
Un día del otoño pasado había ido a visitar a mi amigo, el señor Sherlock Holmes, y lo encontré en profunda conversación con un caballero de edad, muy corpulento, de rostro rubicundo y cabello de un rojo encendido. Disculpándome por la intromisión, estaba a punto de retirarme cuando Holmes me hizo entrar bruscamente en la habitación y cerró la puerta tras de mí.
«No podría usted haber llegado en mejor momento, mi querido Watson» —dijo cordialmente—.
«Temía que estuviera usted ocupado».
«Y lo estoy. Muchísimo».
«Entonces puedo esperar en la habitación de al lado».
«De ninguna manera. Este caballero, señor Wilson, ha sido mi compañero y colaborador en muchos de mis casos más afortunados, y no me cabe duda de que también me será de la mayor utilidad en el suyo».
El caballero corpulento se medio levantó de su silla e hizo una breve inclinación de saludo, con una rápida mirada interrogante de sus ojillos rodeados de grasa.
«Pruebe el sofá —dijo Holmes, dejándose caer de nuevo en su butaca y juntando las yemas de los dedos, como era su costumbre cuando se hallaba en disposición de juez—. Sé, mi querido Watson, que comparte usted mi afición por todo lo que es extravagante y queda fuera de los convencionalismos y de la monótona rutina de la vida cotidiana. Ha demostrado usted su gusto por ello con el entusiasmo que le ha impulsado a narrar y, si me permite decirlo, a adornar un tanto tantas de mis pequeñas aventuras».
«Sus casos han sido, en efecto, del mayor interés para mí» —observé.
«Recordará usted que el otro día, justo antes de que abordáramos el sencillísimo problema que nos planteó la señorita Mary Sutherland, le comenté que para hallar efectos extraños y combinaciones extraordinarias debemos acudir a la vida misma, que siempre es mucho más audaz que cualquier esfuerzo de la imaginación».
«Una afirmación que me tomé la libertad de poner en duda».
«Así lo hizo, doctor, pero aun así tendrá que acabar aceptando mi punto de vista, porque de lo contrario seguiré amontonando sobre usted hecho tras hecho hasta que su razón se venga abajo bajo su peso y reconozca que tengo razón. Pues bien, el señor Jabez Wilson, aquí presente, ha tenido la amabilidad de visitarme esta mañana y de empezar un relato que promete ser uno de los más singulares que he escuchado desde hace algún tiempo. Me ha oído usted comentar que las cosas más extrañas y más únicas suelen estar relacionadas no con los grandes crímenes, sino con los pequeños, y a veces, en efecto, con casos en los que cabe dudar de que se haya cometido delito alguno. Por lo que he oído hasta ahora, me es imposible decir si el presente caso constituye o no un delito, pero el curso de los acontecimientos es sin duda de los más singulares que he escuchado nunca. Quizá, señor Wilson, tendría usted la gran amabilidad de empezar de nuevo su relato. Se lo pido no solo porque mi amigo el doctor Watson no ha oído el principio, sino también porque la naturaleza peculiar de la historia me hace desear conocer de sus labios todos los detalles posibles. Por regla general, cuando he oído algún ligero indicio del curso de los acontecimientos, soy capaz de orientarme gracias a los miles de casos similares que acuden a mi memoria. En el presente caso me veo obligado a admitir que los hechos son, a mi leal saber y entender, únicos».
El rollizo cliente hinchó el pecho con cierto aire de orgullo y sacó del bolsillo interior de su gabán un periódico sucio y arrugado. Mientras recorría con la vista la columna de anuncios, con la cabeza echada hacia delante y el periódico extendido sobre la rodilla, observé bien al hombre y me esforcé, a la manera de mi compañero, por descifrar los indicios que pudieran ofrecer su ropa o su aspecto.
Sin embargo, no saqué gran cosa de mi examen. Nuestro visitante tenía todo el aspecto de un comerciante británico corriente y vulgar: obeso, pomposo y lento. Llevaba unos pantalones grises de cuadros escoceses bastante holgados, una levita negra no demasiado limpia, desabrochada por delante, y un chaleco pardo con una pesada cadena de reloj de latón, de la que colgaba como adorno un trozo cuadrado de metal agujereado. Un sombrero de copa raído y un abrigo marrón descolorido con un cuello de terciopelo arrugado descansaban en una silla a su lado. En conjunto, por más que miraba, no había nada notable en aquel hombre, salvo su cabeza de un rojo llameante y la expresión de extremo disgusto y descontento de su rostro.
La rápida mirada de Sherlock Holmes captó lo que yo estaba haciendo, y meneó la cabeza con una sonrisa al advertir mis miradas inquisitivas. «Aparte de los hechos evidentes de que en algún momento ha realizado trabajos manuales, de que toma rapé, de que es francmasón, de que ha estado en China y de que últimamente ha escrito bastante, no puedo deducir nada más».
El señor Jabez Wilson se sobresaltó en su silla, con el índice sobre el periódico, pero con los ojos puestos en mi compañero.
«¿Cómo demonios sabía usted todo eso, señor Holmes?» —preguntó—. «¿Cómo sabía, por ejemplo, que yo hacía trabajos manuales? Es tan cierto como el Evangelio, porque empecé como carpintero de barco».
«Por sus manos, mi querido señor. Su mano derecha es bastante más grande que la izquierda. Ha trabajado usted con ella, y los músculos están más desarrollados».
«Bueno, ¿y lo del rapé y la masonería?»
«No insultaré su inteligencia explicándole cómo lo he deducido, sobre todo teniendo en cuenta que, en contra de las estrictas normas de su orden, lleva usted un alfiler de corbata con el arco y el compás».
«Ah, claro, lo había olvidado. ¿Pero y lo de la escritura?»
«¿Qué otra cosa puede indicar ese puño derecho tan lustroso en cinco pulgadas, y el izquierdo con esa zona desgastada cerca del codo, donde lo apoya usted sobre el escritorio?»
«Bueno, ¿y lo de China?»
«El pez que lleva usted tatuado justo encima de la muñeca derecha solo puede haberse hecho en China. He realizado un pequeño estudio sobre los tatuajes e incluso he contribuido a la bibliografía sobre el tema. Ese truco de teñir las escamas de los peces de un rosa delicado es muy propio de China. Cuando, además, veo una moneda china colgando de la cadena de su reloj, la cuestión resulta aún más sencilla».
El señor Jabez Wilson soltó una sonora carcajada. «¡Vaya, quién lo diría!» —dijo—. «Al principio creí que había hecho usted algo muy ingenioso, pero ya veo que, después de todo, no tenía ningún misterio».
«Empiezo a pensar, Watson —dijo Holmes—, que cometo un error al dar explicaciones. “Omne ignotum pro magnifico”, ya sabe usted, y mi pobre y pequeña reputación, por modesta que sea, naufragará si soy tan franco. ¿No encuentra usted el anuncio, señor Wilson?»
«Sí, ya lo tengo —respondió él, con su grueso dedo rojo plantado a mitad de la columna—. Aquí está. Esto fue lo que lo empezó todo. Léalo usted mismo, señor».
Tomé el periódico de sus manos y leí lo siguiente:
«A LA LIGA DE LOS PELIRROJOS: En virtud del legado del difunto Ezekiah Hopkins, de Lebanon, Pensilvania, EE. UU., existe ahora otra vacante que da derecho a un miembro de la Liga a un salario de 4 £ a la semana por servicios puramente nominales. Pueden optar a ella todos los varones pelirrojos sanos de cuerpo y mente y mayores de veintiún años. Preséntense en persona el lunes, a las once, ante Duncan Ross, en las oficinas de la Liga, 7 Pope’s Court, Fleet Street».
«¿Qué demonios significa esto?» —exclamé después de haber leído dos veces aquel extraordinario anuncio.
Holmes soltó una risita y se removió en su silla, como era su costumbre cuando estaba de buen humor. «Se sale un poco de lo corriente, ¿no es cierto?» —dijo—. «Y ahora, señor Wilson, empiece usted desde el principio y cuéntenos todo sobre usted, su casa y el efecto que este anuncio tuvo en su fortuna. Usted, doctor, tome nota primero del periódico y de la fecha».
«Es el Morning Chronicle del 27 de abril de 1890. Hace justo dos meses».
«Muy bien. ¿Y bien, señor Wilson?»
«Pues es tal como le he venido contando, señor Sherlock Holmes —dijo Jabez Wilson, secándose la frente—; tengo una pequeña casa de empeños en Coburg Square, cerca de la City. No es un negocio muy grande, y en los últimos años no me ha dado más que para ir tirando. Antes podía mantener a dos ayudantes, pero ahora solo tengo uno; y me costaría pagarle si no fuera porque está dispuesto a trabajar por la mitad del sueldo para aprender el oficio».
«¿Cómo se llama ese joven tan servicial?» —preguntó Sherlock Holmes.
«Se llama Vincent Spaulding, y tampoco es tan joven. Es difícil decir qué edad tiene. No podría desear un ayudante más espabilado, señor Holmes; y sé muy bien que podría mejorar su situación y ganar el doble de lo que yo puedo darle. Pero, al fin y al cabo, si él está satisfecho, ¿por qué habría de meterle ideas en la cabeza?»
«¿Por qué, en efecto? Parece usted muy afortunado al tener un empleado que se conforma con menos del precio de mercado. No es algo corriente entre los patronos en los tiempos que corren. No sé si su ayudante no será tan notable como su anuncio».
«Bueno, también tiene sus defectos —dijo el señor Wilson—. Nunca he visto a nadie tan aficionado a la fotografía. Se pasa el tiempo sacando fotos con una cámara cuando debería estar cultivando la mente, y luego se mete en el sótano como un conejo en su madriguera para revelar sus fotografías. Ese es su principal defecto, pero en general es un buen trabajador. No tiene ningún vicio».
«Supongo que sigue con usted, ¿verdad?»
«Sí, señor. Él y una muchacha de catorce años, que hace un poco de comida sencilla y mantiene limpia la casa: eso es todo lo que tengo en casa, porque soy viudo y nunca tuve familia. Vivimos muy tranquilamente, señor, los tres; tenemos un techo sobre nuestras cabezas y pagamos nuestras deudas, aunque no hagamos nada más.
«Lo primero que nos alteró fue ese anuncio. Spaulding bajó a la oficina justo hoy hace ocho semanas, con este mismo periódico en la mano, y me dice:
«“Ojalá, señor Wilson, fuera yo pelirrojo”.
«“¿Y eso por qué?”, le pregunto.
«“Pues porque —dice él— hay otra vacante en la Liga de los Pelirrojos. Supone una pequeña fortuna para cualquiera que la consiga, y tengo entendido que hay más vacantes que hombres, de modo que los administradores no saben qué hacer con el dinero. Si al menos mi pelo cambiara de color, aquí tendría un buen puestecito esperándome”.
«“Pero ¿de qué se trata, entonces?”, le pregunté. Verá usted, señor Holmes, soy un hombre muy casero, y como el negocio venía a mí en lugar de tener yo que ir a buscarlo, a menudo pasaba semanas enteras sin poner un pie fuera del felpudo. Por eso no sabía gran cosa de lo que pasaba fuera, y siempre me alegraba de oír alguna noticia.
«“¿Nunca ha oído hablar de la Liga de los Pelirrojos?”, me preguntó con los ojos muy abiertos.
«“Nunca”.
«“Pues me extraña, porque usted mismo reúne las condiciones para una de las vacantes”.
«“¿Y cuánto valen?”, le pregunté.
«“Oh, solo un par de cientos al año, pero el trabajo es ligero y no tiene por qué estorbar mucho las demás ocupaciones de uno”.
«Bueno, ya pueden imaginarse que aquello me hizo aguzar el oído, porque el negocio no ha ido demasiado bien desde hace algunos años, y un par de cientos más me habrían venido muy bien.
«“Cuéntemelo todo”, le dije.
«“Pues bien —dijo él, enseñándome el anuncio—, puede usted ver por sí mismo que la Liga tiene una vacante, y ahí está la dirección donde debe pedir detalles. Por lo que tengo entendido, la Liga la fundó un millonario americano, Ezekiah Hopkins, que era muy peculiar en sus costumbres. Él mismo era pelirrojo y sentía gran simpatía por todos los pelirrojos; así que, cuando murió, se supo que había dejado su enorme fortuna en manos de unos administradores, con instrucciones de emplear los intereses en proporcionar empleos cómodos a los hombres cuyo cabello fuera de ese color. Por lo que he oído, la paga es espléndida y hay muy poco que hacer”.
«“Pero —dije yo— habrá millones de pelirrojos que soliciten el puesto”.
«“No tantos como podría pensar —respondió él—. Verá, en realidad está limitado a los londinenses y a los hombres adultos. Este americano salió de Londres cuando era joven y quería hacerle un favor a la vieja ciudad. Además, he oído que es inútil presentarse si uno tiene el pelo rojo claro, o rojo oscuro, o cualquier cosa que no sea un rojo auténtico, vivo, llameante, encendido. Ahora bien, si a usted le interesara presentarse, señor Wilson, entraría sin más; aunque quizá no le merezca la pena tomarse la molestia por unos cuantos cientos de libras”.
«Pues bien, caballeros, es un hecho, como pueden ver ustedes mismos, que mi pelo es de un tono muy pleno e intenso, de modo que me pareció que, si había alguna competencia en el asunto, yo tenía tantas posibilidades como cualquier hombre que hubiera conocido. Vincent Spaulding parecía saber tanto del asunto que pensé que podría resultarme útil, así que le ordené que echara el cierre por ese día y que se viniera conmigo enseguida. Él estaba encantado de tener un día libre, de modo que cerramos el negocio y nos pusimos en camino hacia la dirección que nos daba el anuncio.
«No espero volver a ver un espectáculo semejante, señor Holmes. Del norte, del sur, del este y del oeste, todo hombre que tuviera un matiz rojizo en el pelo se había encaminado a la City para responder al anuncio. Fleet Street estaba atestada de pelirrojos, y Pope’s Court parecía la carretilla de naranjas de un vendedor ambulante. Nunca habría creído que hubiera tantos en todo el país como los que reunió aquel único anuncio. Los había de todos los tonos: paja, limón, naranja, ladrillo, setter irlandés, hígado, arcilla; pero, como decía Spaulding, no había muchos que tuvieran el auténtico tono vivo color de llama. Cuando vi cuántos estaban esperando, habría renunciado desesperado; pero Spaulding no quiso ni oír hablar de ello. No sé cómo lo consiguió, pero empujó, tiró y embistió hasta que me hizo atravesar la multitud y me llevó hasta los mismos escalones que conducían a la oficina. En la escalera había una doble corriente, unos que subían esperanzados y otros que bajaban abatidos; pero nos abrimos paso como pudimos y pronto nos encontramos en la oficina».
«Su experiencia ha sido de lo más entretenida —comentó Holmes mientras su cliente hacía una pausa y refrescaba la memoria con un enorme pellizco de rapé—. Le ruego que continúe con su interesantísima declaración».
«En la oficina no había más que un par de sillas de madera y una mesa de pino, detrás de la cual estaba sentado un hombrecillo con una cabeza aún más roja que la mía. Decía unas pocas palabras a cada candidato a medida que se acercaba, y luego siempre se las arreglaba para encontrarle algún defecto que lo descalificara. Después de todo, conseguir una vacante no parecía tan fácil. Sin embargo, cuando nos llegó el turno, el hombrecillo se mostró mucho más favorable conmigo que con ninguno de los demás, y cerró la puerta cuando entramos, para poder hablar con nosotros en privado.
«“Este es el señor Jabez Wilson —dijo mi ayudante—, y está dispuesto a ocupar una vacante en la Liga”.
«“Y es admirablemente adecuado para ella —respondió el otro—. Reúne todos los requisitos. No recuerdo haber visto nunca nada tan espléndido”. Dio un paso atrás, ladeó la cabeza y se quedó mirando mi pelo hasta que me sentí bastante avergonzado. Luego, de repente, se abalanzó hacia delante, me estrechó la mano y me felicitó calurosamente por mi éxito.
«“Sería una injusticia vacilar —dijo—. No obstante, estoy seguro de que me disculpará si tomo una precaución evidente”. Dicho esto, me agarró el pelo con ambas manos y tiró hasta que grité de dolor. “Se le han saltado las lágrimas”, dijo al soltarme. “Veo que todo está como debe estar. Pero tenemos que tener cuidado, porque nos han engañado dos veces con pelucas y una con tinte. Podría contarle historias de cera de zapatero que le harían aborrecer la naturaleza humana”. Se acercó a la ventana y gritó por ella a pleno pulmón que la vacante estaba cubierta. Desde abajo subió un gemido de decepción, y toda aquella gente se marchó en distintas direcciones hasta que no quedó a la vista ni una cabeza pelirroja, salvo la mía y la del administrador.
«“Mi nombre —dijo— es Duncan Ross, y yo mismo soy uno de los pensionistas del fondo que dejó nuestro noble benefactor. ¿Está usted casado, señor Wilson? ¿Tiene familia?”.
«Le respondí que no.
«Al instante se le ensombreció el rostro.
«“¡Vaya por Dios!”, dijo con gravedad, “¡eso es realmente muy serio! Lamento oírle decir eso. El fondo estaba destinado, desde luego, tanto a la propagación y expansión de los pelirrojos como a su mantenimiento. Es sumamente lamentable que sea usted soltero”.
«Al oír esto se me alargó la cara, señor Holmes, porque pensé que al final no iba a conseguir la vacante; pero, después de pensarlo unos minutos, dijo que todo estaría en regla.
«“En el caso de otro —dijo—, la objeción podría ser fatal, pero debemos hacer una excepción en favor de un hombre con una cabellera como la suya. ¿Cuándo podrá usted incorporarse a sus nuevas obligaciones?”.
«“Bueno, es un poco complicado, porque ya tengo un negocio”, dije yo.
«“¡Oh, no se preocupe por eso, señor Wilson!”, dijo Vincent Spaulding. “Yo podría encargarme de él por usted”.
«“¿Cuál sería el horario?”, pregunté.
«“De diez a dos”.
«Ahora bien, el negocio de una casa de empeños se hace sobre todo por las tardes, señor Holmes, especialmente los jueves y viernes por la tarde, justo antes del día de paga; así que me venía muy bien ganar algo por las mañanas. Además, sabía que mi ayudante era un buen hombre y que se ocuparía de cualquier cosa que surgiera.
«“Eso me vendría muy bien”, dije. “¿Y la paga?”.
«“Es de 4 £ a la semana”.
«“¿Y el trabajo?”.
«“Es puramente nominal”.
«“¿A qué llama usted puramente nominal?”.
«“Pues a que tiene usted que estar en la oficina, o al menos en el edificio, todo el tiempo. Si se marcha, pierde su puesto para siempre. El testamento es muy claro en ese punto. No cumple usted las condiciones si se mueve de la oficina durante ese tiempo”.
«“Solo son cuatro horas al día, y no se me ocurriría marcharme”, dije.
«“No valdrá ninguna excusa —dijo el señor Duncan Ross—; ni enfermedad, ni negocios, ni nada. Ahí debe quedarse, o perderá su empleo”.
«“¿Y el trabajo?”.
«“Consiste en copiar la Encyclopædia Britannica. Ahí, en ese armario, tiene el primer volumen. Usted debe proveerse de tinta, plumas y papel secante, pero nosotros le proporcionamos esta mesa y esta silla. ¿Estará listo mañana?”.
«“Desde luego”, respondí.
«“Entonces, adiós, señor Jabez Wilson, y permítame felicitarle una vez más por el importante puesto que ha tenido la fortuna de conseguir”. Me acompañó con una reverencia hasta la salida y me fui a casa con mi ayudante, sin saber apenas qué decir ni qué hacer, de tan contento como estaba con mi buena suerte.
«Pues bien, estuve dándole vueltas al asunto todo el día, y por la noche volvía a estar desanimado, porque me había convencido por completo de que todo aquello debía de ser un gran engaño o una estafa, aunque no alcanzaba a imaginar cuál podría ser su objeto. Parecía del todo increíble que alguien pudiera hacer semejante testamento, o que pagaran tal suma por hacer algo tan sencillo como copiar la Encyclopædia Britannica. Vincent Spaulding hizo lo que pudo por animarme, pero a la hora de acostarme ya me había convencido a mí mismo de olvidar todo el asunto. Sin embargo, por la mañana decidí ir a echar un vistazo de todos modos, así que compré un frasco de tinta de un penique y, con una pluma de ave y siete pliegos de papel de barba, me puse en camino hacia Pope’s Court.
«Pues bien, para mi sorpresa y alegría, todo estaba en perfecto orden. La mesa estaba preparada para mí, y el señor Duncan Ross estaba allí para asegurarse de que me ponía a trabajar como es debido. Me hizo empezar por la letra A y luego me dejó; pero de vez en cuando se asomaba para ver si todo iba bien. A las dos me dio las buenas tardes, me felicitó por la cantidad que había escrito y cerró con llave la puerta de la oficina detrás de mí.
«Así siguió la cosa día tras día, señor Holmes, y el sábado el administrador entró y me plantó sobre la mesa cuatro soberanos de oro por el trabajo de la semana. Lo mismo ocurrió la semana siguiente, y la otra. Todas las mañanas estaba allí a las diez, y todas las tardes me marchaba a las dos. Poco a poco, el señor Duncan Ross fue viniendo solo una vez por la mañana, y luego, al cabo de un tiempo, dejó de venir por completo. Aun así, por supuesto, nunca me atreví a salir de la habitación ni un instante, porque no estaba seguro de cuándo podría presentarse, y el empleo era tan bueno y me convenía tanto que no quería arriesgarme a perderlo.
«Así pasaron ocho semanas, y yo había escrito sobre los Abades, el Arco y la Armadura, la Arquitectura y el Ática, y esperaba, a fuerza de diligencia, llegar a la B antes de mucho tiempo. Me costó algo en papel de barba, y casi había llenado un estante con mis escritos. Y entonces, de repente, todo el asunto se acabó».
«¿Se acabó?»
«Sí, señor. Y nada menos que esta mañana. Fui a trabajar como de costumbre a las diez, pero la puerta estaba cerrada con llave, con un cuadradito de cartón clavado con una tachuela en el centro del panel. Aquí lo tiene, puede leerlo usted mismo».
Levantó un trozo de cartón blanco del tamaño aproximado de una hoja de papel de cartas. Decía lo siguiente:
«LA LIGA DE LOS PELIRROJOS QUEDA DISUELTA. 9 de octubre de 1890».
Sherlock Holmes y yo examinamos aquel escueto anuncio y el rostro compungido que había detrás, hasta que el lado cómico del asunto se impuso de tal modo a cualquier otra consideración que ambos estallamos en una sonora carcajada.
«No veo que tenga nada de gracioso —exclamó nuestro cliente, enrojeciendo hasta la raíz de su llameante cabellera—. Si no pueden hacer nada mejor que reírse de mí, puedo acudir a otra parte».
«No, no —exclamó Holmes, empujándolo de nuevo hacia la silla de la que se había medio levantado—. De verdad que no me perdería su caso por nada del mundo. Resulta de lo más refrescantemente insólito. Pero tiene, si me permite decirlo, algo un poco gracioso. Dígame, ¿qué medidas tomó cuando encontró el cartel en la puerta?»
«Me quedé atónito, señor. No sabía qué hacer. Luego pregunté en las oficinas de alrededor, pero en ninguna parecían saber nada. Finalmente fui a ver al propietario, que es un contable que vive en la planta baja, y le pregunté si podía decirme qué había sido de la Liga de los Pelirrojos. Me dijo que nunca había oído hablar de semejante asociación. Entonces le pregunté quién era el señor Duncan Ross. Me respondió que aquel nombre le resultaba desconocido.
«“Bueno —le dije—, el caballero del número 4”.
«“¿Qué, el pelirrojo?”.
«“Sí”.
«“Ah —dijo él—, se llamaba William Morris. Era abogado y utilizaba mi local provisionalmente hasta que estuvieran listas sus nuevas oficinas. Se mudó ayer”.
«“¿Dónde podría encontrarlo?”.
«“Oh, en sus nuevas oficinas. Sí que me dio la dirección. Sí, 17 King Edward Street, cerca de St. Paul’s”.
«Me puse en camino, señor Holmes, pero cuando llegué a esa dirección resultó ser una fábrica de rótulas artificiales, y nadie allí había oído hablar nunca ni del señor William Morris ni del señor Duncan Ross».
«¿Y qué hizo usted entonces?» —preguntó Holmes.
«Volví a casa, a Saxe-Coburg Square, y le pedí consejo a mi ayudante. Pero no pudo ayudarme en nada. Solo supo decirme que, si esperaba, recibiría noticias por correo. Pero eso no me bastaba, señor Holmes. No quería perder un puesto así sin luchar, de modo que, como había oído que usted tenía la bondad de aconsejar a la gente humilde que lo necesitaba, vine directamente a verle».
«E hizo usted muy bien —dijo Holmes—. Su caso es sumamente notable, y tendré mucho gusto en investigarlo. Por lo que me ha contado, creo posible que de él dependan cuestiones más graves de lo que podría parecer a primera vista».
«¡Ya lo creo que son graves! —dijo el señor Jabez Wilson—. ¡Pues he perdido cuatro libras a la semana!»
«En lo que a usted respecta personalmente —comentó Holmes—, no veo que tenga motivo de queja contra esta extraordinaria liga. Al contrario, según entiendo, es usted unas 30 £ más rico, por no hablar del minucioso conocimiento que ha adquirido sobre todos los temas que empiezan por la letra A. No ha perdido usted nada por su causa».
«No, señor. Pero quiero averiguar quiénes son y qué se proponían al gastarme esta broma, si es que fue una broma. Les salió bastante cara, porque les costó treinta y dos libras».
«Procuraremos aclararle esos puntos. Y, en primer lugar, un par de preguntas, señor Wilson. Ese ayudante suyo que le llamó la atención sobre el anuncio, ¿cuánto tiempo llevaba con usted?»
«Por entonces, alrededor de un mes».
«¿Cómo llegó hasta usted?»
«En respuesta a un anuncio».
«¿Era el único aspirante?»
«No, tuve una docena».
«¿Por qué lo eligió a él?»
«Porque era hábil y me salía barato».
«A mitad de sueldo, en efecto».
«Sí».
«¿Cómo es ese Vincent Spaulding?»
«Bajo, fornido, muy rápido en sus movimientos, sin pelo en la cara, aunque no tendrá menos de treinta años. Tiene en la frente una mancha blanca de ácido».
Holmes se incorporó en su silla, considerablemente excitado. «Ya me lo imaginaba —dijo—. ¿Se ha fijado usted alguna vez en si tiene las orejas perforadas para llevar pendientes?»
«Sí, señor. Me contó que se las había perforado una gitana cuando era muchacho».
«¡Hum! —dijo Holmes, recostándose de nuevo, sumido en profundas reflexiones—. ¿Sigue con usted?»
«Oh, sí, señor; acabo de dejarlo».
«¿Y han atendido su negocio en su ausencia?»
«No tengo nada de qué quejarme, señor. Nunca hay mucho que hacer por las mañanas».
«Es suficiente, señor Wilson. Tendré mucho gusto en darle mi opinión sobre el asunto dentro de un día o dos. Hoy es sábado, y espero que para el lunes podamos llegar a una conclusión».
«Bien, Watson —dijo Holmes cuando nuestro visitante se hubo marchado—, ¿qué le parece todo esto?»
«No saco nada en claro —respondí con franqueza—. Es un asunto de lo más misterioso».
«Por regla general —dijo Holmes—, cuanto más extravagante es una cosa, menos misteriosa resulta ser. Son los delitos corrientes, sin rasgos distintivos, los que de verdad desconciertan, del mismo modo que un rostro corriente es el más difícil de identificar. Pero debo actuar con prontitud en este asunto».
«¿Y qué va a hacer, entonces?» —le pregunté.
«Fumar —respondió—. Es un problema de tres pipas, y le ruego que no me dirija la palabra durante cincuenta minutos». Se acurrucó en su butaca, con las flacas rodillas levantadas hasta su nariz de halcón, y allí se quedó sentado, con los ojos cerrados y la pipa negra de arcilla asomando como el pico de algún pájaro extraño. Yo había llegado a la conclusión de que se había quedado dormido, y de hecho yo mismo estaba dando cabezadas, cuando de pronto saltó de la butaca con el gesto de un hombre que ha tomado una decisión y dejó la pipa sobre la repisa de la chimenea.
«Sarasate toca esta tarde en el St. James’s Hall —comentó—. ¿Qué le parece, Watson? ¿Podrán sus pacientes prescindir de usted durante unas horas?»
«Hoy no tengo nada que hacer. Mi consulta nunca me absorbe demasiado».
«Entonces póngase el sombrero y venga. Primero voy a pasar por la City, y podemos almorzar algo por el camino. Observo que en el programa hay bastante música alemana, que es más de mi gusto que la italiana o la francesa. Es introspectiva, y yo quiero hacer introspección. ¡Vamos!»
Viajamos en el ferrocarril subterráneo hasta Aldersgate, y un corto paseo nos llevó a Saxe-Coburg Square, escenario de la singular historia que habíamos escuchado por la mañana. Era un lugar pequeño, angosto y de una elegancia venida a menos, donde cuatro hileras de sombrías casas de ladrillo de dos pisos daban a un pequeño recinto cercado por una verja, en el que un césped lleno de malas hierbas y unas cuantas matas de laurel marchito libraban una dura batalla contra una atmósfera cargada de humo y poco propicia. Tres bolas doradas y un rótulo marrón con el nombre «JABEZ WILSON» en letras blancas, en una casa de esquina, señalaban el lugar donde nuestro cliente pelirrojo tenía su negocio. Sherlock Holmes se detuvo delante, con la cabeza ladeada, y lo examinó todo con los ojos brillantes entre los párpados entornados. Luego subió despacio por la calle y volvió a bajar hasta la esquina, sin dejar de mirar atentamente las casas. Por último regresó a la casa de empeños y, tras golpear vigorosamente el pavimento con su bastón dos o tres veces, se acercó a la puerta y llamó. Le abrió al instante un joven de aspecto despierto y bien afeitado, que le invitó a pasar.
«Gracias —dijo Holmes—, solo quería preguntarle cómo se va desde aquí al Strand».
«La tercera a la derecha, la cuarta a la izquierda» —respondió el ayudante con prontitud, cerrando la puerta.
«Un tipo listo, ese —observó Holmes mientras nos alejábamos—. Es, a mi juicio, el cuarto hombre más listo de Londres, y en cuanto a audacia, no estoy seguro de que no pueda aspirar al tercer puesto. Ya sabía algo de él».
«Evidentemente —dije yo—, el ayudante del señor Wilson cuenta mucho en este misterio de la Liga de los Pelirrojos. Estoy seguro de que le preguntó usted el camino solo para poder verle».
«No a él».
«¿A qué, entonces?»
«Las rodilleras de sus pantalones».
«¿Y qué vio usted?»
«Lo que esperaba ver».
«¿Por qué golpeó el pavimento?»
«Mi querido doctor, este es momento de observar, no de hablar. Somos espías en país enemigo. Ya sabemos algo de Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las calles que hay detrás».
La calle en la que nos encontramos al doblar la esquina de la apartada Saxe-Coburg Square ofrecía con ella un contraste tan grande como el anverso de un cuadro con su reverso. Era una de las arterias principales por las que circulaba el tráfico de la City hacia el norte y el oeste. La calzada estaba colapsada por el inmenso río del comercio, que fluía en doble marea hacia dentro y hacia fuera, mientras que las aceras estaban negras de un enjambre presuroso de peatones. Al contemplar la hilera de hermosas tiendas y majestuosos edificios comerciales, costaba creer que por el otro lado lindaran realmente con la plaza marchita y estancada que acabábamos de dejar.
«Veamos —dijo Holmes, deteniéndose en la esquina y mirando a lo largo de la hilera—, me gustaría recordar el orden de las casas de aquí. Es una afición mía tener un conocimiento exacto de Londres. Ahí está Mortimer’s, el estanco, la pequeña tienda de periódicos, la sucursal de Coburg del City and Suburban Bank, el Restaurante Vegetariano y el almacén de carruajes de McFarlane. Con eso llegamos directamente a la otra manzana. Y ahora, doctor, ya hemos hecho nuestro trabajo, así que es hora de divertirnos un poco. Un sándwich y una taza de café, y luego al país de los violines, donde todo es dulzura, delicadeza y armonía, y no hay clientes pelirrojos que nos fastidien con sus acertijos».
Mi amigo era un músico entusiasta, pues no solo era un intérprete muy capaz, sino también un compositor de mérito nada común. Toda la tarde permaneció sentado en la platea, envuelto en la más perfecta felicidad, moviendo suavemente sus dedos largos y delgados al compás de la música, mientras su rostro sonriente y sus ojos lánguidos y soñadores se parecían tan poco a los de Holmes el sabueso, Holmes el implacable, el agente criminal de ingenio agudo y mano rápida, como era posible concebir. En su singular carácter, la doble naturaleza se afirmaba alternativamente, y su extremada exactitud y astucia representaban, como he pensado a menudo, la reacción contra el talante poético y contemplativo que a veces predominaba en él. El vaivén de su naturaleza lo llevaba de la languidez extrema a una energía devoradora; y, como yo bien sabía, nunca era tan verdaderamente temible como cuando, durante días enteros, había estado repantigado en su butaca entre sus improvisaciones y sus ediciones en letra gótica. Era entonces cuando el ansia de la caza se apoderaba de él de repente, y su brillante capacidad de razonamiento se elevaba al nivel de la intuición, hasta que quienes no conocían sus métodos lo miraban con recelo, como a un hombre cuyo saber no era el de los demás mortales. Cuando lo vi aquella tarde tan embelesado con la música en el St. James’s Hall, sentí que podían avecinarse malos tiempos para aquellos a quienes se había propuesto dar caza.
«Sin duda querrá usted irse a casa, doctor» —comentó cuando salimos.
«Sí, será lo mejor».
«Y yo tengo un asunto que me llevará algunas horas. Este asunto de Coburg Square es serio».
«¿Por qué serio?»
«Se está tramando un delito considerable. Tengo toda clase de motivos para creer que llegaremos a tiempo de impedirlo. Pero el hecho de que hoy sea sábado complica bastante las cosas. Esta noche necesitaré su ayuda».
«¿A qué hora?»
«A las diez será bastante temprano».
«Estaré en Baker Street a las diez».
«Muy bien. Y, oiga, doctor, puede que haya algún pequeño peligro, así que tenga la bondad de meterse en el bolsillo su revólver del ejército». Agitó la mano, giró sobre sus talones y desapareció en un instante entre la multitud.
Confío en no ser más torpe que mis vecinos, pero en mi trato con Sherlock Holmes siempre me sentía abrumado por la conciencia de mi propia estupidez. Yo había oído lo mismo que él, había visto lo mismo que él, y sin embargo, por sus palabras, era evidente que él veía con claridad no solo lo que había sucedido, sino lo que estaba a punto de suceder, mientras que para mí todo el asunto seguía siendo confuso y grotesco. Mientras volvía en coche a mi casa de Kensington, repasé todo lo ocurrido, desde la extraordinaria historia del pelirrojo copista de la Encyclopædia hasta la visita a Saxe-Coburg Square y las ominosas palabras con que se había despedido de mí. ¿Qué era aquella expedición nocturna, y por qué debía ir armado? ¿Adónde íbamos y qué íbamos a hacer? Holmes me había dado a entender que aquel ayudante de prestamista, de rostro lampiño, era un hombre temible, un hombre capaz de jugar una partida arriesgada. Intenté desentrañarlo, pero renuncié desesperado y dejé el asunto a un lado hasta que la noche trajera una explicación.
Eran las nueve y cuarto cuando salí de casa y crucé el parque, y de allí seguí por Oxford Street hasta Baker Street. Había dos coches de alquiler parados ante la puerta, y al entrar en el vestíbulo oí voces arriba. Al entrar en su habitación encontré a Holmes en animada conversación con dos hombres, en uno de los cuales reconocí a Peter Jones, el agente oficial de policía, mientras que el otro era un hombre alto, delgado, de rostro triste, con un sombrero muy lustroso y una levita opresivamente respetable.
«¡Ajá! Ya estamos todos —dijo Holmes, abrochándose el chaquetón y descolgando del perchero su pesada fusta de caza—. Watson, creo que ya conoce usted al señor Jones, de Scotland Yard. Permítame presentarle al señor Merryweather, que va a acompañarnos en la aventura de esta noche».
«Otra vez cazamos en pareja, doctor, ya lo ve —dijo Jones con su aire de suficiencia—. Nuestro amigo aquí presente es un hombre extraordinario para levantar la pieza. Lo único que necesita es un perro viejo que le ayude a darle alcance».
«Espero que al final de nuestra caza no nos encontremos persiguiendo una quimera» —observó sombríamente el señor Merryweather.
«Puede usted depositar considerable confianza en el señor Holmes, caballero —dijo el agente de policía con altivez—. Tiene sus pequeños métodos particulares, que son, si no le importa que lo diga, un poquito demasiado teóricos y fantasiosos, pero lleva dentro madera de detective. No es exagerado decir que una o dos veces, como en aquel asunto del asesinato de Sholto y el tesoro de Agra, ha estado más cerca de la verdad que la policía oficial».
«Oh, si usted lo dice, señor Jones, todo está en orden —dijo el desconocido con deferencia—. Aun así, confieso que echo de menos mi partida de whist. Es el primer sábado por la noche en veintisiete años que no juego mi partida».
«Creo que descubrirá usted —dijo Sherlock Holmes— que esta noche va a jugar con una apuesta más alta que nunca, y que la partida será más emocionante. Para usted, señor Merryweather, la apuesta será de unas 30.000 £; y para usted, Jones, será el hombre al que desea echar el guante».
«John Clay, asesino, ladrón, falsificador de moneda y de documentos. Es un hombre joven, señor Merryweather, pero está a la cabeza de su profesión, y preferiría ponerle las esposas a él antes que a cualquier otro criminal de Londres. Es un hombre notable, el joven John Clay. Su abuelo era un duque de sangre real, y él mismo ha estudiado en Eton y en Oxford. Su cerebro es tan astuto como sus dedos, y aunque encontramos rastros suyos a cada paso, nunca sabemos dónde encontrar al hombre en persona. Una semana desvalija una casa en Escocia y a la siguiente está recaudando dinero para construir un orfanato en Cornualles. Llevo años siguiéndole la pista y todavía no le he puesto la vista encima».
«Espero tener el placer de presentárselo esta noche. Yo también he tenido un par de encontronazos con el señor John Clay, y estoy de acuerdo con usted en que está a la cabeza de su profesión. Sin embargo, ya son más de las diez, y es hora de que nos pongamos en marcha. Si ustedes dos toman el primer coche, Watson y yo les seguiremos en el segundo».
Sherlock Holmes no se mostró muy comunicativo durante el largo trayecto y permaneció recostado en el coche tarareando las melodías que había oído por la tarde. Traqueteamos a través de un laberinto interminable de calles iluminadas por el gas hasta que salimos a Farrington Street.
«Ya estamos cerca —comentó mi amigo—. Ese Merryweather es director de banco y está personalmente interesado en el asunto. Me pareció conveniente que Jones nos acompañara también. No es mala persona, aunque es un perfecto imbécil en su profesión. Tiene una virtud indiscutible. Es valiente como un bulldog y tenaz como una langosta cuando atrapa a alguien con sus pinzas. Ya hemos llegado, y nos están esperando».
Habíamos llegado a la misma concurrida vía en la que nos habíamos encontrado por la mañana. Despedimos los coches y, guiados por el señor Merryweather, recorrimos un estrecho pasadizo y cruzamos una puerta lateral que él nos abrió. Dentro había un pequeño pasillo que terminaba en una puerta de hierro muy maciza. También esta se abrió, y daba a un tramo de escalones de piedra en espiral que terminaba ante otra formidable puerta. El señor Merryweather se detuvo para encender una linterna y luego nos condujo por un pasadizo oscuro que olía a tierra y así, tras abrir una tercera puerta, a una enorme bóveda o sótano, en el que se amontonaban por todas partes cajones y cajas macizas.
«No son ustedes muy vulnerables desde arriba» —comentó Holmes mientras sostenía en alto la linterna y miraba a su alrededor.
«Ni desde abajo» —dijo el señor Merryweather, golpeando con su bastón las losas que cubrían el suelo—. «¡Vaya, válgame Dios, suena completamente hueco!» —comentó, alzando la vista sorprendido.
«¡Debo pedirle de verdad que haga un poco menos de ruido!» —dijo Holmes con severidad—. «Ya ha puesto usted en peligro todo el éxito de nuestra expedición. ¿Puedo rogarle que tenga la bondad de sentarse en una de esas cajas y de no entrometerse?»
El solemne señor Merryweather se encaramó a un cajón con una expresión muy ofendida en el rostro, mientras Holmes se arrodillaba en el suelo y, con la linterna y una lupa, empezaba a examinar minuciosamente las grietas entre las piedras. Le bastaron unos segundos para quedar satisfecho, pues se puso de nuevo en pie de un salto y se guardó la lupa en el bolsillo.
«Tenemos por delante al menos una hora —comentó—, porque difícilmente podrán dar un paso hasta que el buen prestamista esté bien metido en la cama. Entonces no perderán ni un minuto, porque cuanto antes hagan su trabajo, más tiempo tendrán para escapar. En este momento, doctor, como sin duda habrá adivinado usted, nos encontramos en el sótano de la sucursal en la City de uno de los principales bancos de Londres. El señor Merryweather es el presidente del consejo de administración, y le explicará a usted que hay razones por las que los criminales más audaces de Londres deberían interesarse considerablemente por este sótano en estos momentos».
«Es nuestro oro francés —susurró el director—. Hemos recibido varias advertencias de que podría intentarse robarlo».
«¿Su oro francés?»
«Sí. Hace unos meses tuvimos ocasión de reforzar nuestros recursos y, con ese fin, tomamos prestados 30.000 napoleones del Banco de Francia. Se ha sabido que nunca hemos tenido ocasión de desembalar el dinero y que sigue guardado en nuestro sótano. El cajón sobre el que estoy sentado contiene 2.000 napoleones embalados entre capas de lámina de plomo. Nuestra reserva de lingotes es en este momento mucho mayor de lo que suele guardarse en una sola sucursal, y los directores han tenido sus recelos al respecto».
«Recelos muy justificados —observó Holmes—. Y ahora es momento de que preparemos nuestros pequeños planes. Espero que dentro de una hora las cosas lleguen a su punto culminante. Entretanto, señor Merryweather, debemos tapar esa linterna sorda».
«¿Y quedarnos a oscuras?»
«Me temo que sí. Había traído una baraja en el bolsillo y pensé que, ya que éramos una partie carrée, podría usted jugar su partida de whist después de todo. Pero veo que los preparativos del enemigo han llegado tan lejos que no podemos arriesgarnos a tener una luz encendida. Y, antes que nada, debemos elegir nuestras posiciones. Son hombres audaces, y aunque los cogeremos en desventaja, pueden hacernos algún daño si no tenemos cuidado. Yo me colocaré detrás de este cajón, y ustedes escóndanse detrás de aquellos. Luego, cuando yo les enfoque con la luz, échense rápidamente sobre ellos. Si disparan, Watson, no tenga reparo en abatirlos».
Coloqué mi revólver, amartillado, encima de la caja de madera detrás de la cual me agazapaba. Holmes corrió la pantalla de su linterna y nos dejó en una oscuridad total, una oscuridad tan absoluta como nunca había experimentado. El olor a metal caliente seguía ahí para asegurarnos de que la luz continuaba encendida, lista para brillar en cualquier momento. Para mí, con los nervios tensos por la expectación, había algo deprimente y sobrecogedor en aquella repentina oscuridad y en el aire frío y húmedo de la bóveda.
«Solo tienen una vía de retirada —susurró Holmes—. Es volver a través de la casa hasta Saxe-Coburg Square. Espero que haya hecho usted lo que le pedí, Jones».
«Tengo a un inspector y dos agentes esperando en la puerta principal».
«Entonces hemos tapado todos los agujeros. Y ahora debemos guardar silencio y esperar».
¡Qué largo pareció aquel tiempo! Comparando notas después, resultó que no había sido más que una hora y cuarto, pero a mí me pareció que la noche debía de haber pasado casi por completo y que el alba estaría despuntando sobre nuestras cabezas. Tenía los miembros cansados y entumecidos, porque temía cambiar de postura; sin embargo, mis nervios estaban tensos al máximo, y mi oído se había agudizado tanto que no solo podía oír la suave respiración de mis compañeros, sino que distinguía la inspiración más profunda y pesada del voluminoso Jones de la nota fina y suspirante del director del banco. Desde mi posición podía mirar por encima de la caja en dirección al suelo. De pronto mis ojos captaron el destello de una luz.
Al principio no fue más que una chispa lívida sobre el suelo de piedra. Luego se alargó hasta convertirse en una línea amarilla, y entonces, sin ningún aviso ni ruido, pareció abrirse una grieta y apareció una mano, una mano blanca, casi femenina, que tanteaba en el centro de la pequeña zona iluminada. Durante un minuto o más, la mano, con sus dedos retorciéndose, sobresalió del suelo. Luego se retiró tan de repente como había aparecido, y todo volvió a quedar a oscuras, salvo por la única chispa lívida que señalaba una rendija entre las piedras.
Su desaparición, sin embargo, fue solo momentánea. Con un ruido desgarrador, una de las anchas piedras blancas se volcó de lado y dejó un agujero cuadrado y abierto, por el que salía a raudales la luz de una linterna. Por el borde asomó un rostro de facciones bien marcadas y aspecto juvenil, que miró atentamente a su alrededor y luego, con una mano a cada lado de la abertura, se izó hasta los hombros y hasta la cintura, hasta que apoyó una rodilla en el borde. Un instante después estaba de pie junto al agujero y tiraba de un compañero, ágil y pequeño como él, de rostro pálido y con una mata de pelo muy rojo.
«Todo despejado —susurró—. ¿Tienes el cincel y los sacos? ¡Santo cielo! ¡Salta, Archie, salta, que yo cargaré con la horca!»
Sherlock Holmes había saltado y agarrado al intruso por el cuello. El otro se lanzó de cabeza por el agujero, y oí el ruido de tela desgarrada cuando Jones le agarró por los faldones. La luz destelló sobre el cañón de un revólver, pero la fusta de caza de Holmes cayó sobre la muñeca del hombre, y la pistola tintineó sobre el suelo de piedra.
«Es inútil, John Clay —dijo Holmes con suavidad—. No tiene usted ninguna posibilidad».
«Ya lo veo —respondió el otro con la mayor frialdad—. Me figuro que mi compañero está a salvo, aunque veo que se han quedado ustedes con los faldones de su chaqueta».
«Hay tres hombres esperándole en la puerta» —dijo Holmes.
«¡Vaya, conque sí! Parece que lo han hecho ustedes todo a conciencia. Debo felicitarle».
«Y yo a usted —respondió Holmes—. Su idea de los pelirrojos fue muy original y eficaz».
«Pronto volverá a ver a su compinche —dijo Jones—. Es más rápido que yo bajando por agujeros. Estese quieto mientras le pongo las esposas».
«Le ruego que no me toque con sus sucias manos —comentó nuestro prisionero mientras las esposas se cerraban con estrépito sobre sus muñecas—. Quizá no sepa usted que por mis venas corre sangre real. Tenga también la bondad, cuando se dirija a mí, de decir siempre “señor” y “por favor”».
«Muy bien —dijo Jones, mirándolo fijamente con una risita burlona—. Bueno, ¿tendría el señor la bondad, por favor, de subir las escaleras, donde podremos conseguir un coche que lleve a Su Alteza a la comisaría?»
«Así está mejor» —dijo John Clay con serenidad. Nos dedicó a los tres una amplia reverencia y se marchó tranquilamente bajo la custodia del detective.
«Realmente, señor Holmes —dijo el señor Merryweather mientras los seguíamos fuera del sótano—, no sé cómo podrá el banco agradecérselo ni recompensarle. No cabe duda de que ha descubierto y frustrado de la manera más completa uno de los intentos de robo a un banco más decididos que he conocido en mi experiencia».
«Yo tenía un par de cuentas pendientes con el señor John Clay —dijo Holmes—. He tenido algunos pequeños gastos en este asunto, que espero que el banco me reembolse, pero aparte de eso me siento sobradamente recompensado por haber vivido una experiencia que en muchos aspectos es única y por haber oído el notabilísimo relato de la Liga de los Pelirrojos».
«Verá usted, Watson —me explicó de madrugada, mientras tomábamos un whisky con soda en Baker Street—, desde el principio era perfectamente evidente que el único objeto posible de todo este asunto bastante fantasioso del anuncio de la Liga y de la copia de la Encyclopædia tenía que ser quitar de en medio durante unas cuantas horas diarias a este prestamista no demasiado espabilado. Era una manera curiosa de conseguirlo, pero, la verdad, sería difícil proponer otra mejor. Sin duda, el método se le ocurrió a la ingeniosa mente de Clay a la vista del color del pelo de su cómplice. Las 4 £ semanales eran un cebo que por fuerza tenía que atraerle, ¿y qué suponían para ellos, que estaban jugándose miles? Ponen el anuncio, uno de los bribones ocupa la oficina provisional, el otro bribón incita al hombre a solicitar el puesto, y entre los dos consiguen asegurarse su ausencia todas las mañanas de la semana. Desde el momento en que supe que el ayudante había entrado a trabajar por la mitad del sueldo, me resultó evidente que tenía algún poderoso motivo para asegurarse aquel empleo».
«Pero ¿cómo pudo adivinar cuál era el motivo?»
«Si hubiera habido mujeres en la casa, habría sospechado un simple enredo amoroso de lo más vulgar. Eso, sin embargo, quedaba descartado. El negocio del hombre era pequeño, y no había nada en su casa que pudiera justificar unos preparativos tan elaborados ni un gasto como el que estaban haciendo. Tenía que tratarse, pues, de algo que estuviera fuera de la casa. ¿Qué podía ser? Pensé en la afición del ayudante por la fotografía y en su costumbre de desaparecer en el sótano. ¡El sótano! Allí estaba el extremo de aquella madeja enredada. Entonces hice averiguaciones sobre aquel misterioso ayudante y descubrí que tenía que vérmelas con uno de los criminales más fríos y audaces de Londres. Estaba haciendo algo en el sótano, algo que le llevaba muchas horas al día durante meses enteros. ¿Qué podía ser, una vez más? No se me ocurría otra cosa sino que estaba excavando un túnel hasta algún otro edificio.
«Hasta ahí había llegado cuando fuimos a visitar el escenario de los hechos. Le sorprendí a usted golpeando el pavimento con mi bastón. Estaba comprobando si el sótano se extendía hacia delante o hacia atrás. No se extendía hacia delante. Entonces llamé al timbre y, como yo esperaba, abrió el ayudante. Hemos tenido algunas escaramuzas, pero nunca nos habíamos visto las caras. Apenas le miré el rostro. Lo que yo quería ver eran sus rodillas. Usted mismo debió de advertir lo gastadas, arrugadas y manchadas que estaban. Hablaban de aquellas horas de excavación. Lo único que quedaba por averiguar era hacia dónde excavaban. Doblé la esquina, vi que el City and Suburban Bank lindaba con el local de nuestro amigo y sentí que había resuelto mi problema. Cuando usted se fue a casa en coche después del concierto, visité Scotland Yard y al presidente del consejo de administración del banco, con el resultado que ha visto».
«¿Y cómo podía saber que harían su intento esta noche?» —pregunté.
«Bueno, cuando cerraron las oficinas de la Liga, eso era señal de que ya no les importaba la presencia del señor Jabez Wilson; en otras palabras, de que habían terminado su túnel. Pero era esencial que lo utilizaran pronto, porque podían descubrirlo o podían trasladar los lingotes. El sábado les convenía más que cualquier otro día, ya que les daría dos días para huir. Por todas estas razones esperaba que vinieran esta noche».
«Lo ha razonado usted de un modo admirable —exclamé con sincera admiración—. Es una cadena muy larga y, sin embargo, cada eslabón suena auténtico».
«Me ha salvado del ennui —respondió él, bostezando—. ¡Ay! Ya siento cómo vuelve a cerrarse sobre mí. Mi vida transcurre en un largo esfuerzo por escapar de las vulgaridades de la existencia. Estos pequeños problemas me ayudan a conseguirlo».
«Y usted es un benefactor de la humanidad», dije yo.
Se encogió de hombros. «Bueno, quizá, después de todo, sirva de algo», observó. «“L’homme c’est rien—l’œuvre c’est tout”, como escribió Gustave Flaubert a George Sand.»