
Érase una vez, y muy buena vez fue, aunque no fue en mis tiempos, ni en los tuyos, ni en los de nadie, una muchacha cuya madre había muerto, y su padre se había vuelto a casar. Y su madrastra la odiaba porque era más hermosa que ella, y la trataba con mucha crueldad. La hacía hacer todo el trabajo de las criadas y nunca la dejaba en paz. Por fin, un día, la madrastra pensó en librarse de ella para siempre; así que le dio un cedazo y le dijo: «Ve, llénalo en el pozo del fin del mundo y tráemelo a casa lleno, o ay de ti». Porque pensaba que nunca sería capaz de encontrar el pozo del fin del mundo y, si lo encontraba, ¿cómo iba a traer a casa un cedazo lleno de agua?
Pues bien, la muchacha se puso en camino y le preguntaba a todo el que se encontraba que le dijera dónde estaba el pozo del fin del mundo. Pero nadie lo sabía, y ella no sabía qué hacer, cuando una viejecita muy rara, toda encorvada, le dijo dónde estaba y cómo podía llegar hasta él. Así que hizo lo que le había dicho la vieja, y por fin llegó al pozo del fin del mundo. Pero cuando metió el cedazo en el agua fría, fría, se le salió toda otra vez. Lo intentó una y otra vez, pero siempre pasaba lo mismo; y al final se sentó y se echó a llorar como si se le fuera a romper el corazón.
De pronto oyó una voz que croaba, levantó la vista y vio una rana grandota con ojos saltones que la miraba y le hablaba.

«¿Qué te pasa, bonita?», le dijo.
«Ay, Dios mío, ay, Dios mío», dijo ella, «mi madrastra me ha mandado hasta aquí, tan lejos, a llenar este cedazo con agua del pozo del fin del mundo, y no hay manera de llenarlo de ninguna de las maneras».
«Bueno», dijo la rana, «si me prometes hacer todo lo que yo te mande durante una noche entera, te diré cómo llenarlo».
Así que la muchacha aceptó, y entonces la rana dijo:
«Tápalo con musgo y úntalo con barro, y el agua llevarás sin ningún descalabro»;
y entonces dio un brinco, un salto y otro salto, y se tiró ¡plof! al pozo del fin del mundo.
Así que la muchacha buscó por allí un poco de musgo, forró con él el fondo del cedazo, y por encima le puso un poco de barro, y entonces lo metió otra vez en el pozo del fin del mundo; y esta vez el agua no se salió, y ella se dio la vuelta para marcharse.

Justo entonces la rana sacó la cabeza del pozo del fin del mundo y dijo: «Acuérdate de tu promesa».
«Está bien», dijo la muchacha; porque pensó: «¿Qué daño me puede hacer una rana?».
Así que volvió a casa de su madrastra y le trajo el cedazo lleno de agua del pozo del fin del mundo. La madrastra se puso bien furiosa, pero no dijo nada de nada.
Esa misma tarde oyeron algo que daba toquecitos, toc, toc, en la parte de abajo de la puerta, y una voz que gritaba:
«Ábreme la puerta, mi cielo, mi corazón, ábreme la puerta, mi amor querido; acuérdate de lo que tú y yo hablamos allá en el prado, junto al pozo del fin del mundo.»
«¿Pero qué puede ser eso?», exclamó la madrastra, y la muchacha tuvo que contárselo todo, y lo que le había prometido a la rana.
«Las muchachas tienen que cumplir sus promesas», dijo la madrastra. «Ve a abrir la puerta ahora mismo.» Porque se alegraba de que la muchacha tuviera que obedecer a una rana asquerosa.
Así que la muchacha fue y abrió la puerta, y allí estaba la rana del pozo del fin del mundo. Y brincó, y saltó, y dio saltitos hasta llegar a la muchacha, y entonces dijo:
«Súbeme a tus rodillas, mi cielo, mi corazón; súbeme a tus rodillas, mi amor querido; acuérdate de lo que tú y yo hablamos allá en el prado, junto al pozo del fin del mundo.»
Pero a la muchacha no le hacía ninguna gracia, hasta que su madrastra le dijo: «¡Súbela ahora mismo, descarada! ¡Las muchachas tienen que cumplir sus promesas!»
Así que por fin se subió la rana al regazo, y allí se quedó un rato, hasta que al fin dijo:

«Dame de cenar, mi cielo, mi corazón; dame de cenar, mi amor querido; acuérdate de lo que tú y yo hablamos en el prado, junto al pozo del fin del mundo.»
Bueno, eso no le importaba hacerlo, así que le trajo un tazón de leche con pan y le dio bien de comer. Y cuando la rana hubo terminado, dijo:
«Llévame a la cama, mi cielo, mi corazón; llévame a la cama, mi amor querido; acuérdate de lo que me dijiste allá, junto al pozo frío, tan cansada.»
Pero eso la muchacha no quería hacerlo, hasta que su madrastra le dijo: «Haz lo que prometiste, muchacha; las muchachas tienen que cumplir sus promesas. Haz lo que te mandan, o a la calle, tú y tu ranita».
Así que la muchacha se llevó la rana a la cama y la tuvo lo más lejos de ella que pudo. Pues bien, justo cuando empezaba a despuntar el día, ¿qué os creéis que dijo la rana?:
«Córtame la cabeza, mi cielo, mi corazón; córtame la cabeza, mi amor querido; acuérdate de lo que me prometiste allá, junto al pozo frío, tan cansada.»
Al principio la muchacha no quería, porque pensaba en lo que la rana había hecho por ella en el pozo del fin del mundo. Pero cuando la rana volvió a repetir las palabras, fue, cogió un hacha y le cortó la cabeza, y ¡mirad! ¡Oh, maravilla!, allí apareció ante ella un apuesto joven príncipe, que le contó que un malvado mago lo había encantado y que nunca podría romperse el hechizo hasta que una muchacha hiciera lo que él le mandara durante una noche entera y le cortara la cabeza al final.

La madrastra se quedó de lo más sorprendida cuando se encontró con el joven príncipe en lugar de la rana asquerosa, y no le hizo ni pizca de gracia, podéis estar seguros, cuando el príncipe le dijo que se iba a casar con su hijastra porque ella le había roto el hechizo. Así que se casaron y se fueron a vivir al castillo del rey, su padre, y todo el consuelo que le quedó a la madrastra fue que, gracias a ella, su hijastra se había casado con un príncipe.