
Había una vez una viuda que vivía en un pedacito de tierra que le tenía arrendado a un granjero. Y tenía dos hijos; y andando el tiempo, llegó la hora de que la mujer los mandara a buscar fortuna. Así que un día le dijo a su hijo mayor que cogiera una lata y le trajera agua del pozo, para cocerle una torta; y que, trajera mucha agua o trajera poca, la torta saldría grande o pequeña según eso, y que esa torta sería todo lo que ella podría darle cuando se fuera de viaje.
El muchacho se fue con la lata al pozo, la llenó de agua y luego se volvió a casa; pero como la lata estaba rota, la mayor parte del agua se había salido antes de que llegara. Así que su torta salió muy pequeña; y aun así de pequeña, su madre le preguntó si quería llevarse la mitad con su bendición, y le advirtió que, si prefería llevarse la torta entera, solo la tendría con su maldición. El joven, pensando que a lo mejor tendría que viajar muy lejos y sin saber cuándo ni cómo conseguiría más provisiones, dijo que quería la torta entera, viniera lo que viniera de la maldición de su madre; así que ella le dio la torta entera, y su maldición con ella. Entonces él llevó aparte a su hermano y le dio un cuchillo para que lo guardara hasta que él volviera, y le pidió que lo mirara cada mañana: mientras siguiera limpio y brillante, podía estar seguro de que su dueño estaba bien; pero si se ponía empañado y herrumbroso, entonces de seguro que algún mal le habría sucedido.
Y así el joven se fue a buscar fortuna. Y anduvo todo aquel día, y todo el día siguiente; y al tercer día, por la tarde, llegó a donde estaba sentado un pastor con un rebaño de ovejas. Y se acercó al pastor y le preguntó de quién eran las ovejas; y él le contestó:
«El Ettin Rojo de Irlanda vivió en Ballygan un día, y robó a la hija del rey Malcolm, rey de la hermosa Escocia.
La golpea, la amarra, la tiende sobre una faja; y todos los días la azota con una vara de plata que brilla. Como Julián el Romano, no teme a hombre ninguno.
Dicen que hay uno predestinado a ser su enemigo mortal; pero ese hombre aún no ha nacido, y ojalá tarde en nacer».
El pastor le dijo también que tuviera cuidado con las bestias que iba a encontrarse luego, porque eran de una clase muy distinta de todas las que había visto hasta entonces.
Así que el joven siguió adelante, y al poco rato vio una multitud de bestias espantosísimas, con dos cabezas, y en cada cabeza cuatro cuernos. Y se asustó muchísimo, y huyó de ellas tan deprisa como pudo; y qué contento se puso cuando llegó a un castillo que se alzaba sobre una lomita, con la puerta abierta de par en par. Y entró en el castillo a refugiarse, y allí vio a una vieja sentada junto al fuego de la cocina. Le preguntó a la vieja si podía quedarse a pasar la noche, porque estaba cansado de un largo viaje; y la vieja le dijo que sí, pero que aquel no era buen sitio para él, porque pertenecía al Ettin Rojo, que era una bestia terrible, de tres cabezas, que no perdonaba a ningún hombre vivo que pudiera atrapar. El joven se habría ido, pero le daban miedo las bestias de fuera del castillo; así que le suplicó a la vieja que lo escondiera lo mejor que pudiera y que no le dijera al Ettin que estaba allí. Pensaba que, si lograba pasar la noche, por la mañana podría irse sin toparse con las bestias, y así escapar. Pero no llevaba mucho rato en su escondrijo cuando entró el espantoso Ettin; y apenas hubo entrado, se le oyó gritar:

«Husmeo aquí y husmeo allá, a hombre de la tierra me huele ya; esté vivo o esté muerto, su corazón esta noche con mi pan me lo como yo».
El monstruo no tardó en encontrar al pobre joven, y lo sacó a tirones de su agujero. Y cuando lo tuvo fuera, le dijo que si sabía contestarle tres preguntas le perdonaría la vida. Así que la primera cabeza preguntó: «Una cosa que no tiene fin, ¿qué es?». Pero el joven no lo sabía. Luego la segunda cabeza dijo: «Cuanto más pequeño, más peligroso, ¿qué es?». Pero el joven tampoco lo sabía. Y entonces la tercera cabeza preguntó: «El muerto que lleva al vivo; ¿adivinas qué es?». Pero el joven tuvo que darse por vencido. Como el muchacho no fue capaz de contestar ni una de aquellas preguntas, el Ettin Rojo cogió un mazo, le dio un golpe en la cabeza y lo convirtió en una columna de piedra.
A la mañana siguiente de ocurrir esto, el hermano menor sacó el cuchillo para mirarlo, y le dio mucha pena encontrarlo todo pardo de herrumbre. Le dijo a su madre que ya había llegado la hora de que él también se fuera de viaje; así que ella le pidió que llevara la lata al pozo a por agua, para hacerle una torta. Y él fue, y cuando traía el agua a casa, un cuervo que volaba sobre su cabeza le gritó que mirara, y vería que el agua se estaba saliendo. Y como era un joven con sentido, al ver que el agua se salía, cogió un poco de barro y tapó los agujeros, de modo que trajo a casa agua bastante para cocer una torta grande. Cuando su madre le propuso llevarse la mitad de la torta con su bendición, él la aceptó antes que llevarse la entera con su maldición; y aun así la mitad era más grande que lo que le había tocado al otro muchacho.
Así que se marchó de viaje; y después de haber andado mucho camino, se encontró con una vieja que le preguntó si le daba un pedacito de su torta de maíz. Y él dijo: «Con mucho gusto», y le dio un trozo de la torta de maíz; y a cambio ella le dio una varita mágica, para poder serle todavía de ayuda, si él tenía cuidado de usarla como es debido. Entonces la vieja, que era un hada, le contó muchas cosas que le iban a pasar, y lo que debía hacer en cada caso; y después de eso desapareció de su vista en un instante. Siguió andando un buen trecho más, y luego llegó a donde estaba el viejo pastoreando las ovejas; y cuando preguntó de quién eran aquellas ovejas, la respuesta fue:

«El Ettin Rojo de Irlanda vivió en Ballygan un día, y robó a la hija del rey Malcolm, rey de la hermosa Escocia.
»La golpea, la amarra, la tiende sobre una faja; y todos los días la azota con una vara de plata que brilla. Como Julián el Romano, no teme a hombre ninguno.
»Mas ahora temo que su fin se acerca, y su destino ya llega; y tú serás, bien claro lo veo, el heredero de toda su tierra».
Cuando llegó al sitio donde estaban las bestias monstruosas, no se paró ni huyó, sino que pasó con valentía por en medio de ellas. Una se le acercó rugiendo con la boca abierta para devorarlo, y él la golpeó con su varita y la dejó en un instante muerta a sus pies. Pronto llegó al castillo del Ettin, donde llamó a la puerta y lo dejaron entrar. La vieja que estaba sentada junto al fuego le advirtió del terrible Ettin y de cuál había sido la suerte de su hermano; pero a él no había quien lo acobardara. El monstruo no tardó en entrar, diciendo:
«Husmeo aquí y husmeo allá, a hombre de la tierra me huele ya; esté vivo o esté muerto, su corazón con mi pan me lo como yo».
Enseguida divisó al joven y le mandó salir al medio de la sala. Y entonces le hizo las tres preguntas; pero al joven el hada buena se lo había contado todo, así que pudo contestar a todas. Así que cuando la primera cabeza preguntó: «¿Qué es la cosa que no tiene fin?», él dijo: «Un cuenco». Y cuando la segunda cabeza dijo: «Cuanto más pequeño, más peligroso; ¿qué es?», él dijo en el acto: «Un puente». Y por último, la tercera cabeza dijo: «¿Cuándo lleva el muerto al vivo? ¿Adivinas?». Entonces el joven contestó en el acto y dijo: «Cuando un barco navega por el mar con hombres dentro». Cuando el Ettin vio esto, supo que su poder se había acabado. Entonces el joven cogió un hacha y le cortó al monstruo las tres cabezas. Luego le pidió a la vieja que le enseñara dónde estaba la hija del rey; y la vieja lo llevó escaleras arriba y abrió muchísimas puertas, y de cada puerta salió una hermosa dama que el Ettin había tenido allí prisionera; y una de las damas era la hija del rey. También lo llevó abajo, a una sala baja, y allí había una columna de piedra que no tuvo más que tocar con su varita para que su hermano volviera de golpe a la vida. Y todos los prisioneros se pusieron contentísimos de verse libres, y se lo agradecieron al joven. Al día siguiente se pusieron todos en camino hacia la corte del rey, y qué gallarda comitiva formaban. Y el rey casó a su hija con el joven que la había librado, y dio a su hermano la hija de un noble; y así vivieron todos felices el resto de sus días.
