalmente: «suelta el resorte» (véase V, § 15), es decir, da algún paso decisivo que hace imposible que el ejército regrese, como Hsiang Yu, que hundió sus naves después de cruzar un río. Ch’en Hao, seguido por Chia Lin, entiende las palabras, con menos acierto, como «despliega todos los artificios a su alcance».]
39. Quema sus naves y rompe sus ollas; como un pastor que conduce un rebaño de ovejas, lleva a sus hombres de acá para allá, y nadie sabe adónde se dirige.
[Tu Mu dice: «El ejército solo conoce las órdenes de avanzar o retroceder; ignora los fines ulteriores de atacar y conquistar».]
40. Reunir su hueste y llevarla al peligro: esto puede llamarse el cometido del general.
[Sun Tzu quiere decir que, tras la movilización, no debe haber demora en asestar un golpe al corazón del enemigo. Obsérvese cómo vuelve una y otra vez sobre este punto. Entre los Estados en guerra de la China antigua, la deserción era sin duda un temor mucho más presente y un mal mucho más grave que en los ejércitos de hoy.]
41. Las diferentes medidas adecuadas a las nueve variedades de terreno;
[Chang Yu dice: «No hay que ser rígido al interpretar las reglas de las nueve variedades de terreno».]
la conveniencia de una táctica ofensiva o defensiva; y las leyes fundamentales de la naturaleza humana: estas son cosas que deben estudiarse sin falta.
42. Al invadir territorio hostil, el principio general es que penetrar profundamente produce cohesión; penetrar solo un corto trecho significa dispersión.
[Cf. supra, § 20.]
43. Cuando dejas atrás tu propio país y llevas a tu ejército a través de territorio vecino, te encuentras en terreno crítico.
[Este «terreno» se menciona curiosamente en VIII, § 2, pero no figura entre las Nueve Situaciones ni entre las Seis Calamidades del cap. X. El primer impulso sería traducirlo por «terreno distante», pero esto, si podemos fiarnos de los comentaristas, es precisamente lo que no se quiere decir aquí. Mei Yao-ch’en dice que es «una posición no lo bastante avanzada para llamarse “fácil”, ni lo bastante cercana al propio país para ser “dispersiva”, sino algo intermedio entre ambas». Wang Hsi dice: «Es un terreno separado del propio país por un Estado interpuesto, cuyo territorio hemos tenido que cruzar para llegar a él. Por eso nos incumbe resolver allí nuestros asuntos con rapidez». Añade que esta posición se da raras veces, y que esa es la razón por la que no se incluye entre las Nueve Situaciones.]
Cuando hay vías de comunicación por los cuatro lados, el terreno es de caminos cruzados.
44. Cuando penetras profundamente en un país, es terreno grave. Cuando penetras solo un poco, es terreno fácil.
45. Cuando tienes las fortalezas del enemigo a tu retaguardia y pasos estrechos delante, es terreno cercado. Cuando no hay lugar de refugio alguno, es terreno desesperado.
46. Por tanto, en terreno dispersivo, yo infundiría a mis hombres unidad de propósito.
[Este fin, según Tu Mu, se consigue mejor permaneciendo a la defensiva y evitando la batalla. Cf. supra, § 11.]
En terreno fácil, yo cuidaría de que hubiera estrecha conexión entre todas las partes de mi ejército.
[Como dice Tu Mu, el objeto es precaverse contra dos posibles contingencias: «(1) la deserción de nuestras propias tropas; (2) un ataque repentino por parte del enemigo». Cf. VII, § 17. Mei Yao-ch’en dice: «En marcha, los regimientos deben mantenerse en estrecho contacto; en un campamento, debe haber continuidad entre las fortificaciones».]
47. En terreno disputado, yo apresuraría a mi retaguardia.
[Esta es la interpretación de Ts’ao Kung. Chang Yu la adopta, diciendo: «Debemos hacer avanzar rápidamente nuestra retaguardia, de modo que la cabeza y la cola alcancen juntas la meta». Es decir, no se les debe permitir que avancen rezagados, muy separados entre sí. Mei Yao-ch’en ofrece otra explicación igualmente plausible: «Suponiendo que el enemigo no haya alcanzado todavía la codiciada posición y que estemos detrás de él, deberíamos avanzar a toda velocidad para disputarle su posesión». Ch’en Hao, por su parte, suponiendo que el enemigo ha tenido tiempo de elegir su propio terreno, cita VI, § 1, donde Sun Tzu nos advierte que no lleguemos agotados al ataque. Su propia idea de la situación se expresa de manera bastante vaga: «Si hay una posición favorable ante ti, destaca un cuerpo escogido de tropas para ocuparla; entonces, si el enemigo, confiado en su número, acude a disputarla, podrás caer rápidamente sobre su retaguardia con el grueso de tus fuerzas, y la victoria estará asegurada». Fue así, añade, como Chao She venció al ejército de Ch’in. (Véase p. 57.)]
48. En terreno abierto, yo vigilaría atentamente mis defensas. En terreno de caminos cruzados, yo consolidaría mis alianzas.
49. En terreno grave, yo procuraría asegurar un flujo continuo de suministros.
[Los comentaristas entienden que esto se refiere al forraje y al botín, no, como cabría esperar, a una comunicación ininterrumpida con una base en el propio país.]
En terreno difícil, yo seguiría avanzando por el camino.
50. En terreno cercado, yo cerraría toda vía de retirada.
[Meng Shih dice: «Para que parezca que me propongo defender la posición, cuando mi verdadera intención es romper de improviso las líneas del enemigo». Mei Yao-ch’en dice: «para hacer que mis soldados combatan con desesperación». Wang Hsi dice: «temiendo que mis hombres sientan la tentación de huir». Tu Mu señala que esto es lo contrario de VII, § 36, donde es el enemigo quien está rodeado. En el año 532 d. C., Kao Huan, más tarde emperador y canonizado como Shen-wu, fue rodeado por un gran ejército al mando de Erh-chu Chao y otros. Su propia fuerza era comparativamente pequeña, pues constaba solo de 2000 jinetes y algo menos de 30 000 infantes. Las líneas del cerco no se habían trazado muy apretadas, y quedaban huecos en ciertos puntos. Pero Kao Huan, en lugar de intentar escapar, se las ingenió para cerrar él mismo todas las salidas restantes, metiendo en ellas cierto número de bueyes y asnos atados unos a otros. En cuanto sus oficiales y soldados vieron que no había otra salida que vencer o morir, su ánimo se elevó a un grado extraordinario de exaltación, y cargaron con tan desesperada ferocidad que las filas contrarias se rompieron y se desmoronaron ante su embestida.]
En terreno desesperado, yo proclamaría a mis soldados que no hay esperanza de salvar la vida.
Tu Yu dice: «Quema tu bagaje y tus impedimenta, arroja tus pertrechos y provisiones, ciega los pozos, destruye tus fogones y deja claro a tus hombres que no pueden sobrevivir, sino que han de luchar hasta la muerte». Mei Yao-ch’en dice: «La única posibilidad de vida está en renunciar a toda esperanza de ella». Con esto concluye lo que Sun Tzu tiene que decir sobre los «terrenos» y las «variaciones» que les corresponden. Al repasar los pasajes que atañen a este importante tema, no podemos dejar de sorprendernos por la manera inconexa y poco metódica en que se trata. Sun Tzu empieza bruscamente en VIII, § 2, a enumerar «variaciones» antes de tocar siquiera los «terrenos», pero solo menciona cinco, a saber, los núms. 7, 5, 8 y 9 de la lista posterior, y uno que no está incluido en ella. Algunas variedades de terreno se tratan en la primera parte del cap. IX, y luego el cap. X expone seis nuevos terrenos, con seis variaciones de plan correspondientes. Ninguno de ellos vuelve a mencionarse, aunque el primero apenas se distingue del terreno núm. 4 del capítulo siguiente. Por fin, en el cap. XI, llegamos a los Nueve Terrenos par excellence, seguidos inmediatamente de las variaciones. Esto nos lleva hasta el § 14. En los §§ 43-45 se dan nuevas definiciones de los núms. 5, 6, 2, 8 y 9 (en el orden indicado), así como del décimo terreno señalado en el cap. VIII; y, finalmente, las nueve variaciones se enumeran una vez más de principio a fin, todas ellas, a excepción de la 5, la 6 y la 7, distintas de las dadas anteriormente. Aunque es imposible explicar el estado actual del texto de Sun Tzu, pueden ponerse de relieve algunos hechos sugerentes: (1) El cap. VIII, según su título, debería tratar de nueve variaciones, mientras que solo aparecen cinco. (2) Es un capítulo anormalmente corto. (3) El cap. XI se titula Los Nueve Terrenos. Varios de ellos se definen dos veces, además de lo cual hay dos listas distintas de las variaciones correspondientes. (4) La extensión del capítulo es desproporcionada, pues duplica la de cualquier otro excepto el IX. No me propongo extraer ninguna inferencia de estos hechos, más allá de la conclusión general de que la obra de Sun Tzu no puede habernos llegado en la forma en que salió de sus manos: el cap. VIII es claramente defectuoso y probablemente está fuera de lugar, mientras que el XI parece contener material que o bien fue añadido por una mano posterior, o bien debería figurar en otra parte.]
51. Pues es disposición del soldado ofrecer una resistencia obstinada cuando está rodeado, luchar con denuedo cuando no tiene remedio y obedecer con prontitud cuando ha caído en peligro.
[Chang Yu alude a la conducta de los abnegados seguidores de Pan Ch’ao en el año 73 d. C. La historia se cuenta así en el Hou Han Shu, cap. 47: «Cuando Pan Ch’ao llegó a Shan-shan, Kuang, el rey del país, lo recibió al principio con gran cortesía y respeto; pero poco después su comportamiento sufrió un cambio repentino y se volvió descuidado y negligente. Pan Ch’ao habló de ello a los oficiales de su séquito: “¿Habéis notado —dijo— que las corteses intenciones de Kuang van menguando? Esto debe significar que han llegado enviados de los bárbaros del norte, y que, en consecuencia, está indeciso, sin saber a qué bando unir su suerte. Esa es sin duda la razón. El hombre verdaderamente sabio, se nos dice, puede percibir las cosas antes de que sucedan; ¡cuánto más, entonces, las que ya son manifiestas!”. Acto seguido llamó a uno de los nativos que habían sido asignados a su servicio y le tendió una trampa, diciendo: “¿Dónde están esos enviados de los Hsiung-nu que llegaron hace algunos días?”. El hombre quedó tan desconcertado que, entre la sorpresa y el miedo, no tardó en soltar toda la verdad. Pan Ch’ao, manteniendo a su informante cuidadosamente bajo llave, convocó entonces una reunión general de sus oficiales, treinta y seis en total, y se puso a beber con ellos. Cuando el vino se les hubo subido un poco a la cabeza, intentó excitar aún más su ánimo dirigiéndose a ellos así: “Señores, aquí estamos en el corazón de una región aislada, deseosos de alcanzar riquezas y honores mediante alguna gran hazaña. Ahora bien, sucede que un embajador de los Hsiung-no llegó a este reino hace solo unos días, y el resultado es que la respetuosa cortesía que nos dispensaba nuestro regio anfitrión ha desaparecido. Si este enviado lo convence de que apresen a nuestro grupo y nos entreguen a los Hsiung-no, nuestros huesos servirán de alimento a los lobos del desierto. ¿Qué hemos de hacer?”. Al unísono, los oficiales respondieron: “Hallándonos como nos hallamos en peligro de muerte, seguiremos a nuestro comandante en la vida y en la muerte”». Para la continuación de esta aventura, véase el cap. XII, § 1, nota.]
52. No podemos aliarnos con los príncipes vecinos hasta conocer sus designios. No somos aptos para conducir un ejército en marcha a menos que estemos familiarizados con la fisonomía del país: sus montañas y bosques, sus trampas y precipicios, sus marismas y pantanos. Seremos incapaces de sacar partido de las ventajas naturales a menos que nos sirvamos de guías del lugar.
[Estas tres frases se repiten de VII, §§ 12-14, para subrayar su importancia, según parecen pensar los comentaristas. Yo prefiero considerarlas interpoladas aquí para servir de antecedente a las palabras siguientes. En cuanto a los guías del lugar, Sun Tzu podría haber añadido que siempre existe el riesgo de extraviarse, ya sea por su traición o por algún malentendido como el que refiere Livio (XXII, 13): Aníbal, se nos dice, ordenó a un guía que lo condujera a las cercanías de Casinum, donde había que ocupar un paso importante; pero su acento cartaginés, poco apto para la pronunciación de los nombres latinos, hizo que el guía entendiera Casilinum en lugar de Casinum, y, apartándose de la ruta debida, llevó al ejército en esa dirección, sin que se descubriera el error hasta que casi habían llegado.]
53. Ignorar cualquiera de los cuatro o cinco principios siguientes no es propio de un príncipe guerrero.
54. Cuando un príncipe guerrero ataca a un Estado poderoso, su talento de general se manifiesta en impedir la concentración de las fuerzas enemigas. Intimida a sus adversarios, y se impide que los aliados de estos se unan contra él.
[Mei Tao-ch’en construye una de esas cadenas de razonamientos tan del gusto de los chinos: «Al atacar a un Estado poderoso, si puedes dividir sus fuerzas, tendrás superioridad en fuerza; si tienes superioridad en fuerza, intimidarás al enemigo; si intimidas al enemigo, los Estados vecinos se asustarán; y si los Estados vecinos se asustan, se impedirá que los aliados del enemigo se unan a él». Lo siguiente da un sentido más fuerte: «Si el gran Estado ha sido derrotado una vez (antes de que haya tenido tiempo de convocar a sus aliados), entonces los Estados menores se mantendrán al margen y se abstendrán de concentrar sus fuerzas». Ch’en Hao y Chang Yu entienden la frase de un modo completamente distinto. El primero dice: «Por poderoso que sea un príncipe, si ataca a un Estado grande, será incapaz de reunir suficientes tropas y tendrá que depender en cierta medida de ayuda exterior; si prescinde de ella y, con una confianza desmedida en su propia fuerza, se limita a intentar intimidar al enemigo, sin duda será derrotado». Chang Yu expone así su opinión: «Si atacamos temerariamente a un Estado grande, nuestro propio pueblo estará descontento y se mostrará remiso. Pero si (como entonces sucederá) nuestro despliegue de fuerza militar es inferior en la mitad al del enemigo, los demás caudillos se asustarán y se negarán a unirse a nosotros».]
55. Por eso no se esfuerza en aliarse con todos y cada uno, ni fomenta el poder de otros Estados. Lleva a cabo sus propios designios secretos, manteniendo a sus antagonistas atemorizados.
[El hilo del pensamiento, según dice Li Ch’uan, parece ser este: a salvo de una coalición de sus enemigos, «puede permitirse rechazar las alianzas que lo enreden y perseguir simplemente sus propios designios secretos, pues su prestigio le permite prescindir de amistades exteriores».]
Así puede tomar sus ciudades y derribar sus reinos.
[Este párrafo, aunque escrito muchos años antes de que el Estado de Ch’in se convirtiera en una amenaza seria, no es un mal resumen de la política mediante la cual los famosos Seis Cancilleres prepararon gradualmente el camino para su triunfo final bajo Shih Huang Ti. Chang Yu, prosiguiendo su nota anterior, piensa que Sun Tzu condena esta actitud de egoísmo calculador y altivo aislamiento.]
56. Otorga recompensas sin atenerte a las reglas,
[Wu Tzŭ (cap. 3) dice, con menos sabiduría: «Que el avance sea ricamente recompensado y la retirada severamente castigada».]
da órdenes
[Literalmente: «cuelga» o «fija en público».]
sin atenerte a disposiciones previas;
[«Para prevenir la traición», dice Wang Hsi. El sentido general queda claro por la cita que hace Ts’ao Kung del Ssu-ma Fa: «Da instrucciones solo cuando avistes al enemigo; da recompensas cuando veas hechos meritorios». La paráfrasis de Ts’ao Kung: «Las instrucciones finales que des a tu ejército no deben corresponder a las que se han fijado previamente en público». Chang Yu lo simplifica así: «tus disposiciones no deben divulgarse de antemano». Y Chia Lin dice: «no debe haber fijeza en tus reglas y disposiciones». No solo es peligroso dejar que se conozcan tus planes, sino que la guerra exige a menudo invertirlos por completo en el último momento.]
y podrás manejar un ejército entero como si tuvieras que habértelas con un solo hombre.
[Cf. supra, § 34.]
57. Pon a tus soldados ante el hecho mismo; nunca les dejes conocer tu designio.
[Literalmente: «no les digas palabras»; es decir, no des las razones de ninguna orden. Lord Mansfield dijo una vez a un colega más joven que «no diera razones» de sus decisiones, y la máxima es aún más aplicable a un general que a un juez.]
Cuando las perspectivas sean halagüeñas, ponlas ante sus ojos; pero no les digas nada cuando la situación sea sombría.
58. Pon a tu ejército en peligro mortal, y sobrevivirá; sumérgelo en una situación desesperada, y saldrá a salvo.
[Estas palabras de Sun Tzu fueron citadas en una ocasión por Han Hsin para explicar la táctica que empleó en una de sus batallas más brillantes, ya mencionada en la p. 28. En el año 204 a. C. fue enviado contra el ejército de Chao y se detuvo a diez millas de la boca del paso de Ching-hsing, donde el enemigo había concentrado todas sus fuerzas. Allí, a medianoche, destacó un cuerpo de 2000 jinetes ligeros, cada uno de los cuales iba provisto de una bandera roja. Sus instrucciones eran abrirse camino por desfiladeros estrechos y vigilar en secreto al enemigo. «Cuando los hombres de Chao me vean en plena huida —dijo Han Hsin—, abandonarán sus fortificaciones y saldrán en mi persecución. Esa ha de ser para vosotros la señal para irrumpir, arrancar los estandartes de Chao y plantar en su lugar las banderas rojas de Han». Volviéndose luego hacia sus demás oficiales, observó: «Nuestro adversario ocupa una posición fuerte y no es probable que salga a atacarnos hasta que vea el estandarte y los tambores del comandante en jefe, por temor a que yo dé media vuelta y escape por las montañas». Dicho esto, envió en primer lugar una división de 10 000 hombres y les ordenó formar en orden de batalla de espaldas al río Ti. Al ver esta maniobra, todo el ejército de Chao estalló en sonoras carcajadas. Para entonces ya era pleno día, y Han Hsin, desplegando la bandera del generalísimo, salió del paso al son de los tambores y fue atacado de inmediato por el enemigo. Siguió una gran batalla que se prolongó durante algún tiempo, hasta que por fin Han Hsin y su colega Chang Ni, abandonando tambores y bandera en el campo, huyeron hacia la división de la orilla del río, donde se libraba otra encarnizada batalla. El enemigo salió en tropel a perseguirlos y a apoderarse de los trofeos, dejando así sus murallas desguarnecidas; pero los dos generales lograron unirse al otro ejército, que combatía con la más extrema desesperación. Había llegado el momento de que los 2000 jinetes desempeñaran su papel. En cuanto vieron que los hombres de Chao proseguían su ventaja, galoparon hasta detrás de las murallas abandonadas, arrancaron las banderas del enemigo y las sustituyeron por las de Han. Cuando el ejército de Chao volvió la vista atrás desde la persecución, la visión de aquellas banderas rojas lo llenó de terror. Convencidos de que los de Han habían entrado y vencido a su rey, se dispersaron en un desorden salvaje, y todos los esfuerzos de su jefe por contener el pánico fueron vanos. Entonces el ejército de Han cayó sobre ellos por ambos lados y completó la derrota, matando a muchos y capturando al resto, entre ellos al propio rey Ya… Después de la batalla, algunos oficiales de Han Hsin acudieron a él y le dijeron: «En el Arte de la guerra se nos dice que tengamos una colina o un túmulo a la derecha y a retaguardia, y un río o una marisma a la izquierda y al frente. [Esto parece ser una mezcla de Sun Tzu y de T’ai Kung. Véase IX § 9, y la nota.] Vos, por el contrario, nos ordenasteis disponer nuestras tropas con el río a la espalda. En tales condiciones, ¿cómo lograsteis obtener la victoria?». El general respondió: «Me temo, señores, que no habéis estudiado el Arte de la guerra con el cuidado suficiente. ¿No está escrito en él: “Sumerge a tu ejército en una situación desesperada y saldrá a salvo; colócalo en peligro mortal y sobrevivirá”? Si hubiera seguido el camino habitual, nunca habría podido convencer a mi colega. ¿Qué dice el Clásico militar? “Abalánzate sobre la plaza del mercado y empuja a los hombres al combate”. [Este pasaje no aparece en el texto actual de Sun Tzu.] Si no hubiera colocado a mis tropas en una posición en la que se vieran obligadas a luchar por su vida, sino que hubiera dejado que cada hombre siguiera su propio criterio, se habría producido una desbandada general y habría sido imposible hacer nada con ellas». Los oficiales reconocieron la fuerza de su argumento y dijeron: «Esta es una táctica más elevada de lo que nosotros habríamos sido capaces de concebir». [Véase Ch’ien Han Shu, cap. 34, ff. 4, 5.]]
59. Pues es precisamente cuando una fuerza ha caído en peligro cuando es capaz de asestar un golpe que le dé la victoria.
[El peligro tiene un efecto tonificante.]
60. El éxito en la guerra se obtiene adaptándose cuidadosamente a los designios del enemigo.
[Ts’ao Kung dice: «Finge estupidez», mediante una apariencia de ceder y de plegarse a los deseos del enemigo. La nota de Chang Yu aclara el sentido: «Si el enemigo muestra inclinación a avanzar, atráelo para que lo haga; si está deseoso de retirarse, demórate a propósito para que pueda llevar a cabo su intención». El objetivo es volverlo descuidado y desdeñoso antes de lanzar nuestro ataque.]
61. Si nos mantenemos con persistencia sobre el flanco del enemigo,
[Entiendo que las cuatro primeras palabras significan «acompañar al enemigo en una dirección». Ts’ao Kung dice: «unir a los soldados y marchar contra el enemigo». Pero un desplazamiento tan violento de los caracteres es del todo indefendible.]
lograremos a la larga
[Literalmente, «después de mil li».]
dar muerte al comandante en jefe.
[Siempre un punto de gran importancia para los chinos.]
62. Esto se llama capacidad de lograr algo por pura astucia.
63. El día en que asumas el mando, bloquea los pasos fronterizos, destruye las tarjas oficiales,
[Eran tablillas de bambú o de madera, una de cuyas mitades entregaba como permiso o pasaporte el funcionario encargado de una puerta. Cf. el «guardián de la frontera» del Lun Yu III. 24, que quizá tuvo funciones semejantes. Cuando se le devolvía esta mitad, dentro de un plazo fijo, quedaba autorizado a abrir la puerta y dejar pasar al viajero.]
y detén el paso de todos los emisarios.
[Tanto hacia el país enemigo como desde él.]
64. Sé severo en la sala del consejo,
[No muestres debilidad e insiste en que el soberano ratifique tus planes.]
para que puedas dominar la situación.
[Mei Yao-ch’en entiende que la frase entera significa: Toma las más estrictas precauciones para asegurar el secreto de tus deliberaciones.]
65. Si el enemigo deja una puerta abierta, debes precipitarte dentro.
66. Adelántate a tu adversario apoderándote de lo que más estima,
[Cf. supra, § 18.]
y arréglatelas con sutileza para fijar el momento de su llegada al terreno.
[Explicación de Ch’en Hao: «Si logro apoderarme de una posición favorable, pero el enemigo no aparece en escena, la ventaja así obtenida no puede aprovecharse de ningún modo práctico. Quien se proponga, por tanto, ocupar una posición importante para el enemigo, debe empezar por concertar, por así decirlo, una cita artera con su antagonista, y engatusarlo para que acuda también allí». Mei Yao-ch’en explica que esta «cita artera» ha de concertarse por medio de los propios espías del enemigo, que llevarán de vuelta exactamente la cantidad de información que decidamos darles. Entonces, tras haber revelado astutamente nuestras intenciones, «debemos arreglárnoslas, aun partiendo después del enemigo, para llegar antes que él (VII. § 4). Debemos partir después de él para asegurarnos de que marche hacia allí; debemos llegar antes que él para tomar el lugar sin dificultad». Entendido así, el presente pasaje presta cierto apoyo a la interpretación que da Mei Yao-ch’en del § 47.]
67. Camina por la senda trazada por la regla,
[Chia Lin dice: «La victoria es lo único que importa, y no puede alcanzarse ciñéndose a cánones convencionales». Es lamentable que esta variante descanse en una autoridad muy escasa, pues el sentido que ofrece es sin duda mucho más satisfactorio. Napoleón, como sabemos, según los veteranos de la vieja escuela a los que derrotó, ganaba sus batallas violando todos los cánones aceptados del arte de la guerra.]
y adáptate al enemigo hasta que puedas librar una batalla decisiva.
[Tu Mu dice: «Amóldate a la táctica del enemigo hasta que se presente una oportunidad favorable; entonces sal y entabla una batalla que resulte decisiva».]
68. Al principio, pues, muestra el recato de una doncella, hasta que el enemigo te ofrezca una abertura; después imita la rapidez de una liebre a la carrera, y será demasiado tarde para que el enemigo se te oponga.
[Como la liebre es célebre por su extrema timidez, la comparación no parece muy afortunada. Pero, desde luego, Sun Tzu pensaba solo en su velocidad. Se ha querido entender estas palabras así: Debes huir del enemigo tan deprisa como una liebre que escapa; pero Tu Mu rechaza con razón esta interpretación.]
[1] Giles, Biographical Dictionary, n.º 399.
[2] «The Science of War», p. 333.
[3] «Stonewall Jackson», vol. I, p. 421.