Al toque de las tres campanadas de aquella mañana todos estaban moviendo las piernas; pues había marejada; y Tootles, el contramaestre, andaba entre ellos, con un cabo de cuerda en la mano y mascando tabaco. Todos se vistieron con ropas de pirata cortadas a la altura de la rodilla, se afeitaron con esmero, y subieron a cubierta a trompicones, con el auténtico balanceo marinero y subiéndose los pantalones.
No hace falta decir quién era el capitán. Nibs y John eran primer y segundo oficial. Había una mujer a bordo. El resto eran marineros rasos, y vivían en el castillo de proa. Peter ya se había amarrado al timón; pero llamó a toda la tripulación y les dirigió un breve discurso; dijo que esperaba que cumplieran con su deber como valientes camaradas, pero que sabía que eran la escoria de Río y de la Costa de Oro, y que si le replicaban con insolencia los haría pedazos. Las palabras rudas y estridentes dieron con el tono que los marineros entendían, y lo vitorearon con ganas. Luego se dieron unas cuantas órdenes secas, y viraron el barco, y pusieron rumbo a tierra firme.
El capitán Pan calculó, tras consultar la carta de navegación del barco, que si este tiempo se mantenía deberían llegar a las Azores hacia el 21 de junio, tras lo cual ganarían tiempo yendo volando.
Algunos de ellos querían que fuera un barco honrado y otros eran partidarios de mantenerlo pirata; pero el capitán los trataba como perros, y no se atrevían a expresarle sus deseos ni siquiera en una petición colectiva. La obediencia instantánea era lo único seguro. Slightly se llevó una docena de azotes por poner cara de perplejidad cuando le mandaron sondar. La sensación general era que Peter se mostraba honrado por ahora para adormecer las sospechas de Wendy, pero que podría haber un cambio cuando estuviera listo el traje nuevo que, contra su voluntad, ella le estaba confeccionando con algunas de las más malvadas prendas de Garfio. Después se susurró entre ellos que la primera noche que llevó este traje se sentó largo rato en el camarote con la boquilla de puros de Garfio en la boca y una mano cerrada, salvo el índice, que doblaba y sostenía en alto amenazadoramente como un garfio.
En lugar de vigilar el barco, sin embargo, debemos volver ahora a aquel desolado hogar del que tres de nuestros personajes habían huido tan desalmadamente hacía tanto tiempo. Parece una vergüenza haber desatendido el número 14 todo este tiempo; y sin embargo podemos estar seguros de que la señora Darling no nos lo reprocha. Si hubiéramos vuelto antes a mirarla con apenada compasión, probablemente habría exclamado: «No seáis tontos; ¿qué importo yo? Volved y no perdáis de vista a los niños». Mientras las madres sean así, sus hijos se aprovecharán de ellas; y de eso pueden estar seguros.
Incluso ahora nos aventuramos en aquel familiar cuarto de los niños solo porque sus legítimos ocupantes vienen de camino a casa; no hacemos más que apresurarnos por delante de ellos para asegurarnos de que sus camas estén debidamente aireadas y de que el señor y la señora Darling no salgan por la noche. No somos más que sirvientes. ¿Por qué diablos habrían de estar debidamente aireadas sus camas, visto que las dejaron con tan ingrata prisa? ¿No les estaría de lo más merecido que volvieran y se encontraran con que sus padres estaban pasando el fin de semana en el campo? Sería la lección moral que han necesitado desde que los conocimos; pero si dispusiéramos las cosas de este modo la señora Darling nunca nos lo perdonaría.
Hay una cosa que me gustaría hacer con toda el alma, y es decirle, a la manera de los autores, que los niños regresan, que en efecto estarán aquí el jueves de la próxima semana. Esto echaría a perder por completo la sorpresa que Wendy y John y Michael tanto anhelan. La han venido planeando en el barco: el arrebato de la madre, el grito de alegría del padre, el salto de Nana por los aires para abrazarlos la primera, cuando para lo que deberían prepararse es para una buena zurra. Qué delicia estropearlo todo dando la noticia por adelantado; de modo que, cuando entren con toda solemnidad, la señora Darling ni siquiera ofrezca a Wendy sus labios, y el señor Darling exclame con enojo: «¡Caramba, ya están otra vez esos niños!». Sin embargo, ni siquiera por esto recibiríamos las gracias. A estas alturas empezamos a conocer a la señora Darling, y podemos estar seguros de que nos reprocharía haber privado a los niños de su pequeño placer.
«Pero, mi querida señora, faltan diez días para el jueves de la próxima semana; de modo que, al contarle cómo están las cosas, podemos ahorrarle diez días de desdicha.»
«¡Sí, pero a qué precio! Privando a los niños de diez minutos de dicha.»
«¡Ah, si lo mira usted de ese modo!»
«¿De qué otro modo se puede mirar?»
Ya ven, la mujer no tenía el temple debido. Tenía pensado decir cosas extraordinariamente amables sobre ella; pero la desprecio, y no diré ni una sola de ellas ahora. En realidad no hace falta decirle que tenga las cosas preparadas, pues ya lo están. Todas las camas están aireadas, y ella nunca sale de casa, y fíjense, la ventana está abierta. De lo poco que le servimos, bien podríamos volver al barco. Sin embargo, ya que estamos aquí, más vale que nos quedemos a mirar. Eso es todo lo que somos: meros espectadores. Nadie nos quiere de veras. Así que observemos y digamos cosas hirientes, con la esperanza de que alguna haga daño.
El único cambio que se aprecia en el cuarto de los niños es que, entre las nueve y las seis, la caseta ya no está allí. Cuando los niños se marcharon volando, el señor Darling sintió en lo más hondo que toda la culpa era suya por haber encadenado a Nana, y que ella, de principio a fin, había sido más sabia que él. Por supuesto, como hemos visto, era un hombre bastante sencillo; en verdad habría podido pasar de nuevo por un niño de haber podido quitarse la calvicie; pero poseía también un noble sentido de la justicia y un valor de león para hacer lo que le parecía justo; y, tras meditar el asunto con ansiosa atención después de la huida de los niños, se puso a cuatro patas y se metió a gatas en la caseta. A todas las tiernas invitaciones de la señora Darling para que saliera, respondía con tristeza pero con firmeza:
«No, amor mío, este es mi sitio.»
En la amargura de su remordimiento juró que nunca abandonaría la caseta hasta que sus hijos regresaran. Por supuesto, esto era una lástima; pero cualquier cosa que el señor Darling hiciera tenía que hacerla con exceso, de lo contrario pronto la dejaba. Y nunca hubo hombre más humilde que el en otro tiempo orgulloso George Darling, cuando se sentaba en la caseta al atardecer a hablar con su esposa de sus hijos y de todas sus gracias.
Muy conmovedora era su deferencia hacia Nana. No la dejaba entrar en la caseta, pero en todo lo demás seguía sus deseos sin rechistar.
Cada mañana llevaban la caseta, con el señor Darling dentro, hasta un coche de alquiler que lo conducía a su oficina, y del mismo modo regresaba a casa a las seis. Se apreciará algo de la fortaleza de carácter de este hombre si recordamos lo sensible que era a la opinión de los vecinos: este hombre cuyo menor movimiento atraía ahora la atención asombrada de todos. Por dentro debió de sufrir un tormento; pero conservaba un exterior sereno incluso cuando los jóvenes criticaban su pequeño hogar, y siempre se descubría cortésmente ante cualquier dama que se asomara a mirar dentro.
Puede que fuera quijotesco, pero era magnífico. Pronto se filtró su significado íntimo, y el gran corazón del público se conmovió. Las multitudes seguían al coche, vitoreándolo con brío; encantadoras muchachas trepaban a él para conseguir su autógrafo; aparecían entrevistas en los periódicos de mejor clase, y la alta sociedad lo invitaba a cenar y añadía: «Venga, por favor, en la caseta.»
En aquel memorable jueves de la próxima semana, la señora Darling estaba en el cuarto de los niños aguardando el regreso de George a casa; una mujer de ojos muy tristes. Ahora que la miramos de cerca y recordamos su alegría de otros tiempos, toda perdida ahora solo porque ha perdido a sus pequeños, descubro que, después de todo, no seré capaz de decir cosas feas de ella. Si quería demasiado a sus insignificantes hijos, no podía evitarlo. Mírenla en su sillón, donde se ha quedado dormida. La comisura de su boca, donde uno mira primero, está casi marchita. Su mano se mueve inquieta sobre el pecho, como si le doliera algo allí. A algunos les gusta más Peter, y a otros Wendy, pero a mí ella es quien más me gusta. Supongamos que, para hacerla feliz, le susurramos mientras duerme que los mocosos regresan. En realidad se hallan ya a menos de dos millas de la ventana, y volando con brío, pero todo lo que necesitamos susurrar es que están en camino. Hagámoslo.
Es una lástima que lo hiciéramos, pues se ha sobresaltado, llamándolos por sus nombres; y no hay nadie en la habitación salvo Nana.
«Ay, Nana, he soñado que mis queridos hijos habían vuelto.»
Nana tenía los ojos empañados, pero todo lo que pudo hacer fue posar suavemente la pata sobre el regazo de su ama; y así estaban sentadas juntas cuando trajeron de vuelta la caseta. Al asomar la cabeza el señor Darling para besar a su esposa, vemos que su rostro está más ajado que antaño, pero tiene una expresión más dulce.
Le dio el sombrero a Liza, que lo tomó con desdén; pues carecía de imaginación y era del todo incapaz de comprender los motivos de un hombre así. Fuera, la multitud que había acompañado al coche hasta casa seguía vitoreando, y él, naturalmente, no permanecía indiferente.
«Escúchalos —dijo—; es muy gratificante.»
«Muchos niñitos», se burló Liza.
«Hoy había varios adultos», le aseguró con un leve rubor; pero cuando ella sacudió la cabeza no tuvo ni una palabra de reproche para ella. El éxito social no lo había echado a perder; lo había hecho más afable. Durante un rato permaneció con la cabeza fuera de la caseta, hablando con la señora Darling de aquel éxito, y estrechándole la mano para tranquilizarla cuando ella dijo que esperaba que no se le subiera a la cabeza.
«Pero si yo hubiera sido un hombre débil», dijo. «¡Cielo santo, si hubiera sido un hombre débil!»
«Y, George —dijo ella con timidez—, sigues tan lleno de remordimiento como siempre, ¿verdad?»
«¡Tan lleno de remordimiento como siempre, querida! Mira mi castigo: vivir en una caseta.»
«Pero es un castigo, ¿verdad, George? ¿Seguro que no lo estás disfrutando?»
«¡Amor mío!»
Pueden estar seguros de que ella le pidió perdón; y luego, sintiéndose amodorrado, él se acurrucó dentro de la caseta.
«¿No me tocarás algo para que me duerma —preguntó— en el piano del cuarto?» y mientras ella cruzaba hacia el cuarto de día, añadió sin pensar: «Y cierra esa ventana. Siento una corriente.»
«Ay, George, nunca me pidas que haga eso. La ventana debe quedar siempre abierta para ellos, siempre, siempre.»
Ahora le tocaba a él pedirle perdón; y ella entró en el cuarto de día y tocó, y pronto él se quedó dormido; y mientras dormía, Wendy y John y Michael entraron volando en la habitación.
Ah, no. Lo hemos escrito así porque ese era el encantador plan que ellos habían trazado antes de que dejáramos el barco; pero algo debió de ocurrir desde entonces, pues no son ellos quienes han entrado volando, sino Peter y Campanilla.
Las primeras palabras de Peter lo dicen todo.
«Rápido, Campanilla —susurró—, cierra la ventana; ¡échale el cerrojo! Así está bien. Ahora tú y yo debemos salir por la puerta; y cuando Wendy llegue, pensará que su madre le ha cerrado el paso; y tendrá que volver conmigo.»
Ahora comprendo lo que hasta entonces me había desconcertado: por qué, una vez que Peter hubo exterminado a los piratas, no regresó a la isla y dejó a Campanilla escoltar a los niños hasta tierra firme. Esta artimaña había estado en su cabeza todo el tiempo.
En lugar de sentir que se estaba portando mal, bailó de júbilo; luego se asomó al cuarto de día para ver quién tocaba. Le susurró a Campanilla: «¡Es la madre de Wendy! Es una señora bonita, pero no tan bonita como mi madre. Tiene la boca llena de dedales, pero no tan llena como la tenía mi madre.»
Por supuesto, no sabía absolutamente nada de su madre; pero a veces se jactaba de ella.
No conocía la melodía, que era «Hogar, dulce hogar», pero sabía que decía: «Vuelve, Wendy, Wendy, Wendy»; y exclamó con júbilo: «¡Nunca más volverás a ver a Wendy, señora, pues la ventana tiene el cerrojo echado!»
Volvió a asomarse para ver por qué había cesado la música, y entonces vio que la señora Darling había apoyado la cabeza sobre el piano, y que dos lágrimas descansaban en sus ojos.
«Quiere que le quite el cerrojo a la ventana —pensó Peter—, ¡pero no lo haré, yo no!»
Volvió a asomarse, y las lágrimas seguían allí, o bien otras dos habían ocupado su lugar.
«Quiere muchísimo a Wendy», se dijo. Ahora estaba enfadado con ella por no ver por qué no podía quedarse con Wendy.
La razón era tan sencilla: «Yo también la quiero. No podemos quedarnos con ella los dos, señora.»
Pero la señora no se resignaba, y él se sentía desdichado. Dejó de mirarla, pero ni aun así ella lo soltaba. Daba brincos y hacía muecas graciosas, pero cuando se detenía era como si ella estuviera dentro de él, golpeando.
«Ah, está bien», dijo al fin, y tragó saliva. Luego quitó el cerrojo a la ventana. «Vamos, Campanilla», gritó, con una mueca terrible dirigida a las leyes de la naturaleza; «no queremos ninguna madre tonta»; y se alejó volando.
Así, después de todo, Wendy y John y Michael encontraron la ventana abierta para ellos, lo cual, por supuesto, era más de lo que merecían. Se posaron en el suelo, sin la menor vergüenza de sí mismos, y el más pequeño ya había olvidado su hogar.
«John —dijo, mirando a su alrededor con recelo—, creo que ya he estado aquí antes.»
«Claro que sí, tonto. Ahí está tu vieja cama.»
«Es verdad», dijo Michael, pero sin mucha convicción.
«¡Oye —gritó John—, la caseta!» y se lanzó a cruzar la habitación para mirar dentro.
«Quizá Nana esté dentro», dijo Wendy.
Pero John silbó. «Vaya —dijo—, hay un hombre dentro.»
«¡Es papá!» exclamó Wendy.
«Déjame ver a papá», suplicó Michael con avidez, y lo observó bien. «No es tan grande como el pirata que maté», dijo con una decepción tan franca que me alegro de que el señor Darling estuviera dormido; habría sido triste que esas fueran las primeras palabras que oyera decir a su pequeño Michael.
A Wendy y a John los había desconcertado un tanto encontrar a su padre en la caseta.
«Seguro que —dijo John, como quien ha perdido la fe en su memoria— antes no dormía en la caseta, ¿verdad?»
«John —dijo Wendy vacilante—, quizá no recordamos la vida de antes tan bien como creíamos.»
Un escalofrío se apoderó de ellos; y bien merecido lo tenían.
«Es muy descuidado por parte de mamá —dijo aquel joven granuja de John— no estar aquí cuando regresamos.»
Fue entonces cuando la señora Darling se puso a tocar de nuevo.
«¡Es mamá!» gritó Wendy, asomándose.
«¡Es verdad!» dijo John.
«Entonces, ¿no eres tú de verdad nuestra madre, Wendy?» preguntó Michael, que sin duda tenía sueño.
«¡Ay, madre!» exclamó Wendy, con su primera verdadera punzada de remordimiento; «ya era hora de que regresáramos.»
«Entremos a hurtadillas —sugirió John— y tapémosle los ojos con las manos.»
Pero Wendy, que veía que debían dar la alegre noticia con más suavidad, tenía un plan mejor.
«Metámonos todos en nuestras camas, y estemos allí cuando ella entre, como si nunca nos hubiéramos marchado.»
Y así, cuando la señora Darling volvió al cuarto de los niños para ver si su marido estaba dormido, todas las camas estaban ocupadas. Los niños esperaron su grito de alegría, pero no llegó. Los vio, pero no creyó que estuvieran allí. Es que los había visto en sus camas tantas veces en sus sueños que pensó que aquello no era más que el sueño que aún la rondaba.
Se sentó en el sillón junto al fuego, donde en otros tiempos los había mecido.
No podían entenderlo, y un frío temor cayó sobre los tres.
«¡Mamá!» gritó Wendy.
«Esa es Wendy», dijo, pero seguía segura de que era el sueño.
«¡Mamá!»
«Ese es John», dijo.
«¡Mamá!» gritó Michael. Ahora la reconocía.
«Ese es Michael», dijo, y tendió los brazos hacia los tres pequeños egoístas a los que nunca volverían a envolver. Sí que lo hicieron: rodearon a Wendy y a John y a Michael, que se habían escurrido de la cama y habían corrido hacia ella.
«¡George, George!» gritó ella cuando pudo hablar; y el señor Darling despertó para compartir su dicha, y Nana entró corriendo. No podría haber habido espectáculo más hermoso; pero no había nadie que lo viera, salvo un niño que miraba fijamente por la ventana. Había gozado de éxtasis innumerables que otros niños jamás podrán conocer; pero contemplaba a través de la ventana la única dicha de la que debía quedar excluido para siempre.