
Childe Rowland y sus dos hermanos jugaban a la pelota un día, y allí estaba su hermana Burd Ellen en medio de todos, en su alegría.
Childe Rowland la pateó con el pie y la paró con la rodilla; y al fin, lanzándose entre todos, la mandó sobre la capilla.
Burd Ellen, rodeando la nave, a buscar la pelota se fue, pero mucho esperaron, y más aún, y ella nunca volvió otra vez.
La buscaron al este, la buscaron al oeste, la buscaron por arriba y por abajo, y tristes quedaron los corazones de sus hermanos, pues no la hallaron ni a destajo.
Así que al fin el hermano mayor fue a ver al brujo Merlín, le contó todo el caso y le preguntó si sabía dónde estaba Burd Ellen. —La hermosa Burd Ellen —dijo el brujo Merlín— se la deben de haber llevado las hadas, porque dio la vuelta a la iglesia «a contrasol», es decir, en sentido contrario al del sol. Ahora está en la Torre Oscura del Rey del País de los Elfos; haría falta el caballero más valiente de la cristiandad para traerla de vuelta.

—Si es posible traerla de vuelta —dijo su hermano—, yo lo haré, o moriré en el intento.
—Posible es —dijo el brujo Merlín—, pero ¡ay del hombre o del hijo de madre que lo intente, si no le han enseñado bien de antemano lo que tiene que hacer!
Al hermano mayor de Burd Ellen no había miedo ni peligro que le quitara la idea de intentar rescatarla, así que le rogó al brujo Merlín que le dijera lo que debía hacer y lo que no debía hacer cuando fuera a buscar a su hermana. Y después de que le enseñaron, y de repetir bien la lección, partió hacia el País de los Elfos.
Pero mucho esperaron, y más aún, con duda y con gran pesar, y tristes quedaron los corazones de sus hermanos, pues él no volvió jamás.
Entonces el segundo hermano se cansó y se hartó de esperar, y fue a ver al brujo Merlín y le preguntó lo mismo que su hermano. Y así partió en busca de Burd Ellen.
Pero mucho esperaron, y más aún, con gran duda y gran pesar, y tristes quedaron los corazones de su madre y su hermano, pues él no volvió jamás.
Y cuando ya habían esperado y esperado un buen tiempo, Childe Rowland, el más pequeño de los hermanos de Burd Ellen, quiso ir, y fue a ver a su madre, la buena reina, para pedirle que lo dejara marchar. Pero ella al principio no quiso, porque era el último de sus hijos que le quedaba, y si lo perdía a él, todo estaría perdido. Pero él le rogó y le rogó, hasta que al fin la buena reina lo dejó marchar, y le dio la buena espada de su padre, que nunca golpeaba en vano. Y mientras se la ceñía a la cintura, pronunció el conjuro que le daría la victoria.
Así que Childe Rowland se despidió de la buena reina, su madre, y fue a la cueva del brujo Merlín. —Una vez más, y solo una vez más —le dijo al brujo—, dime cómo puede un hombre o un hijo de madre rescatar a Burd Ellen y a sus dos hermanos.
—Pues bien, hijo mío —dijo el brujo Merlín—, no son más que dos cosas; sencillas pueden parecer, pero difíciles son de cumplir. Una cosa que hacer, y una cosa que no hacer. Y la cosa que has de hacer es esta: después de que entres en el País de las Hadas, a cualquiera que te hable, hasta que encuentres a Burd Ellen, tienes que sacar la espada de tu padre y cortarle la cabeza. Y lo que no has de hacer es esto: no muerdas bocado ni bebas gota, por mucha hambre o sed que tengas; bebe una gota o muerde un bocado mientras estés en el País de los Elfos y nunca más volverás a ver la Tierra Media.
Así que Childe Rowland repitió las dos cosas una y otra vez, hasta que se las supo de memoria, y le dio las gracias al brujo Merlín y siguió su camino. Y anduvo, y anduvo, y anduvo, y todavía anduvo más, hasta que llegó adonde el caballerizo del Rey del País de los Elfos daba de comer a sus caballos. Los reconoció por sus ojos de fuego, y supo que por fin estaba en el País de las Hadas. —¿Puedes decirme —le dijo Childe Rowland al caballerizo— dónde está la Torre Oscura del Rey del País de los Elfos? —No puedo decírtelo —dijo el caballerizo—, pero sigue un poco más adelante y llegarás adonde el vaquero, y él, a lo mejor, puede decírtelo.
Entonces, sin decir una palabra más, Childe Rowland desenvainó la buena espada que nunca golpeaba en vano, y adiós la cabeza del caballerizo, y Childe Rowland siguió adelante, hasta que llegó adonde el vaquero, y le hizo la misma pregunta. —No puedo decírtelo —dijo él—, pero sigue un poco más allá y llegarás adonde la mujer de las gallinas, y ella seguro que lo sabe. Entonces Childe Rowland sacó su buena espada, que nunca golpeaba en vano, y adiós la cabeza del vaquero. Y siguió un poco más adelante, hasta que llegó adonde una vieja con una capa gris, y le preguntó si sabía dónde estaba la Torre Oscura del Rey del País de los Elfos. —Sigue un poco más adelante —dijo la mujer de las gallinas— hasta que llegues a una colina verde y redonda, rodeada de terrazas en anillo, desde el pie hasta la cumbre; dale tres vueltas a contrasol, y cada vez di:
¡Ábrete, puerta! ¡Ábrete, puerta! Y déjame entrar.
y a la tercera vez la puerta se abrirá, y podrás entrar. Y Childe Rowland ya se iba cuando se acordó de lo que tenía que hacer; así que sacó la buena espada, que nunca golpeaba en vano, y adiós la cabeza de la mujer de las gallinas.
Luego siguió adelante, y adelante, y adelante, hasta que llegó a la colina verde y redonda con las terrazas en anillo de arriba abajo, y le dio tres vueltas a contrasol, diciendo cada vez:
¡Ábrete, puerta! ¡Ábrete, puerta! Y déjame entrar.
Y a la tercera vez la puerta sí que se abrió, y él entró, y se cerró con un clic, y Childe Rowland se quedó a oscuras.

No estaba del todo oscuro, sino en una especie de penumbra o crepúsculo. No había ni ventanas ni velas, y no lograba adivinar de dónde venía aquella media luz, si no era a través de las paredes y el techo. Eran arcos toscos hechos de una roca transparente, incrustada de mica plateada y espato, y otras piedras brillantes. Pero aunque era roca, el aire era bien templado, como lo es siempre en el País de los Elfos. Así que recorrió aquel pasadizo hasta que al fin llegó a unas puertas de dos hojas, anchas y altas, que estaban entornadas. Y cuando las abrió, allí vio la cosa más maravillosa y espléndida. Un salón grande y espacioso, tan grande que parecía tan largo y tan ancho como la misma colina verde. El techo descansaba sobre hermosas columnas, tan grandes y tan altas que las columnas de una catedral no eran nada a su lado. Eran todas de oro y plata, con labores caladas, y entre ellas y a su alrededor había guirnaldas de flores hechas de... ¿a que no lo adivinas? Pues de diamantes y esmeraldas, y toda clase de piedras preciosas. Y hasta las claves de los arcos tenían por adorno racimos de diamantes y rubíes, y perlas, y otras piedras preciosas. Y todos estos arcos se juntaban en el centro del techo, y justo allí, colgada de una cadena de oro, había una lámpara inmensa hecha de una sola perla grande, vaciada por dentro y del todo transparente. Y en el centro de ella había un carbunclo grande, enorme, que no paraba de girar y girar, y era lo que daba luz con sus rayos a todo el salón, que parecía como si el sol poniente brillara sobre él.
El salón estaba amueblado con igual grandeza, y en un extremo había un diván espléndido de terciopelo, seda y oro, y allí estaba sentada Burd Ellen, peinándose el cabello dorado con un peine de plata. Y cuando vio a Childe Rowland, se puso en pie y dijo:

«Dios se apiade de ti, pobre necio sin fortuna, ¿qué tienes tú aquí que hacer?
»Escúchame, mi hermano pequeño, ¿por qué no te quedaste en tu hogar? Aunque tuvieras cien mil vidas, ni una sola podrías salvar.
»Pero siéntate; mas ¡ay, ay de ti, que nunca hubieras nacido!, pues si entra el Rey del País de los Elfos, tu destino está perdido».
Entonces se sentaron juntos, y Childe Rowland le contó todo lo que había hecho, y ella le contó cómo sus dos hermanos habían llegado a la Torre Oscura, pero el Rey del País de los Elfos los había encantado, y allí yacían sepultados como muertos. Y luego, después de hablar un rato más, Childe Rowland empezó a sentir hambre por su largo viaje, y le dijo a su hermana Burd Ellen el hambre que tenía y le pidió algo de comer, olvidándose por completo de la advertencia del brujo Merlín.
Burd Ellen miró a Childe Rowland con tristeza y negó con la cabeza, pero estaba bajo un hechizo y no podía avisarle. Así que se levantó, salió, y al poco trajo una escudilla de oro llena de pan con leche. Childe Rowland estaba a punto de llevársela a los labios cuando miró a su hermana y se acordó de por qué había venido desde tan lejos. Así que tiró el cuenco al suelo y dijo: «Ni un sorbo tragaré, ni un bocado morderé, hasta que Burd Ellen quede libre».
Justo en ese momento oyeron el ruido de alguien que se acercaba, y se oyó una voz fuerte que decía:
«¡Fi, fa, fo, fu, huelo la sangre de un cristiano! Esté muerto o esté vivo, con mi espada le saltaré los sesos de la mollera con mi mano».
Y entonces las puertas de dos hojas del salón se abrieron de golpe, y el Rey del País de los Elfos entró precipitadamente.
—¡Golpea, pues, trasgo, si te atreves! —gritó Childe Rowland, y se lanzó a su encuentro con su buena espada, que nunca había fallado. Lucharon, y lucharon, y lucharon, hasta que Childe Rowland derribó al Rey del País de los Elfos de rodillas y lo obligó a rendirse y a pedir clemencia. —Te concedo clemencia —dijo Childe Rowland—; libera a mi hermana de tus hechizos, devuelve la vida a mis hermanos, y déjanos marchar libres a todos, y se te perdonará la vida. —De acuerdo —dijo el Rey de los Elfos, y levantándose fue a un cofre del que sacó un frasquito lleno de un licor rojo como la sangre. Con él ungió las orejas, los párpados, las narices, los labios y las puntas de los dedos de los dos hermanos, y al instante volvieron a la vida de un salto, y declararon que sus almas habían estado lejos, pero que ahora habían regresado. Luego el Rey de los Elfos le dijo unas palabras a Burd Ellen, y ella quedó desencantada, y los cuatro salieron del salón, por el largo pasadizo, y dieron la espalda a la Torre Oscura para no volver nunca jamás. Y llegaron a casa, y la buena reina, su madre, y Burd Ellen nunca más volvieron a dar la vuelta a una iglesia a contrasol.
