← Biblioteca

Pinocho se come el azúcar, pero no quiere tomar la purga; sin embargo, cuando ve a los enterradores que vienen a llevárselo, entonces se la toma. Luego dice una mentira y, como castigo, le crece la nariz

Las aventuras de Pinocho · Carlo Collodi · traducido por Claude Opus

En cuanto los tres médicos salieron de la habitación, el Hada se acercó a Pinocho y, después de tocarle la frente, se dio cuenta de que lo atormentaba una fiebre altísima, de las que no se pueden ni contar.

Entonces disolvió unos polvitos blancos en medio vaso de agua y, ofreciéndoselo al muñeco, le dijo cariñosamente:

—Bébetela, y en pocos días estarás curado.

Pinocho miró el vaso, torció un poco la boca y luego preguntó con voz lloriqueante:

—¿Es dulce o amarga?

—Es amarga, pero te sentará bien.

—Si es amarga, no la quiero.

—Hazme caso: bébetela.

—A mí lo amargo no me gusta.

—Bébetela, y cuando te la hayas bebido, te daré una bolita de azúcar para quitarte el mal sabor de boca.

—¿Dónde está la bolita de azúcar?

—Aquí la tienes —dijo el Hada, sacándola de un azucarero de oro.

—Primero quiero la bolita de azúcar, y después me beberé esa agua asquerosa y amarga...

—¿Me lo prometes?

—Sí...

El Hada le dio la bolita, y Pinocho, después de masticarla y tragársela en un instante, dijo relamiéndose los labios:

—¡Qué bien estaría que el azúcar también fuera una medicina!... Me purgaría todos los días.

—Ahora cumple tu promesa y bébete estas pocas gotitas de agua, que te devolverán la salud.

Pinocho tomó de mala gana el vaso en la mano y metió dentro la punta de la nariz; luego se lo acercó a la boca; luego volvió a meter dentro la punta de la nariz; por fin dijo:

—¡Es demasiado amarga! ¡Demasiado amarga! Yo no me la puedo beber.

—¿Cómo puedes decirlo, si ni siquiera la has probado?

—¡Me lo imagino! Lo he notado por el olor. Primero quiero otra bolita de azúcar... ¡y después me la beberé!

Entonces el Hada, con toda la paciencia de una buena mamá, le puso en la boca otro poco de azúcar, y después volvió a ofrecerle el vaso.

—¡Así no me la puedo beber! —dijo el muñeco, haciendo mil muecas.

—¿Por qué?

—Porque me molesta esa almohada que tengo ahí abajo, sobre los pies.

El Hada le quitó la almohada.

—¡Es inútil! Ni siquiera así me la puedo beber.

—¿Qué más te molesta?

—Me molesta la puerta de la habitación, que está entreabierta.

El Hada fue y cerró la puerta de la habitación.

—En resumen —gritó Pinocho, rompiendo a llorar—, ¡esta agua asquerosa y amarga no me la quiero beber, no, no, no!...

—Hijo mío, te arrepentirás...

—No me importa...

—Tu enfermedad es grave.

—No me importa...

—La fiebre te llevará al otro mundo en pocas horas...

—No me importa...

—¿No le tienes miedo a la muerte?

—¡Ningún miedo! Antes morirme que beberme esa medicina tan mala.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de par en par y entraron cuatro conejos negros como la tinta, que llevaban a hombros un pequeño ataúd de muerto.

Cuatro conejos negros, de pie sobre las patas traseras, traen un pequeño ataúd a la habitación, mientras el Hada se lleva una mano a la mejilla y Pinocho asoma desde una cama con cortinas.

—¿Qué queréis de mí? —gritó Pinocho, incorporándose muy asustado en la cama.

—Hemos venido a buscarte —respondió el conejo más gordo.

—¿A buscarme? ¡Pero si yo todavía no estoy muerto!...

—Todavía no; ¡pero te quedan pocos momentos de vida, porque te has negado a beberte la medicina que te habría curado la fiebre!

—¡Oh, Hada mía, oh, Hada mía! —empezó entonces a chillar el muñeco—, dame enseguida ese vaso... Date prisa, por caridad, porque no quiero morir, no... no quiero morir.

Y tomando el vaso con las dos manos, lo vació de un trago.

—¡Paciencia! —dijeron los conejos—. Por esta vez hemos hecho el viaje en balde —y, echándose de nuevo el pequeño ataúd a hombros, salieron de la habitación refunfuñando y murmurando entre dientes.

El caso es que, a los pocos minutos, Pinocho saltó de la cama completamente curado; porque habéis de saber que los muñecos de madera tienen el privilegio de enfermar pocas veces y de curarse rapidísimo.

Y el Hada, viéndolo correr y retozar por la habitación, vivaracho y alegre como un gallito que canta por primera vez, le dijo:

—¿Así que mi medicina te ha sentado bien de verdad?

—¡Ya lo creo que bien! ¡Me ha devuelto a la vida!

—¿Y entonces por qué te has hecho rogar tanto para bebértela?

—¡Es que los niños somos todos así! Tenemos más miedo de las medicinas que de la enfermedad.

—¡Qué vergüenza! Los niños deberían saber que un buen remedio tomado a tiempo puede salvarlos de una enfermedad grave y quizá incluso de la muerte...

—¡Oh! ¡Pero otra vez no me haré rogar tanto! Me acordaré de aquellos conejos negros con el ataúd a hombros... y entonces tomaré enseguida el vaso en la mano y ¡adentro!...

—Ahora ven aquí conmigo y cuéntame cómo fue que caíste en manos de los asesinos.

—Pues fue que el titiritero Comefuego me dio cinco monedas de oro y me dijo: «¡Toma, llévaselas a tu padre!»; y yo, en cambio, por el camino me encontré con una Zorra y un Gato, dos personas muy decentes, que me dijeron: «¿Quieres que esas monedas se conviertan en mil y en dos mil? Ven con nosotros, y te llevaremos al Campo de los Milagros». Y yo dije: «Vamos»; y ellos dijeron: «Paremos aquí, en la posada del Cangrejo Rojo, y después de medianoche seguiremos el viaje». Y yo, cuando me desperté, ya no estaban, porque se habían marchado. Entonces empecé a caminar de noche, y estaba tan oscuro que parecía imposible, y por eso me encontré por el camino a dos asesinos metidos en dos sacos de carbón, que me dijeron: «Saca el dinero»; y yo dije: «No tengo»; porque las monedas de oro me las había escondido en la boca, y uno de los asesinos intentó meterme las manos en la boca, y yo de un mordisco le arranqué la mano y luego la escupí, pero en vez de una mano escupí una patita de gato. Y los asesinos, a correr detrás de mí, y yo, corre que te corre, hasta que me alcanzaron y me colgaron del cuello de un árbol de este bosque, diciendo: «Mañana volveremos aquí, y entonces estarás muerto y con la boca abierta, y así te quitaremos las monedas de oro que tienes escondidas debajo de la lengua».

—¿Y ahora dónde has puesto las cuatro monedas? —le preguntó el Hada.

—¡Las he perdido! —respondió Pinocho; pero dijo una mentira, porque en realidad las tenía en el bolsillo.

Nada más decir la mentira, su nariz, que ya era larga, le creció de golpe dos dedos más.

—¿Y dónde las has perdido?

—En el bosque de aquí cerca.

Con esta segunda mentira, la nariz siguió creciendo.

—Si las has perdido en el bosque de aquí cerca —dijo el Hada—, las buscaremos y las encontraremos, porque todo lo que se pierde en el bosque de aquí cerca se encuentra siempre.

—¡Ah! Ahora que lo recuerdo bien —replicó el muñeco, enredándose—, las cuatro monedas no las he perdido, sino que, sin darme cuenta, me las he tragado mientras me bebía tu medicina.

Con esta tercera mentira, la nariz se le alargó de un modo tan extraordinario que el pobre Pinocho ya no podía volverse hacia ningún lado. Si se volvía hacia aquí, se daba con la nariz en la cama o en los cristales de la ventana; si se volvía hacia allá, se la daba contra las paredes o contra la puerta de la habitación; si levantaba un poco más la cabeza, corría el peligro de metérsela al Hada en un ojo.

Pinocho, con su gorro puntiagudo y su gorguera, está junto al Hada con una nariz larguísima que se extiende muy por delante de él.

Y el Hada lo miraba y se reía.

—¿Por qué te ríes? —le preguntó el muñeco, muy confuso y preocupado por aquella nariz suya que crecía a ojos vistas.

—Me río de la mentira que has dicho.

—¿Y cómo sabes que he dicho una mentira?

—Las mentiras, hijo mío, se reconocen enseguida, porque las hay de dos clases: están las mentiras que tienen las patas cortas, y las mentiras que tienen la nariz larga; la tuya, precisamente, es de las que tienen la nariz larga.

Pinocho, que ya no sabía dónde esconderse de la vergüenza, intentó huir de la habitación, pero no lo consiguió. Su nariz había crecido tanto que ya no pasaba por la puerta.