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Gran combate entre Pinocho y sus compañeros: como uno de ellos resulta herido, Pinocho es arrestado por los carabineros

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

En cuanto llegó a la playa, Pinocho echó enseguida una gran mirada sobre el mar; pero no vio ningún Tiburón. El mar estaba todo liso como un gran cristal de espejo.

—¿Y dónde está el Tiburón? —preguntó, volviéndose hacia sus compañeros.

—Habrá ido a desayunar —respondió uno de ellos, riendo.

—O se habrá echado en la cama a dormir una siestecita —añadió otro, riendo más fuerte que nunca.

Por aquellas respuestas sin pies ni cabeza y por aquellas risotadas tontas, Pinocho comprendió que sus compañeros le habían gastado una broma pesada, haciéndole creer algo que no era verdad; y, tomándoselo a mal, les dijo con voz enfurruñada:

—¿Y ahora qué? ¿Qué gracia le habéis encontrado a hacerme creer el cuento del Tiburón?

—¡Gracia tiene, desde luego!... —respondieron a coro aquellos granujas.

—¿Y cuál es?

—Hacerte faltar a la escuela y hacerte venir con nosotros. ¿No te da vergüenza mostrarte todos los días tan puntual y tan aplicado en clase? ¿No te da vergüenza estudiar tanto como estudias?

—¿Y si yo estudio, a vosotros qué os importa?

—A nosotros nos importa muchísimo, porque nos obligas a quedar mal con el maestro...

—¿Por qué?

—Porque los alumnos que estudian siempre dejan en mal lugar a los que, como nosotros, no tienen ganas de estudiar. ¡Y nosotros no queremos quedar en mal lugar! ¡También nosotros tenemos nuestro amor propio!...

—¿Y entonces qué tengo que hacer para teneros contentos?

—Tienes que aborrecer, tú también, la escuela, la lección y el maestro, que son nuestros tres grandes enemigos.

—¿Y si yo quisiera seguir estudiando?

—No volveremos a mirarte a la cara, y a la primera ocasión nos las pagarás.

—La verdad es que casi me dais risa —dijo el muñeco, sacudiendo un poco la cabeza.

—¡Eh, Pinocho! —gritó entonces el mayor de aquellos chicos, plantándosele delante de la cara—. No vengas aquí a hacerte el fanfarrón: no vengas aquí a hacerte el gallito... ¡porque si tú no nos tienes miedo, nosotros tampoco te tenemos miedo a ti! Recuerda que tú estás solo y nosotros somos siete.

—Siete, como los pecados capitales —dijo Pinocho con una gran carcajada.

—¿Lo habéis oído? ¡Nos ha insultado a todos! ¡Nos ha llamado pecados capitales!...

—¡Pinocho! Pídenos perdón por la ofensa... y si no, ¡ay de ti!...

—¡Cucú! —hizo el muñeco, dándose golpecitos con el índice en la punta de la nariz, en señal de burla.

—¡Pinocho! ¡Esto va a acabar mal!...

—¡Cucú!

—¡Te vas a llevar más palos que un burro!...

—¡Cucú!

—¡Volverás a casa con la nariz rota!...

—¡Cucú!

—¡Ahora el cucú te lo voy a dar yo! —gritó el más atrevido de aquellos granujas—. Toma, de momento, este anticipo, y guárdatelo para la cena de esta noche.

Y diciendo esto, le estampó un puñetazo en la cabeza.

Pero fue, como suele decirse, golpe y respuesta; porque el muñeco, como era de esperar, contestó enseguida con otro puñetazo: y allí, de un momento a otro, la pelea se volvió general y encarnizada.

Pinocho, aunque estaba solo, se defendía como un héroe. Con aquellos pies suyos de madera durísima se las arreglaba tan bien que mantenía siempre a sus enemigos a respetuosa distancia. Allí donde sus pies podían llegar y tocar, dejaban siempre un moretón de recuerdo.

Entonces los chicos, rabiosos por no poder medirse con el muñeco cuerpo a cuerpo, pensaron que lo mejor era echar mano de los proyectiles; y, desatando los fardos de sus libros de escuela, empezaron a lanzarle los Silabarios, las Gramáticas, los Giannettinos, los Minuzzolos, los Cuentos de Thouar, el Pollito de la Baccini y otros libros escolares; pero el muñeco, que tenía la vista rápida y era muy listo, se agachaba siempre a tiempo, de modo que los volúmenes, pasándole por encima de la cabeza, iban todos a caer al mar.

¡Imaginaos los peces! Los peces, creyendo que aquellos libros eran cosa de comer, acudían en bandadas a la superficie del agua; pero después de morder alguna página o alguna portada, la escupían enseguida, haciendo con la boca una mueca que parecía querer decir: «Esto no es para nosotros: nosotros estamos acostumbrados a comer mucho mejor».

Mientras tanto, la pelea se volvía cada vez más feroz, cuando he aquí que un gran Cangrejo, que había salido del agua y había trepado muy despacito hasta la playa, gritó con un vozarrón de trombón resfriado:

Un gran Cangrejo sale a la playa junto a una salpicadura en el agua, mientras Pinocho se enfrenta a un grupo de compañeros que le arrojan libros.

—¡Basta ya, granujillas, que no sois otra cosa! Estas guerras a puñetazos entre chicos rara vez acaban bien. ¡Siempre ocurre alguna desgracia!...

¡Pobre Cangrejo! Fue lo mismo que predicar en el desierto. Es más, el pillo de Pinocho, volviéndose a mirarlo de reojo con cara de perro, le dijo de malos modos:

—¡Cállate, Cangrejo pelmazo! Harías mejor en chupar un par de pastillas de liquen para curarte ese resfriado de garganta. ¡Vete mejor a la cama y procura sudar!...

Mientras tanto, los muchachos, que ya habían terminado de tirar todos sus libros, vieron allí cerca el fardo de libros del muñeco y se adueñaron de él en menos que canta un gallo.

Entre esos libros había un volumen encuadernado en cartón grueso, con el lomo y las puntas de pergamino. Era un Tratado de Aritmética. ¡Ya os podéis imaginar lo que pesaba!

Uno de aquellos granujas agarró el volumen y, apuntando a la cabeza de Pinocho, lo lanzó con toda la fuerza que tenía en el brazo; pero en lugar de dar al muñeco, dio en la cabeza a uno de los compañeros, que se puso blanco como un trapo recién lavado y no dijo más que estas palabras:

—¡Ay, mamá mía…, ayudadme, que me muero!… —Luego cayó tendido sobre la arena de la playa.

Al ver a aquel pobre muertecito, los muchachos, asustados, echaron a correr a todo correr, y en pocos minutos no se les vio más.

Pero Pinocho se quedó allí; y aunque, por el dolor y el susto, también él estaba más muerto que vivo, corrió a empapar su pañuelo en el agua del mar y se puso a mojar la sien de su pobre compañero de escuela. Y mientras tanto, llorando a lágrima viva y desesperándose, lo llamaba por su nombre y le decía:

—¡Eugenio!… ¡Mi pobre Eugenio!… ¡Abre los ojos y mírame!… ¿Por qué no me contestas? ¡No he sido yo, ¿sabes?, el que te ha hecho tanto daño! ¡Créeme, no he sido yo!… Abre los ojos, Eugenio… Si tienes los ojos cerrados, me vas a hacer morir a mí también… ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo voy a volver ahora a casa?… ¿Con qué valor podré presentarme ante mi buena mamá? ¿Qué será de mí?… ¿Adónde huiré?… ¿Dónde iré a esconderme?… ¡Ay, cuánto mejor, mil veces mejor habría sido ir a la escuela!… ¿Por qué habré hecho caso a estos compañeros, que son mi perdición? ¡Y el maestro me lo había dicho!… Y mi mamá me lo había repetido: «¡Guárdate de las malas compañías!». Pero yo soy un testarudo…, un cabezota de remate…; dejo que todos hablen, ¡y luego hago siempre lo que me da la gana! Y después me toca pagarlas… Y así, desde que estoy en el mundo, no he tenido nunca ni un cuarto de hora de felicidad. ¡Dios mío! ¿Qué será de mí, qué será de mí, qué será de mí?

Y Pinocho seguía llorando, berreando, dándose puñetazos en la cabeza y llamando por su nombre al pobre Eugenio, cuando de pronto oyó un ruido sordo de pasos que se acercaban.

Se volvió: eran dos carabineros.

—¿Qué haces así, tumbado en el suelo? —preguntaron a Pinocho.

—Estoy cuidando a este compañero de escuela.

—¿Le ha dado algún mal?

—¡Parece que sí!…

—¡Algo peor que un mal! —dijo uno de los carabineros, inclinándose y mirando a Eugenio de cerca—. Este chico ha sido herido en una sien: ¿quién lo ha herido?

—¡Yo no! —balbuceó el muñeco, que ya no tenía aliento en el cuerpo.

—Si no has sido tú, ¿quién ha sido entonces el que lo ha herido?

—¡Yo no! —repitió Pinocho.

—¿Y con qué lo han herido?

—Con este libro. —Y el muñeco recogió del suelo el Tratado de Aritmética, encuadernado en cartón y pergamino, para enseñárselo al carabinero.

—¿Y de quién es este libro?

—Mío.

—Basta: no hace falta más. Levántate ahora mismo y vente con nosotros.

—Pero yo…

—¡Andando, con nosotros!…

—Pero yo soy inocente…

—¡Andando, con nosotros!

Antes de marcharse, los carabineros llamaron a unos pescadores que justo en ese momento pasaban con su barca cerca de la playa, y les dijeron:

—Os confiamos a este muchachito herido en la cabeza. Llevadlo a vuestra casa y cuidadlo. Mañana volveremos a verlo.

Luego se volvieron hacia Pinocho y, después de ponerlo en medio de los dos, le ordenaron con voz de cuartel:

Pinocho camina entre dos carabineros bigotudos, con sombrero de dos picos y el fusil colgado al hombro.

—¡Adelante! ¡Y camina ligero! ¡Si no, peor para ti!

Sin hacérselo repetir, el muñeco echó a andar por aquel sendero que llevaba al pueblo. Pero el pobre diablo ya no sabía ni en qué mundo estaba. Le parecía estar soñando, ¡y qué sueño tan feo! Estaba fuera de sí. Sus ojos lo veían todo doble; las piernas le temblaban; la lengua se le había quedado pegada al paladar y no podía soltar ni una sola palabra. Y sin embargo, en medio de aquella especie de atontamiento y aturdimiento, una espina agudísima le atravesaba el corazón: la idea, es decir, de tener que pasar bajo las ventanas de la casa de su buena Hada entre dos carabineros. Habría preferido morirse.

Ya habían llegado y estaban a punto de entrar en el pueblo, cuando una ráfaga de viento atrevido le arrancó a Pinocho el gorro de la cabeza y se lo llevó a unos diez pasos de distancia.

—¿Me permiten ustedes —dijo el muñeco a los carabineros— ir a recoger mi gorro?

—Ve, ve; pero date prisa.

El muñeco fue, recogió el gorro…, pero en vez de ponérselo en la cabeza, se lo metió en la boca, entre los dientes, y luego echó a correr a toda carrera hacia la playa. Iba como una bala de fusil.

Los carabineros, pensando que sería difícil alcanzarlo, le azuzaron detrás un enorme perro mastín que había ganado el primer premio en todas las carreras de perros. Pinocho corría, y el perro corría más que él; así que toda la gente se asomaba a las ventanas y se agolpaba en medio de la calle, ansiosa por ver el final de una carrera tan encarnizada. Pero no pudo darse ese gusto, porque el mastín y Pinocho levantaron por el camino tal polvareda que a los pocos minutos ya no se veía nada de nada.