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Pinocho vuelve a encontrarse con la Zorra y el Gato, y va con ellos a sembrar las cuatro monedas en el Campo de los Milagros

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

Como podéis imaginaros, el Hada dejó que el muñeco llorara y chillara una buena media hora por culpa de aquella nariz suya que ya no pasaba por la puerta de la habitación; y lo hizo para darle una severa lección y para que se corrigiera del feo vicio de decir mentiras, el vicio más feo que puede tener un niño. Pero cuando lo vio desencajado y con los ojos fuera de las órbitas de tanta desesperación, entonces, movida a compasión, dio unas palmadas, y a esa señal entraron en la habitación por la ventana un millar de grandes pájaros llamados Pájaros Carpinteros, que, posándose todos en la nariz de Pinocho, empezaron a picoteársela tanto y tanto que en pocos minutos aquella nariz enorme y descomunal quedó reducida a su tamaño natural.

—¡Qué buena eres, Hada mía —dijo el muñeco, secándose los ojos—, y cuánto te quiero!

—Yo también te quiero —respondió el Hada—, y si quieres quedarte conmigo, tú serás mi hermanito y yo tu buena hermanita...

—Yo me quedaría con mucho gusto... pero ¿y mi pobre papá?

—Lo he pensado todo. A tu padre ya se le ha avisado, y antes de que anochezca estará aquí.

—¿De verdad? —gritó Pinocho, saltando de alegría—. Entonces, Hadita mía, si te parece bien, ¡me gustaría ir a su encuentro! ¡Estoy deseando poder darle un beso a ese pobre viejo, que tanto ha sufrido por mí!

—Ve, pues, pero ten cuidado de no perderte. Toma el camino del bosque, y estoy segura de que te lo encontrarás.

Pinocho se marchó, y en cuanto entró en el bosque, echó a correr como un corzo. Pero cuando llegó a cierto punto, casi enfrente de la Encina Grande, se detuvo, porque le pareció haber oído gente entre la maleza. En efecto, vio aparecer en el camino, ¿adivináis a quién?... a la Zorra y al Gato, es decir, a los dos compañeros de viaje con los que había cenado en la posada del Cangrejo Rojo.

—¡Aquí está nuestro querido Pinocho! —gritó la Zorra, abrazándolo y besándolo—. ¿Cómo es que estás aquí?

La Zorra, de pie sobre las patas traseras, abraza a Pinocho, que se inclina hacia ella, mientras el Gato, sentado cerca, alza las patas delanteras.

—¿Cómo es que estás aquí? —repitió el Gato.

—Es una historia muy larga —dijo el muñeco—, y os la contaré con calma. Pero sabed que la otra noche, cuando me dejasteis solo en la posada, me encontré con los asesinos en el camino...

—¿Los asesinos?... ¡Oh, pobre amigo! ¿Y qué querían?

—Querían robarme las monedas de oro.

—¡Infames!... —dijo la Zorra.

—¡Infamísimos! —repitió el Gato.

—Pero yo eché a correr —siguió diciendo el muñeco—, y ellos siempre detrás, hasta que me alcanzaron y me ahorcaron de una rama de esa encina...

Y Pinocho señaló la Encina Grande, que estaba allí, a dos pasos.

—¿Se puede oír algo peor? —dijo la Zorra—. ¡En qué mundo estamos condenados a vivir! ¿Dónde encontraremos un refugio seguro nosotros, las personas honradas?

Mientras hablaban así, Pinocho se dio cuenta de que el Gato cojeaba de la pata delantera derecha, porque le faltaba toda la patita del extremo, con uñas y todo; así que le preguntó:

—¿Qué has hecho con tu patita?

El Gato quiso responder algo, pero se hizo un lío. Entonces la Zorra dijo enseguida:

—Mi amigo es demasiado modesto, y por eso no responde. Responderé yo por él. Has de saber, pues, que hace una hora nos encontramos en el camino con un lobo viejo, medio desmayado de hambre, que nos pidió una limosnita. Como no teníamos para darle ni una espina de pescado, ¿qué hizo mi amigo, que tiene de verdad un corazón de César? Se arrancó con los dientes la patita de una de sus patas delanteras y se la echó a aquel pobre animal, para que pudiera llevarse algo a la boca.

Y la Zorra, al decir esto, se secó una lágrima.

Pinocho, conmovido también él, se acercó al Gato y le susurró al oído:

—¡Si todos los gatos se parecieran a ti, qué suerte tendrían los ratones!

—¿Y ahora qué haces por estos lugares? —preguntó la Zorra al muñeco.

—Espero a mi padre, que tiene que llegar aquí de un momento a otro.

—¿Y tus monedas de oro?

—Las tengo todavía en el bolsillo, menos una que me gasté en la posada del Cangrejo Rojo.

—¡Y pensar que, en vez de cuatro monedas, mañana podrían convertirse en mil y en dos mil! ¿Por qué no haces caso de mi consejo? ¿Por qué no vas a sembrarlas en el Campo de los Milagros?

—Hoy es imposible: iré otro día.

—¡Otro día será tarde! —dijo la Zorra.

—¿Por qué?

—Porque ese campo lo ha comprado un gran señor, y de mañana en adelante ya no se le permitirá a nadie sembrar dinero en él.

—¿A qué distancia de aquí está el Campo de los Milagros?

—A dos kilómetros escasos. ¿Quieres venir con nosotros? Dentro de media hora estás allí: siembras enseguida las cuatro monedas; a los pocos minutos recoges dos mil, y esta noche vuelves aquí con los bolsillos llenos. ¿Quieres venir con nosotros?

Pinocho tardó un poco en responder, porque se acordó de la buena Hada, del viejo Geppetto y de las advertencias del Grillo Parlante; pero luego acabó haciendo lo que hacen todos los niños sin pizca de juicio y sin corazón; es decir, acabó encogiéndose un poco de hombros, y dijo a la Zorra y al Gato:

—Vamos, pues; voy con vosotros.

Y se pusieron en marcha.

Después de caminar medio día, llegaron a una ciudad que se llamaba «Atrapabobos». En cuanto entró en la ciudad, Pinocho vio todas las calles pobladas de perros pelados que bostezaban de hambre, de ovejas esquiladas que temblaban de frío, de gallinas que se habían quedado sin cresta y sin barbillas y pedían de limosna un grano de maíz, de grandes mariposas que ya no podían volar porque habían vendido sus bellísimas alas de colores, de pavos reales sin cola que se avergonzaban de dejarse ver, y de faisanes que caminaban callandito, a pasitos, añorando sus relucientes plumas de oro y de plata, ya perdidas para siempre.

Pinocho, la Zorra y el Gato recorren una calle de Atrapabobos llena de perros sarnosos, ovejas esquiladas y aves sin cola, mientras detrás de ellos pasa un carruaje.

En medio de esta multitud de mendigos y de pobres vergonzantes pasaban de vez en cuando algunas carrozas señoriales, y dentro iba o alguna Zorra, o alguna Urraca ladrona, o algún pajarraco de rapiña.

—¿Y dónde está el Campo de los Milagros? —preguntó Pinocho.

—Está aquí, a dos pasos.

Dicho y hecho: atravesaron la ciudad y, una vez fuera de las murallas, se detuvieron en un campo solitario que, más o menos, se parecía a todos los demás campos.

—Ya hemos llegado —dijo la Zorra al muñeco—: ahora agáchate hasta el suelo, cava con las manos un hoyito en el campo y mete dentro las monedas de oro.

Pinocho obedeció. Cavó el hoyo, puso dentro las cuatro monedas de oro que le quedaban, y después tapó el hoyo con un poco de tierra.

—Ahora —dijo la Zorra—, ve a la acequia que hay aquí cerca, coge un cubo de agua y riega la tierra donde has sembrado.

Pinocho fue a la acequia y, como en aquel momento no tenía a mano un cubo, se quitó una zapatilla, la llenó de agua y regó la tierra que cubría el hoyo. Luego preguntó:

—¿Hay que hacer algo más?

—Nada más —respondió la Zorra—; ahora ya podemos irnos. Tú vuelve aquí dentro de unos veinte minutos y encontrarás el arbolito ya brotado del suelo y con las ramas cargadas de monedas.

El pobre muñeco, fuera de sí de tanta alegría, dio mil veces las gracias a la Zorra y al Gato, y les prometió un regalo precioso.

—Nosotros no queremos regalos —respondieron aquellos dos bribones—; a nosotros nos basta con haberte enseñado la manera de hacerte rico sin dar golpe, y estamos más contentos que unas pascuas.

Dicho esto, se despidieron de Pinocho y, deseándole una buena cosecha, se fueron a sus asuntos.