
Cuando reinaba el buen rey Arturo, vivía cerca del Land's End de Inglaterra, en el condado de Cornualles, un granjero que tenía un único hijo llamado Jack. Era despierto y de ingenio pronto y vivo, de modo que nadie ni nada podía con él.
En aquellos tiempos, el Monte de Cornualles lo guardaba un gigante enorme llamado Cormorán. Medía dieciocho pies de alto y unas tres yardas de cintura, era de semblante fiero y torvo, y era el terror de todos los pueblos y aldeas de los alrededores. Vivía en una cueva en mitad del Monte, y siempre que quería comida cruzaba vadeando hasta tierra firme, donde se hacía con cuanto le salía al paso. Al verlo acercarse, todo el mundo salía corriendo de sus casas, mientras él se apoderaba del ganado, cargando sin esfuerzo media docena de bueyes a la espalda de una vez; y en cuanto a las ovejas y los cerdos, se los ataba a la cintura como un manojo de velas de sebo. Llevaba muchos años haciendo esto, de modo que toda Cornualles estaba desesperada.

Un día, Jack se encontraba por casualidad en el ayuntamiento cuando los magistrados estaban reunidos en consejo a causa del Gigante. Preguntó: «¿Qué recompensa se le dará al hombre que mate a Cormorán?». «El tesoro del gigante», le dijeron, «será la recompensa». Y dijo Jack: «Pues dejadme a mí la tarea».
Así que se hizo con un cuerno, una pala y un pico, y se fue al Monte al comenzar una oscura tarde de invierno; se puso a trabajar, y antes del amanecer había cavado un hoyo de veintidós pies de hondo y casi otro tanto de ancho, que cubrió con palos largos y paja. Luego esparció por encima un poco de tierra, de modo que parecía suelo firme. Jack se colocó entonces al otro lado del hoyo, el más alejado de la morada del gigante, y justo al despuntar el día se llevó el cuerno a la boca y sopló: ¡Tantarí, tantarí! Aquel ruido despertó al gigante, que salió de su cueva a toda prisa gritando: «¡Villano incorregible! ¿Has venido aquí a turbar mi descanso? Me las vas a pagar bien caras. Satisfacción he de tener, y será esta: te cogeré entero y te asaré para el desayuno». No bien hubo dicho esto, cuando cayó rodando en el hoyo e hizo temblar los mismísimos cimientos del Monte. «¡Ay, Gigante!», dijo Jack, «¿dónde estás ahora? ¡A fe mía que has ido a parar al corral de Lob, donde te voy a atormentar de lo lindo por tus amenazas! ¿Qué te parece ahora eso de asarme para el desayuno? ¿No hay otra comida que te sirva más que el pobre Jack?». Y después de burlarse del gigante un buen rato, le dio un golpe de lo más contundente con el pico en plena coronilla y lo mató allí mismo.

Jack rellenó entonces el hoyo con tierra y fue a registrar la cueva, en la que encontró mucho tesoro. Cuando los magistrados se enteraron, proclamaron que en adelante se le llamaría
JACK EL MATAGIGANTES
y le regalaron una espada y un cinturón en el que iban bordadas con letras de oro estas palabras:
«Aquí está el valiente de Cornualles, que mató al gigante Cormorán sin fallas».
La noticia de la victoria de Jack pronto se extendió por todo el oeste de Inglaterra, de modo que otro gigante, llamado Blunderbore, al enterarse, juró vengarse de Jack si alguna vez daba con él. Este gigante era señor de un castillo encantado que se alzaba en medio de un bosque solitario. Pues bien, unos cuatro meses después, Jack, que pasaba cerca de ese bosque de camino a Gales, se sintió cansado, se sentó junto a una fuente agradable y se quedó profundamente dormido. Mientras dormía, el gigante, que iba allí por agua, lo descubrió, y por los versos escritos en el cinturón supo que era el famosísimo Jack el Matagigantes. Sin más ceremonias, se echó a Jack a los hombros y se lo llevó hacia su castillo. Pero al pasar por un matorral, el crujir de las ramas despertó a Jack, que se quedó pasmado al verse en las garras del gigante. Y su espanto no había hecho más que empezar, pues al entrar en el castillo vio el suelo sembrado de huesos humanos, y el gigante le dijo que los suyos no tardarían en estar entre ellos. Después de esto, el gigante encerró al pobre Jack en una habitación inmensa y lo dejó allí mientras iba a buscar a otro gigante, su hermano, que vivía en el mismo bosque, para que compartiera con él el banquete de Jack.
Tras esperar un rato, Jack se asomó a la ventana y vio a lo lejos a los dos gigantes que venían hacia el castillo. «Ahora», se dijo Jack, «o me llega la muerte o me llega la salvación». Resulta que en un rincón de la habitación donde estaba Jack había unas cuerdas bien fuertes; cogió dos, les hizo un buen nudo corredizo en la punta, y mientras los gigantes abrían la puerta de hierro del castillo, les echó las sogas por la cabeza a cada uno. Luego pasó los otros extremos por encima de una viga y tiró con todas sus fuerzas, hasta estrangularlos. Y cuando vio que se les ponía la cara negra, se deslizó por la cuerda y, desenvainando la espada, los mató a los dos. Después cogió las llaves del gigante, abrió las habitaciones y encontró a tres hermosas damas atadas por los cabellos y casi muertas de hambre. «Dulces damas», dijo Jack, «he acabado con este monstruo y con su bruto de hermano, y os he devuelto la libertad». Dicho esto, les entregó las llaves y siguió su viaje hacia Gales.
Jack siguió su camino tan deprisa como pudo, pero se perdió y le cayó la noche encima, y no encontraba dónde alojarse hasta que, al entrar en un valle estrecho, dio con una casa grande, y para hallar cobijo se armó de valor y llamó a la puerta. Pero ¡cuál no sería su sorpresa cuando salió a abrir un gigante monstruoso con dos cabezas! Aunque no parecía tan fiero como los otros, porque era un gigante galés, y lo que hacía lo hacía con malicia oculta y secreta, bajo falsa apariencia de amistad. Jack le contó al gigante su situación y lo llevaron a un dormitorio, donde, en plena noche, oyó a su anfitrión en otra habitación murmurar estas palabras:
«Aunque esta noche en mi casa te alojes, la luz de la mañana no verás, ¡que mi garrote los sesos te hará saltar!».
«¿Conque esas tenemos?», dijo Jack; «eso es muy propio de vuestras tretas galesas, pero espero ser lo bastante listo para ti». Entonces se levantó de la cama, puso un leño en la cama en su lugar y se escondió en un rincón de la habitación. En lo más oscuro de la noche entró el gigante galés, que descargó varios golpes tremendos sobre la cama con su garrote, creyendo que le había roto a Jack todos los huesos del cuerpo. A la mañana siguiente, Jack, riéndose para sus adentros, le dio las gracias de todo corazón por el alojamiento de aquella noche. «¿Qué tal has descansado?», preguntó el gigante; «¿no sentiste nada por la noche?». «No», dijo Jack, «nada más que una rata, que me dio dos o tres coletazos». Al oír esto, muy asombrado, el gigante llevó a Jack a desayunar y le trajo un tazón con cuatro galones de gachas. Como no quería que el gigante pensara que aquello era demasiado para él, Jack se metió un gran saco de cuero bajo la chaqueta holgada, de tal manera que podía echar las gachas dentro sin que nadie lo notara. Luego, diciéndole al gigante que le iba a enseñar un truco, cogió un cuchillo, rajó el saco y se salieron todas las gachas. Entonces el monstruo, diciendo: «¡Rediez, por mis clavos, eso lo sé hacer yo también!», cogió el cuchillo, se rajó la barriga y cayó muerto.

Pues sucedió por aquellos días que el único hijo del rey Arturo le pidió a su padre una buena cantidad de dinero para ir a buscar fortuna en el principado de Gales, donde vivía una hermosa dama poseída por siete espíritus malignos. El rey hizo todo lo posible por quitarle la idea a su hijo, pero en vano; así que al final cedió, y el príncipe partió con dos caballos, uno cargado de dinero y el otro para montarlo él. Al cabo de varios días de viaje, llegó a un pueblo con mercado, en Gales, donde vio una muchedumbre enorme reunida. El príncipe preguntó por qué era aquello y le dijeron que habían embargado un cadáver por varias sumas grandes de dinero que el difunto debía cuando murió. El príncipe respondió que era una lástima que los acreedores fueran tan crueles, y dijo: «Id a enterrar al muerto, y que sus acreedores vengan a mi posada, que allí se les pagarán sus deudas». Y vinieron, en tal cantidad, que antes de caer la noche solo le quedaban dos peniques para él.
Pues bien, Jack el Matagigantes, que pasaba por allí, quedó tan prendado de la generosidad del príncipe que quiso ser su criado. Quedaron de acuerdo, y a la mañana siguiente se pusieron en camino juntos; y cuando salían a caballo del pueblo, una vieja llamó al príncipe a voces, diciendo: «Me debe dos peniques desde hace siete años; haga el favor de pagarme a mí también, como a los demás». El príncipe se echó la mano al bolsillo y le dio a la mujer todo lo que le quedaba, de modo que, después de la comida del día, que les costó el poco dinero suelto que Jack llevaba encima, se quedaron sin un penique entre los dos.
Cuando el sol ya estaba bajo, el hijo del rey dijo: «Jack, ya que no tenemos dinero, ¿dónde podremos alojarnos esta noche?».
Pero Jack respondió: «Amo, nos irá bastante bien, porque tengo un tío que vive a dos millas de aquí; es un gigante enorme y monstruoso con tres cabezas; es capaz de pelear con quinientos hombres armados y hacerlos huir delante de él». «¡Ay de mí!», dijo el príncipe, «¿y qué vamos a hacer nosotros allí? Seguro que nos zampa de un bocado. ¡Si apenas bastamos para llenarle una muela hueca!».
«Eso no importa», dijo Jack; «yo mismo iré delante y os prepararé el camino; así que quedaos aquí y esperad hasta que vuelva». Jack se marchó entonces a galope tendido, y al llegar a la puerta del castillo llamó tan fuerte que hizo retumbar las colinas vecinas. El gigante rugió como un trueno: «¿Quién anda ahí?».
Jack respondió: «Nadie más que vuestro pobre primo Jack».
Dijo él: «¿Qué noticias traes, mi pobre primo Jack?».
Él respondió: «Querido tío, noticias graves, ¡bien lo sabe Dios!».
«Anda, dime», dijo el gigante, «¿qué noticias graves pueden llegarme a mí? Soy un gigante con tres cabezas, y además sabes que puedo pelear con quinientos hombres armados y hacerlos volar como paja al viento».
«¡Ay, pero», dijo Jack, «aquí viene el hijo del rey con mil hombres armados para mataros y destruir todo lo que tenéis!».
«¡Ay, primo Jack», dijo el gigante, «esas sí que son noticias graves! Voy a correr ahora mismo a esconderme, y tú me encerrarás con llave, cerrojo y tranca, y guardarás las llaves hasta que se haya ido el príncipe». Una vez que dejó bien encerrado al gigante, Jack fue a buscar a su amo, y se divirtieron de lo lindo mientras el pobre gigante se quedaba temblando en un sótano bajo tierra.
Temprano por la mañana, Jack proveyó a su amo de una nueva provisión de oro y plata, y luego lo mandó tres millas por delante en su camino, y para entonces el príncipe ya estaba bastante lejos del olfato del gigante. Jack volvió entonces y sacó al gigante del sótano, y este le preguntó qué le daría por haber salvado el castillo de la destrucción. «Pues», dijo Jack, «no quiero nada más que la chaqueta y el gorro viejos, junto con la vieja espada oxidada y las zapatillas que tenéis a la cabecera de la cama». Dijo el gigante: «No sabes lo que pides; son las cosas más preciosas que tengo. La chaqueta te hará invisible, el gorro te dirá todo lo que quieras saber, la espada parte en dos todo lo que golpees, y los zapatos son de una rapidez extraordinaria. Pero me has sido muy útil, así que llévatelos de todo corazón». Jack le dio las gracias a su tío y se marchó con ellas. Pronto alcanzó a su amo y enseguida llegaron a la casa de la dama que buscaba el príncipe, y ella, al ver que el príncipe venía como pretendiente, le preparó un banquete espléndido. Terminada la comida, le dijo que tenía una tarea para él. Le limpió la boca con un pañuelo, diciendo: «Mañana por la mañana tendrás que enseñarme ese pañuelo, o si no perderás la cabeza». Y dicho esto, se lo guardó en el pecho. El príncipe se fue a la cama muy afligido, pero el gorro del saber de Jack le enseñó cómo conseguirlo. A medianoche, ella llamó a su espíritu familiar para que la llevara ante Lucifer. Pero Jack se puso la chaqueta de la oscuridad y los zapatos de la rapidez, y llegó allí tan pronto como ella. Cuando ella entró en la morada del Maligno, le dio el pañuelo al viejo Lucifer, que lo puso en un estante, de donde Jack lo cogió y se lo llevó a su amo, quien se lo enseñó a la dama al día siguiente, y así salvó la vida. Ese mismo día, ella le dio un beso al príncipe y le dijo que a la mañana siguiente tendría que enseñarle los labios que ella había besado aquella noche, o perdería la cabeza.
«¡Ah!», respondió él, «si no besáis otros que los míos, lo haré».
«Eso no viene al caso», dijo ella; «¡si no lo haces, la muerte será tu suerte!».
A medianoche fue como la vez anterior, y se enfadó con el viejo Lucifer por haber dejado escapar el pañuelo. «Pero ahora», dijo ella, «le voy a ganar la partida al hijo del rey, porque te besaré a ti, y él tendrá que enseñarme tus labios». Y así lo hizo, y Jack, cuando ella no estaba delante, le cortó la cabeza a Lucifer y se la llevó bajo la chaqueta invisible a su amo, que a la mañana siguiente la sacó agarrándola por los cuernos delante de la dama. Aquello rompió el encantamiento, el espíritu maligno la abandonó y ella apareció en toda su belleza. Se casaron a la mañana siguiente, y poco después fueron a la corte del rey Arturo, donde a Jack, por sus muchas y grandes hazañas, lo nombraron uno de los Caballeros de la Mesa Redonda.
Jack pronto volvió a salir en busca de gigantes, pero no había cabalgado mucho cuando vio una cueva, junto a cuya entrada divisó a un gigante sentado sobre un tronco, con un garrote de hierro lleno de nudos a su lado. Sus ojos saltones eran como llamas de fuego, su semblante torvo y feo, y sus mejillas como un par de grandes lonchas de tocino, mientras que las cerdas de su barba parecían varillas de alambre de hierro, y los mechones que le colgaban sobre los hombros fornidos eran como serpientes enroscadas o víboras sibilantes. Jack se bajó del caballo y, poniéndose la chaqueta de la oscuridad, se acercó hasta el gigante y le dijo en voz baja: «¡Oh! ¿Conque estás ahí? No tardaré mucho en agarrarte bien de la barba». El gigante, en todo este tiempo, no podía verlo por culpa de la chaqueta invisible, así que Jack, acercándose al monstruo, le tiró un golpe con la espada a la cabeza, pero erró el tiro y le cortó la nariz en su lugar. Al sentirlo, el gigante rugió como truenos y empezó a repartir golpes a su alrededor con el garrote de hierro como un loco de atar. Pero Jack, corriendo por detrás, le hundió la espada hasta la empuñadura en la espalda, de modo que cayó muerto. Hecho esto, Jack le cortó la cabeza al gigante y se la envió, junto con la de su hermano, al rey Arturo, con un carretero que contrató para ello.
Jack decidió entonces entrar en la cueva del gigante en busca de su tesoro, y, pasando por un sinfín de vueltas y revueltas, llegó por fin a una sala grande enlosada con piedra franca, en cuyo extremo había un caldero hirviendo y, a mano derecha, una mesa grande donde solía comer el gigante. Luego llegó a una ventana con barrotes de hierro, por la que se asomó y vio a una multitud de cautivos desdichados, que al verlo gritaron: «¡Ay! Joven, ¿has venido tú también a ser uno de nosotros en esta cueva miserable?».
«Así es», dijo Jack, «pero decidme, os lo ruego, ¿por qué estáis cautivos?».
«Nos tienen aquí», dijo uno, «hasta que a los gigantes les entran ganas de darse un festín, ¡y entonces matan al más gordo de nosotros! ¡Y muchas son las veces que han comido hombres asesinados!».
«¿Conque esas tenemos?», dijo Jack, y enseguida abrió la puerta y los dejó libres, y todos se alegraron como condenados al ver el indulto. Luego registró los cofres del gigante, repartió el oro y la plata a partes iguales entre ellos y los llevó a un castillo vecino, donde todos se dieron un banquete y celebraron su liberación.
Pero en medio de todo aquel jolgorio, un mensajero trajo la noticia de que un tal Thunderdell, un gigante con dos cabezas, al enterarse de la muerte de sus parientes, había bajado de los valles del norte para vengarse de Jack, y estaba a una milla del castillo, con la gente del campo huyendo delante de él como paja. Pero Jack no se acobardó ni un poquito, y dijo: «¡Que venga! Tengo aquí un instrumento para mondarle los dientes; y vosotros, damas y caballeros, salid al jardín y seréis testigos de la muerte y destrucción de este gigante Thunderdell».
El castillo se alzaba en medio de una isla pequeña rodeada por un foso de treinta pies de hondo y veinte de ancho, sobre el que había un puente levadizo. Así que Jack mandó a unos hombres serrar el puente por ambos lados, casi hasta la mitad; y luego, vistiéndose con su chaqueta invisible, marchó contra el gigante con su espada cortante. Aunque el gigante no podía ver a Jack, lo olió acercarse y gritó con estas palabras:
«¡Fi, fai, fo, fum! ¡Huelo la sangre de un inglés, sí, señor! ¡Esté vivo o esté muerto, sus huesos moleré para hacerme el pan mejor!».
«¿Conque esas tenemos?», dijo Jack; «pues sí que eres un molinero monstruoso».
El gigante volvió a gritar: «¿Eres tú ese villano que mató a mis parientes? Pues te voy a desgarrar con los dientes, te chuparé la sangre y te moleré los huesos hasta hacerlos polvo».
«Primero tendrás que atraparme», dijo Jack, y, quitándose la chaqueta invisible para que el gigante pudiera verlo y poniéndose los zapatos de la rapidez, echó a correr delante del gigante, que lo seguía como un castillo andante, de modo que a cada paso parecían temblar los mismísimos cimientos de la tierra. Jack lo hizo bailar un buen rato para que lo vieran los caballeros y las damas; y al final, para acabar con el asunto, cruzó ligero el puente levadizo, con el gigante persiguiéndolo a toda velocidad con su garrote. Entonces, al llegar a la mitad del puente, el enorme peso del gigante lo hizo romperse, y cayó de cabeza al agua, donde se revolcaba y chapoteaba como una ballena. Jack, de pie junto al foso, se reía de él todo el rato; y aunque el gigante echaba espumarajos al oír sus burlas y se lanzaba de un lado a otro del foso, no podía salir para vengarse. Por fin Jack cogió una soga de carro, se la echó por las dos cabezas al gigante, lo sacó a la orilla con un tiro de caballos, y luego le cortó las dos cabezas con su espada cortante y se las envió al rey Arturo.
Después de pasar un tiempo en diversiones y pasatiempos, Jack se despidió de los caballeros y las damas y partió en busca de nuevas aventuras. Atravesó muchos bosques y llegó por fin al pie de una montaña alta. Allí, bien entrada la noche, encontró una casa solitaria y llamó a la puerta, y le abrió un anciano con la cabeza blanca como la nieve. «Padre», dijo Jack, «¿podéis dar alojamiento a un viajero al que se le ha echado la noche encima y que ha perdido el camino?». «Sí», dijo el anciano; «bienvenido seas a mi pobre choza». Entonces Jack entró, se sentaron juntos, y el anciano empezó a hablar así: «Hijo, veo por tu cinturón que eres el gran vencedor de gigantes, y has de saber, hijo mío, que en la cima de esta montaña hay un castillo encantado; lo guarda un gigante llamado Galligantúa, y él, con ayuda de un viejo brujo, atrae con engaños a muchos caballeros y damas a su castillo, donde por artes de magia los transforman en toda clase de figuras y formas. Pero, por encima de todo, me aflige la hija de un duque, a la que se llevaron del jardín de su padre, cargándola por los aires en un carro ardiente tirado por dragones de fuego, y cuando la tuvieron bien guardada en el castillo la transformaron en una cierva blanca. Y aunque muchos caballeros han intentado romper el encantamiento y liberarla, nadie lo ha logrado, por culpa de dos grifos espantosos que están apostados a la puerta del castillo y que destrozan a todo el que se acerca. Pero tú, hijo mío, puedes pasar junto a ellos sin que te descubran, y en las puertas del castillo encontrarás grabado en letras grandes cómo se puede romper el hechizo». Jack le dio la mano al anciano y le prometió que por la mañana arriesgaría la vida para liberar a la dama.
Por la mañana, Jack se levantó, se puso la chaqueta invisible, el gorro mágico y los zapatos, y se preparó para la pelea. Pues bien, cuando llegó a la cima de la montaña, pronto descubrió a los dos grifos de fuego, pero pasó junto a ellos sin miedo, gracias a su chaqueta invisible. Cuando los hubo dejado atrás, encontró en las puertas del castillo una trompeta de oro colgada de una cadena de plata, bajo la cual estaban grabados estos versos:
«Quien esta trompeta toque con valor, pronto del gigante será vencedor, y el negro hechizo romperá al instante; y todo quedará feliz en adelante».
No bien hubo leído esto Jack, tocó la trompeta, con lo que el castillo tembló hasta sus enormes cimientos, y el gigante y el brujo quedaron sumidos en una horrible confusión, mordiéndose los pulgares y arrancándose los pelos, sabiendo que su malvado reinado había llegado a su fin. Entonces, al agacharse el gigante a coger su garrote, Jack le cortó la cabeza de un solo golpe; y el brujo, elevándose por los aires, se lo llevó un torbellino. Entonces se rompió el encantamiento, y todos los señores y damas que durante tanto tiempo habían estado transformados en pájaros y bestias recobraron su forma verdadera, y el castillo se desvaneció en una nube de humo. Hecho esto, la cabeza de Galligantúa fue llevada también, como de costumbre, a la corte del rey Arturo, adonde al día siguiente fue Jack detrás, con los caballeros y las damas que habían sido liberados. Entonces, como recompensa por sus buenos servicios, el rey convenció al duque para que le diera a su hija en matrimonio al honrado Jack. Y así se casaron, y todo el reino se llenó de alegría con la boda. Además, el rey le regaló a Jack un castillo noble, con una finca muy hermosa que le pertenecía, donde él y su dama vivieron con gran alegría y felicidad el resto de sus días.
