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El pájaro de Nunca Jamás

Peter Pan · J. M. Barrie · translated by AI translation (unreviewed)

El último sonido que Peter oyó antes de quedarse completamente solo fue el de las sirenas retirándose una a una a sus alcobas bajo el mar. Estaba demasiado lejos para oír cerrarse sus puertas; pero cada puerta de las cuevas de coral donde viven hace sonar una campanilla al abrirse o cerrarse (como en todas las mejores casas de tierra firme), y él oyó las campanillas.

Las aguas subían sin cesar hasta que le mordisqueaban los pies; y para pasar el rato hasta que dieran su último trago, observó la única cosa que había en la laguna. Pensó que era un trozo de papel flotante, quizá parte de la cometa, y se preguntó ociosamente cuánto tardaría en llegar a la orilla.

Al poco advirtió, como algo curioso, que sin duda estaba en la laguna con algún propósito definido, pues luchaba contra la marea, y a veces vencía; y cuando vencía, Peter, siempre partidario del bando más débil, no podía evitar aplaudir; era un trozo de papel tan gallardo.

En realidad no era un trozo de papel; era el pájaro de Nunca Jamás, haciendo esfuerzos desesperados por llegar hasta Peter en el nido. Batiendo las alas, de un modo que había aprendido desde que el nido cayó al agua, lograba en cierta medida guiar su extraña embarcación, pero para cuando Peter la reconoció estaba muy agotada. Había venido a salvarlo, a darle su nido, aunque había huevos en él. Me asombra bastante el pájaro, pues aunque él había sido amable con ella, también a veces la había atormentado. Solo puedo suponer que, como la señora Darling y todos los demás, se ablandó porque él conservaba todos sus dientes de leche.

Ella le gritó a qué había venido, y él le gritó qué hacía allí; pero por supuesto ninguno de los dos entendía la lengua del otro. En los cuentos fantásticos la gente puede hablar libremente con los pájaros, y por un momento desearía poder fingir que este es uno de esos cuentos, y decir que Peter respondió con inteligencia al pájaro de Nunca Jamás; pero la verdad es lo mejor, y solo quiero contaros lo que de veras ocurrió. Pues bien, no solo no lograban entenderse, sino que olvidaron sus modales.

«Quie-ro-que-en-tres-en-el-nido —gritó el pájaro, hablando tan despacio y con tanta claridad como le era posible—, y-en-ton-ces-po-drás-lle-gar-flo-tan-do-a-la-o-ri-lla, pe-ro-es-toy-de-ma-sia-do-can-sa-da-pa-ra-a-cer-car-lo-más-así-que-de-bes-in-ten-tar-lle-gar-a-él-na-dan-do.»

«¿De qué estás graznando?» respondió Peter. «¿Por qué no dejas que el nido flote a la deriva como de costumbre?»

«Quie-ro-que...», dijo el pájaro, y lo repitió todo otra vez.

Entonces Peter probó a hablar despacio y con claridad.

«¿De-qué-es-tás-graz-nan-do?» y así sucesivamente.

El pájaro de Nunca Jamás se irritó; tienen muy mal genio.

«¡Pedazo de arrendajo cabeza de chorlito!» chilló ella—. «¿Por qué no haces lo que te digo?»

Peter sintió que lo estaba insultando, y al azar replicó acaloradamente:

«¡Tú también lo eres!»

Entonces, curiosamente, ambos soltaron la misma frase:

«¡Cállate!»

«¡Cállate!»

No obstante, el pájaro estaba decidido a salvarlo si podía, y con un último y poderoso esfuerzo impulsó el nido contra la roca. Luego alzó el vuelo; abandonando sus huevos, para dejar clara su intención.

Entonces por fin comprendió, y agarró el nido y agitó la mano en agradecimiento al pájaro, que revoloteaba por encima. Sin embargo, no era para recibir su agradecimiento por lo que se mantenía allí en el cielo; ni siquiera para verlo meterse en el nido; era para ver qué hacía con sus huevos.

Había dos grandes huevos blancos, y Peter los levantó y reflexionó. El pájaro se cubrió la cara con las alas, para no verlos por última vez; pero no pudo evitar espiar entre las plumas.

Olvido si os he contado que había una estaca en la roca, clavada allí por unos bucaneros de antaño para señalar el lugar de un tesoro enterrado. Los niños habían descubierto el reluciente botín, y cuando estaban de humor travieso solían arrojar lluvias de monedas de oro, diamantes, perlas y reales de a ocho a las gaviotas, que se abalanzaban sobre ellos creyéndolos comida, y luego salían volando, furiosas por la vil jugarreta que les habían gastado. La estaca seguía allí, y de ella Starkey había colgado su sombrero, un hondo sombrero de hule, impermeable, de ala ancha. Peter metió los huevos en aquel sombrero y lo puso sobre la laguna. Flotó de maravilla.

El pájaro de Nunca Jamás vio enseguida lo que se proponía, y chilló su admiración por él; y, ay, Peter cacareó mostrándose de acuerdo con ella. Luego se metió en el nido, erigió en él la estaca como un mástil, y colgó su camisa a modo de vela. En el mismo instante el pájaro descendió revoloteando sobre el sombrero y se posó de nuevo cómodamente sobre sus huevos. Ella derivó en una dirección, y él fue llevado en otra, ambos dando vítores.

Por supuesto, cuando Peter desembarcó, varó su barca en un lugar donde el pájaro pudiera encontrarla fácilmente; pero el sombrero fue tal éxito que ella abandonó el nido. Este anduvo a la deriva hasta que se deshizo, y a menudo Starkey acudía a la orilla de la laguna, y con muchos amargos sentimientos contemplaba al pájaro posado en su sombrero. Como no volveremos a verla, quizá valga la pena mencionar aquí que todos los pájaros de Nunca Jamás construyen ahora nidos de esa forma, con un ala ancha en la que los polluelos toman el aire.

Grande fue el regocijo cuando Peter llegó al hogar bajo tierra casi tan pronto como Wendy, a quien la cometa había llevado de acá para allá. Cada chico tenía aventuras que contar; pero quizá la mayor aventura de todas fue que se acostaron varias horas más tarde de lo debido. Esto los envaneció tanto que hicieron diversas artimañas para quedarse levantados aún más tiempo, como exigir vendajes; pero Wendy, aunque disfrutaba de tenerlos a todos de nuevo en casa sanos y salvos, se escandalizó por lo tardío de la hora, y gritó: «¡A la cama, a la cama!», con una voz a la que había que obedecer. Al día siguiente, sin embargo, estuvo terriblemente cariñosa, y repartió vendajes a todos, y jugaron hasta la hora de dormir a cojear por ahí y a llevar los brazos en cabestrillo.