
Al repasar mis notas sobre los setenta y tantos casos en los que, durante los últimos ocho años, he estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes, encuentro muchos trágicos, algunos cómicos, un gran número simplemente extraños, pero ninguno vulgar; pues, como trabajaba más por amor a su arte que por afán de riqueza, se negaba a participar en cualquier investigación que no tendiera hacia lo insólito, e incluso hacia lo fantástico. De todos estos casos tan variados, sin embargo, no recuerdo ninguno que presentara rasgos más singulares que el relacionado con la conocida familia de Surrey de los Roylott de Stoke Moran. Los hechos en cuestión ocurrieron en los primeros tiempos de mi relación con Holmes, cuando compartíamos habitaciones como solteros en Baker Street. Es posible que los hubiera dado a conocer antes, pero en su momento se hizo una promesa de silencio, de la que solo me he visto liberado el mes pasado por la prematura muerte de la dama a quien se dio la palabra. Quizá sea mejor que los hechos salgan ahora a la luz, pues tengo motivos para saber que circulan muchos rumores acerca de la muerte del doctor Grimesby Roylott que tienden a hacer el asunto aún más terrible de lo que fue en realidad.
Fue a principios de abril del año 83 cuando una mañana me desperté y encontré a Sherlock Holmes, completamente vestido, de pie junto a mi cama. Por regla general, era de levantarse tarde, y como el reloj de la repisa de la chimenea me indicaba que eran solo las siete y cuarto, parpadeé mirándolo con cierta sorpresa, y quizá con un poco de resentimiento, pues yo era hombre de costumbres regulares.
«Siento mucho despertarlo, Watson —dijo—, pero esta mañana es la suerte de todos. A la señora Hudson la han despertado, ella se ha desquitado conmigo, y yo con usted.»
«¿Qué ocurre, pues? ¿Un incendio?»
«No; un cliente. Parece que ha llegado una joven en un estado de considerable agitación, que insiste en verme. Ahora mismo está esperando en la sala de estar. Pues bien, cuando las señoritas deambulan por la metrópoli a estas horas de la mañana y sacan de la cama a la gente dormida, supongo que es porque tienen algo muy apremiante que comunicar. Si resultara ser un caso interesante, estoy seguro de que a usted le gustaría seguirlo desde el principio. En cualquier caso, pensé que debía llamarlo y darle la oportunidad.»
«Mi querido amigo, no me lo perdería por nada del mundo.»
No había para mí placer más vivo que seguir a Holmes en sus investigaciones profesionales y admirar las rápidas deducciones, veloces como intuiciones y sin embargo siempre fundadas en una base lógica, con las que desentrañaba los problemas que se le planteaban. Me vestí a toda prisa y en pocos minutos estuve listo para acompañar a mi amigo a la sala de estar. Una dama vestida de negro y con un espeso velo, que había estado sentada junto a la ventana, se levantó al entrar nosotros.
«Buenos días, señora —dijo Holmes alegremente—. Me llamo Sherlock Holmes. Este es mi íntimo amigo y colaborador, el doctor Watson, ante quien puede usted hablar con la misma libertad que ante mí. ¡Ah! Me alegra ver que la señora Hudson ha tenido el buen juicio de encender el fuego. Acérquese a él, se lo ruego, y le pediré una taza de café caliente, pues observo que está usted temblando.»
«No es el frío lo que me hace temblar», dijo la mujer en voz baja, cambiando de asiento como se le pedía.
«¿Qué es, entonces?»
«Es miedo, señor Holmes. Es terror.» Mientras hablaba se levantó el velo, y pudimos ver que se hallaba realmente en un lastimoso estado de agitación, con el rostro demacrado y ceniciento y unos ojos inquietos y asustados, como los de un animal acosado. Sus facciones y su figura eran las de una mujer de treinta años, pero tenía el cabello salpicado de canas prematuras, y su expresión era cansada y ojerosa. Sherlock Holmes la examinó con una de sus miradas rápidas y penetrantes, que lo abarcaban todo.
«No debe usted tener miedo —dijo con tono tranquilizador, inclinándose hacia delante y dándole unas palmaditas en el antebrazo—. Pronto arreglaremos las cosas, no me cabe duda. Veo que ha venido usted en tren esta mañana.»
«¿Me conoce usted, entonces?»
«No, pero observo la segunda mitad de un billete de ida y vuelta en la palma de su guante izquierdo. Debe de haber salido temprano, y sin embargo, antes de llegar a la estación, hizo un buen trayecto en un dog-cart por caminos embarrados.»
La dama dio un violento respingo y miró desconcertada a mi compañero.
«No hay ningún misterio, mi querida señora —dijo él, sonriendo—. La manga izquierda de su chaqueta está salpicada de barro en no menos de siete sitios. Las manchas son completamente recientes. No hay otro vehículo más que el dog-cart que levante el barro de ese modo, y solo cuando uno va sentado a la izquierda del cochero.»
«Sean cuales sean sus razones, tiene usted toda la razón —dijo ella—. Salí de casa antes de las seis, llegué a Leatherhead a las seis y veinte y vine en el primer tren a Waterloo. Señor, no puedo soportar esta tensión por más tiempo; me volveré loca si continúa. No tengo a nadie a quien acudir… a nadie, salvo a una sola persona que me quiere, y él, pobrecillo, poco puede ayudarme. He oído hablar de usted, señor Holmes; he oído hablar de usted a la señora Farintosh, a quien usted ayudó en la hora de su mayor necesidad. Fue ella quien me dio su dirección. ¡Oh, señor! ¿No cree usted que podría ayudarme también a mí y arrojar al menos un poco de luz sobre la densa oscuridad que me rodea? Por ahora no está en mi mano recompensarle por sus servicios, pero dentro de un mes o seis semanas estaré casada y dispondré de mis propias rentas, y entonces, al menos, no me encontrará usted desagradecida.»
Holmes se volvió hacia su escritorio y, tras abrirlo con llave, sacó un pequeño libro de casos, que consultó.
«Farintosh —dijo—. Ah, sí, recuerdo el caso; tenía que ver con una tiara de ópalos. Creo que fue antes de su época, Watson. Solo puedo decirle, señora, que tendré mucho gusto en dedicar a su caso el mismo cuidado que dediqué al de su amiga. En cuanto a la recompensa, mi profesión es su propia recompensa; pero es usted libre de sufragar los gastos que se me ocasionen, en el momento que mejor le convenga. Y ahora le ruego que nos exponga todo lo que pueda ayudarnos a formarnos una opinión sobre el asunto.»
«¡Ay! —respondió nuestra visitante—, el verdadero horror de mi situación reside en que mis temores son tan vagos, y mis sospechas dependen tan por completo de pequeños detalles que a otro podrían parecerle triviales, que incluso aquel a quien, por encima de todos, tengo derecho a pedir ayuda y consejo considera todo lo que le cuento como fantasías de una mujer nerviosa. No lo dice, pero lo leo en sus respuestas tranquilizadoras y en sus ojos esquivos. Pero he oído decir, señor Holmes, que usted es capaz de ver en lo más hondo de la múltiple maldad del corazón humano. Usted podrá aconsejarme cómo caminar entre los peligros que me rodean.»
«Soy toda oídos, señora.»
«Me llamo Helen Stoner y vivo con mi padrastro, que es el último superviviente de una de las familias sajonas más antiguas de Inglaterra, los Roylott de Stoke Moran, en el límite occidental de Surrey.»
Holmes asintió con la cabeza. «El nombre me resulta familiar», dijo.
«La familia estuvo en otro tiempo entre las más ricas de Inglaterra, y sus fincas se extendían más allá de los límites del condado, hasta Berkshire por el norte y Hampshire por el oeste. En el siglo pasado, sin embargo, cuatro herederos sucesivos fueron de carácter disoluto y derrochador, y la ruina de la familia la consumó finalmente un jugador en los tiempos de la Regencia. No quedó nada salvo unos pocos acres de tierra y la casa, de doscientos años de antigüedad, que a su vez está agobiada por una pesada hipoteca. El último hacendado arrastró allí su existencia, llevando la horrible vida de un indigente aristócrata; pero su único hijo, mi padrastro, comprendiendo que debía adaptarse a las nuevas circunstancias, obtuvo un préstamo de un pariente que le permitió licenciarse en medicina y marchó a Calcuta, donde, gracias a su pericia profesional y a su fuerza de carácter, se hizo con una numerosa clientela. Sin embargo, en un arrebato de ira provocado por unos robos que se habían cometido en la casa, mató a golpes a su mayordomo nativo y escapó por muy poco de la pena capital. Aun así, cumplió una larga condena de prisión y después regresó a Inglaterra convertido en un hombre huraño y amargado.
«Cuando el doctor Roylott estaba en la India se casó con mi madre, la señora Stoner, joven viuda del general de división Stoner, de la Artillería de Bengala. Mi hermana Julia y yo éramos gemelas, y solo teníamos dos años cuando mi madre volvió a casarse. Ella poseía una suma de dinero considerable —no menos de 1000 libras al año— y la legó por entero al doctor Roylott mientras viviéramos con él, con la condición de que se nos asignara a cada una cierta suma anual en caso de que nos casáramos. Poco después de nuestro regreso a Inglaterra, mi madre murió: se mató hace ocho años en un accidente ferroviario cerca de Crewe. El doctor Roylott abandonó entonces sus intentos de establecerse como médico en Londres y nos llevó a vivir con él a la vieja casa solariega de Stoke Moran. El dinero que había dejado mi madre bastaba para todas nuestras necesidades, y no parecía haber ningún obstáculo para nuestra felicidad.
«Pero por aquella época se produjo un cambio terrible en nuestro padrastro. En lugar de hacer amistades e intercambiar visitas con nuestros vecinos, que al principio se habían alegrado muchísimo de ver a un Roylott de Stoke Moran de vuelta en la vieja sede familiar, se encerró en su casa y rara vez salía, salvo para enzarzarse en feroces riñas con cualquiera que se cruzara en su camino. Una violencia de carácter rayana en la manía ha sido hereditaria en los hombres de la familia, y en el caso de mi padrastro se había intensificado, según creo, por su larga estancia en los trópicos. Se produjo una serie de reyertas vergonzosas, dos de las cuales acabaron en el tribunal de policía, hasta que por fin se convirtió en el terror del pueblo, y la gente huía cuando lo veía acercarse, pues es un hombre de una fuerza inmensa y absolutamente incontrolable cuando se enfurece.
«La semana pasada arrojó al herrero del lugar por encima de un pretil a un arroyo, y solo pagando todo el dinero que logré reunir pude evitar otro escándalo público. No tenía ningún amigo salvo los gitanos errantes, y daba permiso a esos vagabundos para acampar en los pocos acres de terreno cubierto de zarzas que constituyen la hacienda familiar, y a cambio aceptaba la hospitalidad de sus tiendas, y a veces se marchaba vagando con ellos durante semanas enteras. Siente además pasión por los animales de la India, que le envía un corresponsal, y en este momento tiene un guepardo y un babuino que andan sueltos por sus tierras y a los que los aldeanos temen casi tanto como a su amo.
«Por lo que le digo, puede imaginarse que mi pobre hermana Julia y yo no teníamos grandes alegrías en la vida. Ningún criado quería quedarse con nosotras, y durante mucho tiempo hicimos todas las tareas de la casa. Ella tenía solo treinta años cuando murió, y sin embargo el pelo ya había empezado a encanecerle, igual que a mí.»
«¿Su hermana ha muerto, entonces?»
«Murió hace justo dos años, y es de su muerte de lo que deseo hablarle. Comprenderá usted que, con la vida que le he descrito, era poco probable que tratáramos a nadie de nuestra edad y posición. Teníamos, sin embargo, una tía, la hermana soltera de mi madre, la señorita Honoria Westphail, que vive cerca de Harrow, y de vez en cuando se nos permitía hacer breves visitas a casa de esta señora. Julia fue allí por Navidad hace dos años y conoció a un comandante de infantería de marina a media paga, con quien se prometió. Mi padrastro se enteró del compromiso cuando mi hermana volvió y no puso ninguna objeción a la boda; pero a menos de quince días de la fecha fijada para el enlace ocurrió el terrible suceso que me ha privado de mi única compañera.»
Sherlock Holmes había estado recostado en su sillón, con los ojos cerrados y la cabeza hundida en un cojín, pero ahora entreabrió los párpados y miró a su visitante.
«Le ruego que sea precisa en los detalles», dijo.
«Me resulta fácil, pues cada suceso de aquella época espantosa ha quedado grabado a fuego en mi memoria. La casa solariega es, como ya he dicho, muy antigua, y ahora solo está habitada un ala. Los dormitorios de esta ala están en la planta baja, y las salas de estar se encuentran en el bloque central del edificio. De estos dormitorios, el primero es el del doctor Roylott, el segundo el de mi hermana y el tercero el mío. No hay comunicación entre ellos, pero todos dan al mismo pasillo. ¿Me explico con claridad?»
«Perfectamente.»
«Las ventanas de las tres habitaciones dan al césped. Aquella noche fatal, el doctor Roylott se había retirado temprano a su habitación, aunque sabíamos que no se había acostado, porque a mi hermana le molestaba el olor de los fuertes cigarros indios que tenía la costumbre de fumar. Así que salió de su cuarto y vino al mío, donde estuvo sentada un rato charlando sobre su próxima boda. A las once se levantó para irse, pero se detuvo en la puerta y miró hacia atrás.
«“Dime, Helen —dijo—, ¿has oído alguna vez a alguien silbar en plena noche?”
«“Nunca”, le dije.
«“¿Supongo que no serás tú quien silba mientras duermes?”
«“Desde luego que no. Pero ¿por qué?”
«“Porque estas últimas noches, siempre hacia las tres de la madrugada, he oído un silbido bajo y claro. Tengo el sueño ligero y me ha despertado. No sabría decir de dónde venía; quizá de la habitación de al lado, quizá del césped. Se me ocurrió preguntarte si tú también lo habías oído.”
«“No, no lo he oído. Deben de ser esos miserables gitanos de la arboleda.”
«“Es muy probable. Y sin embargo, si fuera en el césped, me extraña que tú no lo oyeras también.”
«“Ah, pero yo duermo más profundamente que tú.”
«“Bueno, en cualquier caso no tiene mayor importancia.” Me devolvió la sonrisa, cerró mi puerta y, unos momentos después, oí girar su llave en la cerradura.»
«¿De veras? —dijo Holmes—. ¿Tenían ustedes siempre la costumbre de encerrarse con llave por la noche?»
«Siempre.»
«¿Y por qué?»
«Creo que ya le he mencionado que el doctor tenía un guepardo y un babuino. No nos sentíamos seguras si no cerrábamos las puertas con llave.»
«Así es. Le ruego que continúe con su relato.»
«Aquella noche no pude dormir. Me dominaba un vago presentimiento de desgracia inminente. Mi hermana y yo, como recordará usted, éramos gemelas, y ya sabe lo sutiles que son los lazos que unen a dos almas tan estrechamente emparentadas. Era una noche tempestuosa. El viento aullaba fuera, y la lluvia azotaba y salpicaba las ventanas. De pronto, en medio de todo el estruendo del vendaval, estalló el grito desgarrador de una mujer aterrorizada. Supe que era la voz de mi hermana. Salté de la cama, me envolví en un chal y me precipité al pasillo. Al abrir la puerta me pareció oír un silbido bajo, como el que había descrito mi hermana, y unos momentos después un sonido metálico, como si hubiera caído una masa de metal. Mientras corría por el pasillo, la puerta de mi hermana se abrió y giró lentamente sobre sus goznes. La miré horrorizada, sin saber qué iba a salir de ella. A la luz de la lámpara del pasillo vi aparecer a mi hermana en el umbral, con el rostro lívido de terror, las manos buscando a tientas ayuda y todo el cuerpo tambaleándose de un lado a otro como el de un borracho. Corrí hacia ella y la rodeé con mis brazos, pero en ese momento pareció que le fallaban las rodillas y cayó al suelo. Se retorcía como quien sufre un dolor terrible, y sus miembros se agitaban en espantosas convulsiones. Al principio pensé que no me había reconocido, pero cuando me incliné sobre ella gritó de repente, con una voz que nunca olvidaré: “¡Oh, Dios mío! ¡Helen! ¡Era la banda! ¡La banda de lunares!”. Había algo más que habría querido decir, y señalaba con el dedo al aire en dirección a la habitación del doctor, pero una nueva convulsión se apoderó de ella y ahogó sus palabras. Salí corriendo, llamando a gritos a mi padrastro, y me lo encontré, que salía apresuradamente de su habitación en bata. Cuando llegó junto a mi hermana, ella estaba inconsciente, y aunque le hizo tragar coñac y mandó a buscar ayuda médica al pueblo, todos los esfuerzos fueron en vano, pues fue apagándose poco a poco y murió sin haber recobrado el conocimiento. Tal fue el espantoso final de mi querida hermana.»
«Un momento —dijo Holmes—, ¿está usted segura de ese silbido y de ese sonido metálico? ¿Podría jurarlo?»
«Eso mismo me preguntó el juez de instrucción del condado en la investigación. Tengo la firme impresión de haberlo oído, y sin embargo, entre el fragor del vendaval y los crujidos de una casa vieja, es posible que me engañara.»
«¿Estaba vestida su hermana?»
«No, llevaba el camisón. En la mano derecha se le encontró el cabo carbonizado de una cerilla, y en la izquierda una caja de cerillas.»
«Lo que demuestra que había encendido una luz y había mirado a su alrededor cuando se produjo la alarma. Eso es importante. ¿Y a qué conclusiones llegó el juez de instrucción?»
«Investigó el caso con gran cuidado, pues la conducta del doctor Roylott era notoria en el condado desde hacía mucho tiempo, pero no pudo encontrar ninguna causa de muerte satisfactoria. Mi testimonio demostró que la puerta estaba cerrada por dentro, y las ventanas estaban bloqueadas por unos postigos antiguos con anchas barras de hierro, que se aseguraban todas las noches. Se sondearon cuidadosamente las paredes, y resultaron ser completamente sólidas por todas partes, y también se examinó a fondo el suelo, con el mismo resultado. La chimenea es ancha, pero está cerrada con cuatro grandes grapas. Es seguro, por tanto, que mi hermana estaba completamente sola cuando le llegó la muerte. Además, no presentaba señal alguna de violencia.»
«¿Y veneno?»
«Los médicos la examinaron buscándolo, pero sin resultado.»
«¿De qué cree usted, entonces, que murió esa desdichada señorita?»
«Tengo para mí que murió de puro miedo y de conmoción nerviosa, aunque no alcanzo a imaginar qué fue lo que la asustó.»
«¿Había gitanos en la arboleda en aquel momento?»
«Sí, casi siempre hay algunos allí.»
«Ah, ¿y qué dedujo usted de esa alusión a una banda, a una banda de lunares?»
«A veces he pensado que no eran más que los desvaríos del delirio; otras, que podía referirse a alguna banda de gente, quizá a esos mismos gitanos de la arboleda. No sé si los pañuelos de lunares que tantos de ellos llevan en la cabeza pudieron sugerirle el extraño adjetivo que empleó.»
Holmes meneó la cabeza como un hombre que está lejos de sentirse satisfecho.
«Son aguas muy profundas —dijo—; le ruego que continúe con su relato.»
«Han pasado dos años desde entonces, y mi vida, hasta hace poco, ha sido más solitaria que nunca. Hace un mes, sin embargo, un querido amigo al que conozco desde hace muchos años me ha hecho el honor de pedir mi mano. Se llama Armitage, Percy Armitage, y es el segundo hijo del señor Armitage, de Crane Water, cerca de Reading. Mi padrastro no ha puesto ninguna objeción al enlace, y nos casaremos en el transcurso de la primavera. Hace dos días empezaron unas reparaciones en el ala oeste del edificio, y han perforado la pared de mi dormitorio, de modo que he tenido que trasladarme a la habitación donde murió mi hermana y dormir en la misma cama en la que dormía ella. Imagine, pues, el escalofrío de terror que sentí anoche cuando, estando despierta y pensando en su terrible destino, oí de repente en el silencio de la noche el silbido bajo que había sido el heraldo de su muerte. Me levanté de un salto y encendí la lámpara, pero en la habitación no se veía nada. Estaba demasiado alterada para volver a acostarme, así que me vestí y, en cuanto amaneció, bajé sin hacer ruido, alquilé un dog-cart en la posada de la Corona, que está enfrente, y fui hasta Leatherhead, desde donde he venido esta mañana con el único propósito de verle y pedirle consejo.»
«Ha obrado usted con prudencia —dijo mi amigo—. Pero ¿me lo ha contado todo?»
«Sí, todo.»
«Señorita Roylott, no es así. Está usted encubriendo a su padrastro.»
«Pero ¿qué quiere decir?»
Por toda respuesta, Holmes apartó el volante de encaje negro que orlaba la mano que nuestra visitante tenía apoyada en la rodilla. Cinco pequeñas manchas lívidas, las marcas de cuatro dedos y un pulgar, estaban impresas en la blanca muñeca.
«La han tratado a usted con crueldad», dijo Holmes.
La dama se sonrojó intensamente y se cubrió la muñeca lastimada. «Es un hombre duro —dijo—, y quizá ni siquiera conoce su propia fuerza.»
Hubo un largo silencio, durante el cual Holmes apoyó la barbilla en las manos y se quedó mirando fijamente el fuego chisporroteante.
«Es un asunto muy profundo —dijo por fin—. Hay mil detalles que desearía conocer antes de decidir nuestro plan de acción. Sin embargo, no tenemos ni un momento que perder. Si fuéramos hoy a Stoke Moran, ¿sería posible que viéramos esas habitaciones sin que su padrastro se enterara?»
«Da la casualidad de que habló de venir hoy a la ciudad por un asunto importantísimo. Es probable que esté fuera todo el día y que nada les moleste. Ahora tenemos un ama de llaves, pero es vieja y simple, y podría quitarla de en medio fácilmente.»
«Excelente. ¿No tendrá usted inconveniente en hacer este viaje, Watson?»
«En absoluto.»
«Entonces iremos los dos. ¿Qué va a hacer usted, mientras tanto?»
«Tengo una o dos cosas que quisiera hacer ya que estoy en la ciudad. Pero volveré en el tren de las doce, para estar allí a tiempo de recibirles.»
«Y puede usted esperarnos a primera hora de la tarde. Yo también tengo que atender algunos asuntillos. ¿No quiere quedarse a desayunar?»
«No, debo irme. Ya tengo el corazón más aliviado desde que les he confiado mi problema. Espero con ilusión volver a verles esta tarde.» Se bajó el espeso velo negro sobre el rostro y salió de la habitación con paso silencioso.
«¿Y qué piensa usted de todo esto, Watson?», preguntó Sherlock Holmes, recostándose en su sillón.
«Me parece un asunto de lo más oscuro y siniestro.»
«Bastante oscuro y bastante siniestro.»
«Sin embargo, si la dama tiene razón al decir que el suelo y las paredes son sólidos, y que la puerta, la ventana y la chimenea son infranqueables, entonces su hermana debía de estar, sin duda, sola cuando le llegó su misterioso final.»
«¿Qué hacemos, entonces, con esos silbidos nocturnos, y con las palabras tan peculiares de la moribunda?»
«No se me ocurre nada.»
«Si se combinan la idea de los silbidos nocturnos, la presencia de una banda de gitanos que mantienen una estrecha relación con este viejo doctor, el hecho de que tenemos todos los motivos para creer que al doctor le interesa impedir el matrimonio de su hijastra, la alusión de la moribunda a una banda y, por último, el hecho de que la señorita Helen Stoner oyera un ruido metálico, que podría haber sido causado por una de esas barras de metal que aseguraban los postigos al volver a caer en su sitio, creo que hay buenos motivos para pensar que el misterio puede aclararse siguiendo esa línea.»
«Pero entonces, ¿qué hicieron los gitanos?»
«No alcanzo a imaginarlo.»
«Veo muchas objeciones a una teoría semejante.»
«Y yo también. Precisamente por esa razón vamos hoy a Stoke Moran. Quiero ver si las objeciones son insalvables o si pueden explicarse. Pero ¡qué demonios…!»
La exclamación se le había escapado a mi compañero porque nuestra puerta se había abierto de golpe y un hombre enorme había aparecido enmarcado en el vano. Su atuendo era una curiosa mezcla de lo profesional y lo campesino: llevaba sombrero de copa negro, una levita larga y un par de polainas altas, y en la mano se balanceaba una fusta de caza. Era tan alto que el sombrero rozaba de hecho el travesaño de la puerta, y su anchura parecía abarcarla de lado a lado. Una cara grande, surcada por mil arrugas, tostada de amarillo por el sol y marcada por todas las malas pasiones, se volvía del uno al otro, mientras que sus ojos hundidos e inyectados de bilis y su nariz alta, delgada y descarnada le daban cierto parecido con una feroz y vieja ave de presa.
«¿Cuál de ustedes es Holmes?», preguntó esta aparición.
«Ese es mi nombre, señor; pero usted me lleva ventaja», dijo mi compañero con calma.
«Soy el doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran.»
«Encantado, doctor —dijo Holmes afablemente—. Tome asiento, se lo ruego.»
«No pienso hacer tal cosa. Mi hijastra ha estado aquí. Le he seguido el rastro. ¿Qué le ha estado contando?»
«Hace un poco de frío para esta época del año», dijo Holmes.
«¿Qué le ha estado contando?», gritó el viejo, furioso.
«Pero he oído que los azafranes prometen mucho», prosiguió mi compañero, imperturbable.
«¡Ja! Conque me da largas, ¿eh?», dijo nuestro nuevo visitante, dando un paso adelante y blandiendo la fusta. «¡Le conozco, canalla! Ya he oído hablar de usted. Es usted Holmes, el entrometido.»
Mi amigo sonrió.
«¡Holmes, el metomentodo!»
Su sonrisa se ensanchó.
«¡Holmes, el funcionarillo de Scotland Yard!»
Holmes se rio de buena gana. «Su conversación es de lo más entretenida —dijo—. Cuando salga, cierre la puerta, porque hay una corriente de aire considerable.»
«Me iré cuando haya dicho lo que tengo que decir. No se atreva a entrometerse en mis asuntos. Sé que la señorita Stoner ha estado aquí. ¡Le he seguido el rastro! ¡Soy un hombre peligroso para quien se enemiste conmigo! Mire esto.» Dio un rápido paso adelante, agarró el atizador y lo dobló en curva con sus enormes manos morenas.
«Procure mantenerse fuera de mi alcance», gruñó, y arrojando el atizador retorcido a la chimenea, salió de la habitación a grandes zancadas.
«Parece una persona muy amable —dijo Holmes, riendo—. Yo no soy tan corpulento, pero si se hubiera quedado, podría haberle demostrado que mis manos no son mucho más débiles que las suyas.» Mientras hablaba, recogió el atizador de acero y, con un súbito esfuerzo, volvió a enderezarlo.
«¡Qué insolencia, confundirme con la policía oficial! Este incidente, sin embargo, da interés a nuestra investigación, y solo espero que nuestra joven amiga no sufra por su imprudencia al dejar que este bruto le siguiera el rastro. Y ahora, Watson, pediremos el desayuno, y después iré a pie hasta Doctors’ Commons, donde espero obtener algunos datos que puedan ayudarnos en este asunto.»
Era casi la una cuando Sherlock Holmes regresó de su excursión. Llevaba en la mano una hoja de papel azul, garabateada de notas y cifras.
«He visto el testamento de la difunta esposa —dijo—. Para determinar su significado exacto me he visto obligado a calcular los precios actuales de las inversiones a que se refiere. La renta total, que en el momento de la muerte de la esposa era de poco menos de 1100 libras, no pasa ahora, debido a la caída de los precios agrícolas, de 750 libras. Cada hija puede reclamar una renta de 250 libras en caso de matrimonio. Es evidente, por tanto, que si las dos muchachas se hubieran casado, este buen hombre se habría quedado con una miseria, y que incluso la boda de una sola de ellas lo perjudicaría de forma muy seria. Mi trabajo de esta mañana no ha sido en vano, pues ha demostrado que tiene los motivos más poderosos para impedir cualquier cosa de ese tipo. Y ahora, Watson, esto es demasiado serio para andarse con dilaciones, sobre todo porque el viejo sabe que nos estamos interesando por sus asuntos; así que, si está usted listo, llamaremos un coche e iremos a Waterloo. Le quedaría muy agradecido si se metiera el revólver en el bolsillo. Un Eley del número 2 es un argumento excelente frente a caballeros capaces de hacer nudos con atizadores de acero. Eso y un cepillo de dientes es, creo, todo lo que necesitamos.»
En Waterloo tuvimos la suerte de tomar un tren para Leatherhead, donde alquilamos un carruaje ligero en la posada de la estación y recorrimos cuatro o cinco millas por los encantadores caminos de Surrey. Era un día perfecto, con un sol radiante y unas pocas nubes algodonosas en el cielo. Los árboles y los setos del camino echaban sus primeros brotes verdes, y el aire estaba lleno del agradable olor de la tierra húmeda. Para mí, al menos, había un extraño contraste entre la dulce promesa de la primavera y la siniestra misión en que estábamos empeñados. Mi compañero iba sentado en la parte delantera del carruaje, con los brazos cruzados, el sombrero calado hasta los ojos y la barbilla hundida en el pecho, sumido en la más profunda meditación. De pronto, sin embargo, se sobresaltó, me dio un golpecito en el hombro y señaló por encima de los prados.
«¡Mire allí!», dijo.
Un parque de espesa arboleda se extendía en suave pendiente, y se espesaba hasta formar un bosquecillo en lo más alto. De entre las ramas asomaban los hastiales grises y la alta cumbrera de una mansión muy antigua.
«¿Stoke Moran?», dijo.
«Sí, señor, esa es la casa del doctor Grimesby Roylott», comentó el cochero.
«Allí están haciendo obras —dijo Holmes—; allí es adonde vamos.»
«Allí está el pueblo —dijo el cochero, señalando un grupo de tejados a cierta distancia, a la izquierda—; pero si quieren llegar a la casa, les resultará más corto saltar esta cerca por la escalerilla y seguir el sendero a través de los campos. Ahí lo tienen, por donde va paseando la señora.»
«Y la señora, me figuro, es la señorita Stoner —observó Holmes, haciéndose visera con la mano—. Sí, creo que será mejor que hagamos lo que usted sugiere.»
Nos apeamos, pagamos el trayecto y el carruaje se alejó traqueteando de vuelta a Leatherhead.
«Me pareció conveniente —dijo Holmes mientras subíamos la escalerilla de la cerca— que ese individuo pensara que habíamos venido como arquitectos, o por algún asunto concreto. Así quizá deje de chismorrear. Buenas tardes, señorita Stoner. Ya ve que hemos cumplido nuestra palabra.»
Nuestra clienta de la mañana se había apresurado a nuestro encuentro con un rostro que expresaba su alegría. «Les estaba esperando con tanta impaciencia… —exclamó, estrechándonos la mano con calor—. Todo ha salido de maravilla. El doctor Roylott se ha ido a la ciudad, y es poco probable que vuelva antes de la noche.»
«Hemos tenido el placer de conocer al doctor», dijo Holmes, y en pocas palabras le resumió lo ocurrido. La señorita Stoner se quedó blanca hasta los labios mientras escuchaba.
«¡Santo cielo! —exclamó—. Entonces me ha seguido.»
«Eso parece.»
«Es tan astuto que nunca sé cuándo estoy a salvo de él. ¿Qué dirá cuando vuelva?»
«Más le vale andarse con cuidado, pues puede que descubra que alguien más astuto que él le sigue la pista. Esta noche debe usted encerrarse con llave para protegerse de él. Si se pone violento, la llevaremos a casa de su tía, en Harrow. Ahora debemos aprovechar el tiempo lo mejor posible, así que tenga la bondad de llevarnos enseguida a las habitaciones que hemos de examinar.»
El edificio era de piedra gris manchada de líquenes, con una parte central elevada y dos alas curvas, como las pinzas de un cangrejo, que se extendían a cada lado. En una de estas alas las ventanas estaban rotas y tapadas con tablas de madera, y el tejado se había hundido en parte: una estampa de ruina. La parte central no estaba en mucho mejor estado, pero el bloque de la derecha era relativamente moderno, y las persianas de las ventanas, junto con el humo azul que se elevaba en volutas de las chimeneas, indicaban que era allí donde residía la familia. Se habían levantado unos andamios contra la pared del extremo y se había abierto un boquete en la mampostería, pero en el momento de nuestra visita no se veía ni rastro de obreros. Holmes paseó despacio de un lado a otro del césped mal cuidado y examinó con profunda atención la parte exterior de las ventanas.
«Esta, según entiendo, corresponde a la habitación en la que usted dormía antes, la del centro a la de su hermana, y la que está junto al edificio principal a la habitación del doctor Roylott, ¿no es así?»
«Exactamente. Pero ahora duermo en la del centro.»
«Mientras duran las reformas, según tengo entendido. Por cierto, no parece que haya una necesidad muy apremiante de reparar esa pared del extremo.»
«No la había. Creo que fue un pretexto para sacarme de mi habitación.»
«¡Ah! Eso es muy sugerente. Pues bien, al otro lado de esta ala estrecha corre el pasillo al que dan estas tres habitaciones. Tendrá ventanas, por supuesto, ¿no?»
«Sí, pero muy pequeñas. Demasiado estrechas para que nadie pueda pasar por ellas.»
«Como ustedes dos cerraban sus puertas con llave por la noche, sus habitaciones eran inaccesibles por ese lado. Ahora, ¿tendría usted la bondad de entrar en su habitación y atrancar los postigos?»
La señorita Stoner así lo hizo, y Holmes, tras examinarlo todo con cuidado a través de la ventana abierta, intentó por todos los medios forzar el postigo, pero sin éxito. No había ninguna rendija por la que pudiera introducirse un cuchillo para levantar la barra. Luego examinó las bisagras con su lupa, pero eran de hierro macizo y estaban firmemente empotradas en la sólida mampostería. «¡Hum! —dijo, rascándose la barbilla con cierta perplejidad—, mi teoría presenta sin duda algunas dificultades. Nadie podría pasar por estos postigos si estuvieran atrancados. Bueno, veremos si el interior arroja alguna luz sobre el asunto.»
Una pequeña puerta lateral daba al pasillo encalado al que se abrían los tres dormitorios. Holmes se negó a examinar la tercera habitación, así que pasamos directamente a la segunda, en la que dormía ahora la señorita Stoner y en la que su hermana había encontrado su destino. Era una habitación pequeña y sencilla, de techo bajo y con una chimenea muy abierta, al estilo de las viejas casas de campo. En un rincón había una cómoda marrón, en otro una cama estrecha con colcha blanca, y a la izquierda de la ventana un tocador. Estos objetos, junto con dos sillitas de mimbre, constituían todo el mobiliario de la habitación, salvo un cuadrado de alfombra de Wilton en el centro. Las tablas del suelo alrededor y los paneles de las paredes eran de roble marrón carcomido, tan viejo y descolorido que quizá databa de la construcción original de la casa. Holmes arrastró una de las sillas a un rincón y se sentó en silencio, mientras sus ojos recorrían la habitación una y otra vez, de arriba abajo, sin perder detalle.
«¿Con dónde comunica esa campanilla?», preguntó por fin, señalando un grueso cordón de campanilla que colgaba junto a la cama, con la borla apoyada de hecho sobre la almohada.
«Va a la habitación del ama de llaves.»
«Parece más nuevo que las demás cosas, ¿no?»
«Sí, lo pusieron hace solo un par de años.»
«Lo pediría su hermana, supongo.»
«No, nunca supe que lo usara. Siempre nos procurábamos nosotras mismas lo que necesitábamos.»
«En efecto, parecía innecesario poner allí un cordón tan bonito. Discúlpeme unos minutos mientras me cercioro de cómo es este suelo.» Se tendió boca abajo con la lupa en la mano y se arrastró velozmente de un lado a otro, examinando con minuciosidad las rendijas entre las tablas. Luego hizo lo mismo con el revestimiento de madera de las paredes de la habitación. Por último se acercó a la cama y pasó un rato mirándola fijamente y recorriendo la pared con la vista de arriba abajo. Finalmente tomó en la mano el cordón de la campanilla y le dio un enérgico tirón.
«Vaya, es falso», dijo.
«¿No suena?»
«No, ni siquiera está sujeto a un alambre. Esto es muy interesante. Ahora puede ver que está atado a un gancho justo encima de donde se encuentra la pequeña abertura del ventilador.»
«¡Qué absurdo! Nunca me había fijado.»
«¡Muy extraño!», murmuró Holmes, tirando del cordón. «Hay uno o dos detalles muy singulares en esta habitación. Por ejemplo, ¡qué necio debe de ser un constructor para abrir un ventilador que da a otra habitación, cuando con el mismo trabajo podría haberlo comunicado con el aire libre!»
«Eso también es bastante reciente», dijo la dama.
«¿Se hizo más o menos al mismo tiempo que el cordón de la campanilla?», comentó Holmes.
«Sí, por aquella época se hicieron varios pequeños cambios.»
«Parece que fueron de lo más interesantes: cordones de campanilla falsos y ventiladores que no ventilan. Con su permiso, señorita Stoner, llevaremos ahora nuestras pesquisas a la habitación interior.»
La habitación del doctor Grimesby Roylott era más grande que la de su hijastra, pero estaba amueblada con la misma sencillez. Una cama de campaña, un pequeño estante de madera lleno de libros, en su mayoría de carácter técnico, un sillón junto a la cama, una silla corriente de madera contra la pared, una mesa redonda y una gran caja fuerte de hierro eran las principales cosas que saltaban a la vista. Holmes dio despacio la vuelta a la habitación y examinó todas y cada una de ellas con el más vivo interés.
«¿Qué hay aquí dentro?», preguntó, dando unos golpecitos en la caja fuerte.
«Los papeles de negocios de mi padrastro.»
«¡Oh! Entonces ¿ha visto usted el interior?»
«Solo una vez, hace algunos años. Recuerdo que estaba llena de papeles.»
«¿No habrá dentro un gato, por ejemplo?»
«No. ¡Qué idea tan extraña!»
«¡Pues mire esto!» Cogió un platillo de leche que había encima de la caja.
«No; no tenemos gato. Pero hay un guepardo y un babuino.»
«¡Ah, sí, claro! Bueno, un guepardo no es más que un gato grande, y sin embargo me atrevería a decir que un platillo de leche no basta para satisfacer sus necesidades. Hay un punto que desearía aclarar.» Se agachó delante de la silla de madera y examinó el asiento con la mayor atención.
«Gracias. Esto queda resuelto —dijo, levantándose y guardándose la lupa en el bolsillo—. ¡Vaya! ¡Aquí hay algo interesante!»
El objeto que le había llamado la atención era un pequeño látigo de perro colgado de una esquina de la cama. Sin embargo, el látigo estaba enrollado sobre sí mismo y atado de modo que formaba un lazo de tralla.
«¿Qué opina usted de eso, Watson?»
«Es un látigo de lo más corriente. Pero no sé por qué ha de estar atado.»
«Eso ya no es tan corriente, ¿verdad? ¡Ay de mí! El mundo es perverso, y cuando un hombre inteligente dedica su cerebro al crimen, es lo peor de todo. Creo que ya he visto bastante, señorita Stoner, y con su permiso saldremos al césped.»
Nunca había visto el rostro de mi amigo tan sombrío ni su frente tan ceñuda como cuando nos alejamos del escenario de esta investigación. Habíamos recorrido varias veces el césped de un lado a otro, sin que ni la señorita Stoner ni yo quisiéramos interrumpir sus pensamientos, antes de que saliera de su ensimismamiento.
«Es de vital importancia, señorita Stoner —dijo—, que siga usted mis consejos al pie de la letra en todos los sentidos.»
«Así lo haré, sin duda alguna.»
«El asunto es demasiado serio para cualquier vacilación. Su vida puede depender de que me obedezca.»
«Le aseguro que estoy en sus manos.»
«En primer lugar, tanto mi amigo como yo debemos pasar la noche en su habitación.»
Tanto la señorita Stoner como yo lo miramos con asombro.
«Sí, así ha de ser. Permítame que se lo explique. Creo que aquello de allí es la posada del pueblo, ¿no es así?»
«Sí, es la Corona.»
«Muy bien. ¿Se verían sus ventanas desde allí?»
«Desde luego.»
«Cuando vuelva su padrastro, debe usted recluirse en su habitación con el pretexto de un dolor de cabeza. Luego, cuando le oiga retirarse a dormir, debe abrir los postigos de su ventana, soltar el pestillo, colocar allí su lámpara como señal para nosotros y después retirarse sin hacer ruido, con todo lo que pueda necesitar, a la habitación que ocupaba antes. No me cabe duda de que, a pesar de las reparaciones, podrá arreglárselas allí por una noche.»
«Oh, sí, fácilmente.»
«El resto déjelo en nuestras manos.»
«Pero ¿qué van a hacer ustedes?»
«Pasaremos la noche en su habitación e investigaremos la causa de ese ruido que la ha inquietado.»
«Creo, señor Holmes, que ya ha llegado usted a una conclusión», dijo la señorita Stoner, posando la mano en la manga de mi compañero.
«Tal vez.»
«Entonces, por piedad, dígame cuál fue la causa de la muerte de mi hermana.»
«Preferiría tener pruebas más claras antes de hablar.»
«Al menos puede decirme si mi idea es acertada y si murió de algún susto repentino.»
«No, no lo creo. Creo que probablemente hubo alguna causa más tangible. Y ahora, señorita Stoner, debemos dejarla, pues si el doctor Roylott volviera y nos viera, nuestro viaje habría sido en vano. Adiós, y sea valiente, pues si hace lo que le he dicho, puede estar segura de que pronto alejaremos los peligros que la amenazan.»
Sherlock Holmes y yo no tuvimos dificultad en alquilar un dormitorio y una sala de estar en la posada de la Corona. Estaban en el piso de arriba, y desde nuestra ventana dominábamos la verja de la avenida y el ala habitada de la casa solariega de Stoke Moran. Al anochecer vimos pasar en coche al doctor Grimesby Roylott, cuya enorme figura se alzaba junto a la pequeña silueta del muchacho que lo conducía. El chico tuvo algunas dificultades para abrir la pesada verja de hierro, y oímos el ronco rugido de la voz del doctor y vimos la furia con que agitaba los puños cerrados contra él. El carruaje siguió adelante, y unos minutos después vimos surgir de repente una luz entre los árboles, al encenderse la lámpara en una de las salas de estar.
«¿Sabe usted, Watson? —dijo Holmes mientras estábamos sentados juntos en la creciente oscuridad—. La verdad es que tengo ciertos escrúpulos en llevarle conmigo esta noche. Hay un claro elemento de peligro.»
«¿Puedo serle de ayuda?»
«Su presencia podría ser inestimable.»
«Entonces iré, desde luego.»
«Es usted muy amable.»
«Habla usted de peligro. Es evidente que ha visto en esas habitaciones más de lo que yo pude ver.»
«No, pero me figuro que quizá haya deducido algo más. Imagino que usted vio todo lo que vi yo.»
«No vi nada notable salvo el cordón de la campanilla, y confieso que no alcanzo a imaginar qué propósito puede tener.»
«¿Vio también el ventilador?»
«Sí, pero no creo que sea algo tan insólito que haya una pequeña abertura entre dos habitaciones. Era tan pequeña que apenas podría pasar por ella una rata.»
«Yo sabía que encontraríamos un ventilador antes incluso de llegar a Stoke Moran.»
«¡Mi querido Holmes!»
«Oh, sí, lo sabía. Recordará que en su relato dijo que a su hermana le llegaba el olor del cigarro del doctor Roylott. Pues bien, eso sugería de inmediato, naturalmente, que debía de haber una comunicación entre las dos habitaciones. Solo podía ser pequeña, o se habría mencionado en la investigación del juez de instrucción. Deduje que se trataba de un ventilador.»
«Pero ¿qué daño puede haber en eso?»
«Bueno, hay por lo menos una curiosa coincidencia de fechas. Se hace un ventilador, se cuelga un cordón, y una dama que duerme en la cama muere. ¿No le llama eso la atención?»
«Todavía no veo ninguna relación.»
«¿Observó usted algo muy peculiar en esa cama?»
«No.»
«Estaba sujeta al suelo con grapas. ¿Había visto alguna vez una cama fijada de ese modo?»
«No puedo decir que sí.»
«La dama no podía mover su cama. Tenía que estar siempre en la misma posición con respecto al ventilador y a la cuerda, que así podemos llamarla, pues está claro que nunca se pensó como cordón de campanilla.»
«Holmes —exclamé—, me parece entrever vagamente lo que usted insinúa. Llegamos justo a tiempo de impedir algún crimen sutil y horrible.»
«Bastante sutil y bastante horrible. Cuando un médico se tuerce, es el primero de los criminales. Tiene temple y tiene conocimientos. Palmer y Pritchard estaban entre los primeros de su profesión. Este hombre golpea aún más hondo, pero creo, Watson, que nosotros seremos capaces de golpear más hondo todavía. Pero ya tendremos horrores de sobra antes de que acabe la noche; por el amor de Dios, fumemos una pipa tranquilamente y dediquemos nuestros pensamientos durante unas horas a algo más alegre.»
Hacia las nueve se apagó la luz entre los árboles, y todo quedó a oscuras en dirección a la casa solariega. Pasaron lentamente dos horas, y entonces, de repente, justo al dar las once, una única luz brillante resplandeció justo delante de nosotros.
«Esa es nuestra señal —dijo Holmes, poniéndose en pie de un salto—; viene de la ventana del centro.»
Al salir, cruzó unas palabras con el posadero, explicándole que íbamos a hacer una visita tardía a un conocido y que era posible que pasáramos allí la noche. Un momento después estábamos en el oscuro camino, con un viento helado soplándonos en la cara y una luz amarilla que parpadeaba ante nosotros en la penumbra para guiarnos en nuestra lúgubre misión.
No hubo mucha dificultad para entrar en la finca, pues en el viejo muro del parque se abrían brechas sin reparar. Abriéndonos paso entre los árboles, llegamos al césped, lo cruzamos, y estábamos a punto de entrar por la ventana cuando de un macizo de laureles salió disparado lo que parecía un niño horrendo y deforme, que se arrojó sobre la hierba retorciendo los miembros y luego cruzó velozmente el césped y se perdió en la oscuridad.
«¡Dios mío! —susurré—, ¿lo ha visto?»
Holmes estaba, por el momento, tan sobresaltado como yo. En su agitación, su mano se cerró como un torno sobre mi muñeca. Luego soltó una risa queda y acercó los labios a mi oído.
«Bonita familia —murmuró—. Es el babuino.»
Había olvidado los extraños animales de compañía por los que sentía predilección el doctor. También había un guepardo; quizá nos lo encontráramos en cualquier momento sobre los hombros. Confieso que me sentí más tranquilo cuando, siguiendo el ejemplo de Holmes y quitándome los zapatos, me encontré dentro del dormitorio. Mi compañero cerró los postigos sin hacer ruido, trasladó la lámpara a la mesa y recorrió la habitación con la mirada. Todo estaba tal como lo habíamos visto de día. Luego, acercándose sigilosamente a mí y haciendo bocina con la mano, volvió a susurrarme al oído, tan bajo que a duras penas pude distinguir las palabras:
«El más leve ruido sería fatal para nuestros planes.»
Asentí para mostrarle que lo había oído.
«Debemos permanecer sentados sin luz. Él la vería a través del ventilador.»
Asentí de nuevo.
«No se duerma; su vida misma puede depender de ello. Tenga la pistola preparada por si la necesitamos. Yo me sentaré en el borde de la cama, y usted en esa silla.»
Saqué mi revólver y lo dejé en la esquina de la mesa.
Holmes había traído un bastón largo y delgado, y lo colocó sobre la cama, a su lado. Junto a él dejó la caja de cerillas y un cabo de vela. Luego bajó la mecha de la lámpara y nos quedamos a oscuras.
¿Cómo podré olvidar jamás aquella espantosa vigilia? No oía ni un sonido, ni siquiera el de una respiración, y sin embargo sabía que mi compañero estaba sentado con los ojos abiertos, a unos pocos pies de mí, en el mismo estado de tensión nerviosa en que me encontraba yo. Los postigos impedían el paso del más mínimo rayo de luz, y esperábamos en la oscuridad más absoluta.
De fuera llegaba de vez en cuando el grito de algún ave nocturna, y una vez, justo junto a nuestra ventana, un largo gemido como de gato, que nos indicó que el guepardo andaba en efecto suelto. A lo lejos oíamos los graves tañidos del reloj de la parroquia, que retumbaban cada cuarto de hora. ¡Qué largos parecían aquellos cuartos de hora! Dieron las doce, y la una, y las dos, y las tres, y seguíamos sentados, esperando en silencio lo que pudiera suceder.
De repente brilló por un instante una luz arriba, en dirección al ventilador, que se desvaneció de inmediato, pero a la que siguió un fuerte olor a aceite quemado y a metal caliente. Alguien en la habitación contigua había encendido una linterna sorda. Oí un suave ruido de movimiento, y luego todo volvió a quedar en silencio, aunque el olor se hacía más intenso. Durante media hora permanecí sentado, aguzando el oído. Entonces, de pronto, se hizo audible otro sonido: un sonido muy suave y sosegado, como el de un pequeño chorro de vapor que escapara sin cesar de una tetera. En el instante en que lo oímos, Holmes saltó de la cama, encendió una cerilla y azotó furiosamente con su bastón el cordón de la campanilla.
«¿Lo ve, Watson?», gritó. «¿Lo ve?»
Pero yo no veía nada. En el momento en que Holmes encendió la luz, oí un silbido bajo y claro, pero el repentino resplandor que hirió mis ojos cansados me impidió distinguir qué era lo que mi amigo azotaba con tanta saña. Pude ver, sin embargo, que tenía el rostro mortalmente pálido y lleno de horror y repugnancia. Había dejado de golpear y miraba fijamente el ventilador cuando, de repente, rompió el silencio de la noche el grito más horrible que he oído jamás. Fue creciendo más y más, un alarido ronco de dolor, de miedo y de ira, todo mezclado en un único chillido espantoso. Dicen que allá abajo, en el pueblo, e incluso en la lejana casa parroquial, aquel grito hizo saltar de la cama a los que dormían. Nos heló el corazón, y yo me quedé mirando a Holmes, y él a mí, hasta que sus últimos ecos se apagaron en el silencio del que había surgido.
«¿Qué puede significar?», dije con voz entrecortada.
«Significa que todo ha terminado —respondió Holmes—. Y quizá, al fin y al cabo, sea lo mejor. Coja la pistola y entraremos en la habitación del doctor Roylott.»
Con el rostro grave, encendió la lámpara y me precedió por el pasillo. Llamó dos veces a la puerta de la habitación sin obtener respuesta desde dentro. Luego giró el picaporte y entró, conmigo pisándole los talones, con la pistola amartillada en la mano.
Fue un espectáculo singular el que se ofreció a nuestros ojos. Sobre la mesa había una linterna sorda con la pantalla entreabierta, que arrojaba un brillante haz de luz sobre la caja fuerte de hierro, cuya puerta estaba entornada. Junto a esta mesa, en la silla de madera, estaba sentado el doctor Grimesby Roylott, vestido con una larga bata gris, bajo la cual asomaban sus tobillos desnudos, y con los pies metidos en unas babuchas turcas rojas sin tacón. Sobre su regazo descansaba el mango corto con el largo látigo que habíamos observado durante el día. Tenía la barbilla levantada y los ojos clavados, con una mirada espantosa y rígida, en el rincón del techo. Alrededor de la frente llevaba una extraña banda amarilla, con lunares pardos, que parecía estar ceñida con fuerza a su cabeza. Cuando entramos, no hizo ni un ruido ni un movimiento.
«¡La banda! ¡La banda de lunares!», susurró Holmes.
Di un paso adelante. En un instante, su extraño tocado empezó a moverse, y de entre sus cabellos se irguió la cabeza achatada en forma de rombo y el cuello hinchado de una repugnante serpiente.
«¡Es una víbora de los pantanos! —exclamó Holmes—, la serpiente más mortífera de la India. Ha muerto a los diez segundos de ser mordido. En verdad, la violencia se vuelve contra el violento, y el intrigante cae en la fosa que cava para otro. Volvamos a meter a este bicho en su guarida, y después podremos llevar a la señorita Stoner a algún lugar seguro y hacer saber a la policía del condado lo que ha ocurrido.»
Mientras hablaba, retiró rápidamente el látigo de perro del regazo del muerto y, echando el lazo alrededor del cuello del reptil, lo arrancó de su horrible atalaya y, llevándolo con el brazo extendido, lo arrojó a la caja fuerte de hierro, que cerró tras él.
Tales son los verdaderos hechos de la muerte del doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran. No es necesario que prolongue un relato que ya se ha extendido demasiado contando cómo dimos la triste noticia a la aterrada muchacha, cómo la llevamos en el tren de la mañana al cuidado de su buena tía de Harrow, y cómo el lento proceso de la investigación oficial llegó a la conclusión de que el doctor había encontrado la muerte mientras jugaba imprudentemente con un animal de compañía peligroso. Lo poco que me quedaba por saber del caso me lo contó Sherlock Holmes durante el viaje de regreso al día siguiente.
«Yo había llegado —dijo— a una conclusión completamente errónea, lo cual demuestra, mi querido Watson, lo peligroso que es siempre razonar a partir de datos insuficientes. La presencia de los gitanos y el uso de la palabra “banda”, que la pobre muchacha empleó sin duda para explicar la aparición que había vislumbrado apresuradamente a la luz de su cerilla, bastaron para ponerme sobre una pista completamente falsa. Solo puedo atribuirme el mérito de haber reconsiderado al instante mi postura cuando, no obstante, se me hizo evidente que el peligro que amenazaba a quien ocupara la habitación no podía venir ni de la ventana ni de la puerta. Mi atención se dirigió enseguida, como ya le he comentado, hacia ese ventilador y hacia el cordón de la campanilla que colgaba hasta la cama. El descubrimiento de que era falso, y de que la cama estaba sujeta al suelo con grapas, hizo nacer al instante la sospecha de que el cordón estaba allí como puente para algo que pasara por el agujero y llegara hasta la cama. Se me ocurrió en el acto la idea de una serpiente, y cuando la relacioné con lo que sabía de que el doctor se proveía de animales de la India, sentí que probablemente iba por buen camino. La idea de emplear una forma de veneno que no pudiera descubrirse con ningún análisis químico era precisamente la que se le ocurriría a un hombre inteligente y despiadado que se había formado en Oriente. La rapidez con que un veneno así surtiría efecto sería también, desde su punto de vista, una ventaja. Muy perspicaz tendría que ser, en efecto, el juez de instrucción capaz de distinguir los dos pequeños pinchazos oscuros que indicarían dónde habían hecho su trabajo los colmillos venenosos. Luego pensé en el silbido. Naturalmente, tenía que hacer volver a la serpiente antes de que la luz de la mañana la revelara a la víctima. La había adiestrado, probablemente por medio de la leche que vimos, para que volviera a él cuando la llamaba. La introducía por el ventilador a la hora que le parecía más conveniente, con la certeza de que bajaría reptando por el cordón y caería sobre la cama. Podía morder o no a la ocupante; quizá ella se librara todas las noches durante una semana, pero tarde o temprano acabaría siendo su víctima.
«Había llegado a estas conclusiones antes incluso de entrar en su habitación. El examen de su silla me demostró que tenía la costumbre de subirse a ella, lo cual, naturalmente, sería necesario para alcanzar el ventilador. La vista de la caja fuerte, del platillo de leche y del lazo de tralla bastó para disipar definitivamente cualquier duda que pudiera quedar. El sonido metálico que oyó la señorita Stoner lo causó, evidentemente, su padrastro al cerrar a toda prisa la puerta de la caja fuerte sobre su terrible ocupante. Una vez tomada mi decisión, ya conoce usted los pasos que di para poner el asunto a prueba. Oí silbar a la criatura, como sin duda la oyó usted también, y al instante encendí la luz y la ataqué.»
«Con el resultado de hacerla retroceder por el ventilador.»
«Y también con el resultado de que se volviera contra su amo al otro lado. Algunos de los golpes de mi bastón dieron en el blanco y despertaron su furia de serpiente, de modo que se lanzó sobre la primera persona que vio. De este modo soy sin duda responsable indirecto de la muerte del doctor Grimesby Roylott, y no puedo decir que sea probable que me pese mucho en la conciencia.»