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Pinocho corre peligro de ser frito en la sartén, como un pez

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Durante aquella carrera desesperada hubo un momento terrible, un momento en que Pinocho se creyó perdido: porque habéis de saber que Alidoro (así se llamaba el mastín), a fuerza de correr y correr, casi lo había alcanzado.

Baste decir que el muñeco oía detrás de sí, a un palmo de distancia, el jadeo afanoso de aquel bicharraco, y hasta sentía la bocanada caliente de su aliento.

Pinocho huye a toda velocidad en una nube de polvo, con el gorro volándole de la cabeza, mientras el mastín Alidoro, de ancho collar, le pisa los talones.

Por suerte, la playa ya estaba cerca, y el mar se veía allí, a pocos pasos.

En cuanto llegó a la playa, el muñeco dio un salto magnífico, como lo habría dado una rana, y fue a caer en medio del agua. Alidoro, en cambio, quería pararse; pero, arrastrado por el impulso de la carrera, se metió en el agua él también. Y el desgraciado no sabía nadar; así que enseguida empezó a manotear con las patas para mantenerse a flote; pero cuanto más manoteaba, más se le hundía la cabeza bajo el agua.

Cuando volvió a sacar la cabeza, el pobre perro tenía los ojos espantados y desorbitados, y, ladrando, gritaba:

—¡Me ahogo! ¡Me ahogo!

—¡Revienta! —le respondió desde lejos Pinocho, que ya se veía a salvo de todo peligro.

—¡Ayúdame, Pinocho mío!… ¡Sálvame de la muerte!…

Ante aquellos gritos desgarradores, el muñeco, que en el fondo tenía un corazón excelente, se compadeció y, volviéndose hacia el perro, le dijo:

—Pero si te ayudo a salvarte, ¿me prometes no molestarme más y no correr detrás de mí?

—¡Te lo prometo! ¡Te lo prometo! Date prisa, por caridad, porque si tardas otro medio minuto, me muero sin remedio.

Pinocho dudó un poco; pero luego, acordándose de que su padre le había dicho muchas veces que haciendo una buena acción nunca se sale perdiendo, fue nadando hasta Alidoro y, agarrándolo de la cola con las dos manos, lo llevó sano y salvo a la arena seca de la playa.

Pinocho nada en el mar remolcando a Alidoro, al que sujeta de la cola con ambas manos, mientras la cabeza del gran perro asoma sobre el agua.

El pobre perro ya no se tenía en pie. Había tragado, sin querer, tanta agua salada que estaba hinchado como un globo. Por lo demás, el muñeco, que no quería fiarse demasiado, consideró prudente echarse de nuevo al mar; y alejándose de la playa, le gritó al amigo que había salvado:

—Adiós, Alidoro; buen viaje, y muchos recuerdos a los de casa.

—Adiós, Pinocho —respondió el perro—; mil gracias por haberme librado de la muerte. Me has hecho un gran favor; y en este mundo, lo que se da se devuelve. Si se presenta la ocasión, volveremos a hablar…

Pinocho siguió nadando, siempre cerca de tierra. Por fin le pareció que había llegado a un lugar seguro; y echando un vistazo a la playa, vio en las rocas una especie de cueva de la que salía un larguísimo penacho de humo.

—En esa cueva —se dijo entonces— tiene que haber fuego. ¡Tanto mejor! Iré a secarme y a calentarme, ¿y luego?… Y luego, será lo que tenga que ser.

Tomada esta decisión, se acercó a las rocas; pero cuando estaba a punto de trepar, sintió algo bajo el agua que subía, subía, subía y lo levantaba por el aire. Enseguida intentó escapar, pero ya era tarde, porque, con grandísimo asombro, se encontró encerrado dentro de una gran red, en medio de un hervidero de peces de todas las formas y tamaños, que coleaban y se debatían como otras tantas almas desesperadas.

Y al mismo tiempo vio salir de la cueva a un pescador tan feo, pero tan feo, que parecía un monstruo marino. En lugar de pelo tenía en la cabeza una mata espesísima de hierba verde; verde era la piel de su cuerpo, verdes los ojos, verde la barba larguísima, que le llegaba hasta aquí abajo. Parecía un lagarto enorme, de pie sobre las patas traseras.

Cuando el pescador hubo sacado la red del mar, gritó muy contento:

—¡Bendita Providencia! ¡También hoy podré darme un buen atracón de pescado!

«¡Menos mal que yo no soy un pez!», se dijo Pinocho para sus adentros, recobrando un poco de valor.

La red llena de peces fue llevada dentro de la cueva, una cueva oscura y ahumada, en cuyo centro freía una gran sartén de aceite que despedía un olorcillo a pabilo quemado que cortaba la respiración.

—¡Veamos ahora qué peces hemos pescado! —dijo el Pescador verde; y metiendo en la red una manaza tan descomunal que parecía una pala de panadero, sacó un puñado de salmonetes.

—¡Buenos estos salmonetes! —dijo, mirándolos y olfateándolos con satisfacción. Y después de olfatearlos, los arrojó a un barreño sin agua.

Luego repitió varias veces la misma operación; y a medida que sacaba los demás peces, se le hacía la boca agua y, relamiéndose de gusto, decía:

—¡Buenas estas merluzas!…

—¡Exquisitos estos mújoles!…

—¡Deliciosos estos lenguados!…

—¡Riquísimas estas arañas de mar!…

—¡Monas estas anchoas con cabeza!

Como os podéis imaginar, las merluzas, los mújoles, los lenguados, las arañas de mar y las anchoas fueron a parar todos revueltos al barreño, a hacer compañía a los salmonetes.

El último que quedó en la red fue Pinocho.

En cuanto el pescador lo hubo sacado, abrió de asombro sus ojazos verdes, gritando casi asustado:

—¿Qué clase de pez es este? De peces hechos de esta manera no recuerdo haber comido nunca.

El Pescador verde, una figura greñuda cubierta de largos pelos, sostiene a Pinocho muy cerca de su cara y lo mira con ojos saltones, mientras el gorro de Pinocho cae al suelo.

Y volvió a mirarlo atentamente, y después de mirarlo bien por todos lados, acabó diciendo:

—Ya lo entiendo: debe de ser un cangrejo de mar.

Entonces Pinocho, mortificado al verse confundido con un cangrejo, dijo con tono ofendido:

—¿Pero qué cangrejo ni qué cangrejo? ¡Mire usted cómo me trata! Sepa usted, para su gobierno, que yo soy un muñeco.

—¿Un muñeco? —replicó el pescador—. ¡A decir verdad, el pez muñeco es para mí un pez nuevo! ¡Mejor así! Te comeré con más gusto.

—¿Comerme? ¿Pero quiere usted entender que yo no soy un pez? ¿Es que no oye que hablo y razono igual que usted?

—Es muy cierto —añadió el pescador—; y como veo que eres un pez y que tienes la suerte de hablar y razonar como yo, también yo quiero tenerte las debidas consideraciones.

—¿Y esas consideraciones serían…?

—En señal de amistad y de especial estima, te dejaré elegir cómo quieres que te cocine. ¿Deseas ser frito en la sartén o prefieres que te guise en la cazuela con salsa de tomate?

—A decir verdad —respondió Pinocho—, si tengo que elegir, prefiero que me deje libre, para poder volver a mi casa.

—¡Tú bromeas! ¿Te parece que voy a perder la ocasión de probar un pez tan raro? No todos los días aparece un pez muñeco en estos mares. Déjame a mí: te freiré en la sartén junto con todos los demás peces, y quedarás contento. Ser frito en compañía siempre es un consuelo.

El infeliz Pinocho, ante esta cantinela, empezó a llorar, a chillar, a suplicar; y llorando decía: —¡Cuánto mejor habría sido ir a la escuela!… Quise hacer caso a los compañeros, ¡y ahora lo pago!… ¡Ih!… ¡Ih!… ¡Ih!…

Y como se retorcía igual que una anguila y hacía esfuerzos increíbles por escurrirse de las garras del Pescador verde, este cogió una buena tira de junco y, después de atarlo de pies y manos como un salchichón, lo echó al fondo del barreño con los demás.

Luego, sacando una enorme bandeja de madera llena de harina, se puso a enharinar todos aquellos peces; y a medida que los enharinaba, los echaba a freír en la sartén.

Los primeros en bailar en el aceite hirviendo fueron las pobres merluzas; luego les tocó a las arañas de mar, luego a los mújoles, luego a los lenguados y a las anchoas, y después le llegó el turno a Pinocho. El cual, al verse tan cerca de la muerte (¡y qué muerte tan fea!), sintió tal temblor y tal espanto que ya no tenía ni voz ni aliento para suplicar.

¡El pobre chico suplicaba con los ojos! Pero el Pescador verde, sin hacerle el menor caso, lo revolcó cinco o seis veces en la harina, enharinándolo tan bien de la cabeza a los pies que parecía un muñeco de yeso.

Luego lo agarró por la cabeza, y…