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Liberado de la cárcel, emprende el camino para volver a casa del Hada; pero por el camino encuentra una serpiente horrible, y luego queda atrapado en un cepo

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Imaginaos la alegría de Pinocho cuando se vio libre. Sin pararse a decir esto ni aquello, salió enseguida de la ciudad y volvió a tomar el camino que debía llevarlo de nuevo a la Casita del Hada.

Por culpa del tiempo lluvioso, el camino se había vuelto un barrizal y uno se hundía hasta media pierna.

Pero el muñeco ni se daba por enterado.

Atormentado por las ganas de volver a ver a su padre y a su hermanita de los cabellos azules, corría a saltos como un galgo, y al correr las salpicaduras de barro le llegaban hasta encima del gorro. Mientras tanto iba diciéndose a sí mismo:

—¡Cuántas desgracias me han pasado!... ¡Y me las merezco!, porque soy un muñeco testarudo y quisquilloso..., quiero hacer siempre todas las cosas a mi manera, sin hacer caso a los que me quieren y que tienen mil veces más juicio que yo... ¡Pero de ahora en adelante me propongo cambiar de vida y volverme un niño formal y obediente!... Total, ya he visto de sobra que los niños, cuando son desobedientes, siempre salen perdiendo y no les sale nada a derechas. ¿Y mi padre me habrá esperado?... ¿Lo encontraré en casa del Hada? ¡Hace tanto tiempo, pobre hombre, que no lo veo, y me muero de ganas de hacerle mil caricias y de comérmelo a besos! ¿Y el Hada me perdonará la mala acción que le hice?... ¡Y pensar que he recibido de ella tantas atenciones y tantos cuidados amorosos..., y pensar que si hoy sigo vivo, se lo debo a ella! ¿Puede haber un niño más ingrato y con menos corazón que yo?...

Mientras decía esto, se detuvo de golpe, asustado, y dio cuatro pasos atrás.

¿Qué había visto?

Había visto una enorme serpiente, tendida de lado a lado del camino, que tenía la piel verde, los ojos de fuego y la cola puntiaguda que le echaba humo como el cañón de una chimenea.

Imposible imaginarse el miedo del muñeco, que, alejándose más de medio kilómetro, se sentó sobre un montoncito de piedras, esperando a que la serpiente se fuera de una vez a sus asuntos y dejara libre el paso del camino.

Esperó una hora; dos horas; tres horas; pero la serpiente seguía siempre allí, y hasta de lejos se veía el rojo resplandor de sus ojos de fuego y la columna de humo que le salía de la punta de la cola.

Entonces Pinocho, haciéndose la ilusión de tener valor, se acercó hasta pocos pasos de distancia y, poniendo una vocecita dulce, insinuante y fina, le dijo a la serpiente:

—Disculpe, señora Serpiente, ¿me haría el favor de apartarse un poquito a un lado, lo justo para dejarme pasar?

Fue como hablarle a la pared. Nadie se movió.

Entonces volvió a hablar con la misma vocecita:

—Ha de saber, señora Serpiente, que yo voy a casa, donde está mi padre esperándome, ¡y hace tanto tiempo que no lo veo!... ¿Le parece bien, pues, que siga mi camino?

Esperó alguna señal de respuesta a aquella pregunta, pero la respuesta no llegó; al contrario, la serpiente, que hasta entonces parecía vivaracha y llena de vida, se quedó inmóvil y casi rígida. Se le cerraron los ojos y la cola dejó de echar humo.

—¿Estará muerta de verdad? —dijo Pinocho, frotándose un poquito las manos de pura alegría; y sin perder tiempo, hizo ademán de pasarle por encima para cruzar al otro lado del camino. Pero aún no había terminado de levantar la pierna cuando la serpiente se irguió de repente como un muelle que salta; y el muñeco, al echarse atrás asustado, tropezó y cayó al suelo.

Y cayó justamente tan mal que se quedó con la cabeza clavada en el barro del camino y con las piernas tiesas hacia arriba.

Pinocho ha caído de cabeza en el barro del camino y patalea con las piernas en el aire, mientras junto a un árbol se yergue una enorme Serpiente enroscada, con humo saliendo de su cola.

Al ver a aquel muñeco que pataleaba cabeza abajo a una velocidad increíble, a la serpiente le dio tal ataque de risa que, ríe que ríe que ríe, al final, del esfuerzo de tanto reír, se le reventó una vena del pecho; y esa vez se murió de verdad.

Entonces Pinocho echó a correr otra vez para llegar a casa del Hada antes de que oscureciera. Pero por el camino, no pudiendo resistir más los terribles mordiscos del hambre, saltó a un campo con la intención de coger unos cuantos racimos de uva moscatel. ¡Nunca lo hubiera hecho!

Apenas llegó bajo la parra, ¡crac!... sintió que le apretaban las piernas dos hierros cortantes que le hicieron ver todas las estrellas del cielo.

El pobre muñeco había quedado atrapado en un cepo que habían puesto allí unos campesinos para cazar unas garduñas grandes que eran el azote de todas las gallinas del vecindario.