
En los días del gran príncipe Arturo vivía un poderoso mago llamado Merlín, el hechicero más sabio y más hábil que ha visto nunca el mundo.
Este famoso mago, que podía tomar la forma que le diera la gana, iba de camino disfrazado de pobre mendigo, y como estaba muy cansado, se paró en la casita de un labrador a descansar y pidió algo de comer.
El campesino le dio la bienvenida, y su mujer, que era una mujer de muy buen corazón, enseguida le trajo leche en un cuenco de madera y un poco de pan moreno y basto en una fuente.
A Merlín le agradó mucho la bondad del labrador y de su mujer; pero no pudo menos que notar que, aunque en la casita todo estaba limpio y cómodo, los dos parecían muy desdichados. Así que les preguntó por qué estaban tan tristes, y supo que eran desgraciados porque no tenían hijos.
La pobre mujer dijo, con lágrimas en los ojos: «Sería la criatura más feliz del mundo si tuviera un hijo; aunque no fuera más grande que el pulgar de mi marido, me daría por contenta».
A Merlín le hizo tanta gracia la idea de un niño no más grande que el pulgar de un hombre, que decidió concederle su deseo a la pobre mujer. Y así, poco tiempo después, la mujer del labrador tuvo un hijo que, ¡maravilla de contar!, no era ni pizca más grande que el pulgar de su padre.
La reina de las hadas, que quería ver al chiquitín, entró por la ventana mientras la madre estaba sentada en la cama admirándolo. La reina besó al niño y, poniéndole el nombre de Pulgarcito, mandó llamar a unas cuantas hadas, que vistieron a su ahijadito según sus órdenes:
«Por sombrero, una hoja de roble llevaba; su camisa, de tela que la araña hilaba; su chaqueta, de pelusa de cardo tejida; de plumas sus calzones, cosa nunca vista. Sus medias, de piel de manzana, las ataban con una pestaña que a su madre quitaban; sus zapatos, de piel de ratón hechos, curtidos con el pelillo suave por dentro».

Tom nunca creció más que el pulgar de su padre, que era de tamaño corriente; pero a medida que se hacía mayor, se volvió muy astuto y lleno de travesuras. Cuando tuvo edad de jugar con los chicos y había perdido todos sus huesos de cereza, solía colarse en las bolsas de sus compañeros de juego, llenarse los bolsillos y, saliendo sin que se dieran cuenta, volvía a meterse en el juego.
Pero un día, cuando salía de una bolsa de huesos de cereza donde había estado robando como de costumbre, el chico al que pertenecía la bolsa acertó a verlo. «¡Ajá, mi pequeño Tommy!», dijo el chico, «conque por fin te pillo robándome los huesos de cereza; pues vas a llevarte tu merecido por tus mañas de ladronzuelo». Y diciendo esto, le apretó bien el cordón alrededor del cuello y le dio a la bolsa una sacudida tan buena que al pobre Tom se le quedaron las piernas, los muslos y el cuerpo llenos de moratones. Se puso a berrear de dolor y suplicó que lo sacaran, prometiendo no volver a robar nunca más.
Poco tiempo después, su madre estaba haciendo un pudin de masa, y Tom, que tenía muchísimas ganas de ver cómo se hacía, trepó hasta el borde del cuenco; pero se le resbaló el pie y cayó de cabeza, hasta las orejas, en la masa, sin que su madre lo notara, y ella lo metió revuelto en la bolsa del pudin y lo puso en la olla a hervir.
La masa le llenó a Tom la boca y no lo dejaba gritar; pero al sentir el agua caliente pataleó y forcejeó tanto dentro de la olla que su madre creyó que el pudin estaba embrujado y, sacándolo de la olla, lo tiró fuera de la puerta. Un pobre calderero que pasaba por allí recogió el pudin, lo metió en su zurrón y siguió su camino. Como Tom ya se había limpiado la boca de masa, se puso a gritar a voz en cuello, lo cual asustó tanto al calderero que tiró el pudin y salió corriendo. Como el pudin se había hecho pedazos con la caída, Tom salió arrastrándose, todo cubierto de masa, y se fue andando a casa. Su madre, a la que le dio muchísima pena ver a su niño en tan lastimoso estado, lo metió en una taza de té y enseguida le quitó la masa; después de lo cual le dio un beso y lo acostó.
Poco después de la aventura del pudin, la madre de Tom fue a ordeñar su vaca al prado, y se lo llevó con ella. Como hacía muchísimo viento, por miedo a que se lo llevara volando, lo ató a un cardo con un trocito de hilo fino. La vaca no tardó en fijarse en el sombrero de hoja de roble de Tom y, como le gustó su aspecto, se tragó al pobre Tom y al cardo de un solo bocado. Mientras la vaca masticaba el cardo, a Tom le daban miedo sus dientes enormes, que amenazaban con hacerlo pedazos, y gritó tan fuerte como pudo: «¡Madre, madre!».

«¿Dónde estás, Tommy, mi querido Tommy?», dijo su madre.
«Aquí, madre», contestó él, «en la boca de la vaca roja».
Su madre se puso a llorar y a retorcerse las manos; pero la vaca, sorprendida por aquel ruido tan raro en la garganta, abrió la boca y dejó caer a Tom. Por suerte, su madre lo cogió en el delantal cuando caía al suelo, que si no se habría hecho un daño terrible. Luego se metió a Tom en el pecho y se fue corriendo con él a casa.
El padre de Tom le hizo un látigo con una paja de cebada para arrear el ganado, y un día que había ido al campo, resbaló y rodó dentro del surco. Un cuervo que pasaba volando lo recogió, voló con él por encima del mar y allí lo dejó caer.
Un pez grande se tragó a Tom en el momento en que cayó al mar, y poco después lo pescaron y lo compraron para la mesa del rey Arturo. Cuando abrieron el pez para cocinarlo, todo el mundo se quedó asombrado al encontrar a un niño tan pequeño, y Tom se puso contentísimo de verse libre otra vez. Lo llevaron ante el rey, que hizo de Tom su enano, y pronto llegó a ser el gran favorito de la corte; porque con sus mañas y cabriolas no solo divertía al rey y a la reina, sino también a todos los Caballeros de la Mesa Redonda.

Se cuenta que cuando el rey salía a caballo, muchas veces llevaba a Tom consigo, y si caía un chaparrón, Tom se metía en el bolsillo del chaleco de Su Majestad, donde dormía hasta que pasaba la lluvia.
Un día el rey Arturo le preguntó a Tom por sus padres, pues quería saber si eran tan pequeños como él y si vivían con desahogo. Tom le dijo al rey que su padre y su madre eran tan altos como cualquiera de la corte, pero que andaban más bien apurados. Al oír esto, el rey llevó a Tom a su tesoro, el sitio donde guardaba todo su dinero, y le dijo que cogiera tanto dinero como pudiera llevar a casa de sus padres, lo cual hizo al pobre chiquitín dar brincos de alegría. Tom fue enseguida a procurarse una bolsa, que estaba hecha de una burbuja de agua, y luego volvió al tesoro, donde recibió una moneda de plata de tres peniques para meterla dentro.
A nuestro pequeño héroe le costó bastante subirse la carga a la espalda; pero por fin logró colocársela a su gusto y emprendió el viaje. Y así, sin que le pasara ningún percance, y después de descansar más de cien veces por el camino, en dos días y dos noches llegó sano y salvo a casa de su padre.
Tom había viajado cuarenta y ocho horas con una enorme moneda de plata a la espalda, y estaba medio muerto de cansancio cuando su madre salió corriendo a su encuentro y lo llevó dentro de casa. Pero pronto volvió a la Corte.
Como la ropa de Tom había sufrido mucho en el pudin de masa y en la barriga del pez, Su Majestad mandó que le hicieran un traje nuevo y que lo montaran como a un caballero sobre un ratón.
De alas de mariposa su camisa era, sus botas de piel de pollo; y un hada ligera y certera, maestra en la sastrería, le hizo el vestido todo. Una aguja colgaba a su costado; un ratón muy apuesto montaba, ¡así se pavoneaba Tom, orgulloso y encumbrado!
Desde luego era divertidísimo ver a Tom con aquel traje y montado en el ratón, cuando salía de caza con el rey y los nobles, que estaban todos a punto de morirse de risa con Tom y su elegante corcel caracoleante.

Al rey le encantaron tanto sus modales que mandó hacer una sillita para que Tom pudiera sentarse sobre su mesa, y también un palacio de oro, de un palmo de alto, con una puerta de una pulgada de ancho, para que viviera en él. También le regaló una carroza tirada por seis ratoncitos.
A la reina le enfurecieron tanto los honores que se le concedían a sir Tomás que resolvió arruinarlo, y le dijo al rey que el caballerito había sido insolente con ella.
El rey mandó llamar a Tom a toda prisa, pero él, que sabía muy bien lo peligrosa que es la ira real, se metió en una concha de caracol vacía, donde estuvo mucho tiempo hasta que casi se moría de hambre; pero por fin se atrevió a asomarse, y al ver una mariposa grande y hermosa en el suelo, cerca de su escondite, se le acercó y, saltando a horcajadas sobre ella, salió volando por los aires. La mariposa voló con él de árbol en árbol y de campo en campo, y por fin volvió a la corte, donde el rey y los nobles se esforzaron todos por atraparlo; pero al final el pobre Tom se cayó de su asiento dentro de una regadera, donde por poco se ahoga.

Cuando la reina lo vio, se puso hecha una furia y dijo que había que cortarle la cabeza; y lo volvieron a meter en una ratonera hasta la hora de su ejecución.
Pero un gato, al ver algo vivo dentro de la ratonera, le estuvo dando zarpazos hasta que se rompieron los alambres, y dejó a Tomás en libertad.
El rey volvió a darle a Tom su favor, pero él no vivió para disfrutarlo, porque un día lo atacó una araña grande; y aunque sacó la espada y luchó bien, al final el aliento venenoso de la araña pudo con él.
Cayó muerto en el suelo allí donde estaba, y la araña le chupó la sangre hasta la última gota que le quedaba.
El rey Arturo y toda su corte sintieron tanto la pérdida de su pequeño favorito que se vistieron de luto y levantaron sobre su tumba un hermoso monumento de mármol blanco con el siguiente epitafio:
Aquí yace Pulgarcito, del rey Arturo caballero, al que mató de una araña el picotazo fiero. Muy conocido era en la corte de Arturo, donde daba gallarda diversión; justaba en torneos y en lances, y a cazar iba montado en un ratón. Vivo, llenó la corte de alegría; muerto, pronto la tristeza nacía. Secaos, secaos los ojos, menead la cabeza y gritad: «¡Ay! ¡Pulgarcito ha muerto, qué tristeza!».