Un pobre leñador estaba sentado una noche en su cabaña, fumando su pipa junto al fuego, mientras su mujer hilaba sentada a su lado. —¡Qué solitario es, mujer —dijo él, mientras echaba una larga voluta de humo—, que tú y yo estemos aquí sentados los dos solos, sin hijos que jueguen alrededor y nos alegren, mientras otras gentes parecen tan felices y contentas con los suyos! —Es muy cierto lo que dices —dijo la mujer, suspirando y haciendo girar su rueca—; ¡qué feliz sería yo si tuviera aunque fuera un solo hijo! Aunque fuera pequeñísimo; más aún, aunque no fuera mayor que mi pulgar, sería muy feliz y lo querría con toda el alma. Pues bien, por extraño que parezca, sucedió que el deseo de esta buena mujer se cumplió, justo tal como lo había deseado; pues, no mucho después, tuvo un niñito, que estaba muy sano y fuerte, pero no era mucho mayor que un pulgar. Así que dijeron: —Bueno, no podemos decir que no hayamos conseguido lo que deseábamos, y, por pequeño que sea, lo querremos con toda el alma. Y lo llamaron Pulgarcito.
Le daban comida en abundancia, pero por más que hacían, nunca crecía, sino que se quedaba del mismo tamaño que había tenido al nacer. Aun así, sus ojos eran vivos y chispeantes, y pronto demostró ser un muchachito listo, que siempre sabía bien lo que se traía entre manos.
Un día, mientras el leñador se disponía a ir al bosque a cortar leña, dijo: —Ojalá tuviera a alguien que me trajera el carro después, pues quiero darme prisa. —¡Oh, padre! —gritó Pulgarcito—, de eso me encargo yo; el carro estará en el bosque para cuando lo necesites. Entonces el leñador se rió y dijo: —¿Cómo va a ser eso? Si ni siquiera alcanzas la brida del caballo. —No te preocupes por eso, padre —dijo Pulgarcito—; si mi madre engancha el caballo, yo me meteré en su oreja y le diré por dónde ir. —Bueno —dijo el padre—, lo intentaremos por una vez.
Cuando llegó el momento, la madre enganchó el caballo al carro y metió a Pulgarcito en su oreja; y allí sentado el hombrecito le indicaba a la bestia cómo ir, gritando: «¡Arre!» y «¡So!» según hiciera falta; y así el caballo iba tan bien como si el mismo leñador lo hubiese llevado al bosque. Sucedió que, yendo el caballo un poco demasiado deprisa, y gritando Pulgarcito: «¡Despacio! ¡despacio!», se acercaron dos forasteros. —¡Qué cosa tan rara! —dijo uno—: hay un carro que avanza, y oigo a un carretero hablándole al caballo, pero no veo a nadie. —Es bien extraño, en efecto —dijo el otro—; sigamos el carro y veamos adónde va. Así que se adentraron en el bosque, hasta que al fin llegaron al lugar donde estaba el leñador. Entonces Pulgarcito, al ver a su padre, gritó: —¡Mira, padre, aquí estoy con el carro, sano y salvo! ¡Ahora bájame! Así que su padre sujetó el caballo con una mano y, con la otra, sacó a su hijo de la oreja del caballo y lo dejó sobre una paja, donde se sentó tan contento como se puede estar.
Los dos forasteros habían estado mirando todo este tiempo, y no sabían qué decir del asombro. Al fin uno llevó al otro aparte y le dijo: —Ese renacuajo hará nuestra fortuna, si logramos hacernos con él y llevarlo de pueblo en pueblo como espectáculo; hemos de comprarlo. Así que se acercaron al leñador y le preguntaron cuánto pediría por el hombrecito. —Estará mejor —dijeron— con nosotros que contigo. —No pienso venderlo de ninguna manera —dijo el padre—; mi propia carne y sangre me es más querida que toda la plata y el oro del mundo. Pero Pulgarcito, al oír el trato que querían hacer, trepó por el abrigo de su padre hasta el hombro y le susurró al oído: —Toma el dinero, padre, y déjame ir con ellos; pronto volveré a ti.
Así que, al fin, el leñador dijo que vendería a Pulgarcito a los forasteros por un gran trozo de oro, y ellos pagaron el precio. —¿Dónde te gustaría sentarte? —dijo uno de ellos. —Oh, ponme en el ala de tu sombrero; será una bonita galería para mí; podré pasear por allí y contemplar el paisaje mientras avanzamos. Así lo hicieron, tal como él deseaba; y cuando Pulgarcito se hubo despedido de su padre, se lo llevaron consigo.
Siguieron viajando hasta que empezó a anochecer, y entonces el hombrecillo dijo: —Bájame, estoy cansado. Así que el hombre se quitó el sombrero y lo dejó sobre un terrón de tierra, en un campo arado a la vera del camino. Pero Pulgarcito correteó entre los surcos y al fin se coló en una vieja ratonera. —¡Buenas noches, mis señores! —dijo—. ¡Me marcho! ¡Cuidado y estad más atentos conmigo la próxima vez! Entonces corrieron enseguida al lugar y hurgaron con las puntas de sus bastones en la ratonera, pero todo fue en vano; Pulgarcito no hacía sino arrastrarse cada vez más adentro; y al fin se hizo del todo oscuro, de modo que se vieron obligados a seguir su camino sin su presa, más malhumorados que nunca.
Cuando Pulgarcito comprobó que se habían ido, salió de su escondite. —¡Qué peligroso es andar —dijo— por este campo arado! Si me cayera de uno de estos enormes terrones, sin duda me rompería el cuello. Al fin, por buena fortuna, encontró una gran concha de caracol vacía. —Esto es una suerte —dijo—; aquí podré dormir muy bien. —Y se metió dentro.
Justo cuando se estaba quedando dormido, oyó pasar a dos hombres que charlaban entre sí; y uno le dijo al otro: —¿Cómo podríamos robar la plata y el oro de la casa de ese rico párroco? —¡Yo os lo diré! —gritó Pulgarcito. —¿Qué ruido ha sido ese? —dijo el ladrón, asustado—. Estoy seguro de que oí hablar a alguien. Se quedaron quietos, escuchando, y Pulgarcito dijo: —Llevadme con vosotros y pronto os mostraré cómo conseguir el dinero del párroco. —¿Pero dónde estás? —dijeron ellos. —Buscad por el suelo —respondió él— y escuchad de dónde viene el sonido. Al fin los ladrones lo descubrieron y lo alzaron en sus manos. —¡Pequeño granuja! —dijeron—, ¿qué puedes hacer por nosotros? —Pues puedo colarme entre los barrotes de hierro de las ventanas de la casa del párroco y arrojaros todo lo que queráis. —Es una buena idea —dijeron los ladrones—; ven, veremos qué eres capaz de hacer.
Cuando llegaron a la casa del párroco, Pulgarcito se coló entre los barrotes de la ventana hasta el interior de la habitación, y entonces gritó tan fuerte como pudo: —¿Queréis todo lo que hay aquí? Al oír esto, los ladrones se asustaron y dijeron: —¡Más bajo, más bajo! Habla en voz baja, para que no despiertes a nadie. Pero Pulgarcito hizo como si no los entendiera y volvió a vocear: —¿Cuánto queréis? ¿Os lo arrojo todo? Pues bien, la cocinera dormía en la habitación de al lado; y al oír un ruido, se incorporó en la cama y prestó atención. Entretanto, los ladrones, asustados, se alejaron un trecho; pero al fin cobraron ánimo y dijeron: —El pequeño granuja solo intenta tomarnos el pelo. Así que volvieron y le susurraron suavemente: —Basta ya de tus bromas de pícaro; arrójanos parte del dinero. Entonces Pulgarcito gritó tan fuerte como pudo: —¡Muy bien! ¡Extended las manos! ¡Aquí va!
La cocinera oyó esto con toda claridad, así que saltó de la cama y corrió a abrir la puerta. Los ladrones huyeron como si un lobo les pisara los talones; y la criada, tras tantear a su alrededor y no hallar nada, se marchó a buscar una luz. Para cuando regresó, Pulgarcito se había escabullido hasta el granero; y cuando ella hubo mirado por todas partes y registrado cada agujero y rincón, sin encontrar a nadie, se fue a la cama pensando que debía de haber estado soñando despierta.
El hombrecillo se arrastró por el pajar y al fin encontró un rincón acogedor para terminar su descanso nocturno; así que se tumbó, con la intención de dormir hasta el amanecer y luego encontrar el camino de regreso a casa de su padre y su madre. ¡Pero, ay! ¡qué desdichadamente se vio perdido! ¡cuántas cruces y penas nos suceden a todos en este mundo! La cocinera se levantó temprano, antes del alba, para dar de comer a las vacas; y yendo derecha al pajar, se llevó un gran haz de heno, con el hombrecillo en medio de él, profundamente dormido. Sin embargo, él siguió durmiendo y no despertó hasta que se encontró en la boca de la vaca; pues la cocinera había puesto el heno en el pesebre de la vaca, y la vaca había recogido a Pulgarcito en un bocado de él. —¡Válgame Dios! —dijo—, ¿cómo he ido a parar dentro del molino? Pero pronto descubrió dónde estaba en realidad; y tuvo que aguzar todo su ingenio para no quedar entre los dientes de la vaca y morir aplastado. Al fin se deslizó hasta el estómago de ella. —Está bastante oscuro —dijo—; olvidaron poner ventanas en esta habitación para que entrara el sol; una vela no vendría nada mal.
Aunque sacó el mejor partido de su mala suerte, sus aposentos no le gustaban en absoluto; y lo peor era que cada vez bajaba más y más heno, y el espacio que le quedaba se hacía más y más pequeño. Al fin gritó tan fuerte como pudo: —¡No me traigáis más heno! ¡No me traigáis más heno!
Dio la casualidad de que la criada estaba en ese momento ordeñando la vaca; y al oír hablar a alguien, sin ver a nadie, y sin embargo estando bien segura de que era la misma voz que había oído por la noche, se asustó tanto que se cayó del taburete y volcó el cubo de la leche. En cuanto pudo levantarse del suelo, corrió tan deprisa como pudo hasta su amo el párroco y dijo: —¡Señor, señor, la vaca está hablando! Pero el párroco dijo: —¡Mujer, de seguro has perdido el juicio! No obstante, la acompañó al establo para intentar ver qué ocurría.
Apenas habían puesto el pie en el umbral cuando Pulgarcito gritó: —¡No me traigáis más heno! Entonces el propio párroco se asustó; y creyendo que la vaca sin duda estaba embrujada, ordenó a su criado que la matara en el acto. Así pues, mataron a la vaca y la despedazaron; y el estómago, en el que yacía Pulgarcito, fue arrojado a un montón de estiércol.
Pulgarcito no tardó en ponerse a trabajar para salir, lo cual no era tarea nada fácil; pero al fin, justo cuando había hecho hueco para sacar la cabeza, le sobrevino una nueva desgracia. Un lobo hambriento saltó y se tragó todo el estómago, con Pulgarcito dentro, de un solo bocado, y salió corriendo.
Pulgarcito, sin embargo, seguía sin desanimarse; y pensando que al lobo no le disgustaría charlar un poco con él mientras iba de camino, exclamó: —Mi buen amigo, puedo mostrarte un festín famoso. —¿Dónde está eso? —dijo el lobo. —En tal y tal casa —dijo Pulgarcito, describiendo la casa de su propio padre. —Puedes arrastrarte por el desagüe hasta la cocina y luego hasta la despensa, y allí encontrarás pasteles, jamón, carne de res, pollo frío, cerdo asado, bollos de manzana y todo cuanto tu corazón pueda desear.
El lobo no quiso que se lo pidieran dos veces; así que aquella misma noche fue a la casa y se arrastró por el desagüe hasta la cocina, y luego hasta la despensa, y allí comió y bebió a su antojo. En cuanto tuvo bastante quiso marcharse; pero había comido tanto que no pudo salir por el mismo sitio por donde había entrado.
Esto era justo con lo que Pulgarcito había contado; y entonces empezó a dar grandes gritos, armando todo el ruido que podía. —¿Quieres estarte quieto? —dijo el lobo—; despertarás a toda la casa si armas semejante alboroto. —¿Y a mí qué me importa? —dijo el hombrecillo—; tú has tenido tu diversión, ahora me apetece a mí divertirme. —Y empezó a cantar y a gritar tan fuerte como pudo.
El leñador y su esposa, despertados por el ruido, atisbaron por una rendija de la puerta; pero cuando vieron que había un lobo, bien podéis suponer que se asustaron tristemente; y el leñador corrió a por su hacha y le dio a su esposa una guadaña. —Quédate tú detrás —dijo el leñador—, y cuando le haya golpeado en la cabeza, tú debes abrirlo con la guadaña. Pulgarcito oyó todo esto y gritó: —¡Padre, padre! Estoy aquí, el lobo me ha tragado. Y su padre dijo: —¡Alabado sea el Cielo! hemos vuelto a encontrar a nuestro querido hijo. —Y le dijo a su esposa que no usara la guadaña por temor a herirlo. Entonces asestó un gran golpe, alcanzó al lobo en la cabeza y lo mató en el acto. y una vez muerto, abrieron su cuerpo y liberaron a Pulgarcito. —¡Ah! —dijo el padre—, ¡cuántos temores hemos pasado por ti! —Sí, padre —respondió él—; creo que he recorrido el mundo entero, de un modo u otro, desde que nos separamos; y ahora me alegro mucho de volver a casa y respirar de nuevo aire fresco. —Pero ¿dónde has estado? —dijo su padre. —He estado en una ratonera... y en una concha de caracol... y en la garganta de una vaca... y en el vientre del lobo; y sin embargo, aquí estoy de nuevo, sano y salvo.
—Bueno —dijeron ellos—, has vuelto, y no te venderemos otra vez por todas las riquezas del mundo.
Entonces abrazaron y besaron a su querido hijito, y le dieron abundante comida y bebida, pues tenía mucha hambre; y después le trajeron ropa nueva, porque la vieja se le había estropeado del todo en su viaje. Así que el señor Pulgarcito se quedó en casa con su padre y su madre, en paz; pues aunque había sido tan gran viajero, y había hecho y visto tantas cosas hermosas, y le gustaba bastante contar toda la historia, siempre convenía en que, después de todo, ¡no hay lugar como el HOGAR!