[Solo una tercera parte aproximadamente del capítulo, que comprende los §§ 1-13, trata del «terreno», tema que se desarrolla con más amplitud en el cap. XI. Las «seis calamidades» se examinan en los §§ 14-20, y el resto del capítulo vuelve a ser una mera sarta de observaciones inconexas, aunque quizá no menos interesantes por ello.]
1. Sun Tzu dijo: Podemos distinguir seis clases de terreno, a saber: (1) el terreno accesible;
[Mei Yao-ch’en dice: «abundantemente provisto de caminos y medios de comunicación».]
(2) el terreno enredoso;
[El mismo comentarista dice: «Un país como una red, en el que, si te aventuras, quedas enredado».]
(3) el terreno de espera;
[Terreno que permite «contener» o «aplazar».]
(4) los pasos estrechos; (5) las alturas escarpadas; (6) las posiciones a gran distancia del enemigo.
[Apenas es necesario señalar lo defectuoso de esta clasificación. En la aceptación incondicional por parte del chino de divisiones que se entrecruzan de modo tan flagrante como las anteriores se muestra una extraña falta de percepción lógica.]
2. El terreno que ambos bandos pueden recorrer libremente se llama accesible.
3. Con respecto al terreno de esta naturaleza, adelántate al enemigo en ocupar los lugares elevados y soleados, y guarda con cuidado tu línea de suministros.
[El sentido general de la última frase es sin duda, como dice Tu Yu, «no permitir que el enemigo corte tus comunicaciones». En vista del dictamen de Napoleón, «el secreto de la guerra está en las comunicaciones», [1] quisiéramos que Sun Tzu hubiera hecho algo más que rozar el borde de este importante tema aquí y en I. § 10 y VII. § 11. El coronel Henderson dice: «Puede decirse que la línea de suministros es tan vital para la existencia de un ejército como el corazón para la vida de un ser humano. Así como el duelista que encuentra la punta de su adversario amenazándolo con una muerte cierta, y su propia guardia desviada, se ve obligado a ajustarse a los movimientos de su adversario y a contentarse con parar sus estocadas, así el comandante cuyas comunicaciones se ven amenazadas de repente se encuentra en una posición falsa, y será afortunado si no tiene que cambiar todos sus planes, dividir sus fuerzas en destacamentos más o menos aislados y combatir con fuerzas inferiores en un terreno que no ha tenido tiempo de preparar, y donde la derrota no será un fracaso ordinario, sino que acarreará la ruina o la rendición de todo su ejército». [2]
Entonces podrás combatir con ventaja.
4. El terreno que puede abandonarse pero es difícil de volver a ocupar se llama enredoso.
5. Desde una posición de esta clase, si el enemigo no está preparado, puedes hacer una salida y derrotarlo. Pero si el enemigo está preparado para tu llegada y no logras derrotarlo, entonces, al ser imposible el regreso, sobrevendrá el desastre.
6. Cuando la posición es tal que ninguno de los bandos ganará haciendo el primer movimiento, se llama terreno de espera.
[Tu Mu dice: «A cada bando le resulta inconveniente moverse, y la situación queda en punto muerto».]
7. En una posición de esta clase, aunque el enemigo nos ofrezca un cebo atractivo,
[Tu Yu dice: «volviéndonos la espalda y fingiendo huir». Pero este es solo uno de los señuelos que podrían inducirnos a abandonar nuestra posición.]
será aconsejable no salir, sino más bien retirarse, atrayendo así al enemigo a su vez; luego, cuando parte de su ejército haya salido, podremos lanzar nuestro ataque con ventaja.
8. Con respecto a los pasos estrechos, si puedes ocuparlos primero, guarnécelos con fuerza y aguarda la llegada del enemigo.
[Porque entonces, como observa Tu Yu, «la iniciativa estará de nuestra parte y, lanzando ataques repentinos e inesperados, tendremos al enemigo a nuestra merced».]
9. Si el enemigo se te adelanta en ocupar un paso, no vayas tras él si el paso está plenamente guarnecido, sino solo si está débilmente guarnecido.
10. Con respecto a las alturas escarpadas, si te adelantas a tu adversario, debes ocupar los lugares elevados y soleados y esperar allí a que suba.
[Ts’ao Kung dice: «La ventaja particular de asegurarse las alturas y los desfiladeros es que entonces el enemigo no puede dictar tus acciones». [Para la enunciación del gran principio al que se alude, véase VI. § 2]. Chang Yu cuenta la siguiente anécdota de P’ei Hsing-chien (619-682 d. C.), que fue enviado en una expedición de castigo contra las tribus turcas. «Por la noche plantó su campamento como de costumbre, y ya estaba completamente fortificado con muralla y foso cuando, de repente, dio orden de que el ejército trasladara sus cuarteles a una colina cercana. Esto desagradó mucho a sus oficiales, que protestaron ruidosamente por la fatiga adicional que acarrearía a los hombres. P’ei Hsing-chien, sin embargo, no hizo caso de sus protestas e hizo trasladar el campamento lo más rápidamente posible. Esa misma noche se desató una tormenta terrible que inundó su anterior lugar de acampada hasta una profundidad de más de doce pies. Los oficiales recalcitrantes quedaron asombrados ante aquel espectáculo y reconocieron que habían estado equivocados. “¿Cómo sabíais lo que iba a ocurrir?”, preguntaron. P’ei Hsing-chien respondió: “De ahora en adelante, contentaos con obedecer las órdenes sin hacer preguntas innecesarias”. De ello puede verse», continúa Chang Yu, «que los lugares altos y soleados son ventajosos no solo para combatir, sino también porque están a salvo de inundaciones desastrosas».]
11. Si el enemigo los ha ocupado antes que tú, no lo sigas, sino retírate e intenta atraerlo fuera.
[El punto decisivo de la campaña de Li Shih-min en el año 621 d. C. contra los dos rebeldes, Tou Chien-te, rey de Hsia, y Wang Shih-ch’ung, príncipe de Cheng, fue su toma de las alturas de Wu-lao, a pesar de lo cual Tou Chien-te persistió en su intento de socorrer a su aliado en Lo-yang, fue derrotado y hecho prisionero. Véase el Chiu T’ang Shu, cap. 2, fol. 5 verso, y también el cap. 54.]
12. Si estás situado a gran distancia del enemigo y la fuerza de ambos ejércitos es igual, no es fácil provocar una batalla,
[La cuestión es que no debemos pensar en emprender una marcha larga y fatigosa al cabo de la cual, como dice Tu Yu, «estaríamos agotados y nuestro adversario fresco y ardoroso».]
y combatir irá en tu desventaja.
13. Estos seis son los principios relacionados con la Tierra.
[O quizá «los principios relativos al terreno». Véase, sin embargo, I. § 8.]
El general que ha alcanzado un puesto de responsabilidad debe tener cuidado de estudiarlos.
14. Ahora bien, un ejército está expuesto a seis calamidades distintas, que no surgen de causas naturales, sino de faltas de las que el general es responsable. Son estas: (1) la huida; (2) la insubordinación; (3) el colapso; (4) la ruina; (5) la desorganización; (6) la derrota.
15. En igualdad de las demás condiciones, si una fuerza es lanzada contra otra diez veces mayor, el resultado será la huida de la primera.
16. Cuando los soldados rasos son demasiado fuertes y sus oficiales demasiado débiles, el resultado es la insubordinación.
[Tu Mu cita el desdichado caso de T’ien Pu [Hsin T’ang Shu, cap. 148], que fue enviado a Wei en el año 821 d. C. con órdenes de dirigir un ejército contra Wang T’ing-ts’ou. Pero durante todo el tiempo que tuvo el mando, sus soldados lo trataron con el mayor desprecio y desafiaron abiertamente su autoridad paseándose por el campamento montados en asnos, varios miles a la vez. T’ien Pu fue incapaz de poner fin a esta conducta y, cuando al cabo de algunos meses intentó trabar combate con el enemigo, sus tropas volvieron la espalda y se dispersaron en todas direcciones. Después de aquello, el desventurado se suicidó cortándose el cuello.]
Cuando los oficiales son demasiado fuertes y los soldados rasos demasiado débiles, el resultado es el colapso.
[Ts’ao Kung dice: «Los oficiales son enérgicos y quieren seguir adelante; los soldados rasos son débiles y se desploman de repente».]
17. Cuando los oficiales superiores están irritados e insubordinados y, al encontrarse con el enemigo, presentan batalla por su propia cuenta movidos por el resentimiento, antes de que el comandante en jefe pueda saber si está o no en condiciones de combatir, el resultado es la ruina.
[La nota de Wang Hsi dice: «Esto significa que el general se irrita sin motivo y, al mismo tiempo, no aprecia la capacidad de sus oficiales subordinados; así despierta un resentimiento feroz y atrae sobre su cabeza una avalancha de ruina».]
18. Cuando el general es débil y carece de autoridad; cuando sus órdenes no son claras y precisas;
[Wei Liao Tzŭ (cap. 4) dice: «Si el comandante da sus órdenes con decisión, los soldados no esperarán a oírlas dos veces; si sus movimientos se hacen sin vacilación, los soldados no dudarán en cumplir con su deber». El general Baden-Powell dice, subrayando las palabras: «El secreto para obtener un trabajo eficaz de tus hombres adiestrados se resume en una sola cosa: en la claridad de las instrucciones que reciben». [3] Cf. también Wu Tzŭ, cap. 3: «el defecto más fatal en un jefe militar es la falta de resolución; las peores calamidades que caen sobre un ejército nacen de la vacilación».]
cuando no hay deberes fijos asignados a oficiales y soldados,
[Tu Mu dice: «Ni los oficiales ni los soldados tienen una rutina regular».]
y las filas se forman de manera descuidada y al azar, el resultado es la desorganización absoluta.
19. Cuando un general, incapaz de calcular la fuerza del enemigo, permite que una fuerza inferior se enfrente a otra mayor, o lanza un destacamento débil contra uno poderoso, y descuida colocar soldados escogidos en primera fila, el resultado ha de ser la derrota.
[Chang Yu parafrasea la última parte de la frase y continúa: «Siempre que haya que combatir, los espíritus más ardorosos deben ser destinados a servir en las primeras filas, tanto para fortalecer la resolución de nuestros propios hombres como para desmoralizar al enemigo». Cf. los primi ordines de César («De Bello Gallico», V. 28, 44, et al.).]
20. Estas son seis maneras de cortejar la derrota, que debe anotar con cuidado el general que ha alcanzado un puesto de responsabilidad.
[Véase supra, § 13.]
21. La conformación natural del país es el mejor aliado del soldado;
[Ch’en Hao dice: «Las ventajas del tiempo y de la estación no igualan a las relacionadas con el terreno».]
pero la capacidad de calibrar al adversario, de dominar las fuerzas de la victoria y de calcular con sagacidad las dificultades, los peligros y las distancias constituye la prueba de un gran general.
22. Quien conoce estas cosas y, al combatir, pone en práctica su conocimiento, ganará sus batallas. Quien no las conoce ni las practica será sin duda derrotado.
23. Si el combate ha de dar con seguridad la victoria, entonces debes combatir, aunque el soberano lo prohíba; si el combate no ha de dar la victoria, entonces no debes combatir, ni siquiera por orden del soberano.
[Cf. VIII. § 3 fin. A Huang Shih-kung, de la dinastía Ch’in, de quien se dice que fue el protector de Chang Liang y que escribió el San Lueh, se le atribuyen estas palabras: «La responsabilidad de poner en movimiento un ejército debe recaer solo en el general; si el avance y la retirada se dirigen desde el Palacio, difícilmente se lograrán resultados brillantes. Por eso el soberano semejante a un dios y el monarca ilustrado se contentan con desempeñar un papel humilde en el fomento de la causa de su país [lit., arrodillarse para empujar la rueda del carro]». Esto significa que «en los asuntos que caen fuera del gineceo, la decisión del comandante militar debe ser absoluta». Chang Yu cita también el dicho: «Los decretos del Hijo del Cielo no penetran las murallas de un campamento».]
24. El general que avanza sin codiciar la fama y se retira sin temer la deshonra,
[Fue Wellington, creo, quien dijo que lo más difícil de todo para un soldado es retirarse.]
cuyo único pensamiento es proteger a su país y prestar buen servicio a su soberano, es la joya del reino.
[Un noble esbozo, en pocas palabras, del «guerrero dichoso» chino. Un hombre así, dice Ho Shih, «aunque tuviera que sufrir castigo, no lamentaría su conducta».]
25. Mira a tus soldados como a tus hijos, y te seguirán a los valles más profundos; considéralos como a tus propios hijos amados, y permanecerán a tu lado hasta la muerte.
[Cf. I. § 6. A este respecto, Tu Mu nos traza un atractivo retrato del famoso general Wu Ch’i, de cuyo tratado sobre la guerra he tenido frecuente ocasión de citar: «Llevaba las mismas ropas y comía la misma comida que el más humilde de sus soldados, se negaba a tener caballo que montar o estera en que dormir, llevaba sus propias raciones sobrantes envueltas en un fardo y compartía todas las penalidades con sus hombres. Uno de sus soldados padecía un absceso, y el propio Wu Ch’i le chupó el humor. La madre del soldado, al saberlo, empezó a gemir y a lamentarse. Alguien le preguntó: “¿Por qué lloras? Tu hijo no es más que un soldado raso, y sin embargo el propio comandante en jefe le ha chupado el veneno de la llaga”. La mujer respondió: “Hace muchos años, el señor Wu prestó un servicio semejante a mi marido, que nunca lo abandonó después y finalmente halló la muerte a manos del enemigo. Y ahora que ha hecho lo mismo por mi hijo, también él caerá combatiendo no sé dónde”». Li Ch’uan menciona al vizconde de Ch’u, que invadió el pequeño Estado de Hsiao durante el invierno. El duque de Shen le dijo: «Muchos de los soldados sufren gravemente a causa del frío». Así que recorrió todo el ejército, consolando y animando a los hombres; y al punto estos se sintieron como si estuvieran vestidos con ropas forradas de seda floja.]
26. Si, por el contrario, eres indulgente, pero incapaz de hacer sentir tu autoridad; bondadoso, pero incapaz de hacer cumplir tus órdenes; e incapaz, además, de sofocar el desorden: entonces tus soldados deben compararse a niños mimados; son inútiles para cualquier fin práctico.
[Li Ching dijo una vez que, si lograbas que tus soldados te temieran, no temerían al enemigo. Tu Mu recuerda un ejemplo de severa disciplina militar que ocurrió en el año 219 d. C., cuando Lu Meng ocupaba la ciudad de Chiang-ling. Había dado órdenes estrictas a su ejército de no molestar a los habitantes ni tomarles nada por la fuerza. Sin embargo, cierto oficial que servía bajo su bandera, y que resultaba ser paisano suyo, se atrevió a apropiarse de un sombrero de bambú que pertenecía a uno de los vecinos, para llevarlo sobre su casco reglamentario como protección contra la lluvia. Lu Meng consideró que el hecho de que también él fuera natural de Ju-nan no debía servir para atenuar una clara infracción de la disciplina y, en consecuencia, ordenó su ejecución sumaria, aunque las lágrimas le rodaban por el rostro mientras lo hacía. Este acto de severidad llenó al ejército de un saludable temor, y desde entonces ni siquiera los objetos caídos en el camino eran recogidos.]
27. Si sabemos que nuestros propios hombres están en condiciones de atacar, pero ignoramos que el enemigo no es vulnerable al ataque, solo hemos recorrido la mitad del camino hacia la victoria.
[Es decir, dice Ts’ao Kung, «el desenlace en este caso es incierto».]
28. Si sabemos que el enemigo es vulnerable al ataque, pero ignoramos que nuestros propios hombres no están en condiciones de atacar, solo hemos recorrido la mitad del camino hacia la victoria.
[Cf. III. § 13 (1).]
29. Si sabemos que el enemigo es vulnerable al ataque y sabemos también que nuestros hombres están en condiciones de atacar, pero ignoramos que la naturaleza del terreno hace impracticable el combate, aún solo hemos recorrido la mitad del camino hacia la victoria.
30. Por eso el soldado experimentado, una vez en movimiento, nunca se desconcierta; una vez levantado el campamento, nunca se encuentra perdido.
[La razón es, según Tu Mu, que ha tomado sus medidas tan a fondo que asegura la victoria de antemano. «No se mueve temerariamente», dice Chang Yu, «de modo que, cuando se mueve, no comete errores».]
31. De ahí el dicho: Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, tu victoria no estará en duda; si conoces el Cielo y conoces la Tierra, podrás hacer completa tu victoria.
[Li Ch’uan lo resume así: «Dado el conocimiento de tres cosas —los asuntos de los hombres, las estaciones del cielo y las ventajas naturales de la tierra—, la victoria coronará invariablemente tus batallas».]
[1] Véase «Pensees de Napoleon 1er», n.º 47.
[2] «The Science of War», cap. 2.
[3] «Aids to Scouting», p. xii.