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¿Crees en las hadas?

Peter Pan · J. M. Barrie · translated by AI translation (unreviewed)

Cuanto antes se despache este horror, mejor. El primero en salir de su árbol fue Curly. Se elevó fuera de él a los brazos de Cecco, que lo lanzó a Smee, que lo lanzó a Starkey, que lo lanzó a Bill Jukes, que lo lanzó a Noodler, y así fue arrojado de uno a otro hasta que cayó a los pies del pirata negro. A todos los niños los arrancaron de sus árboles de esta manera despiadada; y varios de ellos estaban en el aire a la vez, como fardos de mercancía lanzados de mano en mano.

Un trato distinto se le dispensó a Wendy, que llegó la última. Con irónica cortesía, Garfio se descubrió ante ella y, ofreciéndole el brazo, la escoltó hasta el lugar donde amordazaban a los demás. Lo hizo con tal aire, era tan terriblemente distingué, que ella quedó demasiado fascinada para gritar. No era más que una niña pequeña.

Quizá sea delatarla revelar que por un momento Garfio la hechizó, y la delatamos solo porque su desliz condujo a extraños resultados. De haberlo apartado ella altivamente de sí (y nos habría encantado poder escribirlo de ella), la habrían arrojado por los aires como a los demás, y entonces Garfio probablemente no habría estado presente cuando ataron a los niños; y de no haber estado en el atado, no habría descubierto el secreto de Slightly, y sin el secreto no habría podido cometer al poco su vil atentado contra la vida de Peter.

Los ataron para impedir que salieran volando, doblados con las rodillas pegadas a las orejas; y para maniatarlos el pirata negro había cortado una cuerda en nueve trozos iguales. Todo fue bien hasta que llegó el turno de Slightly, cuando resultó ser como esos irritantes paquetes que consumen todo el cordel al darle vueltas y no dejan cabo alguno con que atar un nudo. Los piratas lo patearon en su furia, igual que uno patea el paquete (aunque, en justicia, debería patear el cordel); y, cosa extraña, fue Garfio quien les dijo que refrenaran su violencia. Su labio se curvaba con malicioso triunfo. Mientras sus perros no hacían más que sudar, porque cada vez que intentaban embutir bien al desdichado muchacho por una parte se le abultaba por otra, la mente maestra de Garfio había penetrado mucho más allá de la superficie de Slightly, sondeando no los efectos sino las causas; y su júbilo mostraba que las había hallado. Slightly, pálido hasta las agallas, supo que Garfio había sorprendido su secreto, que era este: que ningún niño tan hinchado podía usar un árbol en el que un hombre corriente tendría que quedarse atascado. El pobre Slightly, el más desdichado ahora de todos los niños, pues estaba presa del pánico por Peter, lamentó amargamente lo que había hecho. Locamente adicto a beber agua cuando tenía calor, se había hinchado en consecuencia hasta su actual contorno, y en vez de reducirse para encajar en su árbol había, sin que los demás lo supieran, tallado su árbol para que encajara en él.

Bastante de esto adivinó Garfio para persuadirse de que Peter yacía al fin a su merced, pero ni una palabra del oscuro designio que ahora se formaba en las cavernas subterráneas de su mente cruzó sus labios; se limitó a hacer señas de que los cautivos fueran conducidos al barco, y de que él quedaría solo.

¿Cómo transportarlos? Encogidos en sus cuerdas, bien podrían hacerse rodar colina abajo como barriles, pero la mayor parte del camino atravesaba un lodazal. De nuevo el genio de Garfio superó las dificultades. Indicó que la casita debía usarse como medio de transporte. Metieron a los niños dentro de un empujón, cuatro robustos piratas la alzaron sobre sus hombros, los demás se pusieron detrás, y, cantando el odioso coro pirata, la extraña procesión se puso en marcha a través del bosque. No sé si alguno de los niños lloraba; de ser así, el canto ahogó el sonido; pero, mientras la casita desaparecía en el bosque, un valiente aunque diminuto chorro de humo salió de su chimenea como desafiando a Garfio.

Garfio lo vio, y le hizo a Peter un flaco favor. Secó cualquier hilillo de compasión hacia él que pudiera haber quedado en el enfurecido pecho del pirata.

Lo primero que hizo al encontrarse solo en la noche que caía deprisa fue acercarse de puntillas al árbol de Slightly, y asegurarse de que le brindaba un paso. Luego permaneció largo rato caviloso; su sombrero de mal agüero sobre el césped, para que cualquier suave brisa que se hubiera levantado jugara refrescante entre sus cabellos. Por oscuros que fueran sus pensamientos, sus ojos azules eran tan suaves como la vincapervinca. Escuchó atentamente cualquier sonido del mundo de abajo, pero todo estaba tan silencioso abajo como arriba; la casa bajo tierra parecía no ser más que otra vivienda vacía en el vacío. ¿Estaría dormido aquel muchacho, o estaría de pie esperando al pie del árbol de Slightly, con su daga en la mano?

No había modo de saberlo, salvo bajando. Garfio dejó que su capa resbalara suavemente al suelo, y luego, mordiéndose los labios hasta que una sangre lasciva asomó en ellos, se metió en el árbol. Era un hombre valiente, pero por un momento tuvo que detenerse allí y enjugarse la frente, que goteaba como una vela. Luego, en silencio, se dejó caer hacia lo desconocido.

Llegó sin contratiempos al pie del pozo, y de nuevo se quedó inmóvil, mordiendo su aliento, que casi lo había abandonado. A medida que sus ojos se acostumbraban a la tenue luz, varios objetos del hogar bajo los árboles fueron tomando forma; pero el único en que se posó su mirada codiciosa, largamente buscado y hallado al fin, fue la gran cama. Sobre la cama yacía Peter profundamente dormido.

Ajeno a la tragedia que se representaba arriba, Peter había seguido, un ratito después de que los niños se fueran, tocando alegremente su flauta: sin duda un intento más bien desesperado de demostrarse a sí mismo que no le importaba. Luego decidió no tomarse su medicina, para apenar a Wendy. Luego se tumbó en la cama por encima de la colcha, para fastidiarla aún más; pues ella siempre los arropaba por dentro, porque nunca se sabe si no se cogerá frío al cambiar la noche. Luego estuvo a punto de llorar; pero se le ocurrió lo indignada que ella estaría si en cambio se reía; así que soltó una risa altiva y se durmió en mitad de ella.

A veces, aunque no a menudo, tenía sueños, y eran más dolorosos que los sueños de otros niños. Durante horas no podía separarse de estos sueños, aunque gemía lastimeramente en ellos. Tenían que ver, creo, con el enigma de su existencia. En tales ocasiones, Wendy tenía por costumbre sacarlo de la cama y sentarse con él en su regazo, calmándolo con dulces maneras de su propia invención, y cuando se serenaba volverlo a acostar antes de que despertara del todo, para que no supiera de la indignidad a la que lo había sometido. Pero en esta ocasión se había sumido de inmediato en un sueño sin sueños. Un brazo colgaba por el borde de la cama, una pierna estaba arqueada, y la parte inconclusa de su risa había quedado varada en su boca, que estaba abierta, mostrando las perlitas.

Así, indefenso, lo encontró Garfio. Se quedó en silencio al pie del árbol, mirando a su enemigo a través de la estancia. ¿No perturbaba ningún sentimiento de compasión su sombrío pecho? El hombre no era del todo malvado; amaba las flores (me han dicho) y la dulce música (él mismo no era mal intérprete de clavecín); y, admitámoslo con franqueza, la índole idílica de la escena lo conmovió profundamente. Dominado por su mejor yo, habría vuelto de mala gana árbol arriba, de no ser por una cosa.

Lo que lo detuvo fue el impertinente aspecto de Peter mientras dormía. La boca abierta, el brazo caído, la rodilla arqueada: eran tal personificación de la presunción que, tomados en conjunto, nunca jamás, cabe esperar, se presentarán ante ojos tan sensibles a lo ofensivo de ellos. Endurecieron el corazón de Garfio. Si su furia lo hubiera roto en cien pedazos, cada uno de ellos habría hecho caso omiso del incidente y se habría lanzado sobre el durmiente.

Aunque una luz de la única lámpara alumbraba tenuemente la cama, Garfio mismo permanecía en la oscuridad, y al primer sigiloso paso adelante descubrió un obstáculo: la puerta del árbol de Slightly. No llenaba enteramente la abertura, y él había estado mirando por encima de ella. Buscando a tientas el pestillo, descubrió con furia que estaba muy abajo, fuera de su alcance. A su cerebro trastornado le pareció entonces que la irritante cualidad del rostro y la figura de Peter aumentaba visiblemente, y sacudió la puerta y se arrojó contra ella. ¿Iba, después de todo, a escapársele su enemigo?

Pero ¿qué era aquello? El rojo de su ojo había divisado la medicina de Peter, que estaba sobre una repisa al fácil alcance. Comprendió al instante lo que era, y de inmediato supo que el durmiente estaba en su poder.

Por temor a ser capturado vivo, Garfio llevaba siempre encima una droga terrible, mezclada por él mismo con todos los anillos mortíferos que habían llegado a su poder. Los había reducido a la ebullición hasta convertirlos en un líquido amarillo totalmente desconocido para la ciencia, que era probablemente el veneno más virulento que existía.

Cinco gotas de esto añadió ahora a la copa de Peter. Le temblaba la mano, pero era de exultación más que de vergüenza. Mientras lo hacía evitó mirar al durmiente, pero no por temor a que la piedad lo enterneciera; solo para no derramarlo. Luego dirigió una larga mirada de regodeo a su víctima, y, dándose la vuelta, se abrió paso con dificultad árbol arriba. Al emerger por lo alto parecía el mismísimo espíritu del mal saliendo de su agujero. Calándose el sombrero en su ángulo más perdonavidas, se envolvió en la capa, sujetando un extremo por delante como para ocultar su persona de la noche, de la que era la parte más negra, y, murmurando extrañamente para sí, se escabulló por entre los árboles.

Peter seguía durmiendo. La luz vaciló y se apagó, dejando la vivienda en la oscuridad; pero él seguía durmiendo. No debían de ser menos de las diez según el cocodrilo, cuando de repente se incorporó en su cama, despertado por no sabía qué. Era un suave y cauteloso golpeteo en la puerta de su árbol.

Suave y cauteloso, pero en aquella quietud resultaba siniestro. Peter buscó a tientas su daga hasta que su mano la aferró. Entonces habló.

—¿Quién anda ahí?

Durante largo rato no hubo respuesta: luego, de nuevo, el golpe.

—¿Quién eres?

Ninguna respuesta.

Estaba emocionado, y le encantaba estar emocionado. En dos zancadas llegó a la puerta. A diferencia de la puerta de Slightly, esta llenaba la abertura, de modo que no podía ver más allá de ella, ni tampoco podía verlo quien llamaba.

—No abriré a menos que hables —gritó Peter.

Entonces, al fin, el visitante habló, con una preciosa voz de campanilla.

—Déjame entrar, Peter.

Era Campanilla, y él le abrió el cerrojo enseguida. Entró volando excitada, el rostro encendido y el vestido manchado de barro.

—¿Qué pasa?

—¡Ay, nunca lo adivinarías! —exclamó, y le ofreció tres intentos. —¡Suéltalo ya! —gritó él, y en una sola frase agramatical, tan larga como las cintas que los magos se sacan de la boca, ella contó la captura de Wendy y los niños.

El corazón de Peter subía y bajaba mientras escuchaba. ¡Wendy atada, y en el barco pirata; ella, que tanto gustaba de que todo estuviera en su sitio!

—¡La rescataré! —gritó, abalanzándose sobre sus armas. Al saltar pensó en algo que podría hacer para complacerla. Podía tomarse su medicina.

Su mano se cerró sobre el fatal brebaje.

—¡No! —chilló Campanilla, que había oído a Garfio murmurar sobre su fechoría mientras cruzaba veloz el bosque.

—¿Por qué no?

—Está envenenada.

—¿Envenenada? ¿Quién podría haberla envenenado?

—Garfio.

—No seas tonta. ¿Cómo podría haber bajado Garfio hasta aquí?

Ay, Campanilla no podía explicar esto, pues ni siquiera ella conocía el oscuro secreto del árbol de Slightly. No obstante, las palabras de Garfio no habían dejado lugar a dudas. La copa estaba envenenada.

—Además —dijo Peter, creyéndose del todo a sí mismo—, yo nunca me quedé dormido.

Alzó la copa. No había tiempo para palabras ahora; tiempo para hechos; y con uno de sus movimientos relámpago Campanilla se interpuso entre sus labios y el brebaje, y lo apuró hasta las heces.

—Pero, Campanilla, ¿cómo te atreves a beberte mi medicina?

Pero ella no respondió. Ya se tambaleaba en el aire.

—¿Qué te pasa? —gritó Peter, de pronto asustado.

—Estaba envenenada, Peter —le dijo dulcemente—; y ahora voy a morirme.

—Ay, Campanilla, ¿te la bebiste para salvarme?

—Sí.

—Pero ¿por qué, Campanilla?

Sus alas apenas la sostenían ya, pero como respuesta se posó en su hombro y le dio a la nariz un cariñoso mordisco. Le susurró al oído «Tonto de remate», y luego, tambaleándose hacia su alcoba, se tendió en la cama.

Su cabeza casi llenaba la cuarta pared del cuartito de ella mientras se arrodillaba a su lado, angustiado. A cada instante su luz se debilitaba más; y él sabía que si se apagaba, ella dejaría de existir. A ella le gustaron tanto sus lágrimas que sacó su hermoso dedo y dejó que corrieran por él.

Su voz era tan baja que al principio él no pudo entender lo que decía. Luego lo entendió. Estaba diciendo que creía que podría ponerse buena de nuevo si los niños creían en las hadas.

Peter extendió los brazos. Allí no había niños, y era de noche; pero se dirigió a todos los que pudieran estar soñando con el País de Nunca Jamás, y que por eso estaban más cerca de él de lo que crees: niños y niñas en camisón, y desnudos bebés indios en sus cestas colgadas de los árboles.

—¿Creéis? —gritó.

Campanilla se incorporó en la cama casi con brío para escuchar su suerte.

Le pareció oír respuestas afirmativas, y luego de nuevo no estuvo segura.

—¿Tú qué crees? —le preguntó a Peter.

—Si creéis —les gritó—, dad palmas; no dejéis que Campanilla muera.

Muchos dieron palmas.

Algunos no.

Unas cuantas bestias silbaron.

Las palmas cesaron de repente; como si incontables madres se hubieran precipitado a sus cuartos de los niños para ver qué diablos pasaba; pero Campanilla ya estaba salvada. Primero su voz se volvió fuerte, luego salió de un brinco de la cama, luego revoloteaba por la habitación más alegre e insolente que nunca. Ni se le ocurrió dar las gracias a los que habían creído, pero le habría encantado echar mano a los que habían silbado.

—¡Y ahora, a rescatar a Wendy!

La luna cabalgaba por un cielo nublado cuando Peter salió de su árbol, ceñido de armas y con poco más encima, para emprender su peligrosa búsqueda. No era la clase de noche que él habría elegido. Había esperado volar, manteniéndose no muy lejos del suelo para que nada insólito escapara a sus ojos; pero con aquella luz intermitente haber volado bajo habría significado arrastrar su sombra por entre los árboles, perturbando así a los pájaros y advirtiendo a un enemigo vigilante de que estaba en movimiento.

Lamentaba ahora haber dado a los pájaros de la isla nombres tan extraños que son muy ariscos y difíciles de abordar.

No había otro remedio que avanzar a la manera de los pieles rojas, en lo cual felizmente era un experto. Pero ¿en qué dirección, si no podía estar seguro de que hubieran llevado a los niños al barco? Una ligera nevada había borrado todas las huellas; y un silencio de muerte reinaba en la isla, como si por un instante la Naturaleza se hubiera detenido, horrorizada por la reciente carnicería. Había enseñado a los niños algo del saber del bosque que él mismo había aprendido de Lirio Tigrino y Campanilla, y sabía que en su hora aciaga no era probable que lo olvidaran. Slightly, si tenía ocasión, marcaría los árboles, por ejemplo; Curly dejaría caer semillas, y Wendy dejaría su pañuelo en algún lugar importante. Hacía falta la mañana para buscar tales indicaciones, y él no podía esperar. El mundo de arriba lo había llamado, pero no le prestaría ayuda alguna.

El cocodrilo pasó junto a él, pero ningún otro ser vivo, ni un sonido, ni un movimiento; y sin embargo sabía muy bien que la muerte súbita podía estar en el árbol siguiente, o acechándolo por detrás.

Juró este terrible juramento: «Garfio o yo esta vez».

Ora reptaba hacia adelante como una serpiente, ora, erguido de nuevo, cruzaba veloz un espacio sobre el que jugaba la luz de la luna, un dedo en el labio y su daga lista. Estaba terriblemente feliz.