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La laguna de las sirenas

Peter Pan · J. M. Barrie · translated by AI translation (unreviewed)

Si cierras los ojos y eres de los afortunados, puedes ver a veces un charco informe de encantadores colores pálidos suspendido en la oscuridad; luego, si aprietas los ojos con más fuerza, el charco empieza a tomar forma, y los colores se vuelven tan vívidos que con otro apretón forzosamente prenderán en llamas. Pero justo antes de que prendan en llamas ves la laguna. Es lo más cerca que llegas de ella en tierra firme, un único instante celestial; si pudiera haber dos instantes, quizá verías el oleaje y oirías cantar a las sirenas.

Los niños pasaban a menudo largos días de verano en esta laguna, nadando o flotando la mayor parte del tiempo, jugando en el agua a los juegos de las sirenas, y cosas así. No debéis pensar por ello que las sirenas mantenían con ellos relaciones amistosas: al contrario, era uno de los perpetuos pesares de Wendy que en todo el tiempo que estuvo en la isla nunca recibió de ninguna de ellas una palabra cortés. Cuando se acercaba con sigilo al borde de la laguna, podía verlas a decenas, sobre todo en la Roca de los Abandonados, donde les encantaba tomar el sol, peinándose el cabello con una desidia que la irritaba muchísimo; o hasta podía nadar, de puntillas por así decirlo, hasta un metro de ellas, pero entonces la veían y se zambullían, salpicándola probablemente con la cola, no por accidente, sino a propósito.

Trataban del mismo modo a todos los niños, salvo, por supuesto, a Peter, que charlaba con ellas en la Roca de los Abandonados durante horas, y se sentaba sobre sus colas cuando se ponían impertinentes. Le dio a Wendy uno de sus peines.

El momento más fascinante para verlas es en el cambio de la luna, cuando lanzan extraños gritos plañideros; pero la laguna es peligrosa para los mortales entonces, y hasta la tarde de la que ahora hemos de hablar, Wendy nunca había visto la laguna a la luz de la luna, menos por miedo, pues por supuesto Peter la habría acompañado, que porque tenía reglas estrictas de que todos estuvieran en la cama a las siete. Sin embargo, estaba a menudo en la laguna los días soleados después de la lluvia, cuando las sirenas salen en cantidades extraordinarias a jugar con sus burbujas. Las burbujas de muchos colores hechas en agua de arcoíris las tratan como pelotas, golpeándolas alegremente de una a otra con la cola, e intentando mantenerlas dentro del arcoíris hasta que estallan. Las porterías están en cada extremo del arcoíris, y solo a las guardametas se les permite usar las manos. A veces hay una docena de estos partidos a la vez en la laguna, y es todo un bonito espectáculo.

Pero en cuanto los niños intentaban unirse tenían que jugar por su cuenta, pues las sirenas desaparecían al instante. No obstante, tenemos pruebas de que observaban en secreto a los intrusos, y no eran reacias a tomarles alguna idea; pues John introdujo una nueva forma de golpear la burbuja, con la cabeza en vez de con la mano, y las sirenas la adoptaron. Esta es la única huella que John ha dejado en el País de Nunca Jamás.

También debía de ser bastante bonito ver a los niños descansando sobre una roca durante media hora después de la comida del mediodía. Wendy insistía en que lo hicieran, y tenía que ser un descanso de verdad aunque la comida fuera de mentirijillas. Así que allí yacían al sol, y sus cuerpos relucían en él, mientras ella se sentaba a su lado con aire de importancia.

Fue en uno de esos días, y estaban todos en la Roca de los Abandonados. La roca no era mucho mayor que su gran cama, pero por supuesto todos sabían cómo no ocupar mucho sitio, y dormitaban, o al menos yacían con los ojos cerrados, dándose algún pellizco de vez en cuando cuando creían que Wendy no miraba. Ella estaba muy atareada, cosiendo.

Mientras cosía sobrevino un cambio en la laguna. Pequeños estremecimientos la recorrieron, y el sol se retiró y las sombras se deslizaron sobre el agua, tornándola fría. Wendy ya no veía para enhebrar la aguja, y cuando alzó la vista, la laguna que hasta entonces había sido siempre un lugar tan risueño le pareció formidable y hostil.

No era, lo sabía, que hubiera llegado la noche, sino que algo tan oscuro como la noche había llegado. No, peor que eso. No había llegado, pero había enviado aquel estremecimiento a través del mar para anunciar que venía. ¿Qué era?

Se agolparon en su mente todas las historias que le habían contado sobre la Roca de los Abandonados, llamada así porque los capitanes malvados dejan en ella a los marineros y los abandonan allí para que se ahoguen. Se ahogan cuando sube la marea, pues entonces queda sumergida.

Por supuesto, debería haber despertado a los niños de inmediato; no solo por lo desconocido que avanzaba al acecho hacia ellos, sino porque ya no les convenía dormir sobre una roca que se había enfriado. Pero era una madre joven y no lo sabía; creía que sencillamente había que cumplir la regla de la media hora después de la comida del mediodía. Así que, aunque el miedo la dominaba, y anhelaba oír voces masculinas, no quiso despertarlos. Ni siquiera cuando oyó el sonido de unos remos amortiguados, aunque el corazón se le subió a la boca, los despertó. Se quedó de pie sobre ellos para dejarlos dormir hasta el final. ¿No fue valiente por parte de Wendy?

Fue una suerte para aquellos niños que hubiera entre ellos uno capaz de olfatear el peligro hasta en sueños. Peter se irguió de un salto, tan despierto de golpe como un perro, y con un solo grito de alarma despertó a los demás.

Se quedó inmóvil, una mano en la oreja.

—¡Piratas! —gritó. Los demás se acercaron más a él. Una extraña sonrisa le rondaba el rostro, y Wendy la vio y se estremeció. Mientras aquella sonrisa estaba en su rostro nadie se atrevía a dirigirle la palabra; todo lo que podían hacer era estar dispuestos a obedecer. La orden llegó cortante e incisiva.

—¡A bucear!

Hubo un destello de piernas, y al instante la laguna pareció desierta. La Roca de los Abandonados quedó sola en las aguas amenazadoras como si ella misma estuviera abandonada.

El bote se acercó. Era el chinchorro de los piratas, con tres figuras a bordo, Smee y Starkey, y la tercera una cautiva, nada menos que Lirio Tigrino. Tenía atadas las manos y los tobillos, y sabía cuál sería su suerte. Iba a ser abandonada en la roca para que pereciera, un fin para uno de su raza más terrible que la muerte por fuego o tortura, pues ¿no está escrito en el libro de la tribu que no hay camino a través del agua hasta el feliz coto de caza? Sin embargo su rostro permanecía impasible; era la hija de un jefe, debía morir como hija de un jefe, con eso basta.

La habían sorprendido abordando el barco pirata con un cuchillo entre los dientes. No se montaba guardia en el barco, pues Garfio se jactaba de que el viento de su nombre guardaba la nave en una milla a la redonda. Ahora la suerte de ella ayudaría a guardarla también. Un lamento más recorrería aquel viento por la noche.

En la penumbra que traían consigo, los dos piratas no vieron la roca hasta que chocaron contra ella.

—Orza, so torpe —gritó una voz irlandesa que era la de Smee—; aquí está la roca. Ahora bien, lo que hemos de hacer es izar a la piel roja sobre ella y dejarla aquí para que se ahogue.

Fue obra de un instante brutal depositar a la hermosa muchacha sobre la roca; era demasiado orgullosa para ofrecer una vana resistencia.

Muy cerca de la roca, pero fuera de la vista, dos cabezas subían y bajaban, la de Peter y la de Wendy. Wendy lloraba, pues era la primera tragedia que había presenciado. Peter había presenciado muchas tragedias, pero las había olvidado todas. Sentía menos pena que Wendy por Lirio Tigrino: era el dos contra uno lo que le enfurecía, y estaba resuelto a salvarla. Una manera fácil habría sido esperar a que los piratas se marcharan, pero él nunca fue de los que escogen el camino fácil.

Casi no había nada que no supiera hacer, y ahora imitó la voz de Garfio.

—¡Eh, vosotros, so torpes! —llamó. Fue una imitación maravillosa.

—¡El capitán! —dijeron los piratas, mirándose el uno al otro con sorpresa.

—Debe de estar viniendo a nado hacia nosotros —dijo Starkey, cuando lo hubieron buscado en vano.

—Estamos poniendo a la piel roja en la roca —gritó Smee.

—Ponedla en libertad —llegó la asombrosa respuesta.

—¡En libertad!

—Sí, cortad sus ataduras y dejadla ir.

—Pero, capitán...

—De inmediato, ¿me oís? —gritó Peter—, o os hundiré mi garfio.

—¡Esto es raro! —jadeó Smee.

—Más vale hacer lo que el capitán ordena —dijo Starkey nerviosamente.

—A la orden, a la orden —dijo Smee, y cortó las ligaduras de Lirio Tigrino. Al instante, como una anguila, se deslizó entre las piernas de Starkey y se metió en el agua.

Por supuesto Wendy estaba muy exaltada por la astucia de Peter; pero sabía que él también lo estaría y que muy probablemente cantaría y así se delataría, de modo que al instante su mano se adelantó para taparle la boca. Pero quedó detenida incluso en pleno gesto, pues «¡Ah del bote!» resonó sobre la laguna con la voz de Garfio, y esta vez no era Peter quien había hablado.

Peter quizá estaba a punto de cantar, pero su rostro se frunció en cambio en un silbido de sorpresa.

—¡Ah del bote! —volvió a llegar la voz.

Ahora Wendy comprendió. El verdadero Garfio también estaba en el agua.

Nadaba hacia el bote, y como sus hombres mostraron una luz para guiarlo, pronto los había alcanzado. A la luz del farol Wendy vio su garfio aferrar el costado del bote; vio su rostro maligno y atezado al alzarse chorreante del agua, y, temblando, le habría gustado alejarse a nado, pero Peter no se movía. Estaba vibrante de vida y también rebosante de vanidad. —¿No soy una maravilla, oh, soy una maravilla! —le susurró, y aunque ella también lo creía, se alegró de veras, por el bien de su reputación, de que nadie lo oyera salvo ella misma.

Le hizo una seña para que escuchara.

Los dos piratas tenían mucha curiosidad por saber qué había traído a su capitán hasta ellos, pero él permanecía sentado con la cabeza apoyada en el garfio en una postura de profunda melancolía.

—Capitán, ¿va todo bien? —preguntaron tímidamente, pero él respondió con un gemido cavernoso.

—Suspira —dijo Smee.

—Suspira de nuevo —dijo Starkey.

—Y por tercera vez suspira —dijo Smee.

Entonces por fin habló con pasión.

—Se acabó el juego —gritó—, esos niños han encontrado una madre.

Por muy asustada que estuviera, Wendy se hinchó de orgullo.

—¡Oh, día aciago! —gritó Starkey.

—¿Qué es una madre? —preguntó el ignorante Smee.

Wendy quedó tan escandalizada que exclamó: —¡No lo sabe! —y siempre después de esto sintió que, si uno pudiera tener un pirata de mascota, Smee sería el suyo.

Peter la arrastró bajo el agua, pues Garfio se había incorporado de un salto, gritando: —¿Qué ha sido eso?

—Yo no he oído nada —dijo Starkey, alzando el farol sobre las aguas, y al mirar los piratas vieron un extraño espectáculo. Era el nido del que os he hablado, flotando sobre la laguna, y el pájaro de Nunca Jamás estaba posado en él.

—Mira —dijo Garfio en respuesta a la pregunta de Smee—, eso es una madre. ¡Qué lección! El nido debe de haber caído al agua, pero ¿abandonaría la madre sus huevos? No.

Hubo un quiebro en su voz, como si por un momento recordara días inocentes en que... pero apartó esta debilidad con el garfio.

Smee, muy impresionado, contempló al pájaro mientras el nido pasaba flotando, pero el más suspicaz Starkey dijo: —Si es una madre, quizá ande rondando por aquí para ayudar a Peter.

Garfio hizo una mueca. —Sí —dijo—, ese es el temor que me atormenta.

Lo sacó de este abatimiento la ansiosa voz de Smee.

—Capitán —dijo Smee—, ¿no podríamos raptar a la madre de estos niños y hacerla nuestra madre?

—Es un plan digno de un príncipe —gritó Garfio, y al instante tomó forma práctica en su gran cerebro—. Apresaremos a los niños y los llevaremos al bote: a los muchachos les haremos caminar por la plancha, y Wendy será nuestra madre.

De nuevo Wendy se olvidó de sí misma.

—¡Jamás! —gritó, y salió a flote de golpe.

—¿Qué ha sido eso?

Pero no veían nada. Pensaron que debía de haber sido una hoja en el viento. —¿Estáis de acuerdo, valientes míos? —preguntó Garfio.

—Aquí está mi mano —dijeron ambos.

—Y aquí está mi garfio. Jurad.

Todos juraron. Para entonces estaban ya sobre la roca, y de pronto Garfio se acordó de Lirio Tigrino.

—¿Dónde está la piel roja? —preguntó bruscamente.

Tenía un humor juguetón a ratos, y pensaron que este era uno de esos ratos.

—Todo en orden, capitán —respondió Smee con complacencia—; la dejamos ir.

—¡La dejasteis ir! —gritó Garfio.

—Fueron vuestras propias órdenes —balbuceó el contramaestre.

—Nos gritasteis por encima del agua que la dejáramos ir —dijo Starkey.

—Azufre y hiel —tronó Garfio—, ¿qué embuste se trama aquí? Su rostro se había puesto negro de rabia, pero vio que creían sus palabras, y se quedó sobrecogido. —Muchachos —dijo, temblando un poco—, yo no di tal orden.

—Es de lo más raro —dijo Smee, y todos se removieron incómodos. Garfio alzó la voz, pero había en ella un temblor.

—Espíritu que rondas esta noche por esta oscura laguna —gritó—, ¿me oyes?

Por supuesto Peter debería haberse callado, pero por supuesto no lo hizo. Respondió de inmediato con la voz de Garfio:

—Rayos, truenos, martillo y tenazas, te oigo.

En aquel momento supremo Garfio no palideció, ni siquiera en las agallas, pero Smee y Starkey se agarraron el uno al otro aterrorizados.

—¿Quién eres, forastero? ¡Habla! —exigió Garfio.

—Soy James Garfio —respondió la voz—, capitán del Jolly Roger.

—No lo eres; no lo eres —gritó Garfio con voz ronca.

—Azufre y hiel —replicó la voz—, di eso otra vez y echaré el ancla dentro de ti.

Garfio probó una actitud más zalamera. —Si eres Garfio —dijo casi con humildad—, ven, dime, ¿quién soy yo?

—Un bacalao —respondió la voz—, solo un bacalao.

—¡Un bacalao! —repitió Garfio sin comprender, y fue entonces, pero no antes, cuando su orgulloso espíritu se quebró. Vio a sus hombres apartarse de él.

—¡Nos ha capitaneado todo este tiempo un bacalao! —murmuraron—. Es humillante para nuestro orgullo.

Eran sus perros mordiéndole los talones, pero, por trágica figura en que se había convertido, apenas les prestó atención. Ante evidencia tan espantosa no era la fe de ellos en él lo que necesitaba, sino la suya propia. Sintió que su ego se le escapaba. —No me abandones, valiente —le susurró con voz ronca.

En su oscura naturaleza había un toque de lo femenino, como en todos los grandes piratas, y a veces eso le daba intuiciones. De pronto probó el juego de las adivinanzas.

—Garfio —llamó—, ¿tienes otra voz?

Ahora bien, Peter nunca podía resistirse a un juego, y respondió alegremente con su propia voz: —La tengo.

—¿Y otro nombre?

—Sí, sí.

—¿Vegetal? —preguntó Garfio.

—No.

—¿Mineral?

—No.

—¿Animal?

—Sí.

—¿Hombre?

—¡No! —Esta respuesta resonó con desdén.

—¿Niño?

—Sí.

—¿Niño corriente?

—¡No!

—¿Niño maravilloso?

Para dolor de Wendy, la respuesta que resonó esta vez fue: —Sí.

—¿Estás en Inglaterra?

—No.

—¿Estás aquí?

—Sí.

Garfio estaba completamente perplejo. —Hacedle vosotros algunas preguntas —dijo a los demás, enjugándose la húmeda frente.

Smee reflexionó. —No se me ocurre nada —dijo con pesar.

—¡No lo adivináis, no lo adivináis! —cantó Peter—. ¿Os dais por vencidos?

Por supuesto, en su orgullo estaba llevando el juego demasiado lejos, y los malhechores vieron su oportunidad.

—Sí, sí —respondieron con avidez.

—Pues bien —gritó—, soy Peter Pan.

¡Pan!

En un instante Garfio volvió a ser el de siempre, y Smee y Starkey fueron sus fieles secuaces.

«Ahora lo tenemos» —gritó Garfio—. «Al agua, Smee. Starkey, cuida el bote. ¡Cógelo vivo o muerto!»

Saltó mientras hablaba, y al mismo tiempo se oyó la alegre voz de Peter.

«¿Estáis listos, chicos?»

«¡Sí, sí!», desde diversos puntos de la laguna.

«Entonces, ¡a por los piratas!»

La lucha fue breve y feroz. El primero en hacer sangre fue John, que con gallardía trepó al bote y sujetó a Starkey. Hubo un forcejeo feroz, en el que el sable fue arrancado de las manos del pirata. Este se escurrió por la borda y John saltó tras él. El bote se alejó a la deriva.

Aquí y allá una cabeza asomaba en el agua, y había un destello de acero seguido de un grito o un alarido. En la confusión, algunos golpearon a los de su propio bando. El sacacorchos de Smee alcanzó a Tootles en la cuarta costilla, pero a su vez él fue pinchado por Curly. Más lejos de la roca, Starkey acosaba con fuerza a Slightly y a los Gemelos.

¿Dónde estaba Peter todo este tiempo? Buscaba una presa mayor.

Los demás eran todos chicos valientes, y no se les puede reprochar que retrocedieran ante el capitán pirata. Su garra de hierro trazaba a su alrededor un círculo de agua muerta, del que huían como peces asustados.

Pero había uno que no le temía: había uno dispuesto a entrar en aquel círculo.

Curiosamente, no fue en el agua donde se encontraron. Garfio subió a la roca para respirar, y en el mismo instante Peter la escalaba por el lado opuesto. La roca era resbaladiza como una pelota, y tuvieron que arrastrarse más que trepar. Ninguno sabía que el otro se acercaba. Cada uno, buscando un asidero, dio con el brazo del otro: sorprendidos, alzaron la cabeza; sus rostros casi se tocaban; así se encontraron.

Algunos de los más grandes héroes han confesado que, justo antes de entrar en combate, sintieron un desfallecimiento. Si así le hubiera ocurrido a Peter en aquel momento, lo admitiría. Al fin y al cabo, era el único hombre al que el Cocinero de a Bordo había temido. Pero Peter no sintió desfallecimiento alguno; solo tenía un sentimiento, la alegría; y hacía rechinar sus bonitos dientes de gozo. Rápido como el pensamiento, arrebató un cuchillo del cinto de Garfio y estaba a punto de hundirlo, cuando vio que estaba más arriba en la roca que su enemigo. No habría sido luchar limpiamente. Le tendió una mano al pirata para ayudarlo a subir.

Fue entonces cuando Garfio lo mordió.

No fue el dolor de aquello, sino su injusticia, lo que aturdió a Peter. Lo dejó completamente indefenso. Solo podía mirar fijamente, horrorizado. Todo niño se ve afectado así la primera vez que se le trata injustamente. Lo único a lo que cree tener derecho cuando acude a ti para ser tuyo es a la justicia. Después de que hayas sido injusto con él, volverá a quererte, pero jamás volverá a ser del todo el mismo niño. Nadie supera nunca la primera injusticia; nadie salvo Peter. A menudo la encontraba, pero siempre la olvidaba. Supongo que esa era la verdadera diferencia entre él y todos los demás.

Así que cuando la encontró ahora fue como la primera vez; y solo pudo mirar fijamente, indefenso. Dos veces la mano de hierro lo desgarró.

Unos momentos después, los otros chicos vieron a Garfio en el agua nadando desesperadamente hacia el barco; ya no había júbilo en aquel rostro pestilente, solo un miedo lívido, pues el cocodrilo lo perseguía con tenacidad. En circunstancias normales, los chicos habrían nadado a su lado dando vítores; pero ahora estaban inquietos, pues habían perdido tanto a Peter como a Wendy, y recorrían la laguna buscándolos, llamándolos por su nombre. Encontraron el bote y regresaron a casa en él, gritando «¡Peter, Wendy!» mientras iban, pero no llegó respuesta alguna salvo las risas burlonas de las sirenas. «Deben de estar volviendo a nado o volando», concluyeron los chicos. No estaban muy preocupados, porque tenían mucha fe en Peter. Se reían por lo bajo, como niños, porque llegarían tarde a la cama; ¡y todo era culpa de mamá Wendy!

Cuando sus voces se apagaron, un frío silencio cayó sobre la laguna, y luego un débil grito.

«¡Socorro, socorro!»

Dos pequeñas figuras se golpeaban contra la roca; la niña se había desmayado y yacía sobre el brazo del niño. Con un último esfuerzo, Peter la subió a la roca y luego se tendió junto a ella. Justo cuando él también se desmayaba, vio que el agua subía. Sabía que pronto se ahogarían, pero no podía hacer nada más.

Mientras yacían uno junto al otro, una sirena agarró a Wendy por los pies y empezó a arrastrarla suavemente hacia el agua. Peter, sintiendo que se le escurría, despertó sobresaltado, y llegó justo a tiempo de tirar de ella hacia atrás. Pero tuvo que decirle la verdad.

«Estamos en la roca, Wendy —dijo—, pero se está haciendo más pequeña. Pronto el agua la cubrirá.»

Ni siquiera ahora lo entendía.

«Tenemos que irnos», dijo, casi con alegría.

«Sí», respondió débilmente.

«¿Nadamos o volamos, Peter?»

Tuvo que decírselo.

«¿Crees que podrías nadar o volar hasta la isla, Wendy, sin mi ayuda?»

Tuvo que admitir que estaba demasiado cansada.

Él gimió.

«¿Qué pasa?» preguntó ella, preocupada de inmediato por él.

«No puedo ayudarte, Wendy. Garfio me hirió. No puedo ni volar ni nadar.»

«¿Quieres decir que los dos nos ahogaremos?»

«Mira cómo sube el agua.»

Se taparon los ojos con las manos para no ver. Pensaron que pronto dejarían de existir. Mientras estaban así sentados, algo rozó a Peter, ligero como un beso, y allí se quedó, como si dijera con timidez: «¿Puedo servir de algo?»

Era la cola de una cometa que Michael había fabricado unos días antes. Se le había escapado de la mano y había salido flotando.

«La cometa de Michael», dijo Peter sin interés, pero al momento siguiente había agarrado la cola y tiraba de la cometa hacia sí.

«¡Levantó a Michael del suelo! —exclamó—. ¿Por qué no habría de llevarte a ti?»

«¡A los dos!»

«No puede levantar a dos; Michael y Curly lo intentaron.»

«Echémoslo a suertes», dijo Wendy con valentía.

«¿Y tú, una dama? Jamás.» Ya le había atado la cola alrededor. Ella se aferró a él; se negaba a marcharse sin él; pero con un «Adiós, Wendy», la empujó de la roca; y en pocos minutos se perdió de su vista. Peter estaba solo en la laguna.

La roca era muy pequeña ahora; pronto quedaría sumergida. Pálidos rayos de luz caminaban de puntillas sobre las aguas; y al poco se oía un sonido a la vez el más musical y el más melancólico del mundo: las sirenas llamando a la luna.

Peter no era del todo como los demás niños; pero al fin sintió miedo. Un temblor lo recorrió, como un estremecimiento que pasa sobre el mar; pero en el mar un estremecimiento sigue a otro hasta que hay cientos de ellos, y Peter sintió solo aquel. Al momento siguiente estaba de nuevo erguido sobre la roca, con aquella sonrisa en el rostro y un tambor redoblando en su interior. Decía: «Morir será una aventura pavorosamente grande.»