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Por fin Pinocho deja de ser un muñeco de madera y se convierte en un niño

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Mientras Pinocho nadaba a toda prisa para alcanzar la playa, se dio cuenta de que su papá, que iba a caballito sobre sus hombros con las piernas medio metidas en el agua, temblaba sin parar, como si el pobre hombre tuviera fiebres tercianas.

¿Temblaba de frío o de miedo? ¿Quién sabe?... Quizá un poco de lo uno y un poco de lo otro. Pero Pinocho, creyendo que aquel temblor era de miedo, le dijo para darle ánimos:

—¡Valor, papá! Dentro de pocos minutos llegaremos a tierra y estaremos a salvo.

—Pero ¿dónde está esa bendita playa? —preguntó el viejecito, cada vez más inquieto, y entornando los ojos como hacen los sastres cuando enhebran la aguja—. Aquí estoy, mirando por todas partes, y no veo más que cielo y mar.

—Pues yo veo también la playa —dijo el muñeco—. Para que lo sepas, yo soy como los gatos: veo mejor de noche que de día.

El pobre Pinocho fingía estar de buen humor; pero en cambio... en cambio empezaba a desanimarse: las fuerzas le iban faltando, su respiración se volvía pesada y jadeante... en fin, ya no podía más, y la playa seguía estando lejos.

Nadó mientras tuvo aliento; luego volvió la cabeza hacia Geppetto y dijo con palabras entrecortadas:

—Papá mío, ayúdame... porque me muero...

Y padre e hijo estaban ya a punto de ahogarse cuando oyeron una voz de guitarra desafinada que dijo:

—¿Quién es el que se muere?

—¡Somos yo y mi pobre papá!

—¡Esta voz la conozco! ¡Tú eres Pinocho!...

—Exacto; ¿y tú?

—Yo soy el Atún, tu compañero de prisión en el cuerpo del Tiburón.

—¿Y cómo hiciste para escaparte?

—Seguí tu ejemplo. Tú fuiste el que me enseñó el camino, y después de ti me escapé yo también.

—¡Atún querido, llegas justo a tiempo! Te lo ruego, por el amor que les tienes a los atuncitos, tus hijos: ayúdanos, o estamos perdidos.

—Con mucho gusto y de todo corazón. Agarraos los dos a mi cola y dejaos guiar. En cuatro minutos os llevaré a la orilla.

Geppetto y Pinocho, como os podéis imaginar, aceptaron enseguida la invitación; pero en lugar de agarrarse a la cola, les pareció más cómodo sentarse directamente sobre el lomo del Atún.

Bajo una luna creciente, Geppetto y Pinocho van sentados a horcajadas sobre el lomo del Atún, que se desliza por el mar en calma.

—¿Pesamos demasiado? —le preguntó Pinocho.

—¿Pesar? Ni por asomo: me parece llevar encima dos cáscaras de concha —respondió el Atún, que era tan grande y robusto que parecía un ternero de dos años.

Al llegar a la orilla, Pinocho saltó a tierra el primero para ayudar a su papá a hacer lo mismo; luego se volvió hacia el Atún y le dijo con voz conmovida:

—Amigo mío, ¡tú has salvado a mi papá! ¡No tengo palabras para darte las gracias como mereces! ¡Deja al menos que te dé un beso, en señal de gratitud eterna!...

El Atún sacó el hocico fuera del agua, y Pinocho, arrodillándose en el suelo, le dio un cariñosísimo beso en la boca. Ante esta muestra de ternura tan espontánea y tan viva, el pobre Atún, que no estaba acostumbrado, se sintió tan conmovido que, avergonzado de que lo vieran llorar como un niño, volvió a meter la cabeza bajo el agua y desapareció.

Arrodillado en la orilla, Pinocho besa en la boca al Atún, que asoma el hocico fuera del agua, mientras Geppetto, de pie detrás, observa conmovido.

Mientras tanto, se había hecho de día.

Entonces Pinocho, ofreciéndole el brazo a Geppetto, que apenas tenía aliento para tenerse en pie, le dijo:

—Apóyate en mi brazo, querido papá, y vámonos. Caminaremos despacito, despacito, como las hormigas, y cuando estemos cansados descansaremos por el camino.

—¿Y adónde tenemos que ir? —preguntó Geppetto.

—En busca de una casa o de una cabaña donde nos den por caridad un bocado de pan y un poco de paja que nos sirva de cama.

No habían dado todavía cien pasos cuando vieron sentados al borde del camino a dos tipos de mala catadura, que estaban allí pidiendo limosna.

Eran el Gato y la Zorra: pero ya no se parecían en nada a los de antes. Figuraos que el Gato, de tanto fingirse ciego, había acabado por quedarse ciego de verdad; y la Zorra, envejecida, sarnosa y paralizada de un lado, ya no tenía ni siquiera cola. Así es. Aquella malvada ladronzuela, caída en la más negra miseria, se vio obligada un buen día a vender hasta su bellísima cola a un buhonero, que se la compró para hacerse un espantamoscas.

—¡Oh, Pinocho! —gritó la Zorra con voz lloriqueante—. ¡Dales una limosna a estos dos pobres enfermos!

—¡Enfermos! —repitió el Gato.

—¡Adiós, farsantes! —respondió el muñeco—. Me engañasteis una vez, y ahora ya no me la volvéis a jugar.

—¡Créenos, Pinocho, hoy somos pobres y desgraciados de verdad!

—¡De verdad! —repitió el Gato.

—Si sois pobres, os lo merecéis. Acordaos del refrán que dice: «El dinero robado nunca da fruto». Adiós, farsantes.

—¡Ten compasión de nosotros!...

—¡De nosotros!

—¡Adiós, farsantes! Acordaos del refrán que dice: «La harina del diablo se vuelve toda salvado».

—¡No nos abandones!...

—¡...dones! —repitió el Gato.

—¡Adiós, farsantes! Acordaos del refrán que dice: «Quien le roba la capa a su prójimo suele morir sin camisa».

En un camino polvoriento, Geppetto con su bastón y Pinocho se vuelven hacia la Zorra, apoyada en una muleta, y el Gato, ambos erguidos sobre las patas traseras para mendigar.

Y diciendo esto, Pinocho y Geppetto siguieron tranquilamente su camino; hasta que, después de otros cien pasos, vieron al fondo de un senderito, en medio de los campos, una bonita cabaña toda de paja, con el tejado cubierto de tejas y ladrillos.

—En esa cabaña debe de vivir alguien —dijo Pinocho—. Vamos allá y llamemos a la puerta.

Y, en efecto, fueron y llamaron a la puerta.

—¿Quién es? —dijo una vocecita desde dentro.

—Somos un pobre padre y un pobre hijo, sin pan y sin techo —respondió el muñeco.

—Girad la llave y la puerta se abrirá —dijo la misma vocecita.

Pinocho giró la llave y la puerta se abrió. En cuanto entraron, miraron por aquí, miraron por allá, y no vieron a nadie.

—Pero ¿dónde está el dueño de la cabaña? —dijo Pinocho, asombrado.

—¡Aquí arriba estoy!

Padre e hijo miraron enseguida hacia el techo, y vieron sobre una viga al Grillo Parlante.

—¡Oh, mi querido Grillito! —dijo Pinocho, saludándolo con mucha educación.

—Ahora me llamas «mi querido Grillito», ¿verdad? Pero ¿te acuerdas de cuando, para echarme de tu casa, me tiraste un mango de martillo?

—¡Tienes razón, Grillito! Échame a mí también... tírame a mí también un mango de martillo: pero ten piedad de mi pobre papá...

—¡Tendré piedad del padre y también del hijo! Pero he querido recordarte la mala jugada que me hiciste, para enseñarte que en este mundo, cuando se puede, hay que mostrarse amable con todos, si queremos que nos devuelvan la misma amabilidad en los días de necesidad.

—Tienes razón, Grillito, tienes toda la razón del mundo; y yo no olvidaré la lección que me has dado. Pero ¿me dices cómo has hecho para comprarte esta bonita cabaña?

—Esta cabaña me la regaló ayer una graciosa cabra que tenía la lana de un bellísimo color azul.

—¿Y adónde se ha ido la cabra? —preguntó Pinocho con vivísima curiosidad.

—No lo sé.

—¿Y cuándo volverá?...

—No volverá nunca. Ayer se marchó muy afligida y, al balar, parecía que dijera: «¡Pobre Pinocho!... ¡Ya no volveré a verlo nunca más!... ¡A estas horas el Tiburón ya se lo habrá devorado!...»

—¿De verdad dijo eso?... ¡Entonces era ella!... ¡Era ella!... ¡Era mi querida Hadita!... —empezó a gritar Pinocho, sollozando y llorando a lágrima viva.

Cuando hubo llorado a gusto, se secó los ojos y, tras preparar una buena camita de paja, tendió en ella al viejo Geppetto. Luego le preguntó al Grillo Parlante:

—Dime, Grillito, ¿dónde podría encontrar un vaso de leche para mi pobre papá?

—A tres campos de aquí vive el hortelano Giangio, que tiene vacas. Ve a verlo y encontrarás la leche que buscas.

Pinocho fue corriendo a casa del hortelano Giangio; pero el hortelano le dijo:

—¿Cuánta leche quieres?

—Quiero un vaso lleno.

—Un vaso de leche cuesta un sueldo. Así que empieza por darme el sueldo.

—No tengo ni un céntimo —respondió Pinocho, muy avergonzado y apenado.

—Mal asunto, muñeco mío —replicó el hortelano—. Si tú no tienes ni un céntimo, yo no tengo ni un dedo de leche.

—¡Paciencia! —dijo Pinocho, e hizo ademán de marcharse.

—Espera un momento —dijo Giangio—. Entre tú y yo podemos llegar a un acuerdo. ¿Estarías dispuesto a dar vueltas a la noria?

—¿Qué es la noria?

—Es ese artilugio de madera que sirve para sacar el agua del aljibe y regar las hortalizas.

—Lo intentaré...

—Pues bien, sácame cien cubos de agua, y yo te regalaré a cambio un vaso de leche.

—De acuerdo.

Giangio llevó al muñeco al huerto y le enseñó cómo se hacía girar la noria. Pinocho se puso enseguida manos a la obra; pero antes de haber sacado los cien cubos de agua, ya estaba chorreando de sudor de la cabeza a los pies. Nunca había pasado una fatiga semejante.

—Hasta ahora este trabajo de dar vueltas a la noria —dijo el hortelano— se lo hacía hacer a mi burrito; pero hoy ese pobre animal está agonizando.

—¿Me lleva a verlo? —dijo Pinocho.

—Con mucho gusto.

En cuanto Pinocho entró en el establo, vio un bonito burrito tendido sobre la paja, agotado por el hambre y por el exceso de trabajo. Después de mirarlo fijamente, muy fijamente, se dijo para sus adentros, turbado:

—¡Y sin embargo, a este burrito yo lo conozco! ¡Esta cara no me es nueva!

Y, agachándose hasta él, le preguntó en dialecto asnal:

En un establo con techo de paja, Pinocho se inclina hacia un burro tendido sobre la paja, mientras el hortelano Giangio, con sombrero de ala ancha, mira asomado por encima del tabique.

—¿Quién eres?

Al oír esta pregunta, el burrito abrió los ojos moribundos y respondió balbuceando en el mismo dialecto:

—Soy... Me...e...cha...

Y luego volvió a cerrar los ojos y expiró.

—¡Oh, pobre Mecha! —dijo Pinocho a media voz; y, cogiendo un puñado de paja, se secó una lágrima que le resbalaba por la cara.

—¿Tanto te conmueves por un burro que no te ha costado nada? —dijo el hortelano—. ¿Qué tendría que hacer yo, que lo compré con dinero contante y sonante?

—Le diré... era amigo mío...

—¿Amigo tuyo?

—¡Un compañero de escuela!...

—¿¡Cómo!? —gritó Giangio, soltando una gran carcajada—. ¿¡Cómo!? ¿Tenías burros por compañeros de escuela?... ¡Ya me imagino los grandes estudios que habrás hecho!...

El muñeco, sintiéndose humillado por aquellas palabras, no respondió; pero cogió su vaso de leche todavía casi caliente y se volvió a la cabaña.

Y desde aquel día, durante más de cinco meses, siguió levantándose cada mañana antes del alba para ir a dar vueltas a la noria y ganarse así aquel vaso de leche que tanto bien le hacía a la delicada salud de su papá. Y no se contentó con eso: porque en sus ratos libres aprendió también a fabricar cestos y canastas de junco, y con el dinero que sacaba de ellos atendía con muchísimo juicio a todos los gastos del día. Entre otras cosas, construyó él solo un elegante carrito para sacar de paseo a su papá en los días bonitos y que tomara un poco el aire.

Y luego, en las veladas de la noche, se ejercitaba en leer y escribir. Había comprado en el pueblo vecino, por unos pocos céntimos, un libro muy gordo al que le faltaban la portada y el índice, y con él hacía su lectura. En cuanto a escribir, se servía de una ramita afilada a modo de pluma; y como no tenía ni tintero ni tinta, la mojaba en un frasquito lleno de zumo de moras y de cerezas.

El caso es que, con su buena voluntad de ingeniárselas, de trabajar y de salir adelante, no solo había conseguido mantener casi con holgura a su padre, siempre enfermizo, sino que además había podido ahorrar cuarenta sueldos para comprarse un trajecito nuevo.

Una mañana le dijo a su padre:

—Voy aquí al mercado de al lado a comprarme una chaquetita, una gorrita y un par de zapatos. Cuando vuelva a casa —añadió riendo— iré tan bien vestido que me confundirás con un gran señor.

Y en cuanto salió de casa, echó a correr muy alegre y contento. Cuando de repente oyó que lo llamaban por su nombre y, al volverse, vio un hermoso Caracol que asomaba por entre el seto.

—¿No me reconoces? —dijo el Caracol.

—Me parece que sí y me parece que no...

—¿No te acuerdas de aquel Caracol que estaba de sirviente en casa del Hada de los cabellos azules? ¿No te acuerdas de aquella vez que bajé a alumbrarte y tú te quedaste con un pie clavado en la puerta de casa?

—Me acuerdo de todo —gritó Pinocho—. Contéstame enseguida, Caracolito lindo: ¿dónde has dejado a mi buena Hada? ¿Qué hace? ¿Me ha perdonado? ¿Se sigue acordando de mí? ¿Me sigue queriendo? ¿Está muy lejos de aquí? ¿Podría ir a verla?

A todas estas preguntas, hechas atropelladamente y sin tomar aliento, el Caracol respondió con su calma de siempre:

—¡Pinocho mío! ¡La pobre Hada yace en el fondo de una cama en el hospital!...

—¿En el hospital?...

—Por desgracia. Golpeada por mil desgracias, ha caído gravemente enferma y ya no tiene ni para comprarse un bocado de pan.

—¿De verdad?... ¡Oh, qué pena tan grande me has dado! ¡Oh, pobre Hadita! ¡Pobre Hadita! ¡Pobre Hadita! Si tuviera un millón, correría a llevárselo... Pero yo no tengo más que cuarenta sueldos... ¡aquí están! Iba justamente a comprarme un traje nuevo. Tómalos, Caracol, y ve a llevárselos enseguida a mi buena Hada.

—¿Y tu traje nuevo?

—¿Qué me importa a mí el traje nuevo? ¡Vendería hasta estos harapos que llevo puestos para poder ayudarla! ¡Ve, Caracol, y date prisa! Y dentro de dos días vuelve por aquí, que espero poder darte algún sueldo más. Hasta ahora he trabajado para mantener a mi papá: de hoy en adelante trabajaré cinco horas más para mantener también a mi buena mamá. Adiós, Caracol; dentro de dos días te espero.

El Caracol, contra su costumbre, echó a correr como una lagartija bajo el sol abrasador de agosto.

Cuando Pinocho volvió a casa, su papá le preguntó:

—¿Y el traje nuevo?

—No me ha sido posible encontrar uno que me sentara bien. ¡Paciencia!... Ya lo compraré otra vez.

Aquella noche Pinocho, en lugar de velar hasta las diez, ¡veló hasta pasada la medianoche! Y en lugar de hacer ocho cestos de junco, hizo dieciséis.

Luego se fue a la cama y se durmió. Y mientras dormía, le pareció ver en sueños al Hada, toda hermosa y sonriente, que, después de darle un beso, le dijo así:

—¡Bravo, Pinocho! Gracias a tu buen corazón, te perdono todas las travesuras que has hecho hasta hoy. Los niños que cuidan con amor a sus padres en sus miserias y en sus enfermedades merecen siempre grandes alabanzas y gran cariño, aunque no se los pueda poner como modelos de obediencia y de buena conducta. Sé juicioso de ahora en adelante y serás feliz.

En ese momento el sueño terminó, y Pinocho se despertó con los ojos abiertos como platos.

Ahora imaginaos cuál fue su asombro cuando, al despertarse, se dio cuenta de que ya no era un muñeco de madera, sino que se había convertido en un niño como todos los demás. Echó un vistazo a su alrededor y, en lugar de las paredes de paja de la cabaña, vio una bonita habitación amueblada y arreglada con una sencillez casi elegante. Al saltar de la cama, encontró preparado un precioso traje nuevo, una gorra nueva y un par de botines de piel que le quedaban que ni pintados.

En cuanto se hubo vestido, le vino, naturalmente, la ocurrencia de meter las manos en los bolsillos, y sacó un pequeño monedero de marfil en el que estaban escritas estas palabras: «El Hada de los cabellos azules devuelve a su querido Pinocho los cuarenta sueldos y le agradece mucho su buen corazón». Al abrir el monedero, en lugar de cuarenta sueldos de cobre, relucían en él cuarenta monedas de oro, nuevecitas, recién acuñadas.

Después fue a mirarse al espejo y le pareció que era otro. Ya no vio reflejada la imagen de siempre del muñeco de madera, sino la imagen vivaracha e inteligente de un niño guapo, de cabellos castaños y ojos celestes, con un aire tan alegre y festivo como un domingo de Pascua.

En medio de todas estas maravillas, que se sucedían unas tras otras, Pinocho ya no sabía ni él mismo si estaba despierto de verdad o si seguía soñando con los ojos abiertos.

—¿Y mi papá dónde está? —gritó de repente; y, al entrar en la habitación de al lado, encontró al viejo Geppetto sano, vivaracho y de buen humor, como antes, que, habiendo vuelto enseguida a su oficio de tallista, estaba precisamente dibujando un marco bellísimo, lleno de follaje, de flores y de cabecitas de distintos animales.

—Sácame de una curiosidad, papá: ¿cómo se explica todo este cambio tan repentino? —le preguntó Pinocho, echándosele al cuello y cubriéndolo de besos.

—Este cambio repentino en nuestra casa es todo mérito tuyo —dijo Geppetto.

—¿Por qué mérito mío?

—Porque cuando los niños, de malos que eran, se vuelven buenos, tienen la virtud de dar un aspecto nuevo y sonriente también al interior de sus familias.

—¿Y el viejo Pinocho de madera dónde se habrá escondido?

—¡Ahí lo tienes! —respondió Geppetto; y le señaló un gran muñeco de madera apoyado en una silla, con la cabeza ladeada, los brazos colgando y las piernas cruzadas y dobladas por la mitad, tanto que parecía un milagro que se tuviera en pie.

Geppetto y Pinocho, ya un niño de verdad, miran un gran muñeco de madera desmadejado contra una silla, con la cabeza ladeada y las piernas cruzadas.

Pinocho se volvió a mirarlo; y, después de mirarlo un rato, se dijo para sus adentros con grandísima satisfacción:

—¡Qué gracioso era cuando era un muñeco! ¡Y qué contento estoy ahora de haberme convertido en un niño como es debido!...

FIN.