Como es natural, Pinocho pidió enseguida permiso al Hada para ir por la ciudad a hacer las invitaciones, y el Hada le dijo:
—Anda, ve a invitar a tus compañeros al desayuno de mañana; pero acuérdate de volver a casa antes de que anochezca. ¿Lo has entendido?
—Te prometo que dentro de una hora estaré de vuelta —respondió el muñeco.
—¡Cuidado, Pinocho! Los niños son muy rápidos para prometer, pero la mayoría de las veces son muy lentos para cumplir.
—Pero yo no soy como los demás: yo, cuando digo una cosa, la cumplo.
—Ya veremos. Y si llegaras a desobedecer, peor para ti.
—¿Por qué?
—Porque los niños que no hacen caso de los consejos de quien sabe más que ellos siempre acaban metidos en alguna desgracia.
—¡Bien que lo he comprobado yo! —dijo Pinocho—. ¡Pero ahora ya no vuelvo a caer!
—Veremos si dices la verdad.
Sin añadir más palabras, el muñeco se despidió de su buena Hada, que era para él una especie de mamá, y, cantando y bailando, salió por la puerta de casa.
En poco más de una hora todos sus amigos quedaron invitados. Algunos aceptaron enseguida y de muy buena gana; otros, al principio, se hicieron un poco de rogar; pero cuando supieron que los panecillos para mojar en el café con leche estarían untados de mantequilla también por la parte de fuera, acabaron todos diciendo: «Iremos nosotros también, por darte el gusto».
Ahora bien, hay que saber que Pinocho, entre sus amigos y compañeros de escuela, tenía uno preferido y queridísimo, que se llamaba Romeo de nombre; pero todos lo llamaban por el apodo de Mecha, por su figurilla enjuta, seca y larguirucha, igualita que la mecha nueva de una lamparilla de noche.
Mecha era el chico más perezoso y más pillo de toda la escuela, pero Pinocho lo quería muchísimo. De hecho, fue enseguida a buscarlo a su casa para invitarlo al desayuno, y no lo encontró; volvió una segunda vez, y Mecha no estaba; volvió una tercera vez, e hizo el camino en balde.
¿Dónde podría pescarlo? Busca por aquí, busca por allá, por fin lo vio escondido bajo el pórtico de una casa de campesinos.
—¿Qué haces ahí? —le preguntó Pinocho, acercándose.
—Espero a que den las doce de la noche, para marcharme...
—¿Adónde vas?
—¡Lejos, lejos, lejos!
—¡Y yo que he ido a buscarte a tu casa tres veces!...
—¿Qué querías de mí?
—¿No sabes el gran acontecimiento? ¿No sabes la suerte que me ha tocado?
—¿Cuál?
—Mañana dejo de ser un muñeco y me convierto en un niño como tú y como todos los demás.
—Que te aproveche.
—Así que mañana te espero a desayunar en mi casa.
—Pero si te digo que me marcho esta noche.
—¿A qué hora?
—Dentro de poco.
—¿Y adónde vas?
—Me voy a vivir a un país... que es el país más bonito de este mundo: ¡una verdadera Jauja!...
—¿Y cómo se llama?
—Se llama el «País de los Juguetes». ¿Por qué no vienes tú también?
—¿Yo? ¡Ni hablar!
—¡Te equivocas, Pinocho! Hazme caso: si no vienes, te arrepentirás. ¿Dónde vas a encontrar un país más sano para nosotros, los chicos? Allí no hay escuelas; allí no hay maestros; allí no hay libros. En ese bendito país no se estudia nunca. Los jueves no hay escuela, y cada semana se compone de seis jueves y un domingo. Imagínate que las vacaciones de otoño empiezan el primero de enero y terminan el último día de diciembre. ¡Ese sí que es un país como a mí me gusta de verdad! ¡Así deberían ser todos los países civilizados!...
—Pero ¿cómo se pasan los días en el «País de los Juguetes»?
—Se pasan jugando y divirtiéndose de la mañana a la noche. Luego, por la noche, uno se va a la cama, y a la mañana siguiente se vuelve a empezar. ¿Qué te parece?
—¡Hum!... —hizo Pinocho; y meneó levemente la cabeza, como diciendo: «Es una vida que yo también llevaría con mucho gusto».
—Entonces, ¿quieres venir conmigo? ¿Sí o no? Decídete.
—No, no, no y mil veces no. Ya le he prometido a mi buena Hada que me convertiré en un niño de bien, y quiero cumplir la promesa. Es más, como veo que el sol se está poniendo, te dejo ahora mismo y me voy corriendo. Así que adiós, y buen viaje.
—¿Adónde corres con tanta prisa?
—A casa. Mi buena Hada quiere que vuelva antes de que anochezca.
—Espera dos minutos más.
—Se me hace demasiado tarde.
—Dos minutos nada más.
—¿Y si luego el Hada me regaña?
—Déjala que regañe. Cuando haya regañado bien a gusto, se calmará —dijo aquel pillo de Mecha.
—¿Y cómo vas a ir? ¿Te vas solo o acompañado?
—¿Solo? Seremos más de cien chicos.
—¿Y el viaje lo hacéis a pie?
—Dentro de poco pasará por aquí el carro que tiene que recogerme y llevarme hasta dentro de las fronteras de ese afortunadísimo país.
—¡Qué no daría yo por que el carro pasara ahora!...
—¿Por qué?
—Para veros partir a todos juntos.
—Quédate aquí un poco más y nos verás.
—No, no: quiero volver a casa.
—Espera dos minutos más.
—Ya me he entretenido demasiado. El Hada estará preocupada por mí.
—¡Pobre Hada! ¿Acaso tiene miedo de que te coman los murciélagos?
—Pero entonces —añadió Pinocho—, ¿estás de verdad seguro de que en ese país no hay ni una sola escuela?...
—Ni sombra.
—¿Y tampoco maestros?
—Ni uno.
—¿Y nunca hay obligación de estudiar?
—¡Nunca, nunca, nunca!
—¡Qué país tan bonito! —dijo Pinocho, sintiendo que se le hacía la boca agua—. ¡Qué país tan bonito! Yo nunca he estado allí, ¡pero me lo imagino!...
—¿Por qué no vienes tú también?
—¡Es inútil que me tientes! Ya le he prometido a mi buena Hada que me convertiré en un niño juicioso, y no quiero faltar a mi palabra.
—Entonces adiós, ¡y dales muchos recuerdos de mi parte a las escuelas de gimnasio!... y también a las de liceo, si te las encuentras por la calle.
—Adiós, Mecha; que tengas buen viaje, diviértete y acuérdate alguna vez de los amigos.
Dicho esto, el muñeco dio dos pasos como para irse; pero luego, deteniéndose y volviéndose hacia su amigo, le preguntó:
—Pero ¿estás seguro de verdad de que en ese país todas las semanas se componen de seis jueves y un domingo?
—Segurísimo.
—Pero ¿lo sabes a ciencia cierta, que las vacaciones empiezan el primero de enero y terminan el último día de diciembre?
—A ciencia ciertísima.
—¡Qué país tan bonito! —repitió Pinocho, escupiendo de tanta alegría. Luego, armándose de valor, añadió a toda prisa:
—Entonces, adiós de verdad, y buen viaje.
—Adiós.
—¿Dentro de cuánto os marcháis?
—Dentro de poco.
—¡Qué lástima! Si faltara una hora para la salida, casi sería capaz de esperar.
—¿Y el Hada?
—¡Ya se me ha hecho tarde!... y volver a casa una hora antes o una hora después da lo mismo.
—¡Pobre Pinocho! ¿Y si el Hada te regaña?
—¡Paciencia! Dejaré que regañe. Cuando haya regañado bien a gusto, se calmará.
Entretanto ya se había hecho de noche, noche cerrada, cuando de pronto vieron moverse a lo lejos una lucecita... y oyeron un sonido de cascabeles y un toque de trompetilla, tan pequeñito y ahogado que parecía el zumbido de un mosquito.
—¡Ahí está! —gritó Mecha, poniéndose de pie de un salto.
—¿Quién es? —preguntó Pinocho en voz baja.
—Es el carro que viene a recogerme. Entonces, ¿quieres venir, sí o no?
—Pero ¿es verdad de verdad —preguntó el muñeco— que en ese país los chicos nunca tienen obligación de estudiar?
—¡Nunca, nunca, nunca!
—¡Qué país tan bonito!... ¡qué país tan bonito!... ¡Qué país tan bonito!...