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El barco pirata

Peter Pan · J. M. Barrie · translated by AI translation (unreviewed)

Una luz verde que bizqueaba sobre la Cala de Kidd, que está cerca de la desembocadura del río pirata, señalaba el lugar donde el bergantín, el Jolly Roger, yacía hundido en el agua; una embarcación de aspecto perdonavidas, inmunda hasta el casco, cada uno de sus maderos detestable, como suelo sembrado de plumas destrozadas. Era el caníbal de los mares, y apenas necesitaba aquel ojo vigilante, pues flotaba inmune en el horror de su nombre.

Estaba envuelto en la manta de la noche, a través de la cual ningún sonido suyo podría haber llegado a la orilla. Había pocos sonidos, y ninguno agradable salvo el zumbido de la máquina de coser del barco ante la que se sentaba Smee, siempre laborioso y complaciente, la esencia de lo vulgar, el patético Smee. No sé por qué era tan infinitamente patético, a menos que fuera porque tan patéticamente lo ignoraba; pero hasta los hombres fuertes tenían que apartar la vista de él a toda prisa, y más de una vez, en las tardes de verano, había tocado la fuente de las lágrimas de Garfio y la había hecho manar. De esto, como de casi todo lo demás, Smee era del todo inconsciente.

Unos cuantos piratas se asomaban por encima de las amuradas, embebiendo el miasma de la noche; otros se despatarraban junto a barriles en partidas de dados y cartas; y los agotados cuatro que habían cargado la casita yacían boca abajo en cubierta, donde incluso en sueños rodaban con destreza hacia un lado u otro, fuera del alcance de Garfio, no fuera que este les diera un zarpazo maquinalmente al pasar.

Garfio recorría la cubierta pensativo. Oh, hombre insondable. Era su hora de triunfo. Peter había sido apartado para siempre de su camino, y todos los demás niños estaban en el bergantín, a punto de caminar por la tabla. Era su hazaña más sombría desde los días en que había sometido a Barbecue; y sabiendo, como sabemos, qué vano tabernáculo es el hombre, ¿podría sorprendernos que ahora recorriera la cubierta con paso vacilante, hinchado por los vientos de su éxito?

Pero no había júbilo en su andar, que iba al compás de la acción de su sombría mente. Garfio estaba profundamente abatido.

A menudo se ponía así cuando meditaba consigo mismo a bordo del barco en la quietud de la noche. Era porque estaba terriblemente solo. Este hombre inescrutable nunca se sentía más solo que cuando lo rodeaban sus perros. Eran socialmente inferiores a él.

Garfio no era su verdadero nombre. Revelar quién era en realidad incendiaría el país aun a estas alturas; pero, como quienes leen entre líneas ya habrán adivinado, había estudiado en un famoso colegio privado; y sus tradiciones aún se le aferraban como prendas de vestir, de las cuales, en efecto, se ocupan en gran medida. Así, le resultaba ofensivo incluso ahora subir a un barco con el mismo traje con que lo había abordado, y aún conservaba en su modo de andar la distinguida desgarbadura del colegio. Pero por encima de todo conservaba la pasión por las buenas formas.

¡Las buenas formas! Por mucho que hubiera degenerado, aún sabía que esto es lo único que de verdad importa.

Desde muy dentro de él oyó un crujido como de portones oxidados, y a través de ellos llegó un severo toc-toc-toc, como un martilleo en la noche cuando uno no puede dormir. —¿Has guardado las buenas formas hoy? —era su eterna pregunta.

—La fama, la fama, esa reluciente baratija, es mía —gritó.

—¿Es acaso de buenas formas distinguirse en algo? —replicó el toc-toc de su colegio.

—Soy el único hombre al que Barbecue temió —insistió—, y Flint temía a Barbecue.

—Barbecue, Flint... ¿de qué residencia? —llegó la cortante réplica.

La más inquietante reflexión de todas: ¿no era de malas formas pensar en las buenas formas?

Sus entrañas eran torturadas por este problema. Era un garfio dentro de él más afilado que el de hierro; y mientras lo desgarraba, el sudor le goteaba por el rostro de sebo y le manchaba el jubón. Muchas veces se pasaba la manga por la cara, pero no había modo de represar aquel hilillo.

Ah, no envidiéis a Garfio.

Le sobrevino el presentimiento de su temprana disolución. Era como si el terrible juramento de Peter hubiera abordado el barco. Garfio sintió un lúgubre deseo de pronunciar su discurso de moribundo, no fuera que al poco no hubiera tiempo para ello.

—¡Mejor para Garfio —gritó— si hubiera tenido menos ambición! Solo en sus horas más oscuras se refería a sí mismo en tercera persona.

—¡Ningún niño pequeño que me quiera!

Extraño que pensara en esto, que nunca antes lo había turbado; quizá la máquina de coser se lo trajo a la mente. Largo rato murmuró para sí, con la mirada fija en Smee, que dobladillaba plácidamente, en la convicción de que todos los niños lo temían.

¡Lo temían! ¡Temer a Smee! No había en el bergantín aquella noche un solo niño que no lo quisiera ya. Les había dicho cosas horribles y les había pegado con la palma de la mano, porque no podía pegar con el puño, pero ellos no habían hecho sino aferrarse más a él. Michael se había probado sus gafas.

¡Decirle al pobre Smee que lo consideraban entrañable! A Garfio le picaban las ganas de hacerlo, pero parecía demasiado brutal. En cambio, dio vueltas a este misterio en su mente: ¿por qué encuentran a Smee entrañable? Persiguió el problema como el sabueso rastreador que era. Si Smee era entrañable, ¿qué era lo que lo hacía así? Una respuesta terrible se le presentó de repente: «¿Las buenas formas?».

¿Tenía el contramaestre buenas formas sin saberlo, que es la mejor forma de todas?

Recordó que uno tiene que demostrar que no sabe que las tiene antes de ser elegible para el Pop.

Con un grito de rabia alzó su mano de hierro sobre la cabeza de Smee; pero no desgarró. Lo que lo detuvo fue esta reflexión:

—Desgarrar a un hombre porque tiene buenas formas, ¿qué sería eso?

—¡Malas formas!

El desdichado Garfio estaba tan impotente como húmedo, y se desplomó hacia adelante como una flor cortada.

Sus perros, creyéndolo fuera de combate por un tiempo, relajaron al instante la disciplina; y prorrumpieron en una danza báquica, que lo puso en pie de inmediato, borrado todo rastro de flaqueza humana, como si un cubo de agua hubiera pasado por encima de él.

—Silencio, gentuza —gritó—, u os echaré el ancla encima; —y al instante se acalló el estruendo. —¿Están todos los niños encadenados, de modo que no puedan salir volando?

—Sí, sí.

—Entonces izadlos.

Los desdichados prisioneros fueron arrastrados fuera de la bodega, todos salvo Wendy, y alineados en fila frente a él. Por un tiempo pareció inconsciente de su presencia. Holgazaneaba a sus anchas, tarareando, no sin melodía, retazos de una canción grosera, y manoseando una baraja de cartas. De vez en cuando la luz de su cigarro daba un toque de color a su rostro.

—A ver, matones —dijo con brío—, seis de vosotros caminaréis por la tabla esta noche, pero tengo sitio para dos grumetes. ¿Quiénes vais a ser?

—No lo irritéis sin necesidad —habían sido las instrucciones de Wendy en la bodega; así que Tootles dio un paso adelante cortésmente. Tootles detestaba la idea de enrolarse a las órdenes de semejante hombre, pero un instinto le decía que sería prudente cargar la responsabilidad sobre una persona ausente; y, aunque muchacho algo bobo, sabía que solo las madres están siempre dispuestas a servir de parachoques. Todos los niños saben esto de las madres, y las desprecian por ello, pero hacen uso constante de ello.

Así que Tootles explicó prudentemente: —Verá, señor, no creo que a mi madre le gustara que yo fuera pirata. ¿A tu madre le gustaría que fueras pirata, Slightly?

Le guiñó el ojo a Slightly, que dijo con tristeza: —No creo —como si deseara que las cosas hubieran sido de otro modo. —¿A tu madre le gustaría que fueras pirata, Gemelo?

—No creo —dijo el primer gemelo, tan listo como los demás. —Nibs, ¿te...?

—Basta de cháchara —rugió Garfio, y los portavoces fueron arrastrados hacia atrás. —Tú, muchacho —dijo, dirigiéndose a John—, tienes aspecto de tener algo de agallas. ¿Nunca quisiste ser pirata, valiente?

Ahora bien, John había experimentado a veces este anhelo durante el estudio de mates; y le impresionó que Garfio lo señalara.

—Una vez pensé en llamarme Jack Manos Rojas —dijo con timidez.

—Y buen nombre, además. Así te llamaremos aquí, matón, si te unes.

—¿Tú qué opinas, Michael? —preguntó John.

—¿Cómo me llamaríais si me uno? —exigió saber Michael.

—Joe Barbanegra.

Michael quedó, como es natural, impresionado. —¿Tú qué opinas, John? Quería que John decidiera, y John quería que decidiera él.

—¿Seguiremos siendo respetuosos súbditos del Rey? —inquirió John.

Por entre los dientes de Garfio llegó la respuesta: —Tendríais que jurar: «Abajo el Rey».

Quizá John no se había portado muy bien hasta entonces, pero ahora resplandeció.

—Entonces me niego —gritó, golpeando el barril delante de Garfio.

—Y yo me niego —gritó Michael.

—¡Rule Britannia! —chilló Curly.

Los enfurecidos piratas los abofetearon en la boca; y Garfio bramó: —Eso sella vuestra suerte. Traed a su madre. Preparad la tabla.

No eran más que niños, y palidecieron al ver a Jukes y Cecco preparando la fatal tabla. Pero trataron de parecer valientes cuando trajeron a Wendy.

Ninguna palabra mía puede deciros cuánto despreciaba Wendy a aquellos piratas. Para los niños había al menos cierto encanto en el oficio de pirata; pero todo lo que ella veía era que el barco no se había ordenado en años. No había un solo ojo de buey en cuyo cristal mugriento no se hubiera podido escribir con el dedo «Cerdo asqueroso»; y ella ya lo había escrito en varios. Pero, mientras los niños se congregaban a su alrededor, no tenía, por supuesto, más pensamiento que para ellos.

—Conque, preciosa —dijo Garfio, como si hablara en almíbar—, vas a ver a tus hijos caminar por la tabla.

Por muy caballero fino que fuera, la intensidad de sus cavilaciones le había ensuciado la gorguera, y de pronto supo que ella la contemplaba. Con un gesto apresurado trató de ocultarla, pero ya era demasiado tarde.

—¿Van a morir? —preguntó Wendy, con una mirada de tan espantoso desprecio que él estuvo a punto de desmayarse.

—Van a morir —gruñó. —Silencio todos —proclamó regodeándose—, para las últimas palabras de una madre a sus hijos.

En este momento Wendy estuvo magnífica. —Estas son mis últimas palabras, queridos niños —dijo con firmeza. —Siento que tengo un mensaje para vosotros de vuestras verdaderas madres, y es este: «Esperamos que nuestros hijos mueran como caballeros ingleses».

Hasta los piratas se sobrecogieron, y Tootles exclamó histéricamente: —Yo voy a hacer lo que mi madre espera. ¿Qué vas a hacer tú, Nibs?

—Lo que mi madre espera. ¿Qué vas a hacer tú, Gemelo?

—Lo que mi madre espera. John, ¿qué vas...?

Pero Garfio había recuperado la voz.

—¡Atadla! —gritó.

Fue Smee quien la ató al mástil. —Mira, cariño —susurró—, te salvaré si prometes ser mi madre.

Pero ni siquiera por Smee haría ella semejante promesa. —Casi preferiría no tener ningún hijo —dijo con desdén.

Es triste saber que ni un solo niño la miraba mientras Smee la ataba al mástil; los ojos de todos estaban en la tabla: aquel último paseíto que estaban a punto de dar. Ya no eran capaces de esperar que la recorrerían con hombría, pues la capacidad de pensar los había abandonado; solo podían mirar fijamente y temblar.

Garfio les sonrió con los dientes apretados, y dio un paso hacia Wendy. Su intención era volverle la cara para que viera a los niños caminar por la tabla uno a uno. Pero nunca la alcanzó, nunca oyó el grito de angustia que esperaba arrancarle. En su lugar oyó otra cosa.

Era el terrible tic-tic del cocodrilo.

Todos lo oyeron: piratas, niños, Wendy; y de inmediato todas las cabezas se giraron en una dirección; no hacia el agua de donde procedía el sonido, sino hacia Garfio. Todos sabían que lo que estaba a punto de suceder solo le concernía a él, y que de actores habían pasado de pronto a ser espectadores.

Muy espantoso era ver el cambio que se operó en él. Era como si lo hubieran cortado por cada articulación. Se derrumbó en un montoncito.

El sonido se acercaba sin cesar; y por delante de él llegaba este pensamiento horripilante: «¡El cocodrilo está a punto de abordar el barco!».

Hasta el garfio de hierro colgaba inactivo; como sabiendo que no era parte intrínseca de lo que la fuerza atacante quería. Dejado tan pavorosamente solo, cualquier otro hombre habría yacido con los ojos cerrados allí donde cayó: pero el gigantesco cerebro de Garfio seguía funcionando, y bajo su guía se arrastró de rodillas por la cubierta tan lejos del sonido como pudo. Los piratas le abrieron respetuosamente paso, y solo cuando topó contra las amuradas habló.

—¡Escondedme! —gritó con voz ronca.

Se congregaron a su alrededor, con todos los ojos apartados de la cosa que subía a bordo. No pensaban combatirla. Era el Destino.

Solo cuando Garfio quedó oculto a su vista la curiosidad les soltó los miembros a los niños, de modo que pudieron precipitarse al costado del barco para ver al cocodrilo trepando por él. Entonces se llevaron la más extraña sorpresa de la Noche de las Noches; pues no era ningún cocodrilo lo que venía en su ayuda. Era Peter.

Les hizo señas de que no dieran rienda suelta a ningún grito de admiración que pudiera despertar sospechas. Luego siguió haciendo tic-tac.