Al lado de un bosque, en un país muy lejano, discurría un hermoso arroyo de agua; y sobre el arroyo se alzaba un molino. La casa del molinero estaba muy cerca, y el molinero, habéis de saber, tenía una hija muy hermosa. Era, además, muy astuta y lista; y el molinero estaba tan orgulloso de ella que un día le dijo al rey de aquel país, que solía ir a cazar al bosque, que su hija sabía hilar oro a partir de la paja. Pues bien, este rey era muy aficionado al dinero; y cuando oyó la jactancia del molinero, se le despertó la codicia, y mandó que le trajeran a la muchacha ante su presencia. Entonces la condujo a una cámara de su palacio donde había un gran montón de paja, le dio una rueca y dijo: —Todo esto ha de quedar hilado en oro antes del amanecer, si en algo aprecias tu vida. En vano dijo la pobre doncella que aquello no era más que una necia jactancia de su padre, pues ella no sabía hacer tal cosa como hilar paja en oro: la puerta de la cámara quedó cerrada con llave y la dejaron sola.
Se sentó en un rincón de la habitación y comenzó a lamentar su duro destino; cuando de pronto la puerta se abrió, y un hombrecillo de aspecto extravagante entró cojeando y dijo: —Buenos días tengas, buena moza; ¿por qué lloras? —¡Ay de mí! —dijo ella—, debo hilar esta paja y convertirla en oro, y no sé cómo. —¿Qué me darás —dijo el duende— por hacerlo en tu lugar? —Mi collar —respondió la doncella. La tomó por su palabra, se sentó ante la rueca, y silbó y cantó:
—¡Gira, gira la rueca, mira y verás! ¡Devana, devana, la paja en oro tornarás!
Y la rueca giró alegremente; el trabajo quedó pronto hecho, y toda la paja quedó hilada en oro.
Cuando el rey vino y vio esto, quedó grandemente asombrado y complacido; pero su corazón se volvió aún más codicioso de ganancias, y encerró de nuevo a la pobre hija del molinero con una nueva tarea. Entonces ella no supo qué hacer y se sentó una vez más a llorar; pero el enano no tardó en abrir la puerta y dijo: —¿Qué me darás por hacer tu tarea? —El anillo de mi dedo —dijo ella. Así que su pequeño amigo tomó el anillo, y empezó a trabajar de nuevo en la rueca, y silbó y cantó:
—¡Gira, gira la rueca, mira y verás! ¡Devana, devana, la paja en oro tornarás!
hasta que, mucho antes del amanecer, todo estuvo de nuevo hecho.
El rey quedó grandemente encantado al ver todo aquel reluciente tesoro; pero aún no tenía suficiente: así que llevó a la hija del molinero a un montón todavía mayor y dijo: —Todo esto ha de quedar hilado esta noche; y si así es, serás mi reina. En cuanto se quedó sola, aquel enano entró y dijo: —¿Qué me darás por hilarte oro esta tercera vez? —Ya no me queda nada —dijo ella. —Entonces promete que me darás —dijo el hombrecillo— el primer hijito que tengas cuando seas reina. «Eso quizá nunca llegue a suceder», pensó la hija del molinero; y como no conocía otro modo de cumplir su tarea, dijo que haría lo que él pedía. La rueca volvió a girar al son de la vieja canción, y el hombrecillo hiló una vez más el montón en oro. El rey vino por la mañana y, hallando todo lo que deseaba, se vio obligado a cumplir su palabra; así que se casó con la hija del molinero, y ella se convirtió realmente en reina.
Al nacer su primer hijito se alegró mucho, y se olvidó del enano y de lo que había dicho. Pero un día él entró en su aposento, donde ella estaba sentada jugando con su bebé, y se lo recordó. Entonces ella se afligió amargamente por su desdicha, y dijo que le daría toda la riqueza del reino si la libraba, pero en vano; hasta que al fin sus lágrimas lo ablandaron, y él dijo: —Te concederé un plazo de tres días, y si durante ese tiempo aciertas mi nombre, conservarás a tu hijo.
Pues bien, la reina pasó toda la noche en vela, pensando en todos los nombres extraños que jamás había oído; y envió mensajeros por todo el país para averiguar otros nuevos. Al día siguiente vino el hombrecillo, y ella empezó con TIMOTEO, ICABOD, BENJAMÍN, JEREMÍAS y todos los nombres que pudo recordar; pero a todos y cada uno de ellos respondió: —Señora, ese no es mi nombre.
Al segundo día empezó con todos los nombres cómicos de que pudo tener noticia, PATIZAMBO, JOROBADO, ZANQUITUERTO y demás; pero el hombrecito seguía diciendo a cada uno de ellos: —Señora, ese no es mi nombre.
Al tercer día, uno de los mensajeros regresó y dijo: —He viajado dos días sin oír ningún otro nombre; pero ayer, mientras subía por una alta colina, entre los árboles del bosque donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches, vi una pequeña choza; y ante la choza ardía un fuego; y alrededor del fuego un gracioso enanito bailaba sobre una pierna y cantaba:
«Alegre el festín prepararé. Hoy elaboro cerveza, mañana a hornear; alegre he de bailar y cantar, pues mañana un forastero vendrá. ¡Poco imagina mi señora que Rumpelstiltskin me he de llamar!»
Cuando la reina oyó esto, saltó de alegría, y en cuanto llegó su pequeño amigo se sentó en su trono y llamó a toda su corte alrededor para disfrutar de la diversión; y la nodriza se puso a su lado con el bebé en brazos, como si estuviera del todo dispuesta a entregarlo. Entonces el hombrecillo empezó a reír entre dientes ante la idea de tener al pobre niño, para llevárselo a su choza en el bosque; y exclamó: —Y bien, señora, ¿cuál es mi nombre? —¿Es JUAN? —preguntó ella. —¡No, señora! —¿Es TOMÁS? —¡No, señora! —¿Es JAIMITO? —No lo es. —¿Acaso te llamas RUMPELSTILTSKIN? —dijo la dama con astucia. —¡Alguna bruja te lo dijo! ¡Alguna bruja te lo dijo! —gritó el hombrecillo, y de rabia hundió el pie derecho en el suelo tan hondo que tuvo que agarrárselo con ambas manos para sacarlo.
Entonces se marchó a toda prisa, mientras la nodriza reía y el bebé gorjeaba; y toda la corte se burló de él por haberse tomado tantas molestias para nada, y dijo: —¡Le deseamos muy buenos días y un alegre festín, señor RUMPELSTILTSKIN!