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Pinocho encuentra en el cuerpo del Tiburón... ¿a quién encuentra? Leed este capítulo y lo sabréis

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Pinocho, en cuanto se hubo despedido de su buen amigo el Atún, echó a andar tanteando en medio de aquella oscuridad y, caminando a tientas dentro del cuerpo del Tiburón, se dirigió, un paso tras otro, hacia aquel pequeño resplandor que veía titilar allá lejos, muy lejos.

Y mientras caminaba, notó que sus pies chapoteaban en un charco de agua grasienta y resbaladiza, y aquella agua despedía un olor tan fuerte a pescado frito que le parecía estar en plena Cuaresma.

Y cuanto más avanzaba, más brillante y nítido se hacía el resplandor; hasta que, camina que caminarás, por fin llegó; y cuando hubo llegado... ¿qué encontró? Os doy mil oportunidades para adivinarlo: encontró una mesita puesta, con una vela encendida metida en una botella de cristal verde, y sentado a la mesa un viejecito todo blanco, como si fuera de nieve o de nata montada, que estaba allí masticando unos pececillos vivos, pero tan vivos que a veces, mientras se los comía, hasta se le escapaban de la boca.

Visto de espaldas como una silueta oscura, Pinocho avanza por la negrura hacia un pálido resplandor.

Al verlo, el pobre Pinocho sintió una alegría tan grande y tan inesperada que le faltó un pelo para volverse loco de contento. Quería reír, quería llorar, quería decir un montón de cosas; y en cambio gemía confusamente y balbuceaba palabras entrecortadas y sin pies ni cabeza. Por fin consiguió soltar un grito de alegría y, abriendo los brazos de par en par y echándose al cuello del viejecito, empezó a gritar:

Pinocho se lanza por encima de una mesa puesta para abrazar a Geppetto, de barba blanca, sentado junto a una vela metida en una botella y un plato de pescado.

—¡Oh, papá mío! ¡Por fin te he encontrado! ¡Ahora ya no te dejo nunca más, nunca más, nunca más!

—¿Entonces mis ojos me dicen la verdad? —replicó el viejecito, frotándose los ojos—. ¿Entonces de verdad eres tú mi querido Pinocho?

—¡Sí, sí! ¡Soy yo, yo mismo! Y tú ya me has perdonado, ¿verdad? ¡Ay, papá mío, qué bueno eres!... Y pensar que yo, en cambio... ¡Oh, si supieras cuántas desgracias me han llovido encima y cuántas cosas me han salido torcidas! Figúrate que el día en que tú, pobre papá, vendiste tu chaqueta para comprarme la cartilla e ir a la escuela, yo me escapé a ver los títeres, y el titiritero me quería echar al fuego para asar su carnero, que fue luego el que me dio cinco monedas de oro para que te las llevara a ti, pero yo me encontré con la Zorra y el Gato, que me llevaron a la posada del Cangrejo Rojo, donde comieron como lobos, y saliendo yo solo de noche me encontré con los asesinos, que se pusieron a correr detrás de mí, y yo corre que corre, y ellos detrás, y yo corre que corre, y ellos siempre detrás, y yo corre que corre, hasta que me ahorcaron de una rama de la Encina Grande, y entonces la hermosa Niña de los cabellos azules mandó a buscarme con una carroza, y los médicos, en cuanto me hubieron visitado, dijeron enseguida: «Si no está muerto, es señal de que sigue vivo», y entonces se me escapó una mentira, y la nariz empezó a crecerme y ya no me pasaba por la puerta de la habitación, motivo por el cual fui con la Zorra y el Gato a enterrar las cuatro monedas de oro, que una me la había gastado en la posada, y el Papagayo se echó a reír, y en vez de dos mil monedas no encontré nada de nada, y el Juez, cuando supo que me habían robado, me hizo meter enseguida en la cárcel, para dar una satisfacción a los ladrones, y de allí, al marcharme, vi un hermoso racimo de uvas en un campo, que me quedé atrapado en el cepo, y el campesino, ni corto ni perezoso, me puso el collar de perro para que vigilara el gallinero, que después reconoció mi inocencia y me dejó ir, y la Serpiente, con la cola echando humo, se echó a reír y se le reventó una vena del pecho, y así volví a la casa de la hermosa Niña, que estaba muerta, y el Palomo, al ver que lloraba, me dijo: «He visto a tu papá construyéndose una barquita para ir a buscarte», y yo le dije: «¡Oh, si yo también tuviera alas!», y él me dijo: «¿Quieres ir con tu papá?», y yo le dije: «¡Ojalá! Pero ¿quién me lleva?», y él me dijo: «Te llevo yo», y yo le dije: «¿Cómo?», y él me dijo: «Súbete a mi lomo», y así volamos toda la noche, y luego, por la mañana, todos los pescadores que miraban hacia el mar me dijeron: «Hay un pobre hombre en una barquita que está a punto de ahogarse», y yo desde lejos te reconocí enseguida, porque me lo decía el corazón, y te hice señas de que volvieras a la playa...

—También yo te reconocí —dijo Geppetto—, y con mucho gusto habría vuelto a la playa; pero ¿cómo? El mar estaba muy picado y una ola enorme me volcó la barquita. Entonces un horrible Tiburón que andaba por allí cerca, en cuanto me vio en el agua, se vino derecho hacia mí y, sacando la lengua, me atrapó de lleno y me tragó como si fuera un tortelino de Bolonia.

—¿Y cuánto tiempo hace que estás encerrado aquí dentro? —preguntó Pinocho.

—Desde aquel día, serán ya dos años: dos años, Pinocho mío... ¡que me han parecido dos siglos!

—¿Y cómo has hecho para seguir con vida? ¿Y dónde encontraste la vela? ¿Y las cerillas para encenderla, quién te las dio?

—Ahora te lo contaré todo. Has de saber, pues, que aquella misma tormenta que volcó mi barquita hizo naufragar también un barco mercante. Los marineros se salvaron todos, pero el barco se fue a pique, y el Tiburón de siempre, que aquel día tenía un apetito excelente, después de tragarme a mí, se tragó también el barco...

—¡Cómo! ¿Se lo tragó entero de un bocado?... —preguntó Pinocho maravillado.

—Entero de un bocado: y solo escupió el palo mayor, porque se le había quedado entre los dientes como una espina. Por suerte para mí, aquel barco iba cargado no solo de carne en conserva en cajitas de hojalata, sino también de galleta, es decir, de pan tostado, de botellas de vino, de uvas pasas, de queso, de café, de azúcar, de velas de estearina y de cajas de cerillas de cera. Con toda esta bendición de Dios he podido vivir dos años: pero hoy ya estoy en las últimas: hoy en la despensa ya no queda nada, y esta vela que ves encendida es la última vela que me queda...

—¿Y después?

—Y después, hijo mío, nos quedaremos los dos a oscuras.

—Entonces, papá mío —dijo Pinocho—, no hay tiempo que perder. Hay que pensar enseguida en escapar.

—¿Escapar?... ¿Y cómo?

—Saliendo por la boca del Tiburón y echándonos a nadar en el mar.

—Hablas muy bien; pero yo, querido Pinocho, ¡no sé nadar!

—¿Y qué importa?... Te subirás a caballito sobre mis hombros, y yo, que soy un buen nadador, te llevaré sano y salvo hasta la playa.

—¡Ilusiones, hijo mío! —replicó Geppetto, meneando la cabeza y sonriendo con tristeza—. ¿Te parece posible que un muñeco que apenas mide un metro, como tú, tenga tanta fuerza como para llevarme a nado sobre los hombros?

—¡Prueba y verás! De todos modos, si está escrito en el cielo que hemos de morir, tendremos al menos el gran consuelo de morir abrazados.

Y sin decir nada más, Pinocho tomó la vela en la mano y, yendo delante para alumbrar el camino, le dijo a su papá:

—Ven detrás de mí y no tengas miedo.

Y así caminaron un buen trecho, y atravesaron todo el cuerpo y todo el estómago del Tiburón. Pero al llegar al punto donde empezaba la espaciosa garganta del monstruo, creyeron prudente detenerse para echar un vistazo y aprovechar el momento oportuno para la fuga.

Ahora bien, hay que saber que el Tiburón, como era muy viejo y padecía de asma y de palpitaciones, se veía obligado a dormir con la boca abierta: por eso Pinocho, asomándose al principio de la garganta y mirando hacia arriba, pudo ver, más allá de aquella enorme boca abierta de par en par, un buen trozo de cielo estrellado y una luz de luna preciosa.

—Este es el momento justo para escapar —susurró entonces, volviéndose hacia su papá—. El Tiburón duerme como un lirón: el mar está tranquilo y se ve como de día. Ven, pues, papá, detrás de mí, y dentro de poco estaremos a salvo.

Dicho y hecho, subieron por la garganta del monstruo marino y, una vez en aquella inmensa boca, empezaron a caminar de puntillas sobre la lengua; una lengua tan ancha y tan larga que parecía la avenida de un jardín. Y ya estaban a punto de dar el gran salto y lanzarse a nadar en el mar cuando, en lo mejor, el Tiburón estornudó y, al estornudar, dio una sacudida tan violenta que Pinocho y Geppetto salieron rebotados hacia atrás y fueron a parar de nuevo al fondo del estómago del monstruo.

Con el tremendo golpe de la caída la vela se apagó, y padre e hijo se quedaron a oscuras.

—¿Y ahora?... —preguntó Pinocho, poniéndose serio.

—Ahora, hijo mío, estamos perdidos sin remedio.

—¿Por qué perdidos? Dame la mano, papá, ¡y ten cuidado de no resbalar!...

—¿Adónde me llevas?

—Tenemos que intentar otra vez la fuga. Ven conmigo y no tengas miedo.

Dicho esto, Pinocho tomó a su papá de la mano y, caminando siempre de puntillas, volvieron a subir juntos por la garganta del monstruo; luego atravesaron toda la lengua y saltaron por encima de las tres hileras de dientes. Pero antes de dar el gran salto, el muñeco le dijo a su papá:

—Súbete a caballito sobre mis hombros y abrázame muy, muy fuerte. De lo demás me encargo yo.

En cuanto Geppetto se hubo acomodado bien sobre los hombros de su hijo, el valiente Pinocho, muy seguro de sí, se tiró al agua y empezó a nadar. El mar estaba liso como el aceite; la luna brillaba con todo su esplendor, y el Tiburón seguía durmiendo con un sueño tan profundo que no lo habría despertado ni un cañonazo.

Bajo la luna llena, Pinocho sale a nado de las enormes fauces abiertas del Tiburón con Geppetto sobre los hombros, asomando solo la cabeza del agua.