
De todos los problemas que se sometieron a mi amigo, el señor Sherlock Holmes, para que los resolviera durante los años de nuestra intimidad, solo hubo dos que llegaron a su conocimiento por mediación mía: el del pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. De ellos, el segundo quizá ofreciera un campo más propicio a un observador agudo y original, pero el otro fue tan extraño en su origen y tan dramático en sus pormenores que acaso merezca más ser consignado por escrito, aunque diera a mi amigo menos ocasiones de aplicar aquellos métodos deductivos de razonamiento con los que obtenía resultados tan notables. La historia, según creo, se ha contado más de una vez en los periódicos, pero, como ocurre con todos los relatos de esta clase, su efecto es mucho menos impresionante cuando se expone en bloque en una sola media columna impresa que cuando los hechos se van desplegando lentamente ante los propios ojos y el misterio se disipa poco a poco a medida que cada nuevo descubrimiento aporta un paso que conduce a la verdad completa. En su momento, aquellas circunstancias me causaron una honda impresión, y el transcurso de dos años apenas ha logrado debilitar su efecto.
Fue en el verano del 89, poco después de mi boda, cuando ocurrieron los sucesos que me dispongo ahora a resumir. Había vuelto al ejercicio civil de la medicina y había dejado por fin a Holmes en sus habitaciones de Baker Street, aunque lo visitaba continuamente y hasta lo persuadía de vez en cuando de que renunciara a sus hábitos bohemios lo bastante como para venir a visitarnos. Mi clientela había ido aumentando de manera constante y, como daba la casualidad de que yo vivía a no mucha distancia de la estación de Paddington, tenía algunos pacientes entre los empleados del ferrocarril. Uno de ellos, a quien yo había curado de una enfermedad dolorosa y persistente, no se cansaba nunca de pregonar mis virtudes y de procurar enviarme a todo enfermo sobre el que pudiera tener alguna influencia.
Una mañana, poco antes de las siete, me despertó la criada llamando a la puerta para anunciarme que habían venido dos hombres de Paddington y que esperaban en el consultorio. Me vestí apresuradamente, pues sabía por experiencia que los casos del ferrocarril rara vez eran triviales, y bajé a toda prisa. Mientras bajaba, mi viejo aliado, el guarda, salió de la habitación y cerró la puerta con firmeza tras de sí.
«Lo tengo aquí dentro —susurró, señalando con el pulgar por encima del hombro—; está bien».
«¿Qué ocurre, pues?» —pregunté, pues su actitud daba a entender que se trataba de alguna extraña criatura que hubiera dejado enjaulada en mi habitación.
«Es un paciente nuevo —susurró—. Pensé que lo mejor era traerlo yo mismo; así no se me podía escabullir. Ahí lo tiene, sano y salvo. Ahora tengo que irme, doctor; tengo mis obligaciones, lo mismo que usted». Y se marchó, este fiel gancho mío, sin darme siquiera tiempo a darle las gracias.
Entré en mi consultorio y encontré a un caballero sentado junto a la mesa. Iba vestido con sobriedad, con un traje de tweed jaspeado y una gorra blanda de paño que había dejado sobre mis libros. Llevaba envuelto alrededor de una de las manos un pañuelo, todo salpicado de manchas de sangre. Era joven, no tendría más de veinticinco años, diría yo, y de rostro enérgico y varonil; pero estaba sumamente pálido y me dio la impresión de un hombre presa de una fuerte agitación, que le costaba toda su fuerza de ánimo dominar.
«Siento sacarlo de la cama tan temprano, doctor —dijo—, pero he sufrido un accidente muy grave durante la noche. He llegado en tren esta mañana y, al preguntar en Paddington dónde podría encontrar a un médico, un buen hombre ha tenido la gran amabilidad de acompañarme hasta aquí. Le di una tarjeta a la criada, pero veo que la ha dejado sobre el aparador».
La cogí y le eché un vistazo. «Sr. Victor Hatherley, ingeniero hidráulico, 16A, Victoria Street (3.er piso)». Tales eran el nombre, la profesión y el domicilio de mi visitante matutino. «Lamento haberlo hecho esperar —dije, sentándome en mi sillón de lectura—. Viene usted, según tengo entendido, de un viaje nocturno, lo cual es de por sí una ocupación monótona».
«Oh, mi noche no podría llamarse monótona», dijo, y se echó a reír. Se rio con muchísimas ganas, con una nota aguda y estridente, echándose hacia atrás en la silla y sacudiéndose de risa. Todos mis instintos de médico se sublevaron contra aquella risa.
«¡Basta! —grité—. ¡Domínese!» y le serví un poco de agua de una garrafa.
Fue inútil, sin embargo. Le había dado uno de esos arrebatos histéricos que sobrevienen a las naturalezas fuertes cuando una gran crisis ha pasado ya. Al poco rato volvió en sí, muy fatigado y con aspecto pálido.
«Me he estado portando como un necio», dijo jadeando.
«En absoluto. Beba esto». Eché un chorro de coñac en el agua, y el color empezó a volver a sus mejillas exangües.
«¡Así está mejor! —dijo—. Y ahora, doctor, quizá tenga usted la bondad de atenderme el pulgar, o más bien el sitio donde antes estaba mi pulgar».
Desenrolló el pañuelo y me tendió la mano. Hasta a mis nervios curtidos les dio un escalofrío mirarla. Había cuatro dedos que sobresalían y una horrible superficie roja y esponjosa donde debería haber estado el pulgar. Se lo habían cortado a tajo o arrancado de cuajo, desde la raíz.
«¡Santo cielo! —exclamé—, es una herida terrible. Debe de haber sangrado muchísimo».
«Sí, así fue. Me desmayé cuando ocurrió, y creo que debí de estar sin sentido mucho tiempo. Cuando volví en mí vi que seguía sangrando, así que até un extremo del pañuelo muy apretado alrededor de la muñeca y lo tensé con una ramita».
«¡Excelente! Debería usted haber sido cirujano».
«Es una cuestión de hidráulica, ¿sabe?, y entraba dentro de mi propio terreno».
«Esto lo ha hecho —dije, examinando la herida— un instrumento muy pesado y afilado».
«Algo parecido a una cuchilla de carnicero», dijo él.
«Un accidente, supongo».
«De ningún modo».
«¡Cómo! ¿Un intento de asesinato?»
«Y bien criminal, por cierto».
«Me horroriza usted».
Lavé la herida con una esponja, la limpié, la curé y finalmente la cubrí con algodón en rama y vendas fenicadas. Él permaneció recostado sin inmutarse, aunque de cuando en cuando se mordía el labio.
«¿Qué tal?» —le pregunté cuando hube terminado.
«¡Estupendamente! Entre su coñac y su vendaje, me siento otro hombre. Estaba muy débil, pero es que he tenido que pasar por mucho».
«Quizá sea mejor que no hable usted del asunto. Es evidente que le altera los nervios».
«Oh, no, ahora no. Tendré que contarle mi historia a la policía; pero, entre nosotros, si no fuera por la prueba convincente de esta herida mía, me sorprendería que dieran crédito a mi declaración, pues es de lo más extraordinaria y no tengo muchas pruebas con que respaldarla; y, aun si me creen, las pistas que puedo darles son tan vagas que es dudoso que se haga justicia».
«¡Ah! —exclamé—. Si se trata de algo que tenga el carácter de un problema que usted desea ver resuelto, le recomendaría encarecidamente que acudiera a mi amigo, el señor Sherlock Holmes, antes de dirigirse a la policía oficial».
«Oh, he oído hablar de ese hombre —respondió mi visitante—, y me alegraría mucho que se hiciera cargo del asunto, aunque, desde luego, también tendré que recurrir a la policía oficial. ¿Me daría usted una carta de presentación para él?»
«Haré algo mejor. Lo llevaré a verlo yo mismo».
«Le quedaría inmensamente agradecido».
«Pediremos un coche e iremos juntos. Llegaremos justo a tiempo de desayunar un poco con él. ¿Se siente usted con fuerzas?»
«Sí; no estaré tranquilo hasta que haya contado mi historia».
«Entonces mi criada llamará un coche, y estaré con usted en un instante». Subí corriendo las escaleras, le expliqué brevemente el asunto a mi esposa y a los cinco minutos estaba dentro de un cabriolé, camino de Baker Street con mi nuevo conocido.
Sherlock Holmes, como yo esperaba, andaba holgazaneando por su sala de estar en bata, leyendo la columna de anuncios personales del Times y fumando su pipa de antes del desayuno, cargada con todos los restos y posos de tabaco que habían quedado de sus pipas del día anterior, todos ellos cuidadosamente secados y reunidos en una esquina de la repisa de la chimenea. Nos recibió con su cordialidad serena de costumbre, pidió más lonchas de tocino y huevos, y nos acompañó en un copioso desayuno. Cuando hubimos terminado, acomodó a nuestro nuevo conocido en el sofá, le puso un cojín bajo la cabeza y dejó a su alcance un vaso de coñac con agua.
«Salta a la vista que lo que le ha ocurrido no es nada corriente, señor Hatherley —dijo—. Le ruego que se tumbe ahí y se ponga completamente a sus anchas. Cuéntenos lo que pueda, pero deténgase cuando se canse y mantenga sus fuerzas con un poco de estimulante».
«Gracias —dijo mi paciente—, pero me he sentido otro hombre desde que el doctor me vendó, y creo que su desayuno ha completado la cura. Le quitaré lo menos posible de su valioso tiempo, así que empezaré ahora mismo con mis singulares experiencias».
Holmes se sentó en su gran sillón con aquella expresión cansada, de párpados pesados, que velaba su naturaleza aguda y ávida, mientras yo me sentaba frente a él, y escuchamos en silencio la extraña historia que nuestro visitante nos refirió con todo detalle.
«Han de saber —dijo— que soy huérfano y soltero, y que vivo solo en un alojamiento de Londres. De profesión soy ingeniero hidráulico, y adquirí una considerable experiencia en mi oficio durante los siete años que estuve de aprendiz en Venner & Matheson, la conocida firma de Greenwich. Hace dos años, cumplido mi aprendizaje y habiendo heredado además una suma de dinero nada despreciable a la muerte de mi pobre padre, decidí establecerme por mi cuenta y alquilé un despacho profesional en Victoria Street.
«Supongo que a todo el mundo le resultan penosos sus primeros pasos independientes en los negocios. Para mí lo han sido de manera excepcional. En dos años he tenido tres consultas y un pequeño encargo, y eso es absolutamente todo lo que me ha reportado mi profesión. Mis ingresos brutos ascienden a 27 libras y 10 chelines. Todos los días, desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, esperaba en mi pequeño cuchitril, hasta que por fin empecé a desanimarme y llegué a creer que nunca tendría clientela alguna.
«Ayer, sin embargo, justo cuando pensaba en marcharme del despacho, entró mi escribiente para decirme que un caballero esperaba y deseaba verme por un asunto de negocios. Me subió además una tarjeta que llevaba grabado el nombre de “Coronel Lysander Stark”. Pisándole los talones entró el propio coronel, un hombre de estatura algo superior a la media, pero de una delgadez extrema. No creo haber visto nunca a un hombre tan flaco. Toda su cara se afilaba hasta quedar reducida a nariz y barbilla, y la piel de las mejillas se tensaba sobre sus pómulos salientes. Sin embargo, aquella demacración parecía ser su estado natural y no deberse a enfermedad alguna, pues tenía la mirada brillante, el paso vivo y el porte seguro. Vestía de forma sencilla pero pulcra, y su edad, a mi juicio, estaría más cerca de los cuarenta que de los treinta.
«“¿El señor Hatherley? —dijo, con cierto acento alemán—. Me lo han recomendado a usted, señor Hatherley, como un hombre que no solo es competente en su profesión, sino además discreto y capaz de guardar un secreto”.
«Me incliné, sintiéndome tan halagado como se habría sentido cualquier joven ante semejante trato. “¿Puedo preguntarle quién me ha dado tan buenas referencias?”
«“Bueno, quizá sea mejor que no se lo diga en este preciso momento. Sé por la misma fuente que es usted huérfano y soltero, y que vive solo en Londres”.
«“Eso es del todo cierto —respondí—; pero me disculpará si le digo que no veo qué relación tiene todo esto con mi competencia profesional. Tengo entendido que deseaba usted hablarme de un asunto profesional, ¿no es así?”
«“Sin duda. Pero verá que todo lo que digo viene realmente al caso. Tengo un encargo profesional para usted, pero el secreto absoluto es de todo punto imprescindible —secreto absoluto, entiéndame—, y, naturalmente, eso cabe esperarlo más de un hombre que vive solo que de uno que vive en el seno de su familia”.
«“Si prometo guardar un secreto —dije—, puede usted confiar absolutamente en que lo haré”.
«Me miró con gran fijeza mientras hablaba, y me pareció que nunca había visto unos ojos tan suspicaces e inquisitivos.
«“¿Lo promete, entonces? —dijo por fin.
«“Sí, lo prometo”.
«“¿Silencio absoluto y completo antes, durante y después? ¿Ninguna alusión al asunto, ni de palabra ni por escrito?”
«“Ya le he dado mi palabra”.
«“Muy bien”. De pronto se levantó de un salto y, cruzando la habitación como un rayo, abrió la puerta de par en par. El pasillo estaba vacío.
«“Todo en orden —dijo, volviendo—. Sé que los escribientes sienten a veces curiosidad por los asuntos de su jefe. Ahora podemos hablar con seguridad”. Acercó mucho su silla a la mía y empezó a mirarme de nuevo con la misma expresión inquisitiva y pensativa.
«Ante las extrañas extravagancias de aquel hombre descarnado, había empezado a crecer en mí un sentimiento de repulsión y de algo parecido al miedo. Ni siquiera el temor a perder un cliente pudo impedir que mostrara mi impaciencia.
«“Le ruego que me exponga su asunto, señor —dije—; mi tiempo es valioso”. Que el cielo me perdone esta última frase, pero las palabras me vinieron a los labios.
«“¿Qué le parecerían cincuenta guineas por una noche de trabajo? —preguntó.
«“De maravilla”.
«“Digo una noche de trabajo, pero una hora se acercaría más a la verdad. Solo quiero su opinión sobre una prensa hidráulica de estampar que se ha estropeado. Si nos muestra qué es lo que falla, nosotros mismos la arreglaremos enseguida. ¿Qué le parece un encargo semejante?”
«“El trabajo parece ligero, y la paga, espléndida”.
«“Exactamente. Querremos que venga usted esta noche en el último tren”.
«“¿Adónde?”
«“A Eyford, en Berkshire. Es un pueblecito cerca de los límites de Oxfordshire, a menos de siete millas de Reading. Hay un tren desde Paddington que lo dejaría allí hacia las 11:15”.
«“Muy bien”.
«“Iré a recogerlo en un carruaje”.
«“¿Hay que hacer un trayecto en coche, entonces?”
«“Sí, nuestra casita está en pleno campo. Está a sus buenas siete millas de la estación de Eyford”.
«“Entonces difícilmente llegaremos allí antes de medianoche. Supongo que no habrá posibilidad de tomar un tren de vuelta. Me vería obligado a pasar allí la noche”.
«“Sí, podemos improvisarle fácilmente una cama”.
«“Eso resulta muy incómodo. ¿No podría ir a una hora más conveniente?”
«“Hemos juzgado preferible que venga usted tarde. Precisamente para recompensarle por cualquier molestia le pagamos a usted, un hombre joven y desconocido, unos honorarios con los que podría comprarse la opinión de las mayores eminencias de su profesión. Aun así, naturalmente, si prefiere retirarse del asunto, tiene tiempo de sobra para hacerlo”.
«Pensé en las cincuenta guineas y en lo útiles que me serían. “En absoluto —dije—; tendré mucho gusto en acomodarme a sus deseos. Me gustaría, sin embargo, entender con un poco más de claridad qué es lo que desea que haga”.
«“Desde luego. Es muy natural que el compromiso de silencio que le hemos exigido haya despertado su curiosidad. No tengo ningún deseo de comprometerle a nada sin haberle expuesto antes todo el asunto. Supongo que estamos completamente a salvo de oídos indiscretos, ¿no es así?”
«“Por completo”.
«“Entonces el asunto es el siguiente. Probablemente sabrá usted que la tierra de batán es un producto valioso y que solo se encuentra en uno o dos lugares de Inglaterra, ¿no es así?”
«“Eso he oído”.
«“Hace algún tiempo compré una pequeña finca —una finca muy pequeña— a menos de diez millas de Reading. Tuve la suerte de descubrir que en uno de mis campos había un yacimiento de tierra de batán. Al examinarlo, sin embargo, descubrí que era relativamente pequeño y que formaba un eslabón entre otros dos mucho mayores situados a derecha e izquierda, ambos, no obstante, en las tierras de mis vecinos. Aquella buena gente ignoraba por completo que sus tierras contenían algo tan valioso como una mina de oro. Naturalmente, me interesaba comprarles las tierras antes de que descubrieran su verdadero valor, pero, por desgracia, no tenía capital con que hacerlo. Sin embargo, hice partícipes del secreto a unos cuantos amigos, y ellos me sugirieron que explotáramos en silencio y en secreto nuestro pequeño yacimiento y que de ese modo ganáramos el dinero que nos permitiría comprar los campos vecinos. Eso es lo que venimos haciendo desde hace algún tiempo, y para ayudarnos en nuestras operaciones instalamos una prensa hidráulica. Esta prensa, como ya le he explicado, se ha averiado, y deseamos su consejo al respecto. Guardamos nuestro secreto con mucho celo, no obstante, y si llegara a saberse que venían ingenieros hidráulicos a nuestra casita, pronto despertaría preguntas, y entonces, si salieran a la luz los hechos, podríamos despedirnos de toda posibilidad de conseguir esos campos y llevar a cabo nuestros planes. Por eso le he hecho prometerme que no le dirá a ningún ser humano que va a ir a Eyford esta noche. Espero haberme explicado con claridad, ¿verdad?”
«“Lo sigo perfectamente —dije—. Lo único que no acabo de entender es qué utilidad puede tener una prensa hidráulica para extraer tierra de batán, que, según tengo entendido, se saca de una cantera como la grava”.
«“¡Ah! —dijo con despreocupación—, tenemos nuestro propio procedimiento. Comprimimos la tierra en ladrillos, para poder sacarlos sin revelar lo que son. Pero eso es un simple detalle. Ahora ya le he hecho depositario de toda mi confianza, señor Hatherley, y le he demostrado cuánto me fío de usted”. Se levantó mientras hablaba. “Lo espero, pues, en Eyford a las 11:15”.
«“Allí estaré sin falta”.
«“Y ni una palabra a nadie”. Me dirigió una última mirada, larga e inquisitiva, y luego, estrechándome la mano con un apretón frío y húmedo, salió apresuradamente de la habitación.
«Pues bien, cuando me puse a pensarlo todo con la cabeza fría, me quedé muy asombrado, como ambos podrán imaginar, de aquel repentino encargo que se me había confiado. Por una parte, desde luego, me alegraba, pues los honorarios eran por lo menos diez veces lo que yo habría pedido de haber puesto precio a mis servicios, y era posible que aquel encargo diera lugar a otros. Por otra parte, el rostro y los modales de mi cliente me habían causado una impresión desagradable, y no me parecía que su explicación sobre la tierra de batán bastara para justificar la necesidad de que yo fuera a medianoche, ni su extrema inquietud por que yo pudiera contarle a alguien a qué iba. Sin embargo, eché al viento todos mis temores, tomé una cena abundante, fui en coche a Paddington y emprendí el viaje, tras haber obedecido al pie de la letra la orden de guardar silencio.
«En Reading tuve que cambiar no solo de vagón, sino también de estación. Aun así, llegué a tiempo para el último tren a Eyford, y alcancé la pequeña estación, mal iluminada, pasadas las once. Fui el único pasajero que se apeó allí, y en el andén no había nadie salvo un solitario mozo soñoliento con un farol. Al salir por la portezuela, sin embargo, encontré a mi conocido de la mañana esperando en la sombra, al otro lado. Sin decir palabra, me agarró del brazo y me hizo subir a toda prisa a un carruaje cuya portezuela estaba abierta. Subió las ventanillas de ambos lados, dio unos golpecitos en la madera y partimos tan deprisa como podía ir el caballo».
«¿Un solo caballo?» —interrumpió Holmes.
«Sí, solo uno».
«¿Se fijó usted en el color?»
«Sí, lo vi a la luz de los faroles laterales cuando subía al carruaje. Era alazán».
«¿Con aspecto cansado o descansado?»
«Oh, descansado y de pelo lustroso».
«Gracias. Siento haberle interrumpido. Le ruego que continúe con su interesantísimo relato».
«Partimos, pues, y viajamos durante una hora por lo menos. El coronel Lysander Stark había dicho que eran solo siete millas, pero, a juzgar por la velocidad a la que parecíamos ir y por el tiempo que tardamos, yo diría que debieron de ser más bien doce. Permaneció sentado a mi lado en silencio todo el tiempo, y más de una vez, al mirar hacia él, advertí que me observaba con gran intensidad. Los caminos rurales no parecen ser muy buenos en aquella parte del mundo, pues dábamos terribles bandazos y sacudidas. Intenté mirar por las ventanillas para ver algo del lugar por donde íbamos, pero eran de cristal esmerilado, y no pude distinguir nada salvo, de vez en cuando, el borrón brillante de alguna luz que pasaba. De cuando en cuando aventuraba algún comentario para romper la monotonía del viaje, pero el coronel solo respondía con monosílabos, y la conversación no tardó en decaer. Por fin, sin embargo, el traqueteo del camino dio paso a la crujiente suavidad de un sendero de grava, y el carruaje se detuvo. El coronel Lysander Stark se apeó de un salto y, mientras yo lo seguía, me hizo entrar rápidamente de un tirón en un porche que se abría ante nosotros. Pasamos, por así decirlo, directamente del carruaje al vestíbulo, de modo que no pude echar ni la más fugaz ojeada a la fachada de la casa. En el instante en que crucé el umbral, la puerta se cerró pesadamente de golpe detrás de nosotros, y oí débilmente el traqueteo de las ruedas mientras el carruaje se alejaba.
«Dentro de la casa reinaba una oscuridad absoluta, y el coronel andaba a tientas buscando fósforos y murmurando entre dientes. De pronto se abrió una puerta al otro extremo del pasillo, y una larga barra de luz dorada salió disparada en nuestra dirección. Se fue ensanchando, y apareció una mujer con una lámpara en la mano, que sostenía por encima de la cabeza, adelantando el rostro y escudriñándonos. Pude ver que era bonita, y por el brillo que la luz arrancaba a su vestido oscuro supe que era de una tela rica. Dijo unas palabras en una lengua extranjera, en un tono como de pregunta, y cuando mi acompañante le respondió con un monosílabo áspero, dio tal respingo que la lámpara estuvo a punto de caérsele de la mano. El coronel Stark se acercó a ella, le susurró algo al oído y luego, empujándola de nuevo a la habitación de donde había salido, volvió hacia mí con la lámpara en la mano.
«“Quizá tenga usted la amabilidad de esperar unos minutos en esta habitación”, dijo, abriendo de par en par otra puerta. Era una habitación tranquila, pequeña y sencillamente amueblada, con una mesa redonda en el centro sobre la que había esparcidos varios libros alemanes. El coronel Stark dejó la lámpara encima de un armonio que había junto a la puerta. “No le haré esperar ni un instante”, dijo, y se desvaneció en la oscuridad.
«Eché un vistazo a los libros de la mesa y, pese a mi desconocimiento del alemán, pude ver que dos de ellos eran tratados científicos y los demás, volúmenes de poesía. Luego me acerqué a la ventana, con la esperanza de vislumbrar algo del paisaje, pero la cubría un postigo de roble, cerrado y reforzado con gruesas barras. Era una casa asombrosamente silenciosa. En algún lugar del pasillo hacía tictac ruidosamente un viejo reloj, pero, por lo demás, todo estaba sumido en una quietud de muerte. Empezó a invadirme una vaga sensación de desasosiego. ¿Quiénes eran aquellos alemanes, y qué hacían viviendo en aquel lugar extraño y apartado? ¿Y dónde estaba aquel lugar? Me encontraba a unas diez millas de Eyford, eso era todo lo que sabía, pero no tenía la menor idea de si era al norte, al sur, al este o al oeste. Por lo demás, Reading, y posiblemente otras ciudades grandes, se hallaban dentro de ese radio, de modo que, después de todo, el lugar quizá no fuera tan retirado. Sin embargo, por la quietud absoluta, era indudable que estábamos en el campo. Me paseé de un lado a otro de la habitación, tarareando una canción entre dientes para mantener el ánimo y con la sensación de que me estaba ganando a pulso mis honorarios de cincuenta guineas.
«De pronto, sin ningún ruido previo en medio de aquella quietud absoluta, la puerta de mi habitación se abrió lentamente. La mujer estaba de pie en el hueco, con la oscuridad del vestíbulo a sus espaldas y la luz amarilla de mi lámpara dándole de lleno en el rostro, ansioso y bello. Vi de un vistazo que estaba muerta de miedo, y aquella visión me heló el corazón. Levantó un dedo tembloroso para advertirme que guardara silencio y me lanzó en susurros unas cuantas palabras en un inglés chapurreado, mientras sus ojos, como los de un caballo asustado, se volvían hacia la penumbra que tenía detrás.
«“Yo me iría —dijo, esforzándose mucho, según me pareció, por hablar con calma—; yo me iría. Yo no quedaría aquí. No hay nada bueno para usted que hacer”.
«“Pero, señora —dije—, todavía no he hecho aquello a lo que he venido. No puedo marcharme de ningún modo hasta haber visto la máquina”.
«“No vale la pena que usted espere —prosiguió—. Puede pasar por la puerta; nadie impide”. Y entonces, al ver que yo sonreía y negaba con la cabeza, abandonó de pronto toda contención y dio un paso adelante, retorciéndose las manos. “¡Por el amor de Dios! —susurró—. ¡Márchese de aquí antes de que sea demasiado tarde!”
«Pero yo soy algo testarudo por naturaleza, y tanto más dispuesto a meterme en un asunto cuanto más obstáculos se interponen en el camino. Pensé en mis honorarios de cincuenta guineas, en mi fatigoso viaje y en la desagradable noche que parecía aguardarme. ¿Iba a ser todo en vano? ¿Por qué había de escabullirme sin haber cumplido mi encargo y sin el pago que me correspondía? Aquella mujer bien podía ser, por lo que yo sabía, una monomaníaca. Así pues, con aire firme, aunque su actitud me había turbado más de lo que me gustaría confesar, volví a negar con la cabeza y declaré mi intención de quedarme donde estaba. Ella iba a renovar sus súplicas cuando se oyó un portazo en el piso de arriba y el ruido de varios pasos en la escalera. Escuchó un instante, alzó las manos con un gesto de desesperación y desapareció tan repentina y silenciosamente como había venido.
«Los recién llegados eran el coronel Lysander Stark y un hombre bajo y grueso, con una barba de chinchilla que le brotaba de los pliegues de la papada, al que me presentaron como el señor Ferguson.
«“Este es mi secretario y administrador —dijo el coronel—. Por cierto, tenía la impresión de haber dejado esta puerta cerrada hace un momento. Me temo que habrá notado usted la corriente”.
«“Al contrario —dije—, abrí yo mismo la puerta porque la habitación me parecía algo cargada”.
«Me lanzó una de sus miradas suspicaces. “Quizá sea mejor, entonces, que pasemos a lo nuestro —dijo—. El señor Ferguson y yo lo llevaremos arriba a ver la máquina”.
«“Supongo que será mejor que me ponga el sombrero”.
«“Oh, no, está dentro de la casa”.
«“¡Cómo! ¿Extraen ustedes tierra de batán dentro de la casa?”
«“No, no. Aquí es solo donde la comprimimos. Pero no se preocupe por eso. Lo único que deseamos es que examine la máquina y nos diga qué es lo que le pasa”.
«Subimos juntos, el coronel delante con la lámpara, y el gordo administrador y yo detrás de él. Era un laberinto de casa vieja, con corredores, pasillos, estrechas escaleras de caracol y puertecitas bajas cuyos umbrales estaban gastados por las generaciones que los habían cruzado. No había alfombras ni rastro de muebles por encima de la planta baja, mientras que el yeso se desprendía de las paredes y la humedad asomaba en manchas verdes e insalubres. Traté de adoptar un aire lo más despreocupado posible, pero no había olvidado las advertencias de la dama, aunque no les hubiera hecho caso, y no quitaba ojo a mis dos acompañantes. Ferguson parecía un hombre taciturno y callado, pero por lo poco que dijo pude ver que, al menos, era compatriota mío.
«El coronel Lysander Stark se detuvo por fin ante una puerta baja, que abrió con llave. Dentro había una habitación pequeña y cuadrada en la que apenas cabíamos los tres a la vez. Ferguson se quedó fuera, y el coronel me hizo pasar.
«“Ahora estamos —dijo— dentro de la mismísima prensa hidráulica, y sería particularmente desagradable para nosotros que alguien la pusiera en marcha. El techo de esta pequeña cámara es en realidad el extremo del pistón descendente, y baja con una fuerza de muchas toneladas sobre este suelo de metal. Fuera hay unas pequeñas columnas laterales de agua que reciben la fuerza y que la transmiten y multiplican de la manera que usted ya conoce. La máquina funciona bastante bien, pero hay cierta rigidez en su movimiento y ha perdido un poco de fuerza. Quizá tenga usted la bondad de revisarla y mostrarnos cómo podemos arreglarla”.
«Tomé la lámpara de sus manos y examiné la máquina muy a fondo. Era, en efecto, gigantesca, y capaz de ejercer una presión enorme. Sin embargo, cuando salí y accioné las palancas que la controlaban, supe enseguida por el silbido que había una pequeña fuga, que permitía un reflujo de agua a través de uno de los cilindros laterales. Un examen reveló que una de las bandas de caucho que rodeaban la cabeza de una biela se había encogido, de modo que no llenaba del todo la cavidad por la que se deslizaba. Esa era claramente la causa de la pérdida de potencia, y se lo señalé a mis acompañantes, que siguieron mis observaciones con mucha atención e hicieron varias preguntas prácticas sobre cómo debían proceder para arreglarla. Cuando se lo hube dejado claro, volví a la cámara principal de la máquina y la examiné detenidamente para satisfacer mi propia curiosidad. Saltaba a la vista que la historia de la tierra de batán era la más pura invención, pues sería absurdo suponer que una máquina tan potente pudiera haberse diseñado para un fin tan poco adecuado. Las paredes eran de madera, pero el suelo consistía en una gran artesa de hierro, y cuando me puse a examinarla vi que estaba toda cubierta por una costra de depósito metálico. Me había agachado y estaba raspándola para ver qué era exactamente cuando oí una exclamación ahogada en alemán y vi el rostro cadavérico del coronel mirándome desde arriba.
«“¿Qué está usted haciendo ahí? —preguntó.
«Me sentí furioso por haber sido engañado con una historia tan elaborada como la que me había contado. “Estaba admirando su tierra de batán —dije—; creo que podría aconsejarle mejor sobre su máquina si supiera cuál es exactamente el fin para el que se utiliza”.
«En el instante mismo en que pronuncié aquellas palabras, me arrepentí de mi temeridad. Su rostro se endureció, y en sus ojos grises se encendió una luz siniestra.
«“Muy bien —dijo—, sabrá usted todo lo que hay que saber sobre la máquina”. Dio un paso atrás, cerró de golpe la puertecita e hizo girar la llave en la cerradura. Me precipité hacia ella y tiré del picaporte, pero estaba bien firme y no cedió lo más mínimo a mis patadas y empujones. “¡Eh! —grité—. ¡Eh! ¡Coronel! ¡Déjeme salir!”
«Y entonces, de repente, en medio del silencio, oí un ruido que me puso el corazón en un puño. Era el chasquido metálico de las palancas y el silbido del cilindro que perdía agua. Había puesto en marcha la máquina. La lámpara seguía en el suelo, donde yo la había dejado al examinar la artesa. A su luz vi que el techo negro descendía sobre mí, lentamente, a sacudidas, pero, como nadie sabía mejor que yo, con una fuerza que en menos de un minuto me reduciría a una pulpa informe. Me arrojé contra la puerta, gritando, y arañé la cerradura con las uñas. Imploré al coronel que me dejara salir, pero el implacable golpeteo de las palancas ahogaba mis gritos. El techo estaba solo a un pie o dos por encima de mi cabeza, y con la mano levantada podía tocar su superficie dura y áspera. Entonces me cruzó por la mente como un relámpago la idea de que el dolor de mi muerte dependería en gran medida de la postura en que me sorprendiera. Si me tendía boca abajo, el peso caería sobre mi columna, y me estremecí al pensar en aquel espantoso crujido. Más fácil del otro modo, quizá; y, sin embargo, ¿tendría valor para tumbarme y mirar hacia arriba, a aquella negra sombra mortal que descendía temblando sobre mí? Ya no podía mantenerme erguido cuando mis ojos repararon en algo que me devolvió al corazón un torrente de esperanza.
«He dicho que, aunque el suelo y el techo eran de hierro, las paredes eran de madera. Al echar a mi alrededor una última mirada apresurada, vi una fina línea de luz amarilla entre dos de las tablas, que se ensanchaba y ensanchaba a medida que empujaban hacia atrás un pequeño panel. Por un instante apenas pude creer que allí hubiera de verdad una puerta que me alejaba de la muerte. Al instante siguiente me lancé a través de ella y quedé tendido, medio desmayado, al otro lado. El panel se había cerrado de nuevo detrás de mí, pero el estrépito de la lámpara al romperse y, unos momentos después, el choque metálico de las dos planchas me dijeron por qué poco me había salvado.
«Me hicieron volver en mí unos tirones frenéticos en la muñeca, y me encontré tendido en el suelo de piedra de un estrecho corredor, mientras una mujer se inclinaba sobre mí y tiraba de mí con la mano izquierda, sosteniendo una vela con la derecha. Era la misma buena amiga cuya advertencia yo había rechazado tan neciamente.
«“¡Venga! ¡Venga! —exclamó sin aliento—. Estarán aquí en un momento. Verán que usted no está allí. ¡Oh, no pierda el tan precioso tiempo, y venga!”
«Esta vez, al menos, no desdeñé su consejo. Me levanté tambaleándome y corrí con ella a lo largo del corredor y escaleras abajo por una escalera de caracol. Esta conducía a otro pasillo ancho, y justo cuando llegamos a él oímos ruido de pasos que corrían y los gritos de dos voces, que se respondían la una a la otra desde el piso en el que estábamos y desde el de abajo. Mi guía se detuvo y miró a su alrededor como quien ya no sabe qué hacer. Luego abrió de par en par una puerta que daba a un dormitorio, por cuya ventana entraba la luz brillante de la luna.
«“Es su única oportunidad —dijo—. Está alto, pero puede que logre saltar”.
«Mientras hablaba, apareció una luz al fondo del pasillo, y vi la figura enjuta del coronel Lysander Stark que avanzaba corriendo con un farol en una mano y un arma parecida a una cuchilla de carnicero en la otra. Crucé el dormitorio a toda prisa, abrí la ventana de par en par y me asomé. ¡Qué tranquilo, qué dulce y qué sano parecía el jardín a la luz de la luna! Y no podía haber más de treinta pies hasta abajo. Me encaramé al alféizar, pero dudé en saltar hasta haber oído lo que ocurría entre mi salvadora y el rufián que me perseguía. Si la maltrataba, estaba decidido a volver en su ayuda a cualquier precio. Apenas me había pasado la idea por la cabeza cuando él llegó a la puerta, abriéndose paso a empujones; pero ella lo rodeó con los brazos e intentó retenerlo.
«“¡Fritz! ¡Fritz! —gritó en inglés—. Acuérdate de tu promesa después de la última vez. Dijiste que no volvería a ocurrir. ¡Él callará! ¡Oh, él callará!”
«“¡Estás loca, Elise! —gritó él, forcejeando para soltarse—. Vas a ser nuestra ruina. Ha visto demasiado. ¡Déjame pasar, te digo!” La apartó de un empujón y, precipitándose hacia la ventana, me lanzó un tajo con su pesada arma. Yo ya me había dejado caer y estaba colgado del alféizar por las manos cuando cayó el golpe. Sentí un dolor sordo, mis manos se soltaron y caí al jardín.
«La caída me dejó aturdido pero ileso; así que me levanté y eché a correr entre los arbustos tan deprisa como pude, pues comprendía que aún estaba lejos de hallarme fuera de peligro. De pronto, sin embargo, mientras corría, me invadieron un mareo y unas náuseas mortales. Bajé la vista hacia la mano, que me latía dolorosamente, y entonces, por primera vez, vi que me habían cortado el pulgar y que la sangre manaba a chorros de la herida. Intenté atármela con el pañuelo, pero de pronto sentí un zumbido en los oídos, y al momento siguiente caí sin sentido entre los rosales.
«No sabría decir cuánto tiempo permanecí inconsciente. Debió de ser muchísimo, pues la luna se había puesto y despuntaba una mañana radiante cuando volví en mí. Tenía la ropa empapada de rocío, y la manga de la chaqueta, bañada en la sangre de mi pulgar herido. El escozor me recordó en un instante todos los pormenores de mi aventura nocturna, y me puse en pie de un salto con la sensación de que quizá aún no estaba a salvo de mis perseguidores. Pero, para mi asombro, cuando miré a mi alrededor, no se veía ni casa ni jardín. Había estado tendido en un recodo del seto, junto a la carretera, y un poco más abajo había un edificio alargado que, al acercarme, resultó ser la mismísima estación a la que había llegado la noche anterior. De no ser por la fea herida de mi mano, todo lo ocurrido durante aquellas horas espantosas podría haber sido una pesadilla.
«Medio aturdido, entré en la estación y pregunté por el tren de la mañana. Habría uno para Reading en menos de una hora. Comprobé que estaba de servicio el mismo mozo que había allí cuando llegué. Le pregunté si había oído hablar alguna vez del coronel Lysander Stark. El nombre le era desconocido. ¿Había visto la noche anterior un carruaje que me esperaba? No, no lo había visto. ¿Había alguna comisaría cerca? Había una a unas tres millas.
«Estaba demasiado lejos para ir, débil y enfermo como me encontraba. Decidí esperar hasta estar de vuelta en la ciudad para contar mi historia a la policía. Eran poco más de las seis cuando llegué, así que fui primero a que me curaran la herida, y luego el doctor tuvo la amabilidad de traerme hasta aquí. Pongo el caso en sus manos y haré exactamente lo que usted me aconseje».
Ambos permanecimos sentados en silencio durante un rato después de escuchar este extraordinario relato. Luego Sherlock Holmes bajó de la estantería uno de los voluminosos cuadernos de notas en los que pegaba sus recortes.
«He aquí un anuncio que le interesará —dijo—. Apareció en todos los periódicos hace aproximadamente un año. Escuche esto: “Desaparecido, el día 9 del corriente, el señor Jeremiah Hayling, de veintiséis años, ingeniero hidráulico. Salió de su alojamiento a las diez de la noche y no se ha vuelto a saber de él. Vestía…”, etcétera, etcétera. ¡Ja! Eso corresponde, me figuro, a la última vez que el coronel necesitó que le revisaran la máquina».
«¡Santo cielo! —exclamó mi paciente—. Entonces eso explica lo que dijo la muchacha».
«Sin duda. Está bien claro que el coronel era un hombre frío y desesperado, absolutamente decidido a que nada se interpusiera en su pequeño juego, como esos piratas redomados que no dejan un solo superviviente del barco que apresan. Bien, ahora cada momento es precioso, así que, si se siente con fuerzas, iremos enseguida a Scotland Yard como paso previo para salir hacia Eyford».
Unas tres horas después íbamos todos juntos en el tren, camino de Reading al pequeño pueblo de Berkshire. Íbamos Sherlock Holmes, el ingeniero hidráulico, el inspector Bradstreet, de Scotland Yard, un agente de paisano y yo. Bradstreet había desplegado sobre el asiento un mapa topográfico del condado y se afanaba con su compás trazando un círculo con Eyford en el centro.
«Ahí lo tiene —dijo—. Este círculo está trazado con un radio de diez millas desde el pueblo. El lugar que buscamos debe de estar en algún punto cerca de esa línea. Dijo usted diez millas, creo, señor».
«Fue una buena hora de coche».
«¿Y cree usted que lo trajeron de vuelta todo ese trayecto estando inconsciente?»
«Por fuerza tuvieron que hacerlo. Además, tengo un recuerdo confuso de que me levantaron y me llevaron a alguna parte».
«Lo que no logro entender —dije yo— es por qué le perdonaron la vida cuando lo encontraron desmayado en el jardín. Quizá los ruegos de la mujer ablandaron al villano».
«No me parece muy probable. Jamás en mi vida he visto un rostro más inexorable».
«Oh, pronto aclararemos todo eso —dijo Bradstreet—. Bueno, ya he trazado mi círculo, y solo quisiera saber en qué punto de él se encuentra la gente que andamos buscando».
«Creo que podría señalarlo con el dedo», dijo Holmes tranquilamente.
«¡Vaya, vaya! —exclamó el inspector—. ¡Ya se ha formado usted una opinión! Veamos, pues, quién está de acuerdo con usted. Yo digo que al sur, porque allí la región está más despoblada».
«Y yo digo que al este», dijo mi paciente.
«Yo me inclino por el oeste —observó el agente de paisano—. Por allí hay varios pueblecitos tranquilos».
«Y yo me inclino por el norte —dije—, porque allí no hay colinas, y nuestro amigo dice que no notó que el carruaje subiera ninguna».
«Vamos —exclamó el inspector, riéndose—, he aquí una bonita diversidad de opiniones. Entre todos hemos recorrido la rosa de los vientos. ¿A quién da usted su voto de calidad?»
«Todos ustedes se equivocan».
«Pero no podemos equivocarnos todos».
«Oh, sí que pueden. Este es mi punto». Puso el dedo en el centro del círculo. «Aquí es donde los encontraremos».
«¿Y el trayecto de doce millas?» —dijo Hatherley con voz entrecortada.
«Seis de ida y seis de vuelta. Nada más sencillo. Usted mismo dice que el caballo estaba descansado y lustroso cuando subió al coche. ¿Cómo podría ser así si hubiera recorrido doce millas por caminos en mal estado?»
«En efecto, es una artimaña bastante verosímil —observó Bradstreet, pensativo—. Desde luego, no cabe duda sobre la naturaleza de esta banda».
«Ninguna en absoluto —dijo Holmes—. Son falsificadores de moneda a gran escala, y han utilizado la máquina para formar la amalgama que ha ocupado el lugar de la plata».
«Hace tiempo que sabemos que andaba operando una banda muy hábil —dijo el inspector—. Han estado fabricando medias coronas por millares. Incluso les seguimos la pista hasta Reading, pero no pudimos avanzar más, pues habían borrado sus huellas de un modo que demostraba que eran perros viejos. Pero ahora, gracias a esta feliz casualidad, creo que los tenemos bien atrapados».
Pero el inspector se equivocaba, pues aquellos criminales no estaban destinados a caer en manos de la justicia. Al entrar en la estación de Eyford vimos una gigantesca columna de humo que se elevaba detrás de un pequeño grupo de árboles de los alrededores y flotaba como una inmensa pluma de avestruz sobre el paisaje.
«¿Una casa en llamas?» —preguntó Bradstreet mientras el tren reanudaba su marcha resoplando.
«¡Sí, señor!» —dijo el jefe de estación.
«¿Cuándo se declaró el fuego?»
«He oído que fue durante la noche, señor, pero ha ido a peor, y todo el lugar está ardiendo».
«¿De quién es la casa?»
«Del doctor Becher».
«Dígame —interrumpió el ingeniero—, ¿el doctor Becher es alemán, muy delgado, con una nariz larga y afilada?»
El jefe de estación se rio con ganas. «No, señor, el doctor Becher es inglés, y no hay en toda la parroquia un hombre con el chaleco mejor relleno. Pero tiene en su casa a un caballero, un paciente, según tengo entendido, que es extranjero, y que tiene aspecto de que un poco de buena carne de vaca de Berkshire no le vendría nada mal».
El jefe de estación no había terminado de hablar cuando ya nos apresurábamos todos en dirección al incendio. El camino coronaba una colina baja, y ante nosotros apareció un gran edificio encalado, muy extenso, que arrojaba fuego por cada grieta y ventana, mientras en el jardín de delante tres bombas contra incendios se esforzaban en vano por dominar las llamas.
«¡Es ahí! —exclamó Hatherley, presa de una intensa agitación—. Ahí está el camino de grava, y ahí los rosales donde quedé tendido. Esa segunda ventana es desde la que salté».
«Bueno, al menos —dijo Holmes—, se ha vengado usted de ellos. No cabe duda de que fue su lámpara de aceite la que, al ser aplastada en la prensa, prendió fuego a las paredes de madera, aunque sin duda ellos estaban demasiado excitados persiguiéndolo a usted para advertirlo en aquel momento. Ahora mantenga los ojos bien abiertos entre esta multitud por si ve a sus amigos de anoche, aunque mucho me temo que a estas horas estarán a sus buenas cien millas de aquí».
Y los temores de Holmes se vieron confirmados, pues desde aquel día hasta hoy nada se ha sabido de la hermosa mujer, del siniestro alemán ni del taciturno inglés. Aquella misma madrugada un campesino se había cruzado con un carro que llevaba a varias personas y unas cajas muy voluminosas y que marchaba a toda prisa en dirección a Reading, pero allí se perdió todo rastro de los fugitivos, y ni siquiera el ingenio de Holmes logró jamás descubrir la menor pista sobre su paradero.
Los bomberos se habían quedado muy desconcertados ante las extrañas instalaciones que encontraron dentro, y más aún al descubrir un pulgar humano recién cortado en el alféizar de una ventana del segundo piso. Hacia la puesta del sol, sin embargo, sus esfuerzos se vieron por fin coronados por el éxito y lograron dominar las llamas, pero no antes de que se hundiera el tejado y todo el lugar quedara reducido a una ruina tan completa que, salvo algunos cilindros retorcidos y unas tuberías de hierro, no quedó ni rastro de la maquinaria que tan cara le había costado a nuestro desdichado conocido. En un cobertizo se encontraron grandes cantidades de níquel y de estaño almacenadas, pero ni una sola moneda, lo cual quizá explicase la presencia de aquellas voluminosas cajas a las que ya se ha hecho referencia.
Cómo había sido trasladado nuestro ingeniero hidráulico desde el jardín hasta el lugar donde recobró el sentido habría seguido siendo para siempre un misterio de no ser por la tierra blanda, que nos contó una historia bien clara. Era evidente que lo habían llevado dos personas, una de las cuales tenía los pies notablemente pequeños y la otra desusadamente grandes. En conjunto, lo más probable era que el inglés silencioso, menos audaz o menos sanguinario que su compañero, hubiera ayudado a la mujer a sacar al hombre inconsciente del peligro.
«Bueno —dijo nuestro ingeniero con pesar mientras ocupábamos nuestros asientos para regresar una vez más a Londres—, ¡menudo negocio ha sido este para mí! He perdido el pulgar y he perdido unos honorarios de cincuenta guineas, ¿y qué he ganado?»
«Experiencia —dijo Holmes, riendo—. Indirectamente puede resultarle valiosa, ¿sabe?; no tiene más que ponerla en palabras para ganarse la reputación de ser una compañía excelente durante el resto de su vida».