
En tiempos del famoso rey Eduardo III vivía un niño llamado Dick Whittington, cuyo padre y cuya madre murieron cuando él era muy pequeño. Como el pobre Dick no tenía edad para trabajar, lo pasaba muy mal; poco le daban para comer, y a veces nada en absoluto para desayunar; porque la gente del pueblo era pobrísima y no podía darle mucho más que mondas de patata y, de vez en cuando, un mendrugo duro de pan.
Pues bien, Dick había oído muchísimas cosas extrañas de la gran ciudad llamada Londres; porque la gente del campo creía por entonces que en Londres todos eran señores y damas elegantes, que allí se cantaba y se tocaba música el día entero, y que las calles estaban todas empedradas de oro.
Un día, un carromato grande tirado por ocho caballos, todos con cascabeles en la cabeza, atravesó el pueblo mientras Dick estaba junto al poste indicador. Pensó que aquel carromato debía de ir a la hermosa ciudad de Londres; así que se armó de valor y le pidió al carretero que lo dejara caminar con él al lado del carro. En cuanto el carretero supo que el pobre Dick no tenía padre ni madre, y vio por sus harapos que peor no podía estar, le dijo que podía venir si quería, y allá se fueron los dos juntos.
Así que Dick llegó sano y salvo a Londres, y tenía tanta prisa por ver las hermosas calles empedradas de oro que ni siquiera se paró a dar las gracias al bondadoso carretero; sino que echó a correr tan deprisa como le daban las piernas, por muchas calles, creyendo a cada momento que llegaría a las que estaban empedradas de oro; porque Dick había visto tres veces una guinea en su pueblecito y se acordaba de la cantidad de dinero que daban a cambio; así que pensó que no tenía más que arrancar unos pedacitos del empedrado y tendría entonces todo el dinero que quisiera.
El pobre Dick corrió hasta cansarse, y se había olvidado por completo de su amigo el carretero; pero al fin, viendo que oscurecía y que, fuera por donde fuera, no veía más que barro en lugar de oro, se sentó en un rincón oscuro y lloró hasta quedarse dormido.
El pequeño Dick pasó toda la noche en la calle; y a la mañana siguiente, muerto de hambre, se levantó y anduvo de acá para allá, pidiendo a todo el que encontraba medio penique para no morirse de hambre; pero nadie se paraba a contestarle, y solo dos o tres le dieron medio penique; de modo que el pobre muchacho pronto estuvo débil y desfallecido por falta de comida.
En semejante apuro pidió limosna a varias personas, y una de ellas le dijo de malos modos: «¡Ponte a trabajar, gandul!» «Eso haré», dice Dick, «trabajaré para usted, si usted me deja». Pero el hombre no hizo más que soltarle una maldición y siguió su camino.
Por fin, un caballero de aspecto bonachón vio la cara de hambre que tenía. «¿Por qué no te pones a trabajar, muchacho?», le dijo a Dick. «Eso haría, pero no sé cómo encontrar trabajo», contestó Dick. «Si quieres, vente conmigo», dijo el caballero, y lo llevó a un prado de heno, donde Dick trabajó con brío y vivió contento hasta que se acabó la siega.
Después de eso se vio tan mal como antes; y, casi muerto de hambre otra vez, se tumbó a la puerta del señor Fitzwarren, un rico comerciante. Allí lo vio enseguida la cocinera, que era una criatura de malas pulgas y que justo entonces andaba muy atareada preparando la comida para su amo y su ama; así que le gritó al pobre Dick: «¿Qué haces ahí, gandul? ¡Aquí no hay más que mendigos! Si no te largas, ya veremos qué te parece un buen remojón de agua de fregar; tengo aquí una tan caliente que te hará saltar».
Justo en ese momento el señor Fitzwarren en persona llegó a casa a comer; y cuando vio a un muchacho sucio y harapiento tirado a la puerta, le dijo: «¿Por qué estás ahí tumbado, muchacho? Pareces tener edad para trabajar; me temo que eres algo perezoso».

«No, de veras, señor», le dijo Dick, «no es eso, porque yo trabajaría con toda el alma, pero no conozco a nadie, y creo que estoy muy enfermo de no comer».
«Pobre chico, levántate; déjame ver qué te pasa». Dick intentó entonces levantarse, pero tuvo que volver a tumbarse, pues estaba demasiado débil para tenerse en pie: llevaba tres días sin probar bocado y ya no podía andar corriendo por ahí pidiendo medio penique a la gente de la calle. Así que el bondadoso comerciante mandó que lo metieran en la casa, que le dieran una buena comida y que se quedara para hacer los trabajos que pudiera ayudando a la cocinera.
El pequeño Dick habría vivido muy feliz con aquella buena familia de no ser por la cocinera de malas pulgas. Solía decirle: «Estás a mis órdenes, así que espabila: limpia el asador y la grasera, enciende los fuegos, dale cuerda al torno del asador y haz todo el trabajo del fregadero bien ligero, o si no...», y lo amenazaba con el cucharón. Además, le gustaba tanto rociar el asado que, cuando no tenía carne que rociar, le rociaba al pobre Dick la cabeza y los hombros a escobazos, o con cualquier otra cosa que le cayera a mano. Al fin le contaron lo mal que lo trataba a Alice, la hija del señor Fitzwarren, que le dijo a la cocinera que la echarían a la calle si no lo trataba mejor.
La cocinera se portó entonces un poco mejor; pero, además de eso, Dick tenía que superar otra penalidad. Su cama estaba en una buhardilla donde había tantos agujeros en el suelo y en las paredes que todas las noches lo atormentaban las ratas y los ratones. Un caballero le dio a Dick un penique por limpiarle los zapatos, y él pensó que se compraría un gato con él. Al día siguiente vio a una niña con una gata y le preguntó: «¿Me dejas esa gata por un penique?». La niña le dijo: «Sí que se la dejo, señorito, aunque es una cazadora de ratones estupenda».
Dick escondió la gata en la buhardilla y siempre tenía cuidado de llevarle parte de su comida; y en poco tiempo ya no tuvo más problemas con las ratas y los ratones, sino que dormía a pierna suelta todas las noches.

Poco después, su amo tenía un barco listo para zarpar; y como era costumbre que todos sus criados tuvieran también alguna ocasión de probar fortuna igual que él, los llamó a todos al salón y les preguntó qué querían enviar.
Todos tenían algo que estaban dispuestos a arriesgar, menos el pobre Dick, que no tenía ni dinero ni bienes y por eso no podía enviar nada. Por esa razón no entró en el salón con los demás; pero la señorita Alice adivinó qué pasaba y mandó que lo llamaran. Entonces dijo: «Yo pondré algo de dinero por él, de mi propio bolsillo»; pero su padre le dijo: «Eso no sirve, porque tiene que ser algo suyo».
Cuando el pobre Dick oyó esto, dijo: «No tengo nada más que una gata que le compré a una niña hace un tiempo por un penique».
«Pues trae tu gata, muchacho», dijo el señor Fitzwarren, «y que vaya en el barco».
Dick subió y bajó a la pobre minina, con lágrimas en los ojos, y se la dio al capitán; «Porque», dijo, «ahora las ratas y los ratones me tendrán despierto toda la noche». Todos los presentes se rieron de la extraña inversión de Dick; y la señorita Alice, que le tenía lástima, le dio algo de dinero para comprar otro gato.
Esta y otras muchas muestras de cariño que le daba la señorita Alice pusieron celosa del pobre Dick a la cocinera de malas pulgas, que empezó a tratarlo con más crueldad que nunca y no paraba de burlarse de él por haber mandado su gata al mar.
Le preguntaba: «¿Tú crees que tu gata se venderá por lo bastante para comprar un palo con que zurrarte?».
Al fin el pobre Dick no pudo aguantar más aquel trato y pensó en escaparse de la casa; así que recogió sus pocas cosas y se puso en camino muy temprano por la mañana, el día de Todos los Santos, el primero de noviembre. Caminó hasta Holloway; y allí se sentó en una piedra que todavía hoy se llama «la Piedra de Whittington», y se puso a pensar qué camino debía tomar.
Mientras pensaba qué hacer, las campanas de la iglesia de Bow, que por aquel entonces eran solo seis, empezaron a sonar, y su tañido parecía decirle:
«Vuelve, Whittington, vuelve atrás, que tres veces alcalde de Londres serás».
«¡Alcalde de Londres!», se dijo. «¡Vaya, pues claro que ahora aguantaría casi cualquier cosa con tal de ser alcalde de Londres y pasearme en una buena carroza cuando sea mayor! Bueno, volveré, y no me importarán nada los sopapos ni las regañinas de la vieja cocinera, si al final voy a ser alcalde de Londres».

Dick volvió, y tuvo la suerte de entrar en la casa y ponerse a trabajar antes de que la vieja cocinera bajara.
Ahora tenemos que seguir a doña Minina hasta la costa de África. El barco, con la gata a bordo, pasó mucho tiempo en el mar; y al fin los vientos lo arrastraron a un lugar de la costa de Berbería donde solo vivían los moros, desconocidos para los ingleses. La gente acudió en gran número a ver a los marineros, porque eran de otro color que ellos, y los trató con cortesía; y, cuando se conocieron mejor, estaban deseosos de comprar las cosas finas que llevaba el barco.
Cuando el capitán vio esto, envió muestras de lo mejor que tenía al rey del país; al cual le gustaron tanto que mandó llamar al capitán a palacio. Allí los sentaron, como es costumbre en aquel país, sobre ricas alfombras bordadas de flores de oro y plata. El rey y la reina estaban sentados en la cabecera de la sala; y trajeron un montón de platos para la comida. No llevaban mucho rato sentados cuando entró en tropel una multitud de ratas y ratones que devoró toda la carne en un instante. El capitán se quedó asombrado y preguntó si aquellos bichos no eran una molestia.
«¡Oh, sí!», dijeron ellos, «muy molestos, y el rey daría la mitad de su tesoro por librarse de ellos, porque no solo le destrozan la comida, como veis, sino que lo asaltan en su alcoba, y hasta en la cama, de modo que tienen que vigilarlo mientras duerme por miedo a ellos».
El capitán saltó de alegría; se acordó del pobre Whittington y de su gata, y le dijo al rey que tenía a bordo del barco un animal que acabaría con todos aquellos bichos en un santiamén. El rey dio un salto tan alto de la alegría que le dio la noticia que se le cayó el turbante de la cabeza. «Traedme a ese animal», dice él; «los bichos son una cosa espantosa en una corte, y si hace lo que decís, os cargaré el barco de oro y joyas a cambio de ella».
El capitán, que sabía hacer negocios, aprovechó la ocasión para ensalzar los méritos de doña Minina. Le dijo a su majestad: «No me conviene mucho desprenderme de ella, porque, cuando ya no esté, las ratas y los ratones podrían destrozar las mercancías del barco... pero, por complacer a su majestad, iré a buscarla».
«¡Corred, corred!», dijo la reina; «estoy impaciente por ver a ese precioso animal».
Allá se fue el capitán al barco, mientras preparaban otra comida. Se puso a la minina bajo el brazo y llegó al palacio justo a tiempo de ver la mesa llena de ratas. Cuando la gata las vio, no esperó a que se lo mandaran, sino que saltó de los brazos del capitán y en pocos minutos dejó a sus pies casi todas las ratas y los ratones muertos. Los demás, muertos de miedo, salieron escapando a sus agujeros.

El rey estaba encantado de librarse tan fácilmente de semejantes plagas, y la reina pidió que le trajeran al animal que les había hecho tan gran favor, para poder mirarlo. Entonces el capitán llamó: «¡Mis, mis, mis!», y la gata acudió a él. Luego se la presentó a la reina, que dio un respingo hacia atrás y tuvo miedo de tocar a un animal que había hecho semejante estrago entre las ratas y los ratones. Sin embargo, cuando el capitán acarició a la gata y la llamó: «Mis, mis», la reina también la tocó y exclamó: «Mich, mich», porque no había aprendido inglés. Entonces él se la puso a la reina en el regazo, donde ronroneó y jugó con la mano de su majestad, y luego se quedó dormida ronroneando.
El rey, que había visto las hazañas de doña Minina y al que le dijeron que sus gatitos poblarían todo el país y lo mantendrían libre de ratas, le compró al capitán todo el cargamento del barco, y luego le dio por la gata diez veces más de lo que valía todo lo demás junto.
Después el capitán se despidió de la familia real y zarpó con viento favorable rumbo a Inglaterra, y tras un feliz viaje llegó sano y salvo a Londres.
Una mañana, temprano, el señor Fitzwarren acababa de llegar a su escritorio y se había sentado a la mesa para contar el dinero y arreglar los asuntos del día, cuando alguien llamó, toc, toc, a la puerta. «¿Quién es?», dijo el señor Fitzwarren. «Un amigo», contestó el otro; «vengo a traerle buenas noticias de su barco, el Unicornio». El comerciante se levantó con tanta prisa que se olvidó de su gota, abrió la puerta, y ¿a quién vio esperando sino al capitán y al factor, con un cofre de joyas y un conocimiento de embarque? Cuando lo miró, el comerciante alzó los ojos al cielo y dio gracias por haberle enviado un viaje tan próspero.
Entonces le contaron la historia de la gata y le mostraron el rico regalo que el rey y la reina enviaban por ella al pobre Dick. En cuanto el comerciante oyó esto, llamó a sus criados:
«Id a buscarlo y contadle su fama; y ahora señor Whittington se le llama».
El señor Fitzwarren demostró entonces ser un buen hombre; porque cuando algunos de sus criados dijeron que un tesoro tan grande era demasiado para el muchacho, contestó: «Dios me libre de quitarle ni el valor de un solo penique; es suyo y lo tendrá hasta el último cuarto de penique». Luego mandó llamar a Dick, que en aquel momento estaba fregando ollas para la cocinera y estaba sucísimo. Él quiso excusarse de entrar en el escritorio, diciendo: «La habitación está barrida y mis zapatos están sucios y llenos de tachuelas». Pero el comerciante le mandó entrar.
El señor Fitzwarren mandó que le pusieran una silla, y entonces él empezó a pensar que se estaban burlando de él, y al mismo tiempo les dijo: «No le gasten bromas a un pobre muchacho sencillo; déjenme volver abajo a mi trabajo, por favor».
«De veras, señor Whittington», dijo el comerciante, «todos hablamos completamente en serio, y me alegro de todo corazón de las noticias que estos caballeros le han traído; porque el capitán ha vendido su gata al rey de Berbería y le ha traído a cambio más riquezas de las que yo poseo en el mundo entero; ¡y ojalá las disfrute muchos años!».
Entonces el señor Fitzwarren les dijo a los hombres que abrieran el gran tesoro que habían traído consigo, y dijo: «El señor Whittington no tiene más que ponerlo en algún lugar seguro».
El pobre Dick apenas sabía cómo comportarse de la alegría. Le rogó a su amo que tomara la parte que quisiera, pues todo se lo debía a su bondad. «No, no», contestó el señor Fitzwarren, «todo esto es tuyo; y no me cabe duda de que le darás buen uso».
Dick pidió luego a su ama, y después a la señorita Alice, que aceptaran una parte de su buena fortuna; pero ellas no quisieron, y al mismo tiempo le dijeron que se alegraban muchísimo de su buena suerte. Pero el pobre muchacho tenía demasiado buen corazón para quedárselo todo; así que hizo regalos al capitán, al piloto y al resto de los criados del señor Fitzwarren; y hasta a la vieja cocinera de malas pulgas.
Después de esto, el señor Fitzwarren le aconsejó que mandara llamar a un buen sastre y se vistiera como un caballero; y le dijo que podía vivir en su casa hasta que pudiera procurarse una mejor.
Cuando a Whittington le lavaron la cara, le rizaron el pelo, le ladearon el sombrero y lo vistieron con un traje elegante, quedó tan guapo y tan distinguido como cualquier joven de los que visitaban la casa del señor Fitzwarren; de modo que la señorita Alice, que antes había sido tan buena con él y lo miraba con lástima, ahora lo veía como un buen pretendiente para ella; y más todavía, sin duda, porque Whittington andaba siempre pensando qué podía hacer para complacerla y le hacía los regalos más bonitos que se pudieran imaginar.

El señor Fitzwarren pronto se dio cuenta de que se querían y propuso casarlos; y los dos aceptaron de buena gana. Enseguida se fijó un día para la boda; y los acompañaron a la iglesia el alcalde de Londres, el concejo de regidores, los alguaciles mayores y muchísimos de los comerciantes más ricos de Londres, a quienes después agasajaron con un banquete espléndido.
La historia nos cuenta que el señor Whittington y su esposa vivieron con gran esplendor y fueron muy felices. Tuvieron varios hijos. Él fue alguacil mayor de Londres, tres veces alcalde, y recibió el honor de ser armado caballero por Enrique V.
Agasajó a este rey y a su reina con una comida, después de su conquista de Francia, con tanta magnificencia que el rey dijo: «Jamás tuvo príncipe semejante súbdito»; cuando sir Richard oyó esto, dijo: «Jamás tuvo súbdito semejante príncipe».
La figura de sir Richard Whittington con su gata en brazos, tallada en piedra, pudo verse hasta el año 1780 sobre el arco de la vieja cárcel de Newgate, que él mandó construir para los delincuentes.