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Gretel la lista

Cuentos de los hermanos Grimm · Jacob Grimm · translated by AI translation (unreviewed)

Había una vez una cocinera llamada Gretel, que llevaba zapatos de tacón rojo, y cuando salía con ellos puestos, se contoneaba de aquí para allá, estaba muy contenta y pensaba: «¡Desde luego que eres una muchacha bonita!». Y cuando volvía a casa se bebía, con la alegría del corazón, un buen trago de vino, y como el vino despierta las ganas de comer, probaba lo mejor de cuanto estuviera cocinando hasta quedar satisfecha, y decía: «La cocinera ha de saber a qué sabe la comida».

Sucedió que un día el amo le dijo: —Gretel, esta noche viene un invitado; prepárame dos aves con mucho esmero. —Me encargaré de ello, amo —respondió Gretel. Mató dos aves, las escaldó, las desplumó, las puso en el asador y, hacia el anochecer, las colocó ante el fuego para que se asaran. Las aves empezaron a dorarse y estaban casi listas, pero el invitado aún no había llegado. Entonces Gretel le gritó a su amo: —Si el invitado no viene, tendré que apartar las aves del fuego, pero será un pecado y una lástima que no se coman en el momento en que están más jugosas. El amo dijo: —Iré yo mismo corriendo a buscar al invitado. En cuanto el amo le dio la espalda, Gretel dejó a un lado el asador con las aves y pensó: «Estar tanto tiempo junto al fuego da sudor y sed; ¿quién sabe cuándo vendrán? Mientras tanto, bajaré corriendo a la bodega a tomar un trago». Bajó corriendo, colocó una jarra, dijo: «Que Dios te lo bendiga, Gretel», echó un buen trago, y pensó que el vino debía seguir corriendo y no ser interrumpido, y se tomó otro trago generoso.

Luego fue y volvió a poner las aves al fuego, las untó con su jugo e hizo girar el asador alegremente. Pero como el asado olía tan bien, Gretel pensó: «Algo podría estar mal, ¡habría que probarlo!». Lo tocó con el dedo y dijo: —¡Ah! ¡qué buenas están las aves! ¡Verdaderamente es un pecado y una lástima que no se coman en el momento oportuno! Corrió a la ventana para ver si el amo venía con su invitado, pero no vio a nadie, y volvió a las aves y pensó: «¡Una de las alas se está quemando! Más vale que la quite y me la coma». Así que la cortó, se la comió y la disfrutó, y cuando hubo terminado pensó: «La otra también ha de bajar, o de lo contrario el amo notará que falta algo». Cuando se hubo comido las dos alas, fue a buscar a su amo y no lo vio. De pronto se le ocurrió: «¿Quién sabe? Quizá no vengan en absoluto y hayan entrado en algún sitio». Entonces dijo: «Vamos, Gretel, date un gusto, ya se ha empezado un ave, échate otro trago y cómetela entera; cuando esté comida tendrás algo de paz, ¿por qué habrían de echarse a perder los buenos dones de Dios?». Así que bajó de nuevo corriendo a la bodega, echó un trago enorme y se comió una de las aves con gran regocijo. Cuando una de las aves quedó engullida y su amo seguía sin venir, Gretel miró la otra y dijo: «Lo que es una debe ser también la otra, las dos van juntas; lo que vale para una vale para la otra; creo que si me tomara otro trago no me haría ningún daño». Así que se echó otro trago generoso e hizo que la segunda ave siguiera a la primera.

Mientras aprovechaba el momento, llegó su amo y gritó: —¡Date prisa, Gretel, el invitado viene justo detrás de mí! —Sí, señor, enseguida sirvo —respondió Gretel. Entretanto, el amo se aseguró de que la mesa estuviera bien puesta, tomó el gran cuchillo con el que iba a trinchar las aves y lo afiló en los peldaños. Al poco llegó el invitado y llamó a la puerta de la casa con cortesía y buenos modales. Gretel corrió a ver quién estaba allí, y cuando vio al invitado, se llevó el dedo a los labios y dijo: —¡Chsss! ¡Chsss! márchese tan rápido como pueda, si mi amo lo pilla será peor para usted; es cierto que lo invitó a cenar, pero su intención es cortarle las dos orejas. ¡Escuche nada más cómo está afilando el cuchillo para ello! El invitado oyó el afilado y bajó de nuevo los peldaños a toda prisa, tan rápido como pudo. Gretel no se quedó ociosa; corrió gritando hacia su amo y exclamó: —¡Vaya invitado que ha invitado! —¿Cómo, Gretel? ¿Qué quieres decir con eso? —Pues sí —dijo ella—, ¡ha quitado del plato las aves que yo estaba a punto de servir y ha huido con ellas! —¡Vaya faena! —dijo su amo, y se lamentó por las hermosas aves. —Si al menos me hubiera dejado una, para que me quedara algo que comer. Le gritó que se detuviera, pero el invitado fingió no oír. Entonces corrió tras él con el cuchillo aún en la mano, gritando: —¡Solo una, solo una! —queriendo decir que el invitado le dejara solo una de las aves y no se llevara ambas. El invitado, sin embargo, no pensó otra cosa sino que debía renunciar a una de sus orejas, y corrió como si el fuego le ardiera bajo los pies, a fin de llevarse ambas consigo.