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Después de cinco meses de Jauja, Pinocho, con gran asombro, siente que le brota un hermoso par de orejas de burro, y se convierte en un burrito, con cola y todo.

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Por fin llegó el carro; y llegó sin hacer el más mínimo ruido, porque sus ruedas estaban envueltas en estopa y en trapos.

Al anochecer, Mecha y Pinocho, sentados en un murete bajo un pórtico de piedra, miran acercarse por el camino un carro tirado por una larga recua de burros.

Tiraban de él doce parejas de burritos, todos del mismo tamaño, pero de distinto pelaje.

Unos eran grises, otros blancos, otros moteados como sal y pimienta, y otros rayados con grandes franjas amarillas y azules.

Pero lo más curioso era esto: que aquellas doce parejas, es decir, aquellos veinticuatro burritos, en vez de llevar herraduras como todas las demás bestias de tiro o de carga, llevaban en las patas unas botitas de hombre hechas de piel blanca.

¿Y el conductor del carro?...

Imaginaos un hombrecillo más ancho que largo, blandito y untuoso como una bola de mantequilla, con una carita de manzana sonrosada, una boquita que siempre reía y una voz fina y zalamera, como la de un gato que se encomienda al buen corazón de la dueña de la casa.

El Hombrecillo, rechoncho y sonriente, lleva un gorro con plumas blancas, se lleva una mano a la boca y empuña un largo látigo.

Todos los chicos, en cuanto lo veían, se quedaban prendados de él y competían por subir a su carro, para que él los llevara a aquella verdadera Jauja, conocida en los mapas con el seductor nombre de «País de los Juguetes».

De hecho, el carro ya estaba lleno de chiquillos de entre ocho y doce años, amontonados unos encima de otros como anchoas en salmuera. Estaban incómodos, estaban apretujados, casi no podían respirar; pero ninguno decía ¡ay!, ninguno se quejaba. El consuelo de saber que dentro de pocas horas llegarían a un país donde no había ni libros, ni escuelas, ni maestros, los tenía tan contentos y resignados que no sentían ni las incomodidades, ni los zarandeos, ni el hambre, ni la sed, ni el sueño.

En cuanto el carro se detuvo, el Hombrecillo se volvió hacia Mecha y, con mil muecas y mil zalamerías, le preguntó sonriendo:

—Dime, muchacho guapo, ¿quieres venir tú también a ese afortunado país?

—¡Claro que quiero ir!

—Pero te advierto, cariño mío, que en el carro ya no queda sitio. Como ves, ¡está lleno del todo!...

—¡Paciencia! —replicó Mecha—. Si no hay sitio dentro, me conformaré con ir sentado en las varas del carro. —Y, de un salto, se montó a horcajadas sobre las varas.

—Y tú, amor mío —dijo el Hombrecillo volviéndose todo cumplidos hacia Pinocho—, ¿qué piensas hacer? ¿Vienes con nosotros o te quedas?...

—Yo me quedo —respondió Pinocho—. Yo quiero volver a mi casa: quiero estudiar y quiero quedar bien en la escuela, como hacen todos los chicos de bien.

—¡Que te aproveche!

—Pinocho —dijo entonces Mecha—, hazme caso: ¡ven con nosotros y lo pasaremos en grande!

—¡No, no, no!

—¡Ven con nosotros y lo pasaremos en grande! —gritaron otras cuatro voces desde dentro del carro.

—¡Ven con nosotros y lo pasaremos en grande! —aullaron todas a la vez un centenar de voces.

—¿Y si voy con vosotros, qué dirá mi buena Hada? —dijo el muñeco, que empezaba a ablandarse y a dudar.

Un gran coche atestado de chicos, con el Hombrecillo en el pescante y el látigo en alto, va tirado por una larga recua de burros; a su lado esperan Pinocho y otro muchacho.

—No te calientes la cabeza con tantas melancolías. ¡Piensa que vamos a un país donde seremos libres de armar jaleo de la mañana a la noche!

Pinocho no respondió, pero dio un suspiro; luego dio otro suspiro; luego un tercer suspiro; por fin dijo:

—Hacedme un poco de sitio: ¡quiero ir yo también!...

—Los sitios están todos ocupados —replicó el Hombrecillo—; pero, para demostrarte lo bienvenido que eres, puedo cederte mi sitio en el pescante.

—¿Y usted?

—Y yo haré el camino a pie.

—De ninguna manera, eso no lo permito. ¡Prefiero subirme a la grupa de alguno de estos burritos! —gritó Pinocho.

Dicho y hecho, se acercó al burrito de la derecha de la primera pareja e hizo ademán de querer montarlo; pero el animalito, volviéndose de golpe, le dio un gran hocicazo en el estómago y lo tiró patas arriba.

Imaginaos las carcajadas insolentes y desaforadas de todos aquellos chicos que presenciaban la escena.

Pero el Hombrecillo no se rió. Se acercó lleno de cariño al burrito rebelde y, haciendo como que le daba un beso, le arrancó de un mordisco la mitad de la oreja derecha.

Entretanto Pinocho, levantándose del suelo hecho una furia, saltó de un brinco a la grupa de aquel pobre animal. Y el salto fue tan bonito que los chicos, dejando de reír, empezaron a gritar «¡Viva Pinocho!» y a batir palmas en un aplauso que no se acababa nunca.

Cuando, de repente, el burrito levantó las dos patas traseras y, dando un fortísimo corcovo, lanzó al pobre muñeco en medio del camino, sobre un montón de grava.

El coche lleno de chicos avanza tras su recua de burros, con el Hombrecillo arriba, mientras Pinocho, arrojado al suelo, yace tendido en el camino.

Y otra vez grandes carcajadas; pero el Hombrecillo, en vez de reír, se sintió invadido de tanto cariño por aquel burrito inquieto que, con un beso, le arrancó limpiamente la mitad de la otra oreja. Luego le dijo al muñeco:

—Vuelve a montar tranquilo, y no tengas miedo. Ese burrito tenía la cabeza llena de pájaros; pero yo le he dicho dos palabritas en las orejas, y espero haberlo vuelto manso y razonable.

Pinocho montó y el carro empezó a moverse; pero mientras los burritos galopaban y el carro corría sobre los guijarros del camino real, al muñeco le pareció oír una voz queda y apenas inteligible, que le dijo:

—¡Pobre bobo! Has querido salirte con la tuya, ¡pero te arrepentirás!

Pinocho, casi asustado, miró a un lado y a otro, para averiguar de dónde venían aquellas palabras; pero no vio a nadie: los burritos galopaban, el carro corría, los chicos dentro del carro dormían, Mecha roncaba como un lirón, y el Hombrecillo, sentado en el pescante, canturreaba entre dientes:

Todos duermen de noche, y yo no duermo jamás...

Recorrido otro medio kilómetro, Pinocho oyó la vocecita débil que le dijo:

—¡Tenlo presente, bobalicón! ¡Los chicos que dejan de estudiar y dan la espalda a los libros, a las escuelas y a los maestros, para entregarse por completo a los juegos y a las diversiones, no pueden tener otra cosa que un final desgraciado! ¡Yo lo sé por experiencia, y te lo puedo decir!... Llegará un día en que también tú llorarás, como hoy lloro yo... ¡pero entonces será tarde!...

Al oír estas palabras susurradas en voz baja, el muñeco, más asustado que nunca, saltó de la grupa de su montura y fue a coger a su burrito por el hocico.

¡E imaginaos cómo se quedó cuando se dio cuenta de que su burrito lloraba... y lloraba igual que un niño!

—Eh, señor Hombrecillo —gritó entonces Pinocho al dueño del carro—, ¿sabe usted qué novedad hay? Este burrito llora.

—Déjalo que llore: ¡ya reirá cuando se case!

—Pero ¿es que acaso le ha enseñado usted también a hablar?

—No: ha aprendido él solo a farfullar algunas palabras, porque estuvo tres años en una compañía de perros amaestrados.

—¡Pobre animal!...

—Vamos, vamos... —dijo el Hombrecillo—, no perdamos el tiempo viendo llorar a un burro. Vuelve a montar y vámonos: la noche está fresca y el camino es largo.

Pinocho obedeció sin rechistar. El carro reanudó su carrera, y por la mañana, al despuntar el alba, llegaron felizmente al «País de los Juguetes».

Este país no se parecía a ningún otro país del mundo. Su población estaba compuesta toda de niños. Los mayores tenían 14 años; los más pequeños tenían apenas 8. ¡En las calles, una alegría, un jaleo, un griterío como para volverse loco! Pandillas de chiquillos por todas partes: quien jugaba a las nueces, quien a los tejos, quien a la pelota, quien andaba en velocípedo, quien en un caballito de madera; estos jugaban a la gallina ciega; aquellos otros se perseguían; otros, vestidos de payasos, se comían estopa encendida; quien recitaba, quien cantaba, quien daba saltos mortales, quien se divertía caminando con las manos en el suelo y las piernas en el aire; quien hacía rodar el aro, quien se paseaba vestido de general con casco de papel y escuadrón de cartón piedra; quien reía, quien chillaba, quien llamaba, quien batía palmas, quien silbaba, quien imitaba a la gallina cuando ha puesto el huevo: en fin, tal pandemónium, tal algarabía, tal barullo endiablado, que había que ponerse algodón en los oídos para no quedarse sordo. En todas las plazas se veían teatrillos de lona, llenos de chicos de la mañana a la noche, y en todas las paredes de las casas se leían, escritas con carbón, cosas bellísimas como estas: ¡vivan los jugetes! (en vez de juguetes); no queremos más ezcuelas (en vez de no queremos más escuelas); abajo la Ritmética (en vez de aritmética) y otras flores por el estilo.

En una calle del País de los Juguetes, los chicos alborotan: uno va en bicicleta, otro toca una trompeta, otro monta un caballito de palo, otros desfilan con palos y uno hace rodar un aro.

Pinocho, Mecha y todos los demás chicos que habían hecho el viaje con el Hombrecillo, en cuanto pusieron el pie en la ciudad, se metieron enseguida en medio del gran barullo, y en pocos minutos, como es fácil imaginar, se hicieron amigos de todos. ¿Quién más feliz, quién más contento que ellos? Entre diversiones continuas y entretenimientos de todo tipo, las horas, los días, las semanas pasaban como relámpagos.

—¡Oh, qué vida tan bonita! —decía Pinocho cada vez que por casualidad se tropezaba con Mecha.

—¿Ves, entonces, como tenía razón? —replicaba este último—. ¡Y eso que tú no querías venir! ¡Y pensar que se te había metido en la cabeza volverte a casa con tu Hada, a perder el tiempo estudiando! Si hoy te has librado del fastidio de los libros y de las escuelas, me lo debes a mí, a mis consejos, a mis desvelos, ¿no estás de acuerdo? Solo los verdaderos amigos saben hacer favores tan grandes como estos.

—¡Es verdad, Mecha! Si hoy soy un chico verdaderamente feliz, todo el mérito es tuyo. Y el maestro, en cambio, ¿sabes lo que me decía cuando hablaba de ti? Me decía siempre: «No andes con ese pillo de Mecha, porque Mecha es un mal compañero, ¡y no puede aconsejarte otra cosa que hacer el mal!...»

—¡Pobre maestro! —replicó el otro meneando la cabeza—. Ya sé, por desgracia, que me tenía manía y que siempre se divertía calumniándome; ¡pero yo soy generoso y lo perdono!

—¡Alma grande! —dijo Pinocho abrazando cariñosamente a su amigo y dándole un beso entre los ojos.

Llevaba ya cinco meses aquella hermosa Jauja de jugar y divertirse días enteros, sin ver nunca la cara ni a un libro ni a una escuela, cuando una mañana Pinocho, al despertarse, se llevó, como suele decirse, una sorpresa muy desagradable, que lo puso de muy mal humor.