«La segunda a la derecha, y todo recto hasta el amanecer.»
Eso, según le había dicho Peter a Wendy, era el camino al País de Nunca Jamás; pero ni siquiera los pájaros, llevando mapas y consultándolos en las esquinas ventosas, lo habrían avistado con semejantes indicaciones. Peter, ya veis, decía cualquier cosa que se le pasara por la cabeza.
Al principio sus compañeros confiaban en él ciegamente, y tan grandes eran los deleites de volar que perdían el tiempo dando vueltas alrededor de las agujas de las iglesias o de cualquier otro objeto alto del camino que se les antojara.
John y Michael echaban carreras, y Michael tomaba la delantera.
Recordaban con desdén que no hacía mucho se habían creído unos tipos formidables por ser capaces de volar alrededor de una habitación.
No hacía mucho. Pero ¿cuánto hacía? Volaban ya sobre el mar cuando este pensamiento empezó a inquietar de veras a Wendy. John pensaba que era su segundo mar y su tercera noche.
A veces era de noche y a veces de día, y ora tenían mucho frío ora demasiado calor. ¿De verdad sentían hambre a ratos, o solo fingían, porque Peter tenía una manera tan divertida de alimentarlos? Su método consistía en perseguir a los pájaros que llevaban en el pico comida apta para los humanos y arrebatársela; entonces los pájaros los seguían y se la arrebataban a su vez; y todos se andaban persiguiendo alegremente durante millas, para separarse al fin con mutuas muestras de buena voluntad. Pero Wendy notó, con suave preocupación, que Peter no parecía saber que aquella era una manera más bien rara de conseguir el pan de cada día, ni siquiera que existieran otras maneras.
Desde luego no fingían tener sueño, lo tenían; y eso era un peligro, pues en cuanto se quedaban traspuestos, caían en picado. Lo espantoso era que a Peter esto le parecía divertido.
—¡Ahí va otra vez! — exclamaba jubiloso, cuando Michael de pronto se desplomaba como una piedra.
—¡Sálvalo, sálvalo! — gritaba Wendy, mirando con horror el cruel mar allá abajo. Al final Peter se lanzaba en picado por el aire y atrapaba a Michael justo antes de que pudiera chocar contra el mar, y era encantador el modo en que lo hacía; pero siempre esperaba hasta el último momento, y se notaba que era su destreza lo que le interesaba, y no salvar una vida humana. Además, era aficionado a la variedad, y el deporte que lo absorbía en un momento dejaba de pronto de atraerle, de modo que siempre existía la posibilidad de que la próxima vez que cayeras te dejara caer.
Podía dormir en el aire sin caer, con solo tumbarse boca arriba y flotar, pero esto se debía, al menos en parte, a que era tan liviano que si te ponías detrás de él y soplabas, iba más deprisa.
—Sé más cortés con él —le susurró Wendy a John, mientras jugaban a «Seguir al líder».
—Pues dile que deje de presumir —dijo John.
Cuando jugaban a Seguir al líder, Peter volaba pegado al agua y tocaba al pasar la cola de cada tiburón, igual que en la calle uno puede deslizar el dedo por una verja de hierro. En esto no lograban seguirlo con mucho éxito, así que quizá sí era un poco presumir, sobre todo porque no dejaba de mirar atrás para ver cuántas colas se les escapaban.
—Tenéis que portaros bien con él —les inculcaba Wendy a sus hermanos. —¡Qué haríamos si nos abandonara!
—Podríamos volver —dijo Michael.
—¿Cómo íbamos a encontrar el camino de vuelta sin él?
—Bueno, entonces podríamos seguir adelante —dijo John.
—Eso es lo espantoso, John. Tendríamos que seguir adelante, porque no sabemos cómo detenernos.
Era verdad, Peter había olvidado enseñarles a detenerse.
John dijo que, en el peor de los casos, lo único que tenían que hacer era seguir todo recto, pues el mundo era redondo, y así, con el tiempo, forzosamente volverían a su propia ventana.
—¿Y quién va a conseguirnos comida, John?
—Le arranqué un buen trozo del pico a aquella águila con bastante limpieza, Wendy.
—Después del vigésimo intento —le recordó Wendy. —Y aunque llegáramos a ser buenos consiguiendo comida, mira cómo chocamos contra las nubes y demás si él no está cerca para echarnos una mano.
En efecto, chocaban constantemente. Ya podían volar con vigor, aunque todavía pataleaban demasiado; pero si veían una nube delante de ellos, cuanto más intentaban esquivarla, con más seguridad chocaban contra ella. Si Nana hubiera estado con ellos, a estas alturas ya le habría puesto una venda alrededor de la frente a Michael.
Peter no estaba con ellos en ese momento, y se sentían más bien solos allá arriba, ellos solos. Él podía ir mucho más rápido que ellos, de modo que de pronto salía disparado y se perdía de vista, para vivir alguna aventura en la que ellos no tenían parte. Bajaba riéndose de algo tremendamente gracioso que le había dicho a una estrella, pero ya había olvidado qué era, o aparecía con escamas de sirena aún pegadas al cuerpo y, sin embargo, no sabía decir a ciencia cierta qué había ocurrido. Resultaba de veras bastante irritante para unos niños que jamás habían visto una sirena.
—Y si las olvida tan deprisa —argumentaba Wendy—, ¿cómo podemos esperar que siga acordándose de nosotros?
En efecto, a veces, cuando volvía, no se acordaba de ellos, al menos no del todo. Wendy estaba segura de ello. Veía asomar el reconocimiento a sus ojos cuando estaba a punto de darles los buenos días y seguir de largo; una vez incluso tuvo que llamarlo por su nombre.
—Soy Wendy —dijo, agitada.
Él lo lamentó mucho. —Oye, Wendy —le susurró—, si alguna vez ves que te estoy olvidando, no dejes de repetir «Soy Wendy», y entonces me acordaré.
Por supuesto, esto resultaba más bien insatisfactorio. Sin embargo, para compensarlo les enseñó a tenderse cuan largos eran sobre un viento fuerte que iba en su dirección, y este era un cambio tan agradable que lo probaron varias veces y descubrieron que así podían dormir con seguridad. En verdad habrían dormido más tiempo, pero Peter se cansaba pronto de dormir, y no tardaba en gritar con su voz de capitán: «Aquí nos bajamos». Así, con algún que otro roce, pero en conjunto entre risas y alborotos, se fueron acercando al País de Nunca Jamás; pues tras muchas lunas lo alcanzaron y, es más, habían ido bastante rectos todo el tiempo, no tanto quizá gracias a la guía de Peter o de Campanilla como porque la isla los estaba buscando a ellos. Solo así puede uno avistar aquellas costas mágicas.
—Ahí está —dijo Peter con calma.
—¿Dónde, dónde?
—Adonde apuntan todas las flechas.
En efecto, un millón de flechas doradas se la señalaban a los niños, todas dirigidas por su amigo el sol, que quería que estuvieran seguros del camino antes de dejarlos por la noche.
Wendy, John y Michael se pusieron de puntillas en el aire para echar su primer vistazo a la isla. Cosa extraña, todos la reconocieron al instante, y hasta que el miedo cayó sobre ellos la saludaron, no como algo largamente soñado y visto al fin, sino como a un viejo amigo al que volvían a casa para las vacaciones.
—John, ahí está la laguna.
—Wendy, mira las tortugas enterrando sus huevos en la arena.
—¡Oye, John, veo tu flamenco con la pata rota!
—¡Mira, Michael, ahí está tu cueva!
—John, ¿qué es eso entre la maleza?
—Es una loba con sus cachorros. Wendy, ¡de veras creo que ese es tu lobezno!
—¡Ahí está mi bote, John, con los costados destrozados!
—No, no lo es. Si nosotros quemamos tu bote.
—En todo caso, es ese. ¡Oye, John, veo el humo del campamento de los pieles rojas!
—¿Dónde? Enséñamelo, y por cómo se enrosca el humo te diré si están en pie de guerra.
—Ahí, justo al otro lado del Río Misterioso.
—Ya lo veo. Sí, están en pie de guerra, sin duda.
A Peter le molestaba un poco que supieran tanto, pero si quería darse aires de superioridad sobre ellos, su triunfo estaba al caer, pues ¿no os he dicho que al poco el miedo cayó sobre ellos?
Llegó a la vez que se iban las flechas, dejando la isla sumida en tinieblas.
En los viejos tiempos, en casa, el País de Nunca Jamás siempre empezaba a verse un poco oscuro y amenazador a la hora de dormir. Entonces surgían en él zonas inexploradas que se extendían, negras sombras se movían por ellas, el rugido de las fieras era ahora muy distinto y, sobre todo, perdías la certeza de que ganarías. Te alegrabas bastante de que las lamparillas de noche estuvieran encendidas. Hasta te gustaba que Nana dijera que aquello de ahí no era más que la repisa de la chimenea, y que el País de Nunca Jamás era todo de mentira.
Por supuesto, el País de Nunca Jamás había sido de mentira en aquellos días, pero ahora era real, y no había lamparillas de noche, y se oscurecía más a cada momento, y ¿dónde estaba Nana?
Habían estado volando separados, pero ahora se apiñaban junto a Peter. Su aire despreocupado se había esfumado al fin, sus ojos centelleaban, y un cosquilleo los recorría cada vez que rozaban su cuerpo. Sobrevolaban ahora la temible isla, volando tan bajo que a veces un árbol les rozaba los pies. Nada horrible se veía en el aire, y sin embargo su avance se había vuelto lento y penoso, exactamente como si se abrieran paso a través de fuerzas hostiles. A veces quedaban suspendidos en el aire hasta que Peter lo golpeaba con los puños.
—No quieren que aterricemos —explicó.
—¿Quiénes son ellos? — susurró Wendy, estremeciéndose.
Pero él no podía, o no quería, decirlo. Campanilla había estado dormida sobre su hombro, pero ahora la despertó y la envió por delante.
A veces se mantenía suspendido en el aire, escuchando con atención, con la mano en la oreja, y otras veces miraba fijamente hacia abajo con unos ojos tan brillantes que parecían horadar dos agujeros hasta la tierra. Hechas estas cosas, seguía adelante.
Su valor era casi aterrador. —¿Te apetece una aventura ahora —le dijo con despreocupación a John— o prefieres tomar antes el té?
Wendy dijo enseguida «el té primero», y Michael le apretó la mano en señal de gratitud, pero el más valiente John vaciló.
—¿Qué clase de aventura? — preguntó con cautela.
—Hay un pirata durmiendo en la pampa justo debajo de nosotros —le dijo Peter. —Si quieres, bajamos y lo matamos.
—No lo veo —dijo John tras una larga pausa.
—Yo sí.
—Supongamos —dijo John, con voz un poco ronca— que se despertara.
Peter habló indignado. —¡No creerás que lo mataría mientras duerme! Lo despertaría primero, y luego lo mataría. Es lo que hago siempre.
—¡Oye! ¿Matas a muchos?
—A montones.
John dijo «Qué estupendo», pero decidió tomar antes el té. Preguntó si había muchos piratas en la isla justo entonces, y Peter dijo que nunca había conocido tantos.
—¿Quién es el capitán ahora?
—Garfio —respondió Peter, y su rostro se volvió muy adusto al pronunciar aquella odiada palabra.
—¿Jas. Garfio?
—Así es.
Entonces, en efecto, Michael se echó a llorar, e incluso John solo podía hablar a trompicones, pues conocían la reputación de Garfio.
—Fue el contramaestre de Barbanegra —susurró John con voz ronca. —Es el peor de todos ellos. Es el único hombre al que temía Barbacoa.
—Ese es —dijo Peter.
—¿Cómo es? ¿Es grande?
—No es tan grande como era.
—¿Qué quieres decir?
—Le corté un pedazo.
—¡Tú!
—Sí, yo —dijo Peter con brusquedad.
—No pretendía faltarte al respeto.
—Ah, está bien.
—Pero, oye, ¿qué pedazo?
—Su mano derecha.
—¿Entonces ahora no puede luchar?
—¡Oh, vaya si puede!
—¿Es zurdo?
—Tiene un garfio de hierro en lugar de la mano derecha, y con él desgarra.
—¡Desgarra!
—Oye, John —dijo Peter.
—Sí.
—Di: «A la orden, señor».
—A la orden, señor.
—Hay una cosa —continuó Peter— que todo chico que sirve a mis órdenes tiene que prometer, y tú también deberás hacerlo.
John palideció.
—Es esta: si nos topamos con Garfio en un combate abierto, debes dejármelo a mí.
—Lo prometo —dijo John con lealtad.
Por el momento se sentían menos inquietos, porque Campanilla volaba con ellos, y a su luz podían distinguirse los unos a los otros. Por desgracia, ella no podía volar tan despacio como ellos, así que tenía que darles vueltas y más vueltas en un círculo dentro del cual se movían como en una aureola. A Wendy le gustaba bastante, hasta que Peter le señaló los inconvenientes.
—Me dice —explicó— que los piratas nos avistaron antes de que llegara la oscuridad, y han sacado a Tom el Largo.
—¿El cañón grande?
—Sí. Y, por supuesto, verán su luz, y si adivinan que estamos cerca de ella, seguro que disparan.
—¡Wendy!
—¡John!
—¡Michael!
—Dile que se marche de inmediato, Peter —gritaron los tres a la vez, pero él se negó.
—Cree que hemos perdido el camino —respondió con rigidez—, y está bastante asustada. ¡No creeréis que la mandaría lejos, ella solita, cuando está asustada!
Por un momento el círculo de luz se rompió, y algo le dio a Peter un cariñoso pellizquito.
—Entonces dile —suplicó Wendy— que apague su luz.
—No puede apagarla. Es más o menos lo único que las hadas no pueden hacer. Se apaga por sí sola cuando se queda dormida, igual que las estrellas.
—Entonces dile que se duerma de inmediato —casi ordenó John.
—No puede dormir salvo cuando tiene sueño. Es la única otra cosa que las hadas no pueden hacer.
—Me parece —gruñó John— que esas son las dos únicas cosas que vale la pena hacer.
Aquí recibió un pellizco, pero no uno cariñoso.
—Si al menos uno de nosotros tuviera un bolsillo —dijo Peter—, podríamos llevarla dentro. Sin embargo, habían partido con tanta prisa que no había un solo bolsillo entre los cuatro.
Tuvo una feliz idea. ¡El sombrero de John!
Campanilla accedió a viajar en el sombrero si lo llevaban en la mano. John lo llevó, aunque ella había esperado que la llevara Peter. Al poco Wendy tomó el sombrero, porque John dijo que le golpeaba contra la rodilla al volar; y esto, como veremos, provocó una travesura, pues Campanilla detestaba estar en deuda con Wendy.
En la negra chistera la luz quedaba completamente oculta, y siguieron volando en silencio. Era el silencio más absoluto que jamás habían conocido, roto una vez por un lejano chapoteo, que Peter explicó que eran las fieras bebiendo en el vado, y de nuevo por un sonido áspero que podría haber sido el de las ramas de los árboles frotándose entre sí, pero él dijo que eran los pieles rojas afilando sus cuchillos.
Hasta esos ruidos cesaron. Para Michael la soledad era espantosa. —¡Si al menos algo hiciera un ruido! — exclamó.
Como si respondiera a su petición, el aire se rasgó con el estruendo más tremendo que jamás había oído. Los piratas les habían disparado con Tom el Largo.
Su bramido resonó por las montañas, y los ecos parecían gritar salvajemente: «¿Dónde están, dónde están, dónde están?».
Así de bruscamente aprendieron los tres, aterrorizados, la diferencia entre una isla de mentira y esa misma isla hecha realidad.
Cuando al fin los cielos volvieron a estar tranquilos, John y Michael se encontraron solos en la oscuridad. John pisaba el aire mecánicamente, y Michael, sin saber flotar, flotaba.
—¿Te han dado? — susurró John con voz temblorosa.
—Todavía no lo he probado —susurró Michael a su vez.
Ahora sabemos que a nadie le habían dado. Peter, sin embargo, había sido arrastrado por el viento del disparo mar adentro, mientras que a Wendy la había impulsado hacia arriba sin más compañía que Campanilla.
Habría sido bueno para Wendy que en ese momento hubiera soltado el sombrero.
No sé si la idea se le ocurrió de pronto a Campanilla, o si la había planeado por el camino, pero al instante salió de un salto del sombrero y empezó a atraer a Wendy hacia su perdición.
Campanilla no era del todo mala; o, mejor dicho, ahora mismo era toda mala, pero, por otra parte, a veces era toda buena. Las hadas tienen que ser una cosa o la otra, porque, siendo tan pequeñas, por desgracia solo tienen sitio para un sentimiento a la vez. Se les permite, no obstante, cambiar, solo que debe ser un cambio completo. En este momento estaba llena de celos de Wendy. Lo que decía con su precioso tintineo Wendy no podía, claro está, entenderlo, y creo que parte de ello eran palabrotas, pero sonaba amable, y volaba de acá para allá, dando a entender claramente: «Sígueme, y todo irá bien».
¿Qué otra cosa podía hacer la pobre Wendy? Llamó a Peter, a John y a Michael, y solo obtuvo por respuesta ecos burlones. Aún no sabía que Campanilla la odiaba con el feroz odio de toda una mujer. Y así, desconcertada, y tambaleándose ya en su vuelo, siguió a Campanilla hacia su perdición.