← Library

La casita

Peter Pan · J. M. Barrie · translated by AI translation (unreviewed)

El necio de Tootles estaba de pie como un conquistador sobre el cuerpo de Wendy cuando los demás niños brotaron, armados, de sus árboles.

—Llegáis demasiado tarde —gritó con orgullo—, yo he abatido a la Wendy. Peter estará muy contento conmigo.

En lo alto, Campanilla gritó: «¡Burro estúpido!», y se lanzó a esconderse. Los demás no la oyeron. Se habían agolpado en torno a Wendy, y mientras la miraban un silencio terrible cayó sobre el bosque. Si el corazón de Wendy hubiera estado latiendo, todos lo habrían oído.

Slightly fue el primero en hablar. —Esto no es un pájaro —dijo con voz asustada—. Creo que debe de ser una dama.

—¿Una dama? —dijo Tootles, y se echó a temblar.

—Y la hemos matado —dijo Nibs con voz ronca.

Todos se quitaron las gorras de golpe.

—Ahora lo veo —dijo Curly—: Peter nos la traía. Se arrojó al suelo apesadumbrado.

—Por fin una dama que cuidara de nosotros —dijo uno de los gemelos—, ¡y tú la has matado!

Sentían pena por él, pero más por sí mismos, y cuando dio un paso hacia ellos le dieron la espalda.

El rostro de Tootles estaba muy pálido, pero había en él ahora una dignidad que nunca antes había tenido.

—Lo hice yo —dijo, reflexionando—. Cuando las damas venían a mí en sueños, yo decía: «Linda madre, linda madre». Pero cuando al fin llegó una de verdad, le disparé.

Se alejó lentamente.

—No te vayas —le llamaron con lástima.

—Debo hacerlo —respondió, temblando—; le tengo tanto miedo a Peter.

Fue en ese trágico momento cuando oyeron un sonido que hizo que a todos y cada uno de ellos se les subiera el corazón a la boca. Oyeron cantar a Peter.

—¡Peter! —gritaron, pues así era siempre como anunciaba su regreso.

—Escondedla —susurraron, y se agruparon apresuradamente en torno a Wendy. Pero Tootles se mantuvo aparte.

De nuevo llegó aquel canto resonante, y Peter descendió delante de ellos. —Salud, niños —gritó, y ellos lo saludaron maquinalmente, y luego volvió a hacerse el silencio.

Frunció el ceño.

—He vuelto —dijo con calor—, ¿por qué no vitoreáis?

Abrieron la boca, pero los vítores no salían. Él no lo advirtió en su prisa por contar la gloriosa nueva.

—Grandes noticias, niños —gritó—, por fin os he traído una madre a todos.

Aún ningún sonido, salvo un leve golpe seco de Tootles al caer de rodillas.

—¿No la habéis visto? —preguntó Peter, empezando a inquietarse—. Vino volando hacia aquí.

—¡Ay de mí! —dijo una voz, y otra dijo—: Oh, día de duelo.

Tootles se levantó. —Peter —dijo en voz baja—, yo te la mostraré —y cuando los demás aún la habrían escondido, dijo—: Atrás, gemelos, dejad que Peter la vea.

Así que todos se hicieron atrás y le dejaron ver, y después de haberla contemplado un rato no supo qué hacer a continuación.

—Está muerta —dijo con desazón—. Quizá le asuste estar muerta.

Pensó en alejarse a saltitos de un modo cómico hasta perderla de vista, y luego no volver a acercarse jamás a aquel lugar. Todos lo habrían seguido de buena gana si lo hubiera hecho.

Pero estaba la flecha. La sacó del corazón de Wendy y se encaró con su banda.

—¿De quién es esta flecha? —exigió con severidad.

—Mía, Peter —dijo Tootles de rodillas.

—Oh, mano cobarde —dijo Peter, y alzó la flecha para usarla como daga.

Tootles no se inmutó. Se descubrió el pecho. —Hiere, Peter —dijo con firmeza—, hiere certero.

Dos veces alzó Peter la flecha, y dos veces cayó su mano. —No puedo herir —dijo con espanto—, hay algo que detiene mi mano.

Todos lo miraron maravillados, salvo Nibs, que por fortuna miraba a Wendy.

—Es ella —gritó—, la dama Wendy, ¡mirad, su brazo!

Cosa asombrosa de contar, Wendy había alzado el brazo. Nibs se inclinó sobre ella y escuchó con reverencia. —Creo que ha dicho: «Pobre Tootles» —susurró.

—Vive —dijo Peter escuetamente.

Slightly gritó al instante: —La dama Wendy vive.

Entonces Peter se arrodilló junto a ella y encontró su botón. Recordaréis que ella lo había puesto en una cadena que llevaba al cuello.

—Mirad —dijo—, la flecha chocó contra esto. Es el beso que le di. Le ha salvado la vida.

—Yo entiendo de besos —terció Slightly con presteza—, dejádmelo ver. Sí, eso es un beso.

Peter no lo oyó. Estaba suplicándole a Wendy que se recuperara pronto, para poder mostrarle las sirenas. Por supuesto ella no podía responder aún, hallándose todavía en un desmayo espantoso; pero desde lo alto llegó una nota plañidera.

—Escuchad a Campanilla —dijo Curly—, llora porque la Wendy vive.

Entonces tuvieron que contarle a Peter el crimen de Campanilla, y casi nunca lo habían visto tan severo.

—Escucha, Campanilla —gritó—, ya no soy tu amigo. Aléjate de mí para siempre.

Ella voló hasta su hombro y le suplicó, pero él la apartó de un manotazo. No fue hasta que Wendy volvió a alzar el brazo cuando cedió lo bastante como para decir: —Bueno, no para siempre, pero sí durante una semana entera.

¿Creéis que Campanilla le quedó agradecida a Wendy por haber alzado el brazo? Oh, no, en absoluto; nunca había deseado tanto pellizcarla. En verdad las hadas son extrañas, y Peter, que era quien mejor las entendía, a menudo les daba coscorrones.

Pero ¿qué hacer con Wendy en su actual y delicado estado de salud?

—Llevémosla abajo, a la casa —sugirió Curly.

—Sí —dijo Slightly—, eso es lo que se hace con las damas.

—No, no —dijo Peter—, no debéis tocarla. No sería lo bastante respetuoso.

—Eso —dijo Slightly— es lo que yo estaba pensando.

—Pero si se queda ahí tendida —dijo Tootles—, morirá.

—Sí, morirá —admitió Slightly—, pero no hay solución.

—Sí que la hay —gritó Peter—. Construyámosle una casita alrededor.

Todos quedaron encantados. —Rápido —les ordenó—, traedme cada uno lo mejor que tengamos. Vaciad nuestra casa. Daos prisa.

En un instante estaban tan atareados como sastres la noche antes de una boda. Corrían de acá para allá, abajo por la ropa de cama, arriba por leña, y mientras estaban en ello, quién iba a aparecer sino John y Michael. Al arrastrarse por el suelo se dormían de pie, se detenían, despertaban, daban otro paso y volvían a dormirse.

—John, John —gritaba Michael—, ¡despierta! ¿Dónde está Nana, John, y madre?

Y entonces John se restregaba los ojos y murmuraba: —Es cierto, sí que volamos.

Podéis estar seguros de que se sintieron muy aliviados al encontrar a Peter.

—Hola, Peter —dijeron.

—Hola —respondió Peter amistosamente, aunque los había olvidado por completo. En ese momento estaba muy ocupado midiendo a Wendy con los pies para ver de qué tamaño necesitaría la casa. Por supuesto, tenía la intención de dejar sitio para sillas y una mesa. John y Michael lo observaban.

—¿Está Wendy dormida? —preguntaron.

—Sí.

—John —propuso Michael—, despertémosla y hagamos que nos prepare la cena —pero al decirlo pasaron corriendo algunos de los otros niños cargando ramas para la construcción de la casa. —¡Míralos! —gritó.

—Curly —dijo Peter con su voz más de capitán—, encárgate de que estos niños ayuden en la construcción de la casa.

—A la orden, mi capitán.

—¿Construir una casa? —exclamó John.

—Para la Wendy —dijo Curly.

—¿Para Wendy? —dijo John, horrorizado—. ¡Pero si no es más que una niña!

—Por eso —explicó Curly— somos sus sirvientes.

—¿Vosotros? ¡Sirvientes de Wendy!

—Sí —dijo Peter—, y vosotros también. Lleváoslos.

Los atónitos hermanos fueron arrastrados a cortar, talar y acarrear. —Primero las sillas y un guardafuegos —ordenó Peter—. Luego construiremos la casa a su alrededor.

—Sí —dijo Slightly—, así es como se construye una casa; ahora me vuelve todo a la memoria.

Peter pensó en todo. —Slightly —gritó—, ve a buscar un médico.

—A la orden, a la orden —dijo Slightly enseguida, y desapareció, rascándose la cabeza. Pero sabía que había que obedecer a Peter, y volvió al momento, tocado con el sombrero de John y con aire solemne.

—Por favor, señor —dijo Peter, acercándose a él—, ¿es usted médico?

La diferencia entre él y los demás niños en tales ocasiones era que ellos sabían que era de mentirijillas, mientras que para él lo fingido y lo verdadero eran exactamente lo mismo. Esto a veces los apuraba, como cuando tenían que fingir que ya habían comido.

Si flaqueaban en su fingimiento, él les daba un golpe en los nudillos.

—Sí, jovencito —respondió Slightly con inquietud, pues tenía los nudillos agrietados.

—Por favor, señor —explicó Peter—, hay una dama muy enferma.

Ella yacía a sus pies, pero Slightly tuvo el buen sentido de no verla.

—Vaya, vaya, vaya —dijo—, ¿dónde yace?

—En aquel claro de allá.

—Le pondré una cosita de cristal en la boca —dijo Slightly, y fingió hacerlo, mientras Peter esperaba. Fue un momento angustioso cuando se retiró la cosita de cristal.

—¿Cómo está? —preguntó Peter.

—Vaya, vaya, vaya —dijo Slightly—, esto la ha curado.

—¡Cuánto me alegro! —gritó Peter.

—Volveré a pasar por la tarde —dijo Slightly—; dadle caldo de carne en una taza con pitorro —pero después de devolverle el sombrero a John resopló con grandes bocanadas, lo cual era su costumbre al librarse de un aprieto.

Entretanto el bosque se había llenado del sonido de las hachas; casi todo lo necesario para una acogedora vivienda yacía ya a los pies de Wendy.

—Si al menos supiéramos —dijo uno— qué clase de casa le gusta más.

—Peter —gritó otro—, se mueve mientras duerme.

—Abre la boca —gritó un tercero, mirando respetuosamente dentro de ella—. ¡Oh, qué preciosidad!

—Quizá vaya a cantar en sueños —dijo Peter—. Wendy, canta qué clase de casa te gustaría tener.

Inmediatamente, sin abrir los ojos, Wendy empezó a cantar:

«Ojalá tuviera una casita bonita, / la más chiquita jamás vista, / con graciosos muros rojos / y tejado de musgo verde».

Gorjearon de alegría al oír esto, pues por la mayor de las suertes las ramas que habían traído estaban pegajosas de savia roja, y todo el suelo estaba alfombrado de musgo. Mientras levantaban a toda prisa la casita, ellos mismos rompieron a cantar:

«Hemos hecho los muros y el tejado / y una preciosa puerta, / así que dinos, madre Wendy, / ¿qué más deseas?».

A esto respondió ella con avidez:

«Oh, pues lo próximo, creo, serán / alegres ventanas por doquier, / con rosas que se asomen dentro, ya sabéis, / y bebés que se asomen fuera».

De un puñetazo hicieron ventanas, y grandes hojas amarillas fueron las persianas. Pero ¿rosas?

—Rosas —gritó Peter con severidad.

Rápidamente fingieron hacer crecer las rosas más hermosas por los muros.

¿Bebés?

Para impedir que Peter ordenara bebés, se apresuraron a cantar de nuevo:

«Hemos hecho las rosas que se asoman, / los bebés están a la puerta, / pero a nosotros no podemos hacernos, ya sabes, / porque ya nos hicieron antes».

Peter, viendo que esto era una buena idea, al instante fingió que era suya. La casa era del todo hermosa, y sin duda Wendy estaba muy a gusto dentro, aunque, por supuesto, ya no podían verla. Peter iba y venía a grandes zancadas, ordenando los últimos retoques. Nada escapaba a sus ojos de águila. Justo cuando parecía absolutamente terminada:

—No hay aldaba en la puerta —dijo.

Se avergonzaron mucho, pero Tootles cedió la suela de su zapato, y sirvió de excelente aldaba.

Ahora sí estaba absolutamente terminada, pensaron.

Ni mucho menos. —No hay chimenea —dijo Peter—; hemos de tener una chimenea.

—Desde luego que necesita una chimenea —dijo John con importancia. Esto le dio una idea a Peter. Le arrebató el sombrero de la cabeza a John, le hundió el fondo y puso el sombrero sobre el tejado. La casita se puso tan contenta de tener una chimenea tan excelente que, como para dar las gracias, al instante empezó a salir humo del sombrero.

Ahora sí, real y verdaderamente, estaba terminada. No quedaba nada por hacer salvo llamar a la puerta.

—Poned todos vuestra mejor cara —les advirtió Peter—; las primeras impresiones son terriblemente importantes.

Se alegró de que nadie le preguntara qué eran las primeras impresiones; estaban todos demasiado ocupados poniendo su mejor cara.

Llamó cortésmente, y ahora el bosque estaba tan quieto como los niños, sin oírse un solo sonido salvo el de Campanilla, que miraba desde una rama y se mofaba abiertamente.

Lo que los niños se preguntaban era: ¿respondería alguien a la llamada? Si era una dama, ¿cómo sería?

La puerta se abrió y salió una dama. Era Wendy. Todos se quitaron los sombreros de golpe.

Parecía debidamente sorprendida, y así era justo como habían esperado que pareciera.

—¿Dónde estoy? —dijo.

Por supuesto, Slightly fue el primero en meter baza. —Dama Wendy —dijo con rapidez—, para ti construimos esta casa.

—Oh, di que te gusta —gritó Nibs.

—Preciosa, encantadora casa —dijo Wendy, y fueron justamente las palabras que habían esperado que dijera.

—Y nosotros somos tus hijos —gritaron los gemelos.

Entonces todos se pusieron de rodillas y, tendiendo los brazos, gritaron: —Oh, dama Wendy, sé nuestra madre.

—¿Debería? —dijo Wendy, toda radiante—. Por supuesto que es tremendamente fascinante, pero, veréis, no soy más que una niña. No tengo verdadera experiencia.

—Eso no importa —dijo Peter, como si fuera el único presente que lo sabía todo al respecto, aunque en realidad era el que menos sabía—. Lo que necesitamos es sencillamente una buena persona maternal.

—¡Ay, Dios! —dijo Wendy—, veréis, siento que eso es exactamente lo que soy.

—Lo eres, lo eres —gritaron todos—; lo vimos enseguida.

—Muy bien —dijo—, haré lo que pueda. Entrad ahora mismo, niños traviesos; seguro que tenéis los pies húmedos. Y antes de acostaros me da justo tiempo de terminar el cuento de la Cenicienta.

Entraron; no sé cómo hubo sitio para ellos, pero uno puede apretujarse muy bien en el País de Nunca Jamás. Y aquella fue la primera de las muchas veladas gozosas que pasaron con Wendy. Al cabo de un rato los arropó a todos en la gran cama del hogar bajo los árboles, pero ella misma durmió aquella noche en la casita, y Peter montó guardia fuera con la espada desenvainada, pues se oía a los piratas de juerga a lo lejos y los lobos merodeaban. La casita se veía tan acogedora y segura en la oscuridad, con una luz brillante que se filtraba por las persianas, la chimenea humeando primorosamente y Peter montando guardia. Al cabo de un tiempo se quedó dormido, y algunas hadas tambaleantes tuvieron que pasar por encima de él de regreso a casa tras una orgía. A cualquiera de los otros niños que obstruyera el sendero de las hadas por la noche le habrían hecho alguna trastada, pero a Peter simplemente le dieron un tironcito en la nariz y siguieron su camino.