Mientras el pobre Pinocho, ahorcado por los asesinos de una rama de la Encina Grande, parecía ya más muerto que vivo, la hermosa Niña de los cabellos azules volvió a asomarse a la ventana y, compadecida al ver a aquel desdichado que, colgado del cuello, bailaba una danza loca a cada ráfaga del viento del norte, dio tres palmadas, con tres golpecitos suaves.
A esta señal se oyó un gran ruido de alas que volaban con prisa precipitada, y un gran Halcón vino a posarse en el alféizar de la ventana.

—¿Qué mandáis, mi graciosa Hada? —dijo el Halcón, bajando el pico en señal de reverencia; porque habéis de saber que la Niña de los cabellos azules no era otra cosa, al fin y al cabo, que un Hada buenísima, que desde hacía más de mil años vivía en las cercanías de aquel bosque.
—¿Ves aquel muñeco que cuelga de una rama de la Encina Grande?
—Lo veo.
—Pues bien: vuela enseguida hasta allí; rompe con tu fortísimo pico el nudo que lo tiene suspendido en el aire, y déjalo con cuidado tendido sobre la hierba, al pie de la Encina.
El Halcón se fue volando, y a los dos minutos volvió diciendo:
—Lo que me habéis mandado está hecho.
—¿Y cómo lo has encontrado? ¿Vivo o muerto?
—A primera vista parecía muerto, pero no debe de estar todavía muerto del todo, porque en cuanto le he soltado el nudo corredizo que le apretaba el cuello, ha dejado escapar un suspiro, balbuceando a media voz: «¡Ahora me siento mejor!...»
Entonces el Hada dio dos palmadas, dos golpecitos suaves, y apareció un magnífico caniche que caminaba erguido sobre las patas de atrás, igual que si fuera un hombre.
El caniche iba vestido de cochero, con librea de gala. Llevaba en la cabeza un tricornio pequeñito con galones de oro, una peluca rubia con rizos que le caían por el cuello, una casaca color chocolate con botones de brillantes y dos grandes bolsillos para guardar los huesos que le regalaba su ama a la hora de comer, unos calzones cortos de terciopelo carmesí, medias de seda, zapatitos escotados y, por detrás, una especie de funda de paraguas, toda de raso azul, para meter dentro la cola cuando empezaba a llover.
—¡Vamos, sé bueno, Medoro! —dijo el Hada al caniche—. Haz enganchar enseguida la carroza más bonita de mi cuadra y toma el camino del bosque. Cuando llegues debajo de la Encina Grande, encontrarás tendido sobre la hierba a un pobre muñeco medio muerto. Recógelo con cuidado, acuéstalo bien derechito sobre los cojines de la carroza y tráemelo aquí. ¿Has entendido?
El caniche, para dar a entender que había entendido, meneó tres o cuatro veces la funda de raso azul que llevaba detrás, y salió disparado como un caballo de carreras.

Poco después se vio salir de la cuadra una bonita carroza pequeña del color del aire, toda acolchada de plumas de canario y forrada por dentro de nata montada y de crema con bizcochos. La carroza iba tirada por cien parejas de ratoncitos blancos, y el caniche, sentado en el pescante, hacía chasquear el látigo a derecha e izquierda, como un cochero cuando teme llegar tarde.
No había pasado todavía un cuarto de hora cuando la carroza regresó, y el Hada, que estaba esperando en la puerta de la casa, tomó en brazos al pobre muñeco y, después de llevarlo a una habitacioncita con las paredes de nácar, mandó llamar enseguida a los médicos más famosos de la vecindad.

Y los médicos llegaron enseguida, uno detrás de otro; es decir, llegaron un Cuervo, una Lechuza y un Grillo Parlante.
—Quisiera saber de ustedes, señores —dijo el Hada, volviéndose hacia los tres médicos reunidos alrededor de la cama de Pinocho—, quisiera saber de ustedes, señores, ¡si este desgraciado muñeco está vivo o muerto!...
Ante esta invitación, el Cuervo, adelantándose el primero, le tomó el pulso a Pinocho; luego le tocó la nariz, luego el dedo meñique de los pies; y cuando lo hubo palpado bien a fondo, pronunció solemnemente estas palabras:
—En mi opinión, el muñeco está bien muerto; ¡pero si por desgracia no estuviera muerto, entonces sería indicio seguro de que sigue vivo!
—Lamento —dijo la Lechuza— tener que contradecir al Cuervo, mi ilustre amigo y colega; para mí, en cambio, el muñeco sigue vivo; pero si por desgracia no estuviera vivo, entonces sería señal de que está muerto de verdad.
—¿Y usted no dice nada? —preguntó el Hada al Grillo Parlante.
—Yo digo que el médico prudente, cuando no sabe lo que dice, lo mejor que puede hacer es quedarse callado. Por lo demás, ese muñeco de ahí no es una cara nueva para mí: ¡lo conozco desde hace tiempo!
Pinocho, que hasta entonces había estado inmóvil como un auténtico trozo de madera, tuvo una especie de temblor convulso que hizo estremecerse toda la cama.
—Ese muñeco de ahí —siguió diciendo el Grillo Parlante— es un pillo redomado...
Pinocho abrió los ojos y los volvió a cerrar enseguida.
—Es un granuja, un holgazán, un vagabundo...
Pinocho escondió la cara debajo de las sábanas.
—¡Ese muñeco de ahí es un hijo desobediente, que hará morir de pena a su pobre padre!...
En ese momento se oyó en la habitación un ruido ahogado de llantos y sollozos. Figuraos cómo se quedaron todos cuando, levantando un poco las sábanas, se dieron cuenta de que el que lloraba y sollozaba era Pinocho.
—Cuando el muerto llora, es señal de que está en vías de curarse —dijo solemnemente el Cuervo.
—Siento contradecir a mi ilustre amigo y colega —añadió la Lechuza—, pero para mí, cuando el muerto llora, es señal de que le disgusta morirse.