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Se llevan a los niños

Peter Pan · J. M. Barrie · translated by AI translation (unreviewed)

El ataque pirata había sido una completa sorpresa: prueba segura de que el desaprensivo Garfio lo había llevado a cabo de forma indebida, pues sorprender a los pieles rojas con limpieza está más allá del ingenio del hombre blanco.

Por todas las leyes no escritas de la guerra salvaje, es siempre el piel roja quien ataca, y con la astucia de su raza lo hace justo antes del amanecer, hora en la que sabe que el valor de los blancos está en su punto más bajo. Los hombres blancos han levantado entretanto una tosca empalizada en la cima de aquel terreno ondulado, a cuyo pie corre un arroyo, pues es la perdición estar demasiado lejos del agua. Allí aguardan el asalto, los inexpertos aferrando sus revólveres y pisando ramitas, pero los veteranos durmiendo tranquilamente hasta justo antes del amanecer. Durante la larga noche negra, los exploradores salvajes se deslizan, como serpientes, entre la hierba sin agitar una sola brizna. La maleza se cierra tras ellos, tan silenciosamente como la arena en la que se ha zambullido un topo. No se oye ni un sonido, salvo cuando dan rienda suelta a una maravillosa imitación del solitario aullido del coyote. El grito es contestado por otros guerreros; y algunos de ellos lo hacen incluso mejor que los coyotes, que no son muy buenos en ello. Así transcurren las gélidas horas, y la larga incertidumbre resulta horriblemente penosa para el rostro pálido que ha de vivirla por primera vez; pero para la mano experta aquellos espeluznantes gritos y los aún más espeluznantes silencios no son sino un indicio de cómo avanza la noche.

Que este era el procedimiento habitual lo sabía Garfio tan bien que, al desdeñarlo, no puede excusarse alegando ignorancia.

Los piccaninny, por su parte, confiaron implícitamente en su honor, y toda su actuación de aquella noche destaca en marcado contraste con la de él. No dejaron de hacer nada que fuera consecuente con la reputación de su tribu. Con esa agudeza de los sentidos que es a la vez la maravilla y la desesperación de los pueblos civilizados, supieron que los piratas estaban en la isla desde el momento en que uno de ellos pisó una rama seca; y en un lapso de tiempo increíblemente breve comenzaron los aullidos de coyote. Cada palmo de terreno entre el lugar donde Garfio había desembarcado sus fuerzas y el hogar bajo los árboles fue examinado sigilosamente por guerreros que llevaban sus mocasines con los talones hacia delante. Solo encontraron un montículo con un arroyo en su base, de modo que Garfio no tenía elección; aquí debía establecerse y esperar hasta justo antes del amanecer. Trazado así todo el plan con astucia casi diabólica, el grueso de los pieles rojas se envolvió en sus mantas, y con esa flema que para ellos es la perla de la hombría, se acuclillaron sobre el hogar de los niños, aguardando el frío momento en que habrían de repartir la pálida muerte.

Allí, soñando, aunque bien despiertos, con las exquisitas torturas a las que iban a someterlo al despuntar el día, aquellos confiados salvajes fueron sorprendidos por el traicionero Garfio. Según los relatos aportados después por los exploradores que escaparon de la carnicería, ni siquiera parece haberse detenido ante la elevación del terreno, aunque es seguro que con aquella luz grisácea debió de verla: ni un solo pensamiento de aguardar a ser atacado parece haber visitado, de principio a fin, su sutil mente; ni siquiera quiso esperar a que la noche estuviera casi consumida; siguió embistiendo sin más plan que arremeter. ¿Qué podían hacer los desconcertados exploradores, dueños como eran de todo ardid guerrero salvo este, sino trotar impotentes tras él, exponiéndose fatalmente a la vista, mientras proferían patéticamente el aullido del coyote?

Alrededor de la valiente Lirio Tigrino había una docena de sus más recios guerreros, y de pronto vieron a los pérfidos piratas abalanzándose sobre ellos. Cayó entonces de sus ojos el velo a través del cual habían contemplado la victoria. Ya no torturarían más en el poste. Para ellos, los felices cotos de caza eran ahora. Lo sabían; pero como hijos de su padre, cumplieron con su deber. Aun entonces tuvieron tiempo de agruparse en una falange que habría sido difícil de romper de haberse levantado con rapidez, pero esto se lo prohibían las tradiciones de su raza. Está escrito que el noble salvaje jamás debe expresar sorpresa en presencia del hombre blanco. Así, por terrible que debió de resultarles la súbita aparición de los piratas, permanecieron inmóviles un instante, sin mover un músculo; como si el enemigo hubiera acudido por invitación. Entonces, en efecto, mantenida gallardamente la tradición, empuñaron sus armas, y el aire se desgarró con el grito de guerra; pero ya era demasiado tarde.

No nos corresponde describir lo que fue una masacre más que una lucha. Así perecieron muchos de la flor de la tribu piccaninny. No todos murieron sin ser vengados, pues con Lobo Flaco cayó Alf Mason, que no volvería a perturbar el Mar Caribe, y entre otros que mordieron el polvo estuvieron Geo. Scourie, Chas. Turley y el alsaciano Foggerty. Turley cayó bajo el tomahawk del terrible Pantera, quien finalmente se abrió paso entre los piratas junto con Lirio Tigrino y un pequeño resto de la tribu.

Hasta qué punto es Garfio culpable de sus tácticas en esta ocasión es algo que debe decidir el historiador. De haber esperado en la elevación del terreno hasta la hora debida, probablemente él y sus hombres habrían sido masacrados; y al juzgarlo es de justicia tener esto en cuenta. Lo que quizá debería haber hecho era informar a sus adversarios de que se proponía seguir un nuevo método. Por otro lado, esto, al destruir el elemento sorpresa, habría dejado su estrategia sin efecto, de modo que toda la cuestión está plagada de dificultades. No puede uno, al menos, negarle una admiración a regañadientes al ingenio que había concebido plan tan audaz, y al cruel genio con que fue ejecutado.

¿Cuáles eran sus propios sentimientos sobre sí mismo en aquel momento triunfal? De buena gana los habrían conocido sus perros, mientras, respirando pesadamente y limpiando sus sables, se reunían a una prudente distancia de su garfio, y escudriñaban con sus ojos de hurón a aquel hombre extraordinario. El júbilo debía de anidar en su corazón, pero su rostro no lo reflejaba: siempre un oscuro y solitario enigma, se mantenía apartado de sus seguidores tanto en espíritu como en presencia.

La tarea de la noche aún no había terminado, pues no eran los pieles rojas a quienes había salido a destruir; no eran más que las abejas a las que había que ahumar, para llegar a la miel. Era a Pan a quien quería, a Pan y a Wendy y a su banda, pero sobre todo a Pan.

Peter era un niño tan pequeño que uno tiende a asombrarse del odio que aquel hombre le tenía. Cierto es que había arrojado el brazo de Garfio al cocodrilo, pero ni siquiera esto y la mayor inseguridad de vida a la que condujo, debido a la pertinacia del cocodrilo, bastan para explicar una animosidad tan implacable y maligna. La verdad es que había en Peter un algo que enardecía al capitán pirata hasta el frenesí. No era su valor, no era su atractivo aspecto, no era... . No hay que andarse con rodeos, pues sabemos muy bien qué era, y hemos de decirlo. Era la chulería de Peter.

Esto le crispaba los nervios a Garfio; hacía que su garra de hierro se estremeciera, y por la noche lo perturbaba como un insecto. Mientras Peter viviera, el atormentado hombre se sentía como un león en una jaula en la que había entrado un gorrión.

La cuestión ahora era cómo bajar por los árboles, o cómo hacer bajar a sus perros. Paseó sus codiciosos ojos por ellos, buscando a los más flacos. Se removieron incómodos, pues sabían que él no tendría reparo en meterlos a la fuerza con pértigas.

Entretanto, ¿qué era de los chicos? Los hemos visto, al primer entrechocar de las armas, convertidos por así decirlo en figuras de piedra, boquiabiertos, todos suplicando con los brazos extendidos hacia Peter; y volvemos a ellos cuando sus bocas se cierran, y sus brazos caen a los costados. El pandemónium de arriba ha cesado casi tan de repente como surgió, pasó como una feroz ráfaga de viento; pero ellos saben que al pasar ha decidido su destino.

¿Qué bando había vencido?

Los piratas, escuchando ávidamente en las bocas de los árboles, oyeron la pregunta que formulaba cada chico, y, ay, también oyeron la respuesta de Peter.

«Si han vencido los pieles rojas —dijo—, tocarán el tam-tam; es siempre su señal de victoria.»

Pues bien, Smee había encontrado el tam-tam, y en aquel momento estaba sentado sobre él. «Nunca volveréis a oír el tam-tam», masculló, pero de forma inaudible, por supuesto, pues se había ordenado silencio estricto. Para su asombro, Garfio le hizo señas de que tocara el tam-tam, y lentamente Smee llegó a comprender la espantosa perfidia de la orden. Nunca, probablemente, había admirado tanto este hombre sencillo a Garfio.

Dos veces golpeó Smee el instrumento, y luego se detuvo a escuchar regocijado.

«¡El tam-tam! —oyeron los malvados exclamar a Peter—; ¡una victoria india!»

Los niños condenados respondieron con un vítor que fue música para los negros corazones de arriba, y casi de inmediato repitieron sus despedidas a Peter. Esto desconcertó a los piratas, pero todos sus demás sentimientos quedaron ahogados por el vil deleite de que el enemigo estaba a punto de subir por los árboles. Se sonrieron con malicia unos a otros y se frotaron las manos. Rápida y silenciosamente, Garfio dio sus órdenes: un hombre en cada árbol, y los demás dispuestos en fila a dos yardas de distancia.