
La señora Goody era una niñera que cuidaba de los enfermos y atendía a los recién nacidos. Una noche la despertaron a medianoche, y cuando bajó las escaleras vio a un viejecillo extraño, bizco, pequeño y feo, que le pidió que fuera a atender a su mujer, que estaba demasiado enferma para cuidar de su bebé. A la señora Goody no le gustó la pinta del viejo, pero el trabajo es el trabajo; así que se echó la ropa encima y bajó a su encuentro. Y cuando bajó a su encuentro, él la subió de un tirón a un gran caballo negro como el carbón, con ojos de fuego, que estaba a la puerta; y enseguida iban a toda velocidad, con la señora Goody agarrada al viejo como si le fuera la vida en ello.
Cabalgaron y cabalgaron, hasta que por fin se pararon delante de la puerta de una casita. Así que se bajaron, entraron y encontraron a la buena mujer en la cama, con los niños jugando alrededor; y el bebé, un niño hermoso y rollizo, a su lado.
La señora Goody cogió al bebé, que era un niño tan hermoso como el que más. La madre, cuando le entregó el bebé a la señora Goody para que lo cuidara, le dio una cajita de ungüento y le dijo que le untara los ojos al niño con él en cuanto los abriera. Al cabo de un rato, el niño empezó a abrir los ojos. La señora Goody vio que tenía los ojos bizcos, igualitos que los de su padre. Así que cogió la cajita de ungüento y le untó con él los dos párpados. Pero no podía dejar de preguntarse para qué serviría, porque nunca había visto hacer una cosa así. Así que miró a ver si los otros la estaban mirando y, cuando vio que no se fijaban, se untó con el ungüento su propio párpado derecho.

Nada más hacerlo, todo pareció cambiar a su alrededor. La casita apareció amueblada con toda elegancia. La madre que estaba en la cama era una bella dama vestida de seda blanca. El bebé era todavía más hermoso que antes, y su ropita estaba hecha de una especie de gasa plateada. Sus hermanitos y hermanitas alrededor de la cama eran diablillos chatos de orejas puntiagudas, que se hacían muecas unos a otros y se rascaban la coronilla. A veces le tiraban de las orejas a la dama enferma con sus largas zarpas peludas. En fin, que hacían toda clase de diabluras; y la señora Goody comprendió que se había metido en una casa de duendes. Pero no le dijo nada a nadie, y en cuanto la dama estuvo lo bastante repuesta para cuidar del bebé, le pidió al viejo que la llevara de vuelta a casa. Así que él se presentó a la puerta con el caballo negro como el carbón y con ojos de fuego, y allá se fueron tan deprisa como antes, o quizá un poco más, hasta que llegaron a la casita de la señora Goody, donde el viejo bizco la bajó del caballo y la dejó, dándole las gracias con bastante cortesía y pagándole más de lo que nunca le habían pagado por un servicio así.

Pues bien, al día siguiente resultó ser día de mercado, y como la señora Goody había estado fuera de casa, le hacían falta muchas cosas, así que se fue caminando al mercado a comprarlas. Mientras compraba lo que necesitaba, ¿a quién os creéis que vio sino al viejo bizco que la había llevado en el caballo negro como el carbón? ¿Y qué creéis que estaba haciendo? Pues iba de puesto en puesto cogiendo cosas de cada uno, aquí un poco de fruta, allá unos huevos, y así sucesivamente; y nadie parecía darse cuenta.
Ahora bien, a la señora Goody no le parecía asunto suyo meterse en aquello, pero pensó que no debía dejar pasar sin saludarlo a tan buen cliente. Así que va y se le acerca, le hace una reverencia y le dice: «Buenas, señor, espero que su buena señora y el pequeño estén tan bien como…»
Pero no pudo terminar lo que estaba diciendo, porque el viejo estrafalario dio un respingo de sorpresa y va y le dice, dice él: «¡Cómo! ¿Me ves hoy?»
«Que si le veo», dice ella, «pues claro que sí, tan claro como el sol en el cielo, y es más», dice ella, «veo que además anda usted muy ocupado».
«Ah, ves demasiado», dijo él; «y ahora, dime, ¿con qué ojo ves todo eso?»
«Con el ojo derecho, claro está», dijo ella, más orgullosa que nadie por haberlo descubierto.
«¡El ungüento! ¡El ungüento!», gritó el viejo duende ladrón. «Toma, por meterte en lo que no te importa: no me volverás a ver.» Y dicho esto, le dio un golpe en el ojo derecho, y ella ya no pudo verlo más; y, lo que es peor, se quedó ciega del lado derecho desde aquella hora hasta el día de su muerte.
