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La isla hecha realidad

Peter Pan · J. M. Barrie · translated by AI translation (unreviewed)

Al sentir que Peter estaba de regreso, el País de Nunca Jamás había despertado de nuevo a la vida. Deberíamos usar el pluscuamperfecto y decir «se había despertado», pero «despertó» suena mejor y era el que siempre usaba Peter.

En su ausencia las cosas suelen estar tranquilas en la isla. Las hadas se toman una hora más por la mañana, las fieras se ocupan de sus crías, los pieles rojas comen con hartura durante seis días y seis noches, y cuando piratas y Niños Perdidos se cruzan se limitan a mostrarse los pulgares en señal de desafío. Pero con la llegada de Peter, que detesta la modorra, todos se ponen de nuevo en marcha: si ahora pegaras el oído al suelo, oirías la isla entera bullir de vida.

Aquella tarde las principales fuerzas de la isla estaban dispuestas como sigue. Los Niños Perdidos habían salido en busca de Peter, los piratas habían salido en busca de los Niños Perdidos, los pieles rojas habían salido en busca de los piratas, y las fieras habían salido en busca de los pieles rojas. Daban vueltas y más vueltas por la isla, pero no se encontraban porque todos iban al mismo paso.

Todos querían sangre salvo los niños, a quienes por lo general les gustaba, pero que esta noche habían salido a saludar a su capitán. Los niños de la isla varían, por supuesto, en número, según los van matando y demás; y cuando parecen ir creciendo, lo cual va contra las reglas, Peter los va reduciendo; pero en aquel momento eran seis, contando a los Gemelos como dos. Finjamos que estamos tendidos aquí, entre las cañas de azúcar, y observémoslos mientras pasan sigilosos en fila india, cada uno con la mano en su daga.

Peter les tiene prohibido parecerse a él en lo más mínimo, y visten las pieles de los osos que ellos mismos han matado, con las que quedan tan redondos y peludos que cuando caen, ruedan. Por eso se han vuelto muy seguros de pie.

El primero en pasar es Tootles, no el menos valiente, pero sí el más desafortunado de toda aquella gallarda banda. Había vivido menos aventuras que ninguno de ellos, porque las grandes cosas ocurrían siempre justo cuando él acababa de doblar la esquina; todo estaba tranquilo, aprovechaba la ocasión para ir a recoger unas ramas para la lumbre, y luego, cuando regresaba, los demás estaban barriendo la sangre. Esta mala suerte había dado a su semblante una suave melancolía, pero, en lugar de agriar su carácter, lo había endulzado, de modo que era con mucho el más humilde de los niños. Pobre y bondadoso Tootles, esta noche hay peligro en el aire para ti. Ten cuidado, no vaya a ofrecérsete ahora una aventura que, de aceptarla, te hundirá en la más profunda desgracia. Tootles, el hada Campanilla, empeñada esta noche en hacer travesuras, busca un instrumento, y cree que tú eres el más fácil de engañar de todos los niños. Guárdate de Campanilla.

Ojalá pudiera oírnos, pero en realidad no estamos en la isla, y pasa de largo, mordiéndose los nudillos.

A continuación viene Nibs, el alegre y desenvuelto, seguido de Slightly, que talla silbatos de los árboles y baila extasiado al son de sus propias melodías. Slightly es el más presumido de los niños. Cree recordar los días de antes de perderse, con sus modales y costumbres, y esto le ha dado a la nariz un respingo ofensivo. Curly es el cuarto; es un travieso, y tantas veces ha tenido que entregarse cuando Peter decía con severidad: «Que dé un paso al frente quien haya hecho esto», que ahora, a la orden, da el paso al frente automáticamente, lo haya hecho o no. Los últimos vienen los Gemelos, a quienes no podemos describir porque seguro que estaríamos describiendo al que no es. Peter nunca supo del todo qué eran los gemelos, y a su banda no se le permitía saber nada que él no supiera, así que estos dos siempre andaban confusos acerca de sí mismos, y hacían cuanto podían por complacer manteniéndose muy juntos, en una especie de actitud de disculpa.

Los niños se desvanecen en la penumbra y, tras una pausa, aunque no una pausa larga, pues las cosas van a buen ritmo en la isla, llegan los piratas siguiéndoles el rastro. Los oímos antes de verlos, y siempre es la misma horrible canción:

«¡Amarra en firme, yo-ho, ponte al pairo, a la piratería vamos, y si un disparo nos separa, seguro que abajo nos juntamos!»

Jamás una cuadrilla de aspecto más villano colgó en hilera en el muelle de las Ejecuciones. Aquí, un poco por delante, una y otra vez con la cabeza pegada al suelo escuchando, sus grandes brazos desnudos, monedas de a ocho como adornos en las orejas, está el apuesto italiano Cecco, que grabó su nombre en letras de sangre en la espalda del gobernador de la prisión de Gao. Aquel negro gigantesco que va tras él ha tenido muchos nombres desde que abandonó aquel con el que las madres morenas aún aterrorizan a sus hijos en las orillas del Guadjo-mo. Aquí está Bill Jukes, tatuado hasta la última pulgada, el mismo Bill Jukes que recibió seis docenas de latigazos en el Walrus de manos de Flint antes de soltar el saco de monedas de oro; y Cookson, de quien se decía que era hermano de Black Murphy (aunque esto nunca se demostró); y el Caballero Starkey, en otro tiempo bedel en una escuela pública y aún delicado en sus maneras de matar; y Skylights (el Skylights de Morgan); y el contramaestre irlandés Smee, un hombre curiosamente afable que apuñalaba, por así decirlo, sin ánimo de ofender, y era el único inconformista de la tripulación de Garfio; y Noodler, cuyas manos estaban fijadas al revés; y Robt. Mullins y Alf Mason y muchos otros rufianes largo tiempo conocidos y temidos en el Caribe español.

En medio de ellos, el más negro y el más grande de aquel tenebroso conjunto, se reclinaba James Garfio, o, como él mismo se escribía, Jas. Garfio, de quien se dice que era el único hombre al que temía el Cocinero de a bordo. Yacía a sus anchas en un tosco carro tirado y empujado por sus hombres, y en lugar de mano derecha tenía el garfio de hierro con el que, una y otra vez, los animaba a apretar el paso. Como a perros los trataba y se dirigía a ellos aquel hombre terrible, y como perros le obedecían. De aspecto era cadavérico y cetrino, y llevaba el cabello peinado en largos rizos que, a cierta distancia, parecían velas negras y daban una expresión singularmente amenazadora a su hermoso semblante. Sus ojos eran del azul del nomeolvides, y de una profunda melancolía, salvo cuando te hundía el garfio, momento en que aparecían en ellos dos puntos rojos que los encendían horriblemente. En sus maneras aún conservaba algo del gran señor, de modo que hasta te destripaba con estilo, y me han dicho que era un narrador de renombre. Nunca era más siniestro que cuando se mostraba más cortés, lo cual es probablemente la prueba más certera de la buena crianza; y la elegancia de su dicción, incluso al soltar juramentos, no menos que la distinción de su porte, lo revelaban de una estirpe distinta a la de su tripulación. Hombre de indomable valor, se decía que la única cosa que le hacía recular era la vista de su propia sangre, que era espesa y de un color inusitado. En el vestir remedaba un tanto el atuendo asociado al nombre de Carlos II, tras haber oído decir en algún período anterior de su carrera que guardaba un extraño parecido con los desdichados Estuardo; y en la boca tenía una boquilla de su propia invención que le permitía fumar dos cigarros a la vez. Pero, sin duda, lo más siniestro de él era su garra de hierro.

Matemos ahora a un pirata, para mostrar el método de Garfio. Skylights servirá. Al pasar, Skylights se tambalea torpemente contra él y le desordena el cuello de encaje; el garfio se dispara hacia fuera, se oye un desgarrón y un chillido, luego el cuerpo es apartado de una patada, y los piratas siguen adelante. Ni siquiera se ha quitado los cigarros de la boca.

Tal es el terrible hombre contra quien se enfrenta Peter Pan. ¿Quién ganará?

Tras el rastro de los piratas, deslizándose sin ruido por el sendero de la guerra, que no es visible a los ojos inexpertos, llegan los pieles rojas, todos y cada uno con la mirada bien atenta. Llevan tomahawks y cuchillos, y sus cuerpos desnudos relucen de pintura y aceite. Colgadas alrededor llevan cabelleras, tanto de niños como de piratas, pues estos son de la tribu piccaninny, y no hay que confundirlos con los delawares, de corazón más blando, ni con los hurones. En vanguardia, a cuatro patas, va el Gran Pantera Pequeña, un guerrero de tantas cabelleras que en su postura actual algo le estorban el avance. Cerrando la marcha, el lugar de mayor peligro, viene Lirio Tigrino, orgullosamente erguida, una princesa por derecho propio. Es la más hermosa de las Dianas morenas y la belleza de los piccaninnies, coqueta, fría y amorosa por turnos; no hay guerrero que no quisiera por esposa a la díscola criatura, pero ella mantiene el altar a raya con un hacha. Observad cómo pasan por encima de las ramitas caídas sin hacer el menor ruido. El único sonido que se oye es su respiración un tanto pesada. El hecho es que todos están ahora un poco gordos tras el copioso atracón, pero con el tiempo lo irán quitando. Por el momento, sin embargo, ello constituye su principal peligro.

Los pieles rojas desaparecen como han venido, cual sombras, y pronto su lugar lo ocupan las fieras, una gran y abigarrada procesión: leones, tigres, osos, y las innumerables criaturas salvajes más pequeñas que huyen de ellos, pues toda clase de fiera, y muy en especial todos los devoradores de hombres, viven codo con codo en la privilegiada isla. Con las lenguas colgando, esta noche están hambrientos.

Cuando han pasado, llega la última figura de todas, un cocodrilo gigantesco. Pronto veremos a quién anda buscando.

El cocodrilo pasa, pero pronto los niños aparecen de nuevo, pues la procesión debe continuar indefinidamente hasta que uno de los grupos se detenga o cambie el paso. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, unos se echarán encima de los otros.

Todos vigilan atentamente el frente, pero ninguno sospecha que el peligro pueda estar acercándose sigilosamente por detrás. Esto demuestra lo real que era la isla.

Los primeros en salir del círculo en movimiento fueron los niños. Se arrojaron sobre el césped, cerca de su hogar subterráneo.

—Ojalá volviera Peter —decían todos y cada uno de ellos con nerviosismo, aunque en estatura, y aún más en corpulencia, todos eran más grandes que su capitán.

—Soy el único que no le tiene miedo a los piratas —dijo Slightly, en ese tono que le impedía ser el favorito de todos; pero quizá algún ruido lejano lo turbó, pues añadió apresuradamente—: pero ojalá volviera y nos dijera si ha oído algo más sobre Cenicienta.

Hablaron de Cenicienta, y Tootles estaba convencido de que su madre debía de haberse parecido mucho a ella.

Solo en ausencia de Peter podían hablar de madres, pues él prohibía el tema por considerarlo una tontería.

—Todo lo que recuerdo de mi madre —les contó Nibs— es que a menudo le decía a mi padre: «¡Ay, cómo me gustaría tener una chequera propia!». No sé qué es una chequera, pero me encantaría regalarle una a mi madre.

Mientras hablaban, oyeron un sonido lejano. Tú o yo, al no ser criaturas salvajes del bosque, no habríamos oído nada, pero ellos lo oyeron, y era la lúgubre canción:

«Yo-ho, yo-ho, la vida pirata, la bandera de calavera y huesos, una hora alegre, una soga de cáñamo, y hala, a los brazos de Davy Jones.»

Al instante los Niños Perdidos... pero ¿dónde están? Ya no están allí. Ni los conejos habrían desaparecido más deprisa.

Os diré dónde están. Con la excepción de Nibs, que ha salido disparado a reconocer el terreno, están ya en su hogar bajo tierra, una residencia de lo más deliciosa que veremos con detalle dentro de poco. Pero ¿cómo han llegado a él? Pues no se ve entrada alguna, ni siquiera una gran piedra que, apartada rodando, dejara al descubierto la boca de una cueva. Mirad de cerca, sin embargo, y advertiréis que hay aquí siete grandes árboles, cada uno con un agujero en su tronco hueco tan grande como un niño. Estas son las siete entradas del hogar bajo tierra, que Garfio lleva muchas lunas buscando en vano. ¿Lo encontrará esta noche?

A medida que los piratas avanzaban, el ojo avizor de Starkey divisó a Nibs desapareciendo entre el bosque, y al instante su pistola relampagueó. Pero una garra de hierro le aferró el hombro.

—¡Capitán, suéltame! — gritó, retorciéndose.

Ahora, por primera vez, oímos la voz de Garfio. Era una voz sombría. —Guarda antes esa pistola —dijo con tono amenazador.

—Era uno de esos niños que odias. Podría haberlo matado de un tiro.

—Sí, y el ruido nos habría echado encima a los pieles rojas de Lirio Tigrino. ¿Quieres perder la cabellera?

—¿Voy tras él, capitán —preguntó el patético Smee—, y le hago cosquillas con Johnny Sacacorchos? Smee tenía nombres agradables para todo, y su alfanje era Johnny Sacacorchos, porque lo retorcía en la herida. Podrían mencionarse muchos rasgos entrañables de Smee. Por ejemplo, después de matar, lo que limpiaba eran sus gafas, en lugar de su arma.

—Johnny es un tipo silencioso —le recordó a Garfio.

—Ahora no, Smee —dijo Garfio con tono lúgubre. —Es solo uno, y yo quiero hacer daño a los siete. Dispersaos y buscadlos.

Los piratas desaparecieron entre los árboles, y en un instante su capitán y Smee quedaron solos. Garfio soltó un profundo suspiro, y no sé por qué fue, quizá por la suave belleza de la tarde, pero le sobrevino el deseo de confiar a su fiel contramaestre la historia de su vida. Habló largo y tendido con gran fervor, pero de qué trataba todo aquello Smee, que era más bien tonto, no tenía la menor idea.

Al poco captó la palabra Peter.

—Más que a nada —decía Garfio con pasión— quiero a su capitán, Peter Pan. Fue él quien me cortó el brazo. Blandió el garfio con aire amenazador. —Llevo mucho tiempo esperando para estrecharle la mano con esto. ¡Oh, lo haré pedazos!

—Y sin embargo —dijo Smee—, a menudo os he oído decir que ese garfio valía por una veintena de manos, para peinarse el cabello y otros menesteres domésticos.

—Sí —respondió el capitán—, si yo fuera madre, rogaría que mis hijos nacieran con esto en lugar de con aquello —y lanzó una mirada de orgullo a su mano de hierro y una de desdén a la otra. Luego volvió a fruncir el ceño.

—Peter arrojó mi brazo —dijo con una mueca de dolor— a un cocodrilo que resultó pasar por allí.

—A menudo —dijo Smee— he notado vuestro extraño pavor a los cocodrilos.

—No a los cocodrilos —lo corrigió Garfio—, sino a ese cocodrilo. Bajó la voz. —Le gustó tanto mi brazo, Smee, que desde entonces me ha seguido, de mar en mar y de tierra en tierra, relamiéndose por el resto de mí.

—En cierto modo —dijo Smee—, es una especie de cumplido.

—No quiero semejantes cumplidos —ladró Garfio con petulancia. —Quiero a Peter Pan, que fue quien primero le dio a la bestia su gusto por mí.

Se sentó sobre un gran hongo, y ahora había un temblor en su voz. —Smee —dijo con voz ronca—, ese cocodrilo ya me habría atrapado antes de ahora, pero por un golpe de suerte se tragó un reloj que hace tic tic dentro de él, y así, antes de que pueda alcanzarme, oigo el tic y salgo huyendo. Se rió, pero de un modo hueco.

—Algún día —dijo Smee— el reloj se parará, y entonces os atrapará.

Garfio se humedeció los labios resecos. —Sí —dijo—, ese es el temor que me persigue.

Desde que se había sentado sentía un calor curioso. —Smee —dijo—, este asiento está caliente. Se levantó de un salto. —¡Rayos y truenos, me estoy quemando!

Examinaron el hongo, que era de un tamaño y una solidez desconocidos en tierra firme; intentaron arrancarlo, y se les vino de inmediato a las manos, pues no tenía raíz. Más extraño aún, empezó al instante a ascender humo. Los piratas se miraron el uno al otro. —¡Una chimenea! — exclamaron ambos.

En efecto, habían descubierto la chimenea del hogar bajo tierra. Los niños tenían por costumbre taparla con un hongo cuando había enemigos por los alrededores.

No solo salía humo de ella. Salían también voces de niños, pues tan seguros se sentían los niños en su escondite que charlaban alegremente. Los piratas escucharon con gesto adusto, y luego volvieron a colocar el hongo. Miraron a su alrededor y repararon en los agujeros de los siete árboles.

—¿Los has oído decir que Peter Pan está fuera de casa? — susurró Smee, jugueteando con Johnny Sacacorchos.

Garfio asintió con la cabeza. Permaneció largo rato absorto en sus pensamientos, y por fin una sonrisa capaz de helar la sangre iluminó su rostro moreno. Smee la había estado esperando. —Desvela tu plan, capitán —exclamó con avidez.

—Regresar al barco —respondió Garfio lentamente, entre dientes—, y cocinar un gran y suntuoso pastel de un buen grosor, con azúcar verde por encima. No puede haber más que una sola estancia abajo, pues no hay más que una chimenea. Los muy topos no tuvieron el juicio de ver que no necesitaban una puerta cada uno. Eso demuestra que no tienen madre. Dejaremos el pastel en la orilla de la Laguna de las Sirenas. Esos niños siempre andan nadando por allí, jugando con las sirenas. Encontrarán el pastel y se lo zamparán, porque, al no tener madre, no saben lo peligroso que es comer pastel suntuoso y húmedo. Estalló en carcajadas, no en risa hueca ahora, sino en risa franca. —Ajá, morirán.

Smee había escuchado con creciente admiración.

—¡Es la estratagema más perversa y hermosa de la que jamás he oído hablar! — exclamó, y en su júbilo bailaron y cantaron:

«¡Amarra en firme, cuando yo aparezco, de miedo quedan sobrecogidos; nada os queda sobre los huesos cuando con Garfio habéis las garras estrechado.»

Empezaron la estrofa, pero nunca la terminaron, pues otro sonido irrumpió y los dejó paralizados. Al principio era un sonido tan diminuto que una hoja al caer sobre él habría podido sofocarlo, pero, a medida que se acercaba, se volvía más nítido.

¡Tic tic tic tic!

Garfio se quedó paralizado, estremeciéndose, con un pie en el aire.

—¡El cocodrilo! — jadeó, y salió disparado de un brinco, seguido de su contramaestre.

Era, en efecto, el cocodrilo. Había dejado atrás a los pieles rojas, que iban ahora tras el rastro de los otros piratas. Se deslizaba tras Garfio.

Una vez más los niños salieron a campo abierto; pero los peligros de la noche aún no habían terminado, pues al poco Nibs irrumpió sin aliento entre ellos, perseguido por una manada de lobos. Las lenguas de los perseguidores colgaban fuera; sus aullidos eran horribles.

—¡Salvadme, salvadme! — gritó Nibs, cayendo al suelo.

—Pero ¿qué podemos hacer, qué podemos hacer?

Fue un gran cumplido para Peter que, en aquel momento tan terrible, sus pensamientos se volvieran hacia él.

—¿Qué haría Peter? — gritaron todos a la vez.

Casi con el mismo aliento gritaron: «Peter los miraría por entre las piernas».

Y luego: «Hagamos lo que Peter haría».

Es sin duda la manera más eficaz de desafiar a los lobos, y como un solo niño se agacharon y miraron por entre las piernas. El instante siguiente es el más largo, pero la victoria llegó pronto, pues al avanzar los niños hacia ellos en aquella actitud terrible, los lobos bajaron el rabo y huyeron.

Entonces Nibs se levantó del suelo, y los demás creyeron que sus ojos desorbitados aún veían a los lobos. Pero no eran lobos lo que veía.

—He visto algo más maravilloso —gritó, mientras se reunían ansiosos en torno a él—. Un gran pájaro blanco. Viene volando hacia aquí.

—¿Qué clase de pájaro crees que es?

—No lo sé —dijo Nibs, sobrecogido—, pero parece tan fatigado, y al volar gime: «Pobre Wendy».

—¿Pobre Wendy?

—Ya recuerdo —dijo Slightly al instante—, hay pájaros que se llaman wendys.

—¡Mirad, ya viene! —gritó Curly, señalando a Wendy en los cielos.

Wendy estaba ya casi encima de ellos, y podían oír su grito lastimero. Pero más nítida llegaba la voz aguda de Campanilla. El hada celosa se había despojado ya de todo disfraz de amistad, y se lanzaba sobre su víctima desde todas las direcciones, pellizcándola con saña cada vez que la rozaba.

—Hola, Campanilla —gritaron los niños asombrados.

La respuesta de Campanilla resonó: «Peter quiere que le disparéis a la Wendy».

No estaba en su naturaleza discutir cuando Peter daba una orden. —¡Hagamos lo que Peter desea! —gritaron los ingenuos niños—. ¡Rápido, arcos y flechas!

Todos menos Tootles se metieron de un salto en sus árboles. Él llevaba consigo un arco y una flecha, y Campanilla lo advirtió, y se frotó las manitas.

—Rápido, Tootles, rápido —chilló—. Peter se pondrá tan contento.

Tootles, emocionado, encajó la flecha en el arco. —Apártate, Campanilla —gritó, y entonces disparó, y Wendy cayó revoloteando al suelo con una flecha en el pecho.