Cuando el burrito llevaba cincuenta minutos bajo el agua, el comprador dijo, hablando solo:
—A estas horas mi pobre burrito cojo debe de estar más que ahogado. Saquémoslo, pues, y hagamos con su piel ese tambor tan bonito.
Y empezó a tirar de la cuerda con la que lo había atado por una pata: y tira que tira, tira que tira, al final vio aparecer a flor de agua.... ¿Lo adivináis? En lugar de un burrito muerto, vio aparecer a flor de agua un muñeco vivo que coleaba como una anguila.

Al ver aquel muñeco de madera, el pobre hombre creyó que estaba soñando y se quedó allí atontado, con la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas.
Repuesto un poco de su primer asombro, dijo llorando y balbuceando:
—¿Y el burrito que eché al mar dónde está?...
—¡Ese burrito soy yo! —respondió el muñeco, riendo.
—¿Tú?
—Yo.
—¡Ah, granuja! ¿Pretenderías acaso burlarte de mí?
—¿Burlarme de usted? Nada de eso, querido amo: le hablo en serio.
—Pero ¿cómo es posible que tú, que hace poco eras un burrito, ahora, estando en el agua, te hayas convertido en un muñeco de madera?...
—Será efecto del agua del mar. El mar gasta bromas de estas.
—¡Cuidado, muñeco, cuidado!... No creas que vas a divertirte a mi costa. ¡Pobre de ti si se me acaba la paciencia!
—Pues bien, amo: ¿quiere saber toda la verdadera historia? Desáteme esta pata y yo se la contaré.
Aquel buenazo atolondrado del comprador, curioso por conocer la verdadera historia, le soltó enseguida el nudo de la cuerda que lo tenía atado: y entonces Pinocho, viéndose libre como un pájaro en el aire, empezó a decirle así:
—Sepa, pues, que yo era un muñeco de madera como lo soy hoy: pero estaba a punto de convertirme en un niño, como hay tantos en este mundo; solo que, por mis pocas ganas de estudiar y por hacer caso a las malas compañías, me escapé de casa.... y un buen día, al despertarme, me encontré convertido en un burro con unas orejas así de grandes.... ¡y con su buena cola!... ¡Qué vergüenza pasé!... ¡Una vergüenza, querido amo, que ojalá el bendito San Antonio no le haga pasar ni a usted! Llevado a vender al mercado de los asnos, me compró el Director de una compañía ecuestre, al que se le metió en la cabeza hacer de mí un gran bailarín o un gran saltador de aros; pero una noche, durante el espectáculo, me di en el teatro una mala caída y me quedé cojo de las dos patas. Entonces el Director, no sabiendo qué hacer con un asno cojo, me mandó a revender, ¡y usted me ha comprado!
—¡Por desgracia! Y he pagado por ti veinte sueldos. Y ahora, ¿quién me devuelve mis pobres veinte sueldos?
—¿Y para qué me compró? ¡Usted me compró para hacer con mi piel un tambor!... ¡un tambor!...
—¡Por desgracia! ¡Y ahora dónde voy a encontrar otra piel!...
—No se desespere, amo. ¡Burritos hay muchísimos en este mundo!
—Dime, pillo impertinente: ¿y tu historia termina aquí?
—No —respondió el muñeco—, quedan dos palabras más, y luego se acabó. Después de comprarme, me trajo a este lugar para matarme, pero luego, cediendo a un piadoso sentimiento de humanidad, prefirió atarme una piedra al cuello y arrojarme al fondo del mar. Este sentimiento de delicadeza le honra muchísimo, y yo le guardaré eterna gratitud por ello. Sin embargo, querido amo, esta vez ha hecho usted sus cuentas sin contar con el Hada....
—¿Y quién es esa Hada?
—Es mi mamá, que se parece a todas esas buenas mamás que quieren muchísimo a sus hijos y no los pierden nunca de vista, y los ayudan con amor en cualquier desgracia, incluso cuando esos hijos, por sus calaveradas y su mal comportamiento, merecerían ser abandonados y dejados a su suerte. Decía, pues, que la buena Hada, en cuanto me vio en peligro de ahogarme, mandó enseguida a mi alrededor un banco infinito de peces, que, creyendo que yo era de verdad un burrito bien muerto, ¡empezaron a comerme! ¡Y qué bocados daban! ¡Nunca habría creído que los peces fueran todavía más glotones que los muchachos! Uno me comió las orejas, otro me comió el hocico, otro el cuello y la crin, otro la piel de las patas, otro el pelaje del lomo.... y, entre otros, hubo un pececillo tan educado que se dignó incluso a comerme la cola.
—De hoy en adelante —dijo el comprador, horrorizado— juro no volver a probar la carne de pescado. ¡Me daría demasiado disgusto abrir un salmonete o una merluza frita y encontrarle en la barriga una cola de burro!
—Yo pienso como usted —replicó el muñeco, riendo—. Por lo demás, ha de saber que, cuando los peces terminaron de comerse toda aquella cáscara de burro que me cubría de la cabeza a los pies, llegaron, como es natural, al hueso.... o, mejor dicho, llegaron a la madera, porque, como ve, yo estoy hecho de madera durísima. Pero, después de dar los primeros mordiscos, aquellos peces glotones se dieron cuenta enseguida de que la madera no era carne para sus dientes, y, asqueados de esta comida indigesta, se marcharon cada uno por su lado, sin volverse siquiera a darme las gracias.... Y aquí tiene contado cómo y de qué manera usted, al tirar de la cuerda, ha encontrado un muñeco vivo en lugar de un burrito muerto.
—Yo me río de tu historia —gritó el comprador, enfurecido—. Lo que sé es que he gastado veinte sueldos en comprarte, y quiero que me devuelvan mi dinero. ¿Sabes lo que voy a hacer? Te llevaré otra vez al mercado y te revenderé al peso, como leña seca para encender el fuego de la chimenea.
—Revéndame, si quiere: yo estoy contento —dijo Pinocho. Pero, al decir esto, dio un salto y se zambulló en medio del agua. Y, nadando alegremente y alejándose de la playa, le gritaba al pobre comprador:
—Adiós, amo; si necesita una piel para hacer un tambor, acuérdese de mí.
Y luego se reía y seguía nadando: y, al cabo de un rato, volviéndose hacia atrás, chillaba más fuerte:
—Adiós, amo;... si necesita un poco de leña seca para encender la chimenea, acuérdese de mí.
El caso es que en un abrir y cerrar de ojos se había alejado tanto que ya casi no se le veía; es decir, solo se veía en la superficie del mar un puntito negro, que de vez en cuando sacaba las piernas fuera del agua y daba volteretas y saltos, como un delfín de buen humor.
Mientras Pinocho nadaba a la ventura, vio en medio del mar un peñasco que parecía de mármol blanco, y arriba, en lo alto del peñasco, una bonita cabrita que balaba con cariño y le hacía señas para que se acercara.
Lo más singular era esto: que el pelo de la cabrita, en vez de ser blanco, o negro, o manchado de varios colores como el de las otras cabras, era azul, pero de un azul tan resplandeciente que recordaba muchísimo los cabellos de la hermosa Niña.
¡Os dejo pensar a vosotros si el corazón del pobre Pinocho empezó a latir más fuerte! Redoblando sus fuerzas y su energía, se puso a nadar hacia el peñasco blanco; y ya estaba a medio camino cuando, de pronto, vio salir del agua y venir a su encuentro una horrible cabeza de monstruo marino, con la boca abierta de par en par como un abismo y tres hileras de colmillos que habrían dado miedo hasta vistos en pintura.
¿Y sabéis quién era aquel monstruo marino?
Aquel monstruo marino era ni más ni menos que el gigantesco Tiburón mencionado varias veces en esta historia, al que, por sus estragos y por su insaciable voracidad, apodaban «el Atila de los peces y de los pescadores».
Imaginaos el espanto del pobre Pinocho al ver al monstruo. Intentó esquivarlo, cambiar de rumbo: intentó huir: pero aquella inmensa boca abierta de par en par se le venía siempre encima con la velocidad de un rayo.
—¡Date prisa, Pinocho, por favor! —gritaba balando la bonita cabrita.
Y Pinocho nadaba desesperadamente con los brazos, con el pecho, con las piernas y con los pies.

—¡Corre, Pinocho, que el monstruo se acerca!...
Y Pinocho, reuniendo todas sus fuerzas, redoblaba el empeño en la carrera.
—¡Cuidado, Pinocho!... ¡El monstruo te alcanza! ¡Ahí está!... ¡Ahí está!... ¡Date prisa, por favor, o estás perdido!...
Y Pinocho a nadar más ligero que nunca, y venga, venga y venga, como iría una bala de fusil. Y ya se acercaba al peñasco, y ya la cabrita, asomándose toda sobre el mar, le tendía sus patitas delanteras para ayudarlo a salir del agua.... ¡Pero!...
¡Pero ya era tarde! El monstruo lo había alcanzado. El monstruo, aspirando con fuerza, se sorbió al pobre muñeco como se habría sorbido un huevo de gallina, y se lo tragó con tanta violencia y con tanta avidez que Pinocho, al caer dentro de la barriga del Tiburón, se dio un golpe tan maleducado que se quedó aturdido durante un cuarto de hora.
Cuando volvió en sí de aquel susto, ni él mismo lograba entender en qué mundo se encontraba. A su alrededor, por todas partes, había una gran oscuridad: pero una oscuridad tan negra y tan profunda que le parecía haber metido la cabeza en un tintero lleno de tinta. Se quedó escuchando y no oyó ningún ruido; solo de vez en cuando sentía que le daban en la cara unas grandes ráfagas de viento. Al principio no conseguía entender de dónde salía aquel viento: pero luego comprendió que salía de los pulmones del monstruo. Porque habéis de saber que el Tiburón padecía muchísimo de asma, y cuando respiraba parecía de verdad que soplara la tramontana.
Pinocho, al principio, se las ingenió para darse un poco de valor: pero cuando tuvo la prueba y la contraprueba de que estaba encerrado en la barriga del monstruo marino, entonces empezó a llorar y a chillar; y llorando decía:
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ay, pobre de mí! ¡No hay nadie que venga a salvarme!
—¿Quién quieres que te salve, desgraciado? —dijo en aquella oscuridad un vozarrón cascado de guitarra desafinada.
—¿Quién es el que habla así? —preguntó Pinocho, sintiéndose helar del susto.
—¡Soy yo! Soy un pobre Atún, tragado por el Tiburón junto contigo. ¿Y tú qué pez eres?
—Yo no tengo nada que ver con los peces. Yo soy un muñeco.
—Y entonces, si no eres un pez, ¿por qué te has dejado tragar por el monstruo?
—¡No soy yo el que se ha dejado tragar: es él el que me ha tragado! Y ahora, ¿qué tenemos que hacer aquí a oscuras?...
—¡Resignarnos y esperar a que el Tiburón nos haya digerido a los dos!...
—¡Pero yo no quiero que me digieran! —chilló Pinocho, volviendo a llorar.
—Tampoco yo quisiera que me digirieran —añadió el Atún—, pero soy bastante filósofo y me consuelo pensando que, cuando se nace Atún, ¡hay más dignidad en morir bajo el agua que en aceite!...
—¡Tonterías! —gritó Pinocho.
—La mía es una opinión —replicó el Atún—, ¡y las opiniones, como dicen los Atunes políticos, hay que respetarlas!
—En fin.... yo quiero irme de aquí.... yo quiero escapar....
—¡Escapa, si puedes!...
—¿Es muy grande este Tiburón que nos ha tragado? —preguntó el muñeco.
—Figúrate que su cuerpo mide más de un kilómetro, sin contar la cola.
Mientras mantenía esta conversación a oscuras, a Pinocho le pareció ver, muy a lo lejos, una especie de resplandor.
—¿Qué será esa lucecita tan lejana? —dijo Pinocho.
—¡Será algún compañero nuestro de desventura, que estará esperando, como nosotros, el momento de ser digerido!...
—Quiero ir a verlo. ¿No podría darse el caso de que fuera algún pez viejo capaz de enseñarme el camino para escapar?
—Te lo deseo de corazón, querido muñeco.
—Adiós, Atún.
—Adiós, muñeco; y buena suerte.
—¿Dónde volveremos a vernos?...
—¿Quién sabe?... ¡Mejor ni pensarlo!