Una zorra que cruzaba un río a nado apenas logró alcanzar la orilla, donde quedó tendida, magullada y exhausta tras su lucha con la rápida corriente. Pronto un enjambre de moscas chupadoras de sangre se posó sobre ella; pero permaneció quieta, aún demasiado débil para huir de ellas.
Acertó a pasar por allí un erizo. —Déjame espantarte las moscas —dijo con amabilidad.
—¡No, no! —exclamó la zorra—. ¡No las molestes! Ya han tomado todo lo que pueden. Si las espantas, vendrá otro enjambre voraz y me quitará la poca sangre que me queda.
Más vale soportar un mal menor que arriesgarse a uno mayor al querer quitarlo.