← Biblioteca

Vuelve a casa del Hada, que le promete que al día siguiente ya no será un muñeco, sino que se convertirá en un niño. Gran desayuno de café con leche para celebrar este gran acontecimiento

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Cuando el pescador estaba justo a punto de echar a Pinocho a la sartén, entró en la cueva un perrazo, atraído hasta allí por el olor agudísimo y apetitoso de la fritura.

—¡Fuera de aquí! —le gritó el pescador amenazándolo, sin soltar de la mano al muñeco enharinado.

El Pescador verde sostiene a Pinocho cabeza abajo por las piernas sobre una sartén puesta en un fogón de ladrillo, mientras Alidoro se yergue con las patas delanteras en el borde.

Pero el pobre perro tenía un hambre por cuatro y, gimoteando y meneando la cola, parecía decir:

—Dame un bocado de fritura y te dejo en paz.

—¡Fuera de aquí, te digo! —le repitió el pescador; y estiró la pierna para darle una patada.

Entonces el perro, que cuando tenía hambre de verdad no estaba acostumbrado a dejar que se le posaran moscas en la nariz, se revolvió gruñendo contra el pescador, enseñándole sus terribles colmillos.

En ese momento se oyó en la cueva una vocecita débil, muy débil, que dijo:

—¡Sálvame, Alidoro! ¡Si no me salvas, estoy frito!…

El perro reconoció enseguida la voz de Pinocho y se dio cuenta, con grandísimo asombro, de que la vocecita había salido de aquel bulto enharinado que el pescador tenía en la mano.

¿Y entonces qué hace? ¡Da un gran salto desde el suelo, atrapa con la boca aquel bulto enharinado y, sujetándolo suavemente con los dientes, sale corriendo de la cueva, y allá va, como un relámpago!

El mastín Alidoro, con un ancho collar, corre a grandes saltos llevando entre los dientes a Pinocho enharinado, cuyas piernas de madera asoman hacia arriba.

El pescador, rabioso al ver que le arrancaban de la mano un pez que se habría comido con tanto gusto, intentó perseguir al perro; pero a los pocos pasos le dio un ataque de tos y tuvo que volverse atrás.

Mientras tanto, Alidoro, en cuanto encontró el sendero que llevaba al pueblo, se detuvo y dejó con delicadeza en el suelo a su amigo Pinocho.

—¡Cuánto tengo que agradecerte! —dijo el muñeco.

—No hace falta —replicó el perro—: tú me salvaste a mí, y lo que se da se devuelve. Ya se sabe: en este mundo todos tenemos que ayudarnos unos a otros.

—Pero ¿cómo es que fuiste a parar a esa cueva?

—Seguía aquí tendido en la playa, más muerto que vivo, cuando el viento me trajo de lejos un olorcillo a fritura. Ese olorcillo me abrió el apetito, y yo lo seguí. ¡Si llego a llegar un minuto más tarde!…

—¡No me lo digas! —gritó Pinocho, que todavía temblaba de miedo—. ¡No me lo digas! Si llegas un minuto más tarde, a estas horas yo ya estaría frito, comido y digerido. ¡Brrr! ¡Me dan escalofríos solo de pensarlo!…

Alidoro, riendo, tendió la pata derecha hacia el muñeco, que se la estrechó muy fuerte en señal de gran amistad; y después se separaron.

El perro volvió a tomar el camino de casa; y Pinocho, al quedarse solo, se acercó a una cabaña que había allí cerca y le preguntó a un viejecito que estaba en la puerta calentándose al sol:

—Dígame, buen hombre, ¿sabe usted algo de un pobre muchacho herido en la cabeza que se llamaba Eugenio?

Pinocho, con los brazos en jarras y su gorro puntiagudo, habla con un anciano sentado sobre un tronco ante la puerta de una casa.

—Al muchacho lo trajeron unos pescadores a esta cabaña, y ahora…

—¡Ahora estará muerto!… —interrumpió Pinocho con gran dolor.

—No: ahora está vivo, y ya ha vuelto a su casa.

—¿De verdad?… ¿De verdad? —gritó el muñeco, saltando de alegría—. ¿Entonces la herida no era grave?…

—Pues podía haber sido gravísima y hasta mortal —respondió el viejecito—, porque le tiraron a la cabeza un libro gordo encuadernado en cartón.

—¿Y quién se lo tiró?

—Un compañero suyo de escuela: un tal Pinocho…

—¿Y quién es ese Pinocho? —preguntó el muñeco, haciéndose el tonto.

—Dicen que es un chico malo, un vagabundo, un verdadero tarambana.

—¡Calumnias! ¡Todo calumnias!

—¿Lo conoces tú, a ese Pinocho?

—¡De vista! —respondió el muñeco.

—¿Y tú qué opinión tienes de él? —le preguntó el viejecito.

—A mí me parece un chico buenísimo, con muchas ganas de estudiar, obediente, cariñoso con su padre y con su familia…

Mientras el muñeco soltaba con toda la cara dura todas estas mentiras, se tocó la nariz y se dio cuenta de que se le había alargado más de un palmo. Entonces, muy asustado, empezó a gritar:

—¡No haga caso, buen hombre, de todo lo bueno que le he dicho de él, porque conozco muy bien a Pinocho y también yo puedo asegurarle que es de verdad un chico malo, un desobediente y un holgazán, y que en lugar de ir a la escuela se va con los compañeros a hacer travesuras!

En cuanto hubo pronunciado estas palabras, la nariz se le encogió y volvió a su tamaño natural, como era antes.

—¿Y por qué estás tan blanco de esa manera? —le preguntó de pronto el viejecito.

—Le diré…, sin darme cuenta me he restregado contra una pared recién encalada —respondió el muñeco, que se avergonzaba de contar que lo habían enharinado como a un pez para freírlo luego en la sartén.

—¿Y qué has hecho con tu chaqueta, tus pantaloncitos y tu gorro?

—Me encontré con los ladrones y me desnudaron. Dígame, buen anciano, ¿no tendría usted por casualidad alguna ropita que darme, aunque solo sea para poder volver a casa?

—Hijo mío, en cuanto a ropa, yo no tengo más que un saquito donde guardo los altramuces. Si lo quieres, cógelo: ahí lo tienes.

Pinocho no se lo hizo decir dos veces: cogió enseguida el saquito de los altramuces, que estaba vacío, y después de hacerle con las tijeras un agujerito en el fondo y dos agujeros a los lados, se lo puso a modo de camisa. Y vestido así, tan ligerito, se encaminó hacia el pueblo. Pero, por el camino, no se sentía nada tranquilo; tanto es así que daba un paso adelante y otro atrás, y hablando solo iba diciendo:

Pinocho, sin gorro, camina con torpeza vestido con un saco vacío a modo de camisa, con agujeros para la cabeza y los delgados brazos de madera.

—¿Cómo voy a presentarme ante mi buena Hada? ¿Qué dirá cuando me vea?… ¿Querrá perdonarme esta segunda trastada?… ¡Apuesto a que no me la perdona!… ¡Oh, seguro que no me la perdona!… Y me lo tengo merecido: porque soy un granuja que promete siempre enmendarse, ¡y nunca lo cumple!…

Llegó al pueblo cuando ya era noche cerrada; y como hacía un tiempo de perros y llovía a cántaros, fue derecho, derechito a la casa del Hada, decidido a llamar a la puerta y hacerse abrir.

Pero cuando estuvo allí, sintió que le faltaba el valor, y en lugar de llamar se alejó corriendo unos veinte pasos. Luego volvió una segunda vez a la puerta, y no hizo nada; luego se acercó una tercera vez, y nada; a la cuarta vez cogió, temblando, la aldaba de hierro y dio un golpecito chiquitito.

Espera que te espera, por fin, al cabo de media hora, se abrió una ventana del último piso (la casa tenía cuatro pisos) y Pinocho vio asomarse a un gran Caracol, que llevaba una lucecita encendida en la cabeza, y que dijo:

—¿Quién es a estas horas?

—¿Está en casa el Hada? —preguntó el muñeco.

—El Hada duerme y no quiere que la despierten; pero ¿tú quién eres?

—¡Soy yo!

—¿Quién es yo?

—Pinocho.

—¿Qué Pinocho?

—El muñeco, el que vive en casa con el Hada.

—¡Ah, ya entiendo! —dijo el Caracol—. Espérame ahí, que ahora bajo y te abro enseguida.

—Dese prisa, por caridad, que me muero de frío.

—Hijo mío, yo soy un Caracol, y los Caracoles nunca tienen prisa.

Entretanto pasó una hora, pasaron dos, y la puerta no se abría; así que Pinocho, que temblaba de frío, de miedo y por el agua que llevaba encima, se armó de valor y llamó una segunda vez, y llamó más fuerte.

A ese segundo golpe se abrió una ventana del piso de abajo y se asomó el mismo Caracol.

—¡Caracolito lindo —gritó Pinocho desde la calle—, hace dos horas que espero! Y dos horas, en una noche tan mala como esta, se hacen más largas que dos años. Dese prisa, por caridad.

—Hijo mío —le respondió desde la ventana aquel animalito todo paz y todo flema—, hijo mío, yo soy un Caracol, y los Caracoles nunca tienen prisa. —Y la ventana se volvió a cerrar.

Poco después dieron las doce de la noche; luego la una, luego las dos de la madrugada, y la puerta seguía cerrada.

Entonces Pinocho, perdiendo la paciencia, agarró con rabia la aldaba de la puerta para dar un golpe que hiciera retumbar todo el edificio; pero la aldaba, que era de hierro, se convirtió de pronto en una anguila viva que, escurriéndosele de las manos, desapareció en un arroyuelo de agua que corría por el medio de la calle.

—¡Ah!, ¿sí? —gritó Pinocho, cada vez más ciego de cólera—. Si la aldaba ha desaparecido, yo seguiré llamando a fuerza de patadas.

Y echándose un poco hacia atrás, soltó una patada solemnísima contra la puerta de la casa. El golpe fue tan fuerte que el pie se hundió en la madera hasta la mitad; y cuando el muñeco intentó sacarlo, todo fue trabajo inútil, porque el pie se había quedado clavado allí dentro, como un clavo remachado.

¡Imaginaos al pobre Pinocho! Tuvo que pasar todo el resto de la noche con un pie en el suelo y el otro en el aire.

Por la mañana, al despuntar el día, por fin se abrió la puerta. Aquel buen animalito del Caracol, para bajar desde el cuarto piso hasta la puerta de la calle, había tardado solamente nueve horas. Hay que reconocer que debió de darse una buena sudada.

—¿Qué haces con ese pie clavado en la puerta? —le preguntó riendo al muñeco.

Pinocho yace tendido en el suelo con un pie clavado en la puerta, mientras a su lado el Caracol lleva una vela encendida.

—Ha sido una desgracia. Mire a ver, Caracolito lindo, si consigue librarme de este suplicio.

—Hijo mío, para eso hace falta un carpintero, y yo nunca he sido carpintero.

—¡Pídaselo al Hada de mi parte!…

—El Hada duerme y no quiere que la despierten.

—Pero ¿qué quiere usted que haga, clavado todo el día en esta puerta?

—Diviértete contando las hormigas que pasan por la calle.

—Tráigame por lo menos algo de comer, porque me siento desfallecer.

—¡Enseguida! —dijo el Caracol.

En efecto, al cabo de tres horas y media, Pinocho lo vio volver con una bandeja de plata en la cabeza. En la bandeja había un pan, un pollo asado y cuatro albaricoques maduros.

—Aquí tienes el desayuno que te manda el Hada —dijo el Caracol.

Al ver aquella bendición de Dios, el muñeco se sintió todo consolado. Pero ¡cuál no sería su desengaño cuando, al empezar a comer, tuvo que darse cuenta de que el pan era de yeso, el pollo de cartón y los cuatro albaricoques de alabastro, pintados como si fueran de verdad!

Quería llorar, quería desesperarse, quería tirar la bandeja y todo lo que había en ella; pero en cambio, fuera por el gran disgusto o por la gran flojera de estómago, el caso es que cayó desmayado.

Cuando volvió en sí, se encontró tendido en un sofá, y el Hada estaba a su lado.

—También esta vez te perdono —le dijo el Hada—, ¡pero ay de ti si me haces otra de las tuyas!…

Pinocho prometió y juró que estudiaría y que se portaría siempre bien. Y cumplió su palabra durante todo el resto del año. En efecto, en los exámenes antes de las vacaciones tuvo el honor de ser el mejor de la escuela; y su conducta, en general, fue juzgada tan digna de elogio y tan satisfactoria que el Hada, muy contenta, le dijo:

—¡Mañana, por fin, tu deseo se cumplirá!

—¿Es decir?

—Mañana dejarás de ser un muñeco de madera y te convertirás en un niño de bien.

Quien no haya visto la alegría de Pinocho ante esta noticia tan deseada no podrá imaginársela jamás. Todos sus amigos y compañeros de escuela iban a ser invitados al día siguiente a un gran desayuno en casa del Hada, para celebrar juntos el gran acontecimiento; y el Hada había mandado preparar doscientas tazas de café con leche y cuatrocientos panecillos untados de mantequilla por dentro y por fuera. Aquel día prometía ser muy bonito y muy alegre, pero...

Pinocho se arrodilla junto al Hada, que lo mira con ternura, al lado de una larga mesa con filas de tazas y platillos.

Por desgracia, en la vida de los muñecos siempre hay un «pero» que lo echa todo a perder.