Una hermosa mañana, un Zorro cayó en una trampa por haberse acercado demasiado al gallinero del Granjero. Sin duda tenía hambre, pero eso no era excusa para robar. Un Gallo, que se levantaba temprano, descubrió lo sucedido. Sabía que el Zorro no podía alcanzarlo, así que se acercó un poco para ver bien a su enemigo.
El Zorro vio una leve posibilidad de escapar.
«Querido amigo —dijo—, iba de camino a visitar a un pariente enfermo cuando tropecé con esta cuerda y quedé todo enredado. Pero, por favor, no se lo cuentes a nadie. No me gusta causar pena a nadie, y estoy seguro de que pronto podré roer esta cuerda hasta hacerla pedazos.»
Pero al Gallo no se le engañaba tan fácilmente. Enseguida alborotó todo el corral y, cuando el Granjero salió corriendo, ese fue el fin de don Zorro.
Los malvados no merecen ayuda.