
Un hermoso día de verano, la hija del conde de Mar salió al jardín del castillo, bailando y dando saltitos. Y mientras jugaba y retozaba, se paraba de vez en cuando a escuchar la música de los pájaros. Al cabo de un rato, estando sentada a la sombra de un roble verde, levantó la vista y divisó una paloma muy vivaracha posada en lo alto de una de sus ramas. Miró hacia arriba y dijo: «Palomita mía, querida, baja conmigo y te daré una jaula de oro. Te llevaré a casa y te mimaré mucho, tanto como al que más de todos los pájaros.» Apenas había dicho estas palabras cuando la paloma bajó volando de la rama y se posó en su hombro, acurrucándose contra su cuello mientras ella le alisaba las plumas. Luego se la llevó a casa, a su propio cuarto.
Se acabó el día y llegó la noche, y la hija del conde de Mar estaba pensando en irse a dormir cuando, al darse la vuelta, encontró a su lado a un apuesto joven. Se sobresaltó, porque la puerta llevaba horas cerrada con llave. Pero era una muchacha valiente y dijo: «¿Qué haces aquí, joven, para venir a asustarme así? La puerta está atrancada desde hace horas; ¿cómo diantres has entrado?»
«¡Chis! ¡Chis!», susurró el joven. «Yo era esa paloma zureante que tú hiciste bajar del árbol con halagos.»
«Pero ¿quién eres entonces? —dijo ella muy bajito—; ¿y cómo es que te convertiste en ese pajarito tan querido?»
«Me llamo Florentine, y mi madre es reina, y algo más que reina, porque sabe de magia y de hechizos, y como no quise hacer lo que ella quería, me convirtió en paloma de día, pero de noche sus hechizos pierden su poder y vuelvo a ser hombre. Hoy crucé el mar y te vi por primera vez, y me alegré de ser pájaro para poder acercarme a ti. Si no me amas, nunca más seré feliz.»

«Pero si te amo —dice ella—, ¿no te irás volando y me dejarás el día menos pensado?»
«Nunca, nunca —dijo el príncipe—; sé mi esposa y yo seré tuyo para siempre. De día pájaro, de noche príncipe, siempre estaré a tu lado como marido, querida.»
Así que se casaron en secreto y vivieron felices en el castillo, y nadie sabía que cada noche Palomita se convertía en el príncipe Florentine. Y cada año les nacía un hijito, más lindo que lindo. Pero cada vez que nacía un hijo, el príncipe Florentine se llevaba a la criatura a la espalda por encima del mar hasta donde vivía la reina, su madre, y le dejaba al pequeño con ella.
Así pasaron siete años, y entonces les llegó una gran desgracia. Porque el conde de Mar quería casar a su hija con un noble de alto linaje que vino a cortejarla. Su padre la apremiaba mucho, pero ella dijo: «Padre querido, no quiero casarme; puedo ser muy feliz aquí con Palomita.»
Entonces su padre se puso hecho una furia, soltó un juramento tremendo y dijo: «Mañana, tan cierto como que vivo y como, le retuerzo el pescuezo a ese pajarraco», y salió de su cuarto dando pisotones.
«¡Ay, ay! —dijo Palomita—; ya es hora de que me vaya», y así saltó al alféizar de la ventana y en un momento se fue volando. Y voló y voló hasta que estuvo sobre el hondo, hondo mar, y aún siguió volando hasta que llegó al castillo de su madre. Pues bien, la reina, su madre, estaba dando su paseo cuando vio a la linda paloma volando por encima y posándose en las murallas del castillo.

«¡Venid, bailarines, a bailar vuestras gigas —llamó ella—, y vosotros, gaiteros, tocad bien, que aquí está mi Florentine, que vuelve conmigo para quedarse, porque esta vez no ha traído ningún niño lindo!»
«No, madre —dijo Florentine—, nada de bailarines para mí ni de juglares, porque mi querida esposa, la madre de mis siete hijos, se casa mañana, y triste es el día para mí.»
«¿Qué puedo hacer, hijo mío? —dijo la reina—. Dímelo, y se hará, si mi magia tiene poder para ello.»
«Pues entonces, madre querida, convierte a los veinticuatro bailarines y gaiteros en veinticuatro garzas grises, y que mis siete hijos se vuelvan siete cisnes blancos, y que yo sea un azor y su jefe.»
«¡Ay! ¡Ay, hijo mío! —dijo ella—, eso no puede ser; mi magia no llega tan lejos. Pero quizá mi maestra, la adivina de Ostree, sepa más.» Y allá que se va corriendo a la cueva de Ostree, y al rato sale más blanca que blanca, murmurando sobre unas hierbas ardiendo que sacó de la cueva. De pronto Palomita se convirtió en un azor, y a su alrededor volaban veinticuatro garzas grises, y por encima de ellas volaban siete cisnecillos.
Sin una palabra ni un adiós, allá se fueron volando sobre el hondo mar azul, que se agitaba y gemía. Volaron y volaron hasta que se abatieron sobre el castillo del conde de Mar justo cuando la comitiva de la boda salía para la iglesia. Primero iban los soldados, y luego los amigos del novio, y luego los hombres del conde de Mar, y luego el novio, y por último, pálida y hermosa, la propia hija del conde de Mar. Avanzaban despacio al son de una música solemne hasta que pasaron junto a los árboles donde se estaban posando los pájaros. Una palabra del príncipe Florentine, el azor, y todos se alzaron en el aire, las garzas abajo, los cisnecillos arriba, y el azor dando vueltas por encima de todos. Los de la boda se quedaron maravillados al verlo cuando, ¡zas!, las garzas se les echaron encima y dispersaron a los soldados. Los cisnecillos se hicieron cargo de la novia mientras el azor se lanzaba en picado y ataba al novio a un árbol. Luego las garzas se juntaron todas formando un colchón de plumas, y los cisnecillos pusieron a su madre encima, y de repente todos se alzaron en el aire llevándose a la novia sana y salva hacia la casa del príncipe Florentine. Seguro que nunca en este mundo se vio una boda tan alborotada. ¿Qué podían hacer los de la boda? Vieron cómo se llevaban a su linda novia lejos y más lejos, hasta que ella y las garzas y los cisnes y el azor desaparecieron, y ese mismo día el príncipe Florentine llevó a la hija del conde de Mar al castillo de la reina, su madre, que le quitó el hechizo, y vivieron felices para siempre jamás.
