← Biblioteca

A Pinocho le roban sus monedas de oro y, como castigo, le caen cuatro meses de cárcel

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

El muñeco, de vuelta en la ciudad, empezó a contar los minutos uno por uno; y cuando le pareció que ya era la hora, volvió enseguida por el camino que llevaba al Campo de los Milagros.

Y mientras caminaba a paso ligero, el corazón le latía con fuerza y le hacía tic, tac, tic, tac, como un reloj de salón cuando va de veras deprisa. Y mientras tanto pensaba para sus adentros:

—¿Y si en vez de mil monedas encontrara en las ramas del árbol dos mil?... ¿Y si en vez de dos mil encontrara cinco mil? ¿Y si en vez de cinco mil encontrara cien mil? ¡Ay, qué gran señor me volvería entonces!... Querría tener un palacio precioso, mil caballitos de madera y mil cuadras para poder jugar, una bodega llena de licores y de alquermes, y una biblioteca repleta de frutas confitadas, de tartas, de panettones, de turrones y de barquillos con nata.

Fantaseando así, llegó cerca del campo, y allí se detuvo a mirar si por casualidad alcanzaba a ver algún árbol con las ramas cargadas de monedas; pero no vio nada. Dio otros cien pasos adelante, y nada; entró en el campo... fue derecho hasta aquel hoyito donde había enterrado sus monedas de oro, y nada. Entonces se quedó pensativo y, olvidando las reglas de la urbanidad y de la buena educación, sacó una mano del bolsillo y se dio una larguísima rascadita en la cabeza.

Pinocho, de pie bajo un árbol junto a un pequeño hoyo en el campo, se lleva perplejo una mano a la cabeza, mientras un loro lo observa desde una rama.

En ese momento oyó silbarle en los oídos una gran carcajada; y, volviéndose hacia arriba, vio en un árbol un enorme papagayo que se estaba despiojando las pocas plumas que le quedaban.

—¿Por qué te ríes? —le preguntó Pinocho con voz de malas pulgas.

—Me río porque, al despiojarme, me he hecho cosquillas debajo de las alas.

El muñeco no respondió. Fue a la acequia y, llenando de agua la consabida zapatilla, se puso otra vez a regar la tierra que cubría las monedas de oro.

Y he aquí que otra carcajada, todavía más impertinente que la primera, se dejó oír en la soledad silenciosa de aquel campo.

—En fin —gritó Pinocho enfadándose—, ¿se puede saber, Papagayo maleducado, de qué te ríes?

—Me río de esos pazguatos que se creen todas las tonterías y se dejan engatusar por quien es más listo que ellos.

—¿Hablas de mí, acaso?

—Sí, hablo de ti, pobre Pinocho; de ti, que eres tan simple como para creer que el dinero se puede sembrar y cosechar en los campos, como se siembran las judías y las calabazas. Yo también lo creí una vez, y hoy pago las consecuencias. Hoy (¡pero demasiado tarde!) he tenido que convencerme de que, para juntar honradamente unos pocos sueldos, hay que saber ganárselos o con el trabajo de las propias manos o con el ingenio de la propia cabeza.

—No te entiendo —dijo el muñeco, que ya empezaba a temblar de miedo.

—¡Paciencia! Me explicaré mejor —añadió el Papagayo—. Has de saber, pues, que mientras tú estabas en la ciudad, la Zorra y el Gato volvieron a este campo: se llevaron las monedas de oro enterradas y luego huyeron como el viento. ¡Y ahora, el que los alcance, que se lo crea!

Pinocho se quedó boquiabierto y, no queriendo creer las palabras del Papagayo, empezó a escarbar con las manos y con las uñas la tierra que había regado. Y escarba que escarba que escarba, hizo un hoyo tan hondo que habría cabido de pie un pajar entero; pero las monedas ya no estaban.

Presa entonces de la desesperación, volvió corriendo a la ciudad y se fue derecho al tribunal, para denunciar ante el juez a los dos bribones que le habían robado.

El juez era un monazo de la raza de los Gorilas: un viejo monazo respetable por su avanzada edad, por su barba blanca y, sobre todo, por sus gafas de oro sin cristales, que se veía obligado a llevar continuamente a causa de una inflamación de los ojos que lo atormentaba desde hacía varios años.

Pinocho, en presencia del juez, contó con pelos y señales el inicuo fraude del que había sido víctima; dio el nombre, el apellido y las señas de los bribones, y terminó pidiendo justicia.

Pinocho, de pie junto a una mesa cubierta con un mantel, gesticula mientras habla al juez, el Gorila, que lo escucha sentado enfrente con un alto sombrero y las manos juntas.

El juez lo escuchó con mucha benevolencia; tomó vivísima parte en el relato; se enterneció, se conmovió; y cuando el muñeco ya no tuvo nada más que decir, alargó la mano y tocó la campanilla.

A aquel campanillazo aparecieron enseguida dos perros mastines vestidos de gendarmes.

Entonces el juez, señalando a Pinocho a los gendarmes, les dijo:

—A ese pobre diablo le han robado cuatro monedas de oro: así que agarradlo y metedlo enseguida en la cárcel.

Desde su mesa, el juez Gorila, con toga y alto birrete, señala a Pinocho mientras dos mastines vestidos de gendarmes, con sombrero de dos picos, hacen el saludo militar.

El muñeco, al oír caerle encima esta sentencia como un mazazo, se quedó de piedra y quiso protestar; pero los gendarmes, para no perder el tiempo inútilmente, le taparon la boca y se lo llevaron al calabozo.

Dos mastines vestidos de gendarmes, con sombreros de penacho, se llevan a Pinocho entre ellos; uno le tapa la boca con la pata y el otro empuña un sable.

Y allí tuvo que quedarse cuatro meses: cuatro larguísimos meses; y se habría quedado aún más, de no haber ocurrido un caso afortunadísimo. Porque habéis de saber que el joven Emperador que reinaba en la ciudad de Atrapabobos, habiendo obtenido una hermosa victoria sobre sus enemigos, ordenó grandes fiestas públicas, iluminaciones, fuegos artificiales, carreras de caballos y de velocípedos, y, en señal de mayor regocijo, quiso que se abrieran también las cárceles y se soltara a todos los bribones.

—Si salen de la cárcel los demás, quiero salir yo también —le dijo Pinocho al carcelero.

—Usted no —respondió el carcelero—, porque usted no es de los afortunados...

—Disculpe —replicó Pinocho—, yo también soy un bribón.

—En ese caso tiene usted toda la razón del mundo —dijo el carcelero; y quitándose respetuosamente la gorra y saludándolo, le abrió las puertas de la cárcel y lo dejó escapar.